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¿Son los alemanes un problema para la convivencia europea?

El conflicto Alemania - Italia. 

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Se acostumbra a decir que en los momentos difíciles el hombre muestra lo que en realidad es, es decir, que son precisamente las situaciones extremas las que obligan a las personas a tener que desprenderse de su cotidiana hipocresía y su querer aparentar para actuar tal y como verdaderamente son.

La situación de crisis económica que lleva padeciendo Europa desde hace más de tres años está desatando toda una serie de reacciones a nivel internacional, siendo sin duda las más preocupantes las que provienen de Alemania. Con su insolente actitud, los alemanes están dejando entrever de manera clara y manifiesta que el problema que sufre el continente europeo es mucho más profundo de lo que parece.

En otro lugar[1], ya se mostró detalladamente la postura prepotente y racista de los alemanes frente a los griegos a raíz de los problemas económicos de solvencia y de honestidad que los políticos helenos habían probado con su gestión ante la Unión Europea.

En la línea de los exabruptos proferidos en los medios alemanes desde hace meses contra Portugal, España e Italia, quienes han sustituido a Grecia como problema principal de los alemanes, en estos días se ha vuelto a poner de manifiesto el grave problema que los alemanes representan no sólo para la convivencia pacífica europea, sino también mundial.

Como es sabido, el 13 de enero del presente año, el crucero italiano Costa Concordia chocaba contra un arrecife, provocando la ruptura del casco y la muerte y desaparición de varias personas. Un trágico accidente marítimo semejante habría pasado inadvertido para el gran público, si no fuera por el hecho de que el capitán del barco, en lugar de cumplir con sus obligaciones y quedarse hasta el final en la nave, huyó vilmente, siendo detenido con posterioridad.

Esta acción del capitán italiano ha dado lugar a que los medios alemanes vuelvan de nuevo a la carga contra sus vecinos europeos y, tras haber criticado ferozmente a los griegos, ahora les ha tocado el turno a los italianos.

De esta manera, el semanario Der Spiegel (la revista progresista encargada de la reeducación alemana) publicaba online el 23 de enero una columna de uno de sus redactores, el Sr. Jan Fleischhauer, titulada: «Fuga italiana» (Italienische Fahrerflucht), en la que, a través de toda una serie de comentarios «intempestivos», se ridiculizaba y se insultaba a los italianos. El texto en cuestión es el siguiente[2]:

El carácter de los pueblos es un invento del pasado, aprendemos en la escuela; los clichés sobre las naciones están anticuados. ¿Pero es realmente así? Pensamientos intempestivos acerca de la odisea de un capitán italiano.

Con la mano en el corazón: ¿A alguien le ha sorprendido que el desafortunado capitán del «Costa Concordia» sea italiano? ¿Es imaginable que una maniobra semejante, incluida la posterior fuga, la hubiera cometido un patrón alemán o, digamos mejor, británico?

Este tipo es propio de las vacaciones en la playa: un hombre de grandes gestos y dedos expresivos. En principio inofensivo, únicamente no habría que dejarle que se acercara a  una máquina pesada, como se ve. Hacer «bella figura», se llama el deporte popular italiano, que no se trata de otra cosa que de impresionar a los demás. También Francesco Schettino quería hacer buena figura, pero por desgracia había una roca en su camino.

De acuerdo, esto ha sido ahora muy incorrecto. Desde hace tiempo, hemos perdido la costumbre de servirnos de estereotipos culturales a la hora de juzgar a nuestros vecinos. Se toma como provinciano o, peor todavía, como racista (aun cuando, permaneciendo en la imagen, no está totalmente claro hasta qué punto lo italiano en sí se fundamenta ya en una raza propia).

Con el carácter nacional es como con la diferencia de sexos. En sentido estricto, hace tiempo que está abolida, pero en la vida diaria nos encontramos, sin embargo, constantemente con ella. Hay que pasar únicamente una tarde en el jardín de infancia para dudar de todo lo que nos enseña la pedagogía ilustrada sobre el sexo como constructo social. De hecho, vive una industria completamente a la sombra muy holgadamente de la diferencia entre Marte y Venus y de cómo apañárselas de la mejor forma con ella. La pareja para tales instrucciones es la guía de viajes, que introduce a uno en las propiedades y, con ello, a la tipología de las culturas extranjeras.

De alguna manera, se esconde en nosotros hasta el día de hoy, visto medialmente, el huno

Ante todo, los alemanes tienen un problema con las adscripciones culturales. Los ingleses, por ejemplo, no nos tienen hasta el día de hoy por especialmente dotados con sentido del humor, a pesar de los esfuerzos ya de varios años de gigantes del humor como Mario Barth o Achtung Kabarett y Hagen Rether. Los franceses, a su vez, se ríen de la cocina británica y los belgas de la supuesta avaricia de los holandeses

Conocemos el carácter de los pueblos sólo en su variante negativa, como autoinculpación. Tan pronto un par de jóvenes en algún lugar vociferan estúpidas consignas, aparece el investigador de conflictos Wilhelm Heitmeyer en la prensa y explica por qué está amenazada la paz social («explosive situation») y se está ante un retroceso.

De alguna manera, se esconde en nosotros hasta el día de hoy, visto medialmente, el huno que espera poder iniciar el ataque; esto funciona curiosamente siempre.

No hay que servirse de ninguna genética para llegar a la opinión de que las naciones se diferencian. Para ello hay motivos climáticos; también la lengua juega un papel. Normalmente, esto no es importante; sólo que ninguna política se debería basar en la suposición que las fronteras tienen su significado sólo en un sentido figurado. Qué puede pasar cuando, por motivos políticos, se prescinde de la psicología de los pueblos, lo muestra la crisis monetaria que en estos días está fuera de nuestra vista únicamente porque el hombre en la cárcel reclama toda la atención para sí. La roca ante el barco es aquí el tipo de interés del mercado.

¿Defecto de nacimiento del euro? La camisa de fuerza para culturas diversas

Cuando ahora se habla por todas partes de las distintas capacidades de productividad de los países, se está diciendo, de manera limpia de todo escándalo, que determinados clichés tienen precisamente su justificación. El defecto de nacimiento del euro fue meter culturas económicas muy diferentes en la chaqueta de fuerza de una moneda común.

Para reconocer que esto no podía ir bien, no se tenía que haber estudiado economía nacional; una visita a Nápoles o al Peloponeso habría sido en sentido estricto suficiente. Ahora se busca desesperadamente una solución. La respuesta de la canciller es que todos se vuelvan como nosotros; ya se verá qué consigue.

Las naciones pueden cambiar; ahí está, si se quiere así, el consuelo. Los italianos dominaron hace 2000 años un imperio mundial que iba de Inglaterra a África. Los alemanes mientras tanto se esfuerzan en mantener el tráfico de trenes ante tanta nieve y hielo. En ocasiones, se tarda muchísimo tiempo hasta que algunos clichés se desgastan. A veces se necesita para ello de algunas generaciones.

Tales declaraciones «intempestivas» de este «huno germano» no quedaron sin respuesta oficial por parte del gobierno italiano quien, a través de su embajador en Berlín, Michele Valensise, remitió una carta de protesta al seminario alemán. Ésta se reproduce a continuación[3]:

Estoy asombrado e indignado por el artículo de Jan Fleischhauer con el título «Fuga italiana». Naturalmente, yo creo en la libertad de crítica, pero los temas de este artículo son tan ofensivos para Italia como infundados. Me sorprende que un acreditado diario como SPIEGEL ONLINE ofrezca lugar para afirmaciones tan vulgares y banales.

Me consterna, ante todo, que el periodista, junto a tantos tópicos, equipare tan frívolamente la responsabilidad de un único individuo con la de todo un pueblo. Entiendo el deseo de SPIEGEL ONLINE de escribir algo políticamente incorrecto, pero esta vez se trata de provocaciones baratas que yo, también en nombre de mis compatriotas, quienes han expresado su indignación por el artículo, rechazo al remitente. ¿Por qué se implica a todos los italianos en este asunto? ¿No se ha dado cuenta el señor Fleischhauer de que, además del comportamiento del capitán del «Costa Concordia» – contra el cual, por cierto, se están llevando a cabo diligencias penales – había instituciones y personas que han dado lo mejor de sí para salvar vidas humanas y reducir los daños del infortunio? ¿Y está realmente convencido de la falta de seriedad de toda una nación? ¿No se ha encontrado nunca a nadie que, como, por ejemplo, los trabajadores italianos que visité hace unos días en Wolfsburg, llevan a cabo su trabajo con una dignidad y una pasión estimadas por todo el mundo?

Le recomiendo al señor Fleischhauer que deje de hacer generalizaciones basándose en la raza. Éstas son cosas del pasado que nadie añora. Podría relajarse y visitarnos en Italia. Se hallará con un gran país hospitalario que es capaz de, con un sorprendente entusiasmo individual y colectivo, aceptar con una sonrisa los prejuicios y no desea improvisar extraños tribunales.

Atentamente,

Michele Valensise

Embajador de la República Italiana

 

Como bien indicaba el embajador, los italianos también mostraron su consternación ante este ataque por parte de los alemanes, siendo el diario La Reppublica el primero en dar a conocer la noticia al público italiano y en ofrecer, al mismo tiempo, una respuesta contundente a los insultos germanos. El artículo, publicado pocas horas después del de Fleischhauer, el mismo día  23 de enero, se debía a la pluma de Andrea Tarquini:

DESASTRE DEL CONCORDIA[4]

Spiegel online: «¿Pero os sorprende que el comandante fuera un italiano?»

Duras declaraciones de Jan Fleischhauer, uno de los columnistas de la edición online del semanario alemán. Partiendo del naufragio, se lanza a un razonamiento acerca de las diferencias entre las naciones y llega a la crisis del euro. «Qué puede suceder cuando por motivos políticos se ignora la psicología de los pueblos, lo muestra la crisis monetaria».

BERLÍN. Pero, ¿alguien se ha debido maravillar que el comandante del infortunio, el capitán del Costa Concordia, fuera un italiano? La afirmación racista, que sabe mucho de complejos de superioridad aria, no proviene de los neonazis del NPD, sino de Jan Fleischhauer, uno de los columnistas del Spiegel Online, la edición en internet del semanario alemán. Y dice mucho sobre la idea que los alemanes tienen del resto de Europa.

«Con la mano en el corazón, pero, ¿os sorprende que el capitán fuera un italiano? ¿Podéis imaginar que una maniobra tal y el posterior abandono de la nave las hiciera un capitán alemán o británico?». Paciencia por la amnesia colectiva de los alemanes por lo que se refiere a pruebas de heroísmo (véase Cefalonia[5]). Fleischhauer continúa: «Conocemos el tipo de género de las vacaciones en el mar, hombres bravos con grandes gestos, capaces de hablar con los dedos y con las manos, en principio, gente incapaz de hacer el mal, pero necesario tenerlos lejos de maquinaria pesada y sensible, como se ve. ‘Bella figura’ es el deporte popular de masas italiano, es decir, impresionar a los otros; también Schettino quería hacer bella figura, desafortunadamente se encontró con un escollo en su camino».

No ha terminado: el editorialista del Spiegel online reconoce haber escrito frases políticamente incorrectas, basadas en estereotipos, en el racismo, «aunque –añade sin embargo inmediatamente– no está claro en qué medida los italianos sean una raza». El carácter nacional, continúa Fleischhauer, acariciando quizás involuntariamente ideas de regímenes pasados, es una cosa similar a la diferencia de comportamiento provocada por la diferencia entre los dos sexos. Y más aún: las naciones son diversas, por motivos climáticos y también la lengua juega su papel.

¿Cuál es el sentido de todo este razonamiento que quizás podría haber satisfecho tanto al ministro de propaganda del Reich, Joseph Goebbels? El editorialista del Spiegel online lo explica claramente: «Qué puede suceder cuando por motivos políticos se ignora la psicología de los pueblos, lo muestra la crisis monetaria». Claro, el euro está en crisis porque los italianos son todos tan poco fiables como Schetttino, tal vez en este juicio estén comprendidos Mario Monti y Mario Draghi. El error del nacimiento del euro, continúa el desenvuelto Fleischhauer, ha sido cerrar en la camisa de fuerza de una moneda única culturas tan diversas.

Es un pecado que Fleischhauer se olvide o finja que olvida que la reunificación alemana fue financiada por el resto de Europa porque los gastos del saneamiento de la Alemania del Este en bancarrota empujaron al Bundesbank a un aumento espantoso de las tasas. Lo cual llevó a un aumento de las tasas en cadena a toda Europa, arruinando, antes del euro, a las otras economías, no sólo la alemana.

Es un pecado también que no mencione la posguerra: la Alemania Occidental resurgió de las ruinas a las que la había reducido la guerra iniciada por Hitler porque los Estados Unidos y el Reino Unido gastaron miles y miles de millones tanto en el Plan Marshall para relanzar su economía, como en los gastos militares para crear la OTAN y defender a la Alemania Occidental de la Unión Soviética. Y mientras tanto la Alemania Occidental, con un ejército que en la guerra fría Der Spiegel definió como «bedingt einsatzbereit», es decir, sólo limitadamente operativo, disfrutaba de su bienestar consumista bajo el paraguas atómico y militar en general angloamericano y gracias al trabajo a bajo coste de los inmigrantes.

Entonces, ¿queremos hablar de carácter nacional? ¿Americanos y británicos demasiado generosos y derrochadores con el antiguo enemigo; italianos, españoles y turcos demasiado trabajadores en las cadenas de montaje de Volkswagen o Mercedes? ¿Y los alemanes incorregibles tras la Weltanschauung nacida entre ellos entre el 1933 y el 1945, según la cual las naciones no son comunidades de valores como en el mundo moderno, sino sólo razas como los caballos y los perros?

Al día siguiente, el diario Il libero[6] mencionaba el escrito de Fleischhauser y acusaba a Merkel de ser la verdadera culpable de la crisis del euro. El 27 de enero, día de la memoria del Holocausto, aparecía en el periódico Il Giornale la respuesta que más polémica ha levantado en Italia y en el mundo entero. En plena portada y en letras grandes se decía: «Nosotros Schettino, vosotros Auschwitz». Éste era el titular de una «carta a los alemanes» que Alessandro Sallusti redactaba en protesta por las injurias y las denigrantes palabras vertidas por la revista izquierdista Der Spiegel. He aquí el texto completo en español:

 

Carta a los alemanes[7]

Nosotros Schettino, vosotros Auschwitz

El seminario Der Spiegel nos define como un pueblo de cobardes porque «los italianos no son una raza». Vosotros sí, por el contrario, y lo habéis demostrado junto a Hitler.

Una nota de protesta de nuestro embajador en Berlín y nada más. Así está pasando de hecho en silencio la agresión a Italia perpetrada por Der Spiegel, el semanario alemán más importante. Portada sobre el caso Concordia y un título que no deja espacio a equívocos: «Los italianos muerden y huyen», literalmente, pero traducible como «Italianos cobardes». Según Der Spiegel, somos un pueblo de Schettinos y no hay que maravillarse de lo que ha pasado a lo largo del Giglio. Además: todos somos personas a evitar, un peso para Europa, un obstáculo al desarrollo de la moneda única.

Ellos, los alemanes, sí que son valientes, «con nosotros ciertas cosas no pasan porque, a diferencia de los italianos, somos una raza».

Que los alemanes sean una raza superior, ya lo habíamos leído en los discursos de Hitler. Recordarlo justamente hoy, el día de la memoria del Holocausto, es, cuanto menos, de mal gusto. Es cierto, nosotros, los italianos tenemos por Schettino sobre nuestra conciencia una treintena de pasajeros de la nave, aquellos de la raza de Jan Fleischhauer (autor del artículo) han matado a seis millones. Los judíos eran transportados en trenes a los campos de exterminio. Y nadie de la raza superior alemana intentó salvar a ninguno. A diferencia de nosotros, que de los pasajeros hemos salvado 4.200 y judíos, en la época de las desgraciadas leyes raciales, centenares de miles. También era italiano Giorgio Perlasca, fascista convencido, quien arriesgó la vida para salvar él solo otros 5 mil judíos. Es cierto, nosotros los italianos estamos hechos un poco así, propensos a no respetar las leyes, sean éstas de la navegación o raciales. Los alemanes, en cambio, son muy valientes. Los hemos visto trabajando en nuestras ciudades obedeciendo las órdenes de disparar a mujeres y niños, a menudo por la espalda. Por su valentía y superioridad han hecho estallar dos guerras mundiales que han destruido por dos veces consecutivas Europa. Se hacen los matones, pero hace sólo un año (septiembre 2010) dejaron de pagar (también a Italia) la compensación por los daños provocados del primer conflicto: 70 millones de una deuda que era de 125 mil millones. Han necesitado 92 años y, mientras tanto, nosotros, los pobres, les hemos ayudado primero a defenderse de la Unión Soviética y después a pagar el coste de la unificación de las dos Alemanias.

Estos alemanes son todavía hoy arrogantes y peligrosos para Europa. Si Dios quiere, no volverán nunca más los cañones, pero el arma de la moneda no es menos peligrosa. Por esto no debemos avergonzarnos. Nosotros tendremos a un Schettino, pero a vosotros Auschwitz no os lo quitará nunca nadie.

 

Adesso_Basta

 

Esta decidida reacción por parte de Il Giornale ha encontrado respuesta no en Alemania, sino en Italia, entre los grupos de izquierdas y «moderados» quienes ven en la defensa de Sallusti una «salida de tono» inadmisible[8]. Haciéndose eco, no obstante, de otras críticas positivas a su actitud valiente por defender a Italia y a los italianos frente a las descalificaciones alemanas, Sallusti publicó al día siguiente otro breve editorial en el que defendía sus palabras, señalaba el origen político de estos italianos pro-germánicos y antipatrióticos y abogaba a no claudicar ante Alemania. He aquí el texto:

 

¿SIERVOS DE LOS ALEMANES? ¡ITALIA DICE NEIN![9]

Desde ayer, al menos para nosotros, la difusión ha descendido y no poco. La distancia entre Alemania e Italia se ha acortado y no me refiero a los valores de los títulos del Estado.

Hablo de la conciencia de que los alemanes no son una raza superior, de que nosotros los italianos no somos sus esteras ni siervos de nadie. Lo deduzco después de haber leído muchos de los comentarios enviados a miles a nuestro diario y que han circulado por la red, de Facebook a Twitter, con el título: «Alemanes, nosotros Schettino, vosotros Auschwitz», con el que habíamos abierto la primera página de ayer en respuesta al despreciativo artículo publicado por el seminario Der Spiegel sobre el hecho de que los italianos, lo probaría el incidente de Giglio, serían una «no raza de cobardes».

El sentido de mi artículo era que los alemanes pueden enseñar algunas cosas, pero no cómo estar en el mundo. Su historia se lo impide y deben parar de hacerse los señores de Europa porque, independientemente del PIB, han engendrado sólo luchas y desastres. La sorpresa ha sido que sobre esta tesis se ha reencontrado un pueblo que no tiene color político, sino dignidad y sentido de la comunidad. Y que está harto de depender de los labios de Merkel y sus socios. Es una buena señal. Porque ya basta. No nos merecemos ser degradados por oscuras agencias de banqueros que en el curso de los años han engañado y saqueado. No nos merecemos que se burlen de nosotros por el mundo y que nos insulten periodistas de salón, globos inflados de la información. No nos merecemos ser compadecidos por una Europa que niega las raíces sobre las cuales los italianos durante siglos construyeron primero y la convirtieron después en el centro del mundo

Si todo esto es un éxito es porque nosotros, los italianos, lo hemos permitido en nombre del antiberlusconismo: denigrar a Italia para culpar al ex presidente. Alguno lo intentó también ayer, tomando partido por el Spiegel. A estos señores, que han criticado e insultado por haber invocado Auschwitz, quisiera recordarles que la jornada de la memoria del Holocausto que se celebró ayer no es una cuestión de estilo. Olvidar la responsabilidad alemana en la caza de los judíos en nombre de lo políticamente correcto es acercarse al negacionismo. Hablar de raza, como lo ha hecho el periodista del Spiegel, es acercarse al nazismo. No me arrepiento de haberlo escrito porque, parafraseando la frase símbolo del caso Schettino: ¡Italianos, volvamos a bordo, coño!

Con tales polémicas  es posible que los redactores del izquierdista Der Spiegel piensen que así fomentan las ventas entre el público alemán, ansioso de que alguien diga en voz alta lo que ellos no se atreven a decir, avivando una discusión acerca del carácter «chapucero» de los italianos en un tono «políticamente incorrecto». Lo que, sin embargo, consiguen con tales acciones los alemanes progresistas del Der Spiegel es presentar una vez más pruebas tangibles e innegables al resto del mundo de que el pueblo alemán continúa siendo tremendamente racista e incapaz de vivir junto con otras personas representando, como se dice en los artículos italianos, un peligro para Europa.

La crítica es bienvenida, siempre y cuando ésta se concentre en aquellos aspectos que deben ser corregidos para que la persona o la institución puesta en cuestión puedan mejorar y cumplir con mayor eficiencia su función. Lo que los alemanes están demostrando desde el caso griego hasta ahora con la polémica italiana es su desprecio y su arrogancia hacia el resto de sus vecinos europeos. No hace falta ser un experto en historia para darse cuenta de que esta actitud prepotente la llevan en la sangre y es la que ha provocado que, como muy bien recuerdan los articulistas italianos, ellos iniciaran dos guerras mundiales (que además perdieron) y crearan Auschwitz, esa máquina de matar eficiente como corresponde a todo lo que crean los «arios superiores».

La polémica con Grecia primero y con Italia después y las fuertes reacciones que en ambos casos se produjeron en contra de los alemanes prueban, asimismo, de manera fehaciente que, en la vida, no hay que dejarse pisar por nadie y, menos todavía, por el pueblo alemán. Un pueblo al que, históricamente, Europa no debe absolutamente nada y cuya forma de ser y moralidad han provocado más muertes y dolor en la historia de la humanidad que los más sangrientos imperios de la Antigüedad.

No habrá, por tanto, jamás una verdadera unión europea que englobe a su seno a todos los pueblos de Europa, mientras los alemanes continúen propagando y defendiendo prejuicios tan claramente excluyentes y racistas. Los problemas que padece la Europa actual no son únicamente económicos, sino que, como se puede observar, afectan a cuestiones mucho más fundamentales y «primarias», como diría la «mente superior» Jan Fleischhauer.


[4] http://www.repubblica.it/cronaca/2012/01/23/news/der_spiegel_schettino-28655077/?ref=HRER3-13. Conviene señalar al lector que las citas que los italianos traducen del artículo alemán no siempre son literales; de ahí que su traducción difiera en algunos pasajes de la versión que hemos ofrecido anteriormente.

[5] Aquí el autor está haciendo referencia a la ejecución en masa de soldados y oficiales de la 33ª división Acqui italiana por parte de la Wehrmacht en la isla griega de Cefalonia, tras la firma del armisticio en 1943 entre Italia y los aliados. Tal acción, equivalente en crueldad a la masacre comunista de Katyn, dio origen a la obra de John Madden La mandolina del capitán Corelli.

[8] Algunos de estos quintacolumnistas son Il Journal (http://www.iljournal.it/2012/der-spiegel-e-gli-italiani-aspettiamo-le-scuse/302067), L’Occidentale (http://www.loccidentale.it/node/113147) o Valigia Blu, que sostiene que toda la polémica se debe a un «error de interpretación» del texto original alemán (http://www.valigiablu.it/doc/727/cosa-ha-veramente-scritto-spiegel-online.htm).