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PLATÓN (c. 429 a.C. - 348/7 a.C.)

plato

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· BIOGRAFÍA  ·  OBRA ·

 

Vida de Platón

Texto original de Anthelm–Edouard Chaignet, La vie et les écrits de Platon, París, 1871, pp. 1–40.

 

Favorino, en su Historia Universal[1], hace nacer a Platón en la casa de Fidíades, hijo de Tales, en Egina, donde su padre había recibido un lote de tierra, cuando los atenienses estaban decididos a expulsar a los habitantes de la isla y a enviar una colonia. La cronología no hace imposible esta tradición; solamente obliga a admitir que Platón nació en el mismo año en que ocurrió esta colonización. Sin embargo, el historiador añade que su padre Aristón regresó a Atenas sólo cuando los Lacedemonios vencedores restablecieron a los eginetes en la posesión de su isla y los invasores fueron expulsados, es decir, en una época en la que Platón tenía veintiséis años y, dado que este detalle no concierta en modo alguno con lo que sabemos de la educación del nuestro filósofo, cuyos Maestros habitaron Atenas, es preferible rechazar generalmente toda la historia de Favorino y seguir aquélla de Apolodoro[2], que sitúa su nacimiento en Atenas, o al menos en el demo de Colito, situado a un cuarto de hora a pie de la ciudad[3]. La fecha es todavía más incierta: se fija habitualmente en el tercer año de la 87ª Olimpiada, en el 7 del mes del targelión, que correspondería al 21 de mayo del año 429 antes de nuestra era y admitimos como preferible, junto a muchos otros, esta fecha, que parece recomendar, sino confirmar un remarcable sincronismo, la coincidencia del año de su nacimiento con el año de la muerte de Pericles, la cual conocemos con certeza[4].

El día preciso, que parecen fijar con exactitud las fiestas con las cuales sus discípulos celebraron su aniversario[5] durante largo tiempo, presenta sin embargo unas particularidades que despiertan muy legítimas sospechas. Sócrates nació el mismo mes del targelión y los mismos antiguos se habían inquietado ante esta relación. “El poeta Ión”, dice Plutarco[6], “tiene razón al decir que, a pesar de la diferencia que se encuentra en la sabiduría y la fortuna, sus efectos son a menudo parecidos. Al menos parecen haber dispuesto muy a propósito el nacimiento de Sócrates y el de Platón, al hacer que primero se siguiesen de muy cerca; después, que aquél de mayor edad y que debía ser el maestro del otro, precediese inmediatamente en el orden de días al segundo”. A pesar de la duda que surge involuntariamente por la relación demasiado significativa en los dos días del nacimiento de Platón y de Sócrates, tal sería simplemente fortuito, un juego bizarro del azar, que posee precisamente aquello extraño que lo hace parecer una intención calculada. Mas hay todavía otro asunto: mientras que Sócrates nació el día en que Atenas celebraba un solemne sacrificio al nacimiento de Deméter Cloe, día propicio entre todos y en el que se purificaba la ciudad[7], su discípulo vino al mundo el día en que Atenas y las colonias jonias festejaban el nacimiento de Apolo, el dios de las artes, de la poesía, de la elocuencia y de la harmonía, de la gracia y de la belleza. Es conocida la predilección de los neoplatónicos por los mitos simbólicos destinados a expresar de una forma popular y poética ciertas ideas o ciertas relaciones. A este amor natural de ellos por la alegoría y el símbolo, se une el deseo de oponer a las leyendas del cristianismo naciente unas tradiciones no menos maravillosas y de deshacerse de su privilegio de robar la imaginación y los corazones por el prestigioso atractivo de lo sobrenatural, siempre poderoso, y en esta época especialmente poderoso en sus mentes. De aquí tales mitos y, en particular, aquellos de los que Platón fue objeto y que lo relacionan con Apolo.

El día del nacimiento, coincidiendo con el aniversario del nacimiento de Apolo, parece pues escogido, como los otros mitos que le conciernen[8], para expresar la impresión de que había formado su genio y la idea en ello concebida: es tan significativo, tan expresivo que no puede dejar de ser dudoso[9]. Tan bello genio no podría ser el hijo de un hombre:

Oὐδὲ ἐῴκει
’Aνδρός γε θνητοῖο παῖς ἔμμεναι, ἀλλὰ θεοῖο.

 

Fue así el hijo de Apolo, que había ordenado al marido de su madre no acercarse a su esposa durante los primeros diez meses de su matrimonio[10]: lo que no quiere decir completamente, como lo interpreta San Jerónimo, es que las tradiciones griegas hacían al príncipe de la filosofía hijo de una virgen[11]. Vemos que estos mitos se reproducen en todas las épocas de su vida. Apenas nacido, sus padres hacen un sacrificio en el monte Himeto y consagran su hijo a Pan, a las Musas y a Apolo. Es aquí, durante el sacrificio, que unas abejas vienen a depositar su miel en la boca del infante dormido, a fin de verificar en su persona el verso de Homero:

Tοῦ καὶ ἀπὸ γλώσσης μέλιτος γλυκίων ῥέεν αὐδή[12].

 

El día que su padre le presentó a Sócrates, se encontró con que éste acababa de contarle a sus amigos un sueño que había tenido la noche anterior. Le pareció ver volar desde el altar de la Academia, consagrado al Amor, un pequeño cisne que se refugió en su seno y que se alzó a continuación a los cielos, cautivando a los dioses u a los hombres con una suave melodía[13]. Platón mismo, unos momentos antes de morir, se ve a sí mismo, en un sueño, transformado en cisne –éste es el pájaro de Apolo– y, para escapar de las manos de los cazadores, vuela de árbol en árbol[14]. Finalmente, se destaca que alcanzó en su vida el número sagrado y perfecto de 81, que anunciaba, dice Séneca, una naturaleza más que humana. De aquí el honor de sus manes, un sacrificio ofrecido por magos que se encontraban por casualidad en Atenas[15]. En efecto, el número 81 es el cuadrado de 9 y 9 es el número de las Musas, hijas y compañeras de Apolo. Todos estos mitos parecen, pues, manifestar la impresión que tuvo su genio sobre los antiguos y expresar la idea que éstos se formaron de él. Como Homero, con el que gustan relacionarlo, Platón es para ellos el tipo viviente y humano de belleza moral, de lo mesurado y de la harmonía de los cuales Apolo es el tipo divino[16].

Su genealogía real[17] ofrece un origen no menos glorioso que aquél que le atribuye esta mitología simbólica: pertenecía a la más grande y más ilustre familia de Atenas[18] y tanto por parte de su padre como de su madre era de raza real e incluso divina. Aristón, su padre, hacía remontar el origen de su familia hasta Crodo, hijo de Melanto, que descendía de Neleo y Neptuno[19]. Sin embargo, a pesar de esta sangre divina que corría por sus venas, ni Aristón ni su padre Aristocles han dejado rastro alguno en la historia. Según costumbre de las grandes familias de su país, Platón tomó el nombre de su abuelo Aristocles, que cambiará más tarde, para tomar aquél por el que es universalmente conocido y que le fue dado a causa de la anchura de su pecho[20] o a causa de la belleza de su ancha frente o, finalmente, a causa del carácter amplio y tendido de su mente[21].

Διὰ τὸ πλατὺ καὶ ἀναπεπταμένον τῆς φράσεως.

 

La familia de su madre, Períctone de Potona, jugó al contrario un importante papel en la historia interior de Atenas y en sus revueltas y agitaciones políticas. Se relaciona a través de Glaucón y Critias con Drópides, hermano o primo de Solón, que descendía igualmente de Codro[22]. Critias hijo de Calescro, su tío abuelo, y Cármides, su tío materno, habían tomado parte en el gobierno oligarca y, tras esto, siendo especial y tristemente célebre el primero, fueron asesinados el mismo día del combate que Trasíbulo libró contra los Tiranos[23] y cuyo éxito llevó a Atenas finalmente de su violenta y sangrienta dominación. Platón, pues, mantenía unas relaciones muy íntimas con el partido aristocrático y parece no haberse mostrado insensible a la representación de su familia, que menciona en el Cármides[24] y Timeo[25]. Es por esta relación y, a consecuencia de sus íntimas relaciones con Critias y Cármides, que se ha querido explicar el carácter de sus ideas políticas y sus marcadas preferencias, si bien acompañadas de reservas expresas[26], por el régimen aristocrático del cual el Lacedemonio era el modelo. [...]

Platón tenía dos hermanos: Adimanto y Glaucón, que aparecen en la República[27], y una hermana llamada Potona, cuyo hijo Espeusipo sucedió a su tío en la Academia[28].

De los elementos que, según las ideas de los griegos, constituían una educación perfecta[29], no omitió ninguno. Tuvo como maestro de gimnasia a Aristón de Argos y parece ser que aprovechó bien sus lecciones como para ganar dos premios en los Juegos Olímpicos y en los Juegos Ístmicos[30]. La música le fue enseñada por Dracón, educado por el célebre Damón y por Metelo de Agrigento[31]. Todos sus diálogos y, particularmente, el Timeo, demuestran que había llevado a su extremos los estudios teóricos de este arte que, en la antigüedad, estaba estrechamente vinculado a las matemáticas. Fue Dionisio el Gramático, mencionado en los Amantes, quien lo inició en ese conjunto de conocimientos liberales que los antiguos llamaban la gramática[32] y mucho tiempo antes de su viaje a Egipto tal vez escuchara en Atenas al célebre matemático Teodoro de Cirene[33], que vino a visitar la ciudad antes de la muerte de Sócrates. La importancia de las matemáticas sin duda fue grande a sus ojos; mas se ha exagerado mucho esta opinión, dado que nunca le fue otorgado sino el segundo rango en la jerarquía de las ciencias. Plutarco remarca que la famosa frase ἀεὶ γεωμετρεῖν τὸν θεόν no se encuentra en ninguna de sus obras[34], y éste es sin más el fundamento de aquellos que le atribuyen el haber colocado sobre la puerta de su escuela la inscripción: μηδεὶς ἀγεωμέτρητος εἰσίτω[35], que tiene más bien un origen pitagórico. Sin embargo, Platón fue uno de los mayores promotores de esta ciencia[36] y es necesario creer en la tradición que recoge Proclo, que es a él que se debe la invención del método analítico y de las secciones cónicas[37].

Según los documentos de familia conservados por Espeusipo, su espíritu, desde la infancia, vivo y rápido, dócil y modesto, ardiente y laborioso, le permitió aprovechar esta educación liberal[38]; mas, a pesar de las esperanzas legítimas que podían haber nacido y el amplio apoyo de su familia y su propio talento, renunció temprano a la vida política[39], la única sin embargo digna de un hombre, según el sentimiento de toda la antigüedad y que él mismo consideró no solamente como el más grande honor, como el más grande deber un buen ciudadano, sino como la perfección y por así decirlo la coronación de la vida filosófica[40].Si se ha de creer la carta séptima, cuya autenticidad es aceptada por muchos críticos y cuyo testimonio parece sustancial a los ojos de los mismos que la condenan, habría probado la política, e incluso habría tomado parte en el gobierno de los Treinta; mas habría renunciado rápidamente, disgustado por los excesos y furores los partidos[41].

Lo que Eliano transmite sobre la pobreza de su juventud, que le habría obligado a servir como mercenario, no merece confianza alguna[42] y, sin importar en qué se crea que se ocupó en su época y en sus circunstancias, que restan totalmente desconocidas para nosotros en lo que respecta a los deberes militares impuestos a los ciudadanos[43], no se puede dar crédito a las historias de Diógenes y del mismo Eliano[44] que, a pesar de la cronología, lo hacen presente en las campañas de Tanagra, de Corinto y de Delio[45].

Todo esto es, probablemente, para explicar el carácter de su estilo o aquellos conocimientos técnicos que mostró en sus obras[46], viéndose que practicó prácticamente todas las artes, tanto la pintura como la poesía, abordando todos los géneros, el ditirambo, la poesía mélica, la tragedia, incluso, como recoge Eliano, la epopeya[47], impulsado sin duda por esa orgullosa ambición que se le concede de eclipsar con su gloria la gloria de Homero[48]. A lo cual se añade que iba a presentarse con una tetralogía[49] y había ya entregado sus piezas a los actores, cuando escuchó a Sócrates[50]; así decidió su vocación; tiró al fuego sus dramas y todos sus versos, que tal vez no fueran demasiado valiosos[51] y se entregó exclusivamente a la filosofía: tenía entonces veinte años[52]. Una vez cautivado por la elocuencia irresistible de su nuevo maestro, que comparaba a la voz encantadora de una sirena, no le abandonó hasta su muerte, que llegó unos ocho o nueve años después. Sin embargo, una enfermedad le evitó el consuelo de asistir a los últimos momentos de su amigo[53] y de escuchar su última conversación, el cual será el más patético de sus diálogos y tal vez el más perfectamente bello[54].

Si Platón no tuvo tan triste júbilo, asistió al menos en todas las fases del proceso; él habría estado entre los que se comprometieron a ofrecer una fianza por Sócrates[55] y probablemente también uno de los que ofreció a Critón su fortuna para ayudar en la evasión de su amigo común[56]; y además, si ha de creerse a Justo de Tiberíades, citado por Diógenes, trató, en el tribunal, de tomar la palabra en favor del acusado[57]; mas, tras sus primeras palabras, fue violentamente apartado a causa de su juventud: estaba cercano ya, sin embargo, a los treinta años.

Aunque era muy joven cuando conoció a Sócrates, puede creerse[58] que, sin embargo, ya había recibido alguna instrucción en filosofía, y, en particular, que había sido iniciado por Crátilo en la doctrina de Heráclito. Mas es imposible detenerse un instante en la opinión que le atribuye todavía como maestros de lógica a Parménides y Zenón[59], puesto que Ateneo discute la misma posibilidad cronológica de la conversación de Sócrates con los representantes y jefes de la escuela de Elea[60]. El Sr. K.–Fr. Hermann[61] no acepta que la enseñanza de los sofistas, que habían heredado y abusado de la dialéctica eléata y que tuvieron tanta repercusión en Atenas, pudieran haber contribuido a despertar en Platón el gusto por lo filosófico y a formar su talento como escritor. Las razones que da no me convencen; objeta que los más ilustres de estos maestros del error y de la elocuencia no estaban en Atenas en el momento en que Platón podría haber aprovechado sus lecciones. Protágoras, en efecto, había muerto, si seguimos los cálculos de Fréret[62], en el 410 antes de Jesucristo: Platón no tenía entonces más que dieciocho años y no conocía quizás siquiera a Sócrates. Gorgias[63], es cierto, todavía vivía; mas fue en Tesalia y no en Atenas en donde pasó los últimos años de su larga carrera. Pródico, por fin, debía haber estado en esta época en Tebas, si es cierto que la cautividad de Jenofonte, durante la cual siguió en esta ciudad las lecciones del sofista, cae en la Olimpiada 92. Sin duda, en los últimos años de la guerra del Peloponeso, Atenas, agotada, irritada por sus derrotas, inquita por su devenir, no ofrecía ya a estos artistas de la palabra la agradable estancia que habían disfrutado largo tiempo atrás[64]. Mas, aunque los libros eran raros en aquella época[65], ¿quién podría admitir que estas doctrinas, profesadas con semejante brillo, acompañadas de semejante resonancia y de un entusiasmo por así decirlo universal, no dejaron, tras el partir de sus elocuentes intérpretes, ningún rastro, ningún recuerdo y quién podrá negar que no hayan podido, que no hayan hecho suscitar en Platón al menos el instinto de la polémica y el gusto por la filosofía? Además, entre los discípulos de Sócrates, que conoció sin duda justo antes de abandonarse enteramente a la dirección de su maestro común, Antístenes, que había escuchado a Gorgias; Simias y Cebes, que habían seguido las lecciones de Filolao, y también, quizá, las de Pródico; Euclides, discípulo de los eléatas y amigo personal suyo, habían podido dar una amplitud de miras sobre la cual sólo cabe suponer, sin demasiada temeridad, una curiosidad y un ardor precoces por las cuestiones científicas[66]. Sabemos que, en efecto, el desarrollo del talento y del saber de Platón fue rápido, ya que publicó, en vida de su propio maestro, algunos de sus diálogos, entre los cuales se encuentran el Lisis[67] y el Fedro, que fue, se dice, su primera obra[68]. Finalmente Critias, su pariente, y a quien a menudo trae a escena en sus diálogos por lo que sería temerario suponer entre ambos una íntima relación, gustoso de frecuentar a los sofistas tanto como a Sócrates y a mezclarse en sus controversias filosóficas; ¿qué sería más natural que haber iniciado a su joven sobrino en estos gustos y en estos estudios que le habían valido en Atenas la reputación de ser ἰδιώτης ἐν φιλοσόφοις, φιλόσοφος  μὲν ἐν ἰδιώταις[69]?

Al morir Sócrates, es decir, en 399, Platón, entonces con casi treinta años[70], siguió a Megara a los discípulos de su sabio, que temían que la gente extendiese sobre ellos su cólera y fuesen llevados por los mismos excesos y la misma violencia[71]. En Megara encontró a Euclides que había establecido en esta ciudad un centro de estudios filosóficos y quien, aunque discípulo de Sócrates, había adoptado en gran parte las teorías de los eléatas, al menos la dialéctica, de la que su escuela abusará bien pronto.

Aquí Hermógenes pudo iniciarlo en la doctrina eléata[72], si no la conocía ya, bien a través de los libros, bien por las comunicaciones orales, como cierto es, por el Fedón, que habían ya penetrado en Atenas las ideas pitagóricas. Sin importar lo que sea, es apenas cierta que la dirección de su espíritu debió estar influida por su viaje a Megara, en donde vivió en trato íntimo y acaso largo con hombres consagrados a las doctrinas que más tarde sin duda combatiría, mas que admitía también en parte, modificándolas y basando en ellas sus propias ideas[73].

Al abandonar Megara[74], en donde permaneció durante un tiempo desconocido, comenzó sus viajes[75]. El comercio había establecido relaciones frecuentes entre Grecia y Egipto, Asia Menor, Sicilia e Italia: los testimonios intelectuales habrían surgido necesariamente de las relaciones comerciales y los sofistas habrían singularmente contribuido a través de sus sistemas de conferencias ambulantes a este intercambio de ideas y a la difusión de sus doctrinas. Platón podría así haber conocido, justamente en sus viajes, las doctrinas que habrían nacido en el extranjero. Ésa es, pues, una afirmación poco fundada para pretender, como hace el Sr. Stallbaum, que a Platón le habrían resultado completamente foráneas las teorías pitagóricas antes de haber visitado Italia; y es ciertamente temerario extraer de este principio, si se admitiese con ligereza, la conclusión de que no deben situarse en la juventud de Platón ninguna de las obras que presentan rastros de las doctrinas de Pitágoras, como por ejemplo el Fedro. Mas, sin llegar hasta tal exceso de razonamiento, nadie negará la influencia que estos viajes ciertamente científicos pudo ejercer sobre el espíritu de Platón y las tendencias de su filosofía, especialmente si se reflexiona sobre el hecho de que una parte de sus doctrinas fueron objeto de una enseñanza secreta, oculta a menudo bajo formas enigmáticas[76] y exigiendo, para ser bien comprendida, una verdadera iniciación.

Si ha de creerse a Cicerón, nuestro testimonio más antiguo, aunque bien alejado de los hecho que recoge, su primer viaje fue a Egipto, el cual comenzó con una visita a Teodoro de Cirene[77]. Según dice Estrabón, se podía ver todavía en su tiempo en Heliópolis la casa que Platón había ocupado, cerca del palacio de los sacerdotes, durante su estancia de trece años, con Eudoxo, su compañero de viajes y estudios[78]. La cronología no permite admitir ni el viaje de Eudoxo[79], ni la estancia de trece años, que el Sr. K.–Fr. Hermann reduce, por buenas y sólidas razones, a tres[80], de 393 antes de Jesucristo, a 390. Diógenes Laercio nos dice que Platón enfermó en Egipto y que había sido cuidado y curado por los sacerdotes[81]; y Plutarco pretende que, para cubrirse los gastos del viaje, había comerciado en este país con aceites[82], industria considerable y muy lucrativa en la antigüedad.

No puede admitirse demasiado una influencia directa de Egipto sobre las ideas filosóficas de Platón: le vemos celebrar como inventos egipcios el descubrimiento de los números, del cálculo, de la escritura, de la geometría, de la astronomía, del tric–trac y los dados[83]; alaba los procederes prácticos de su sistema educativo[84]; loa su sentimiento religioso y la intención moral que les hace consagrar a los dioses los días festivos y santificar todas las artes, como la danza, con la religión y la plegaria[85]; alaba finalmente las leyes que determinan en Egipto el carácter de todas las artes y, prohibiendo a los artistas toda innovación, los condena a repetir servil y eternamente el modelo una vez adoptado[86]. Mas sus elogios, se ve, apuntan únicamente a las artes técnicas, a los procederes prácticos antes que a las ciencias, a las direcciones políticas y morales antes que a sus ideas filosóficas[87]. ¡Una filosofía egipcia! No se encuentra rastro alguno, menos aún en Platón.

Se ha exagerado, además, sobre su admiración por la sabiduría y las instituciones de los egipcios; ha visto de bastante cerca sus gentes activas e industriosas para discernir y perder, si es que había así lo había concebido, ciertamente esta ilusiones; los caracteriza con la expresión poco aduladora φιλοχρήματον[88] y encuentra que sus artes merecen el nombre de una bastante mala industria antes que el de ciencia πανουργίαν ἁντὶ σοφίας[89]. Señala que entre ellos hay bastantes instituciones viciosas[90]; no se aprecia trazo alguno del fanatismo religioso que impulsó a los egipcios a aislarse de las otras naciones y, en sus más quiméricos sueños de constitución política, no deja lugar alguno al elemento sacerdotal, órgano esencial de su gobierno. Platón, a pesar de todo, es un griego y un verdadero ateniense[91]; no ve en el sacerdote más que un magistrado y un servidor del Estado[92]. De Egipto, va a Fenicia, siguiendo a Olimpiodoro[93], sobre lo que los Padres de la Iglesia[94] se posicionan diligentemente. Fue aquí que lo detuvo la guerra, que no le permitió llegar, como deseaba[95], hasta Persia y la India, cuando fue iniciado por los magos en las doctrinas de Zoroastro y por los caldeos en la astrología[96].

Pueden sin temor situarse estas historias entre las fábulas; mas es cierto[97] que visitó la Italia meridional, en donde se unió a Arquitas en Tarento, a Timeo en Locri, a Eudoxo de Cnido[98], y en donde se sitúa, acaso más tarde, la costosa adquisición de los tres libros de Filolao[99]. Tras una estancia de duración ignorada en Italia, viajó a Siracusa[100], en donde entró en contacto con Dionisio el Viejo y se relacionó con Dion. Una carta que se le atribuye[101] le hace tener en la época de este primer viaje cuarenta años: habría sido, pues, en 389[102]. El filósofo, primero bien acogido, no tardó en enemistarse con el tirano, que le perdonó ante los ruegos de Dion y Aristómenes; mas, comprometido en ese momento con Lacedemonia, el tirano declara a Platón prisionero de guerra y lo devuelve como tal a Polis, embajador de Esparta. Éste lo vendió en Egina, en donde los furores más legítimos del odio nacional contra los atenienses hacían correr a su vida peligros de los cuales había escapado en Sicilia por gracia de la amistad e influencia poderosa de Dion[103]. La abnegada generosidad de Anniceris, su anfitrión en Cirene, lo salvó. Rescatado por el al precio de 20 ó 30 minas, Platón pudo regresar a su patria, tras diez u once años de ausencia, hacia el año 388 antes de Jesucristo[104].

Aquí se consumó uno de los más ardientes deseos de su juventud: inaugura en el gimnasio de la Academia una enseñanza que continuará durante cerca de veintidós años[105].

Si se exceptúa a Sócrates, quien, propiamente hablando, no tenía escuela, todos los antiguos filósofos, los propios Pitágoras y Zenón de Elea, habían hecho pagar por sus lecciones. Platón sintió que esto no era el amor a la sabiduría, sino tener una tienda de palabras y ofreció el primer ejemplo de una enseñanza gratuita[106]. Esta noble práctica, por la cual se distinguía de los ávidos sofistas, fue constantemente seguida por los filósofos de su escuela[107], que, a causa de eso mismo, se vieron más tarde obligados a someterse a otro yugo y aceptar un salario del Estado. Se convirtieron entonces en profesores oficiales, nombrados y revocados por el Estado, en lugar de restar independientes y libres como aquellos de las otras sectas lo fueran antes, hasta el momento en que la centralización romana hizo de la enseñanza una institución del imperio y cátedras públicas fueron establecidas para todas las escuelas de filosofía y de retórica[108].

Tras haber permanecido en su patria durante veintidós años, que consagró a la enseñanza y a la composición de sus obras, Platón se deja persuadir por Dion para regresar a Siracusa para procurar hacer del joven Dionisio[109] el modelo de príncipe, a la vez que hacer de él un filósofo[110]: esto habría sido a comienzos del invierno del año 368: confía su escuela y su enseñanza a Heráclides de Heraclea y parte llevándose consigo a Espeusipo, hijo de su hermana[111].

Mas Dionisio está en desavenencia con su tío y, habiéndolo enviado al exilio, Platón renuncia a sus quiméricas esperanzas de hacer de la tiranía un instrumento de política honesta y abandona en 365 Siracusa, a donde tendrá todavía la imprudencia o el coraje de regresar, cuatro años más tarde a la edad de sesenta y nueve años para intentar reconciliarlos. Sus esfuerzos fueron inútiles[112]: se encontró de nuevo con los peligros que difícilmente le evitaron los pitagóricos de la Magna Grecia, sus amigos, con la invitación y su garantía bajo la cual había emprendido este viaje[113]. Regresando definitivamente a Atenas, reparte sus últimos años entre la enseñanza[114] y la revisión y la composición de sus diálogos[115] y morirá en un banquete nupcial, siguiendo una tradición más poética que cierta[116], el decimotercer año del reino de Filipo, el décimo año de la 108ª Olimpiada, el año 347 antes de Jesucristo. Los atenienses le hicieron, se dice, magníficos funerales[117]; su tumba, situada en la Cerameica y cerca de la Academia[118], recibió sin duda un epitafio que no podemos distinguir de entre todos los epigramas de los que nos informan los historiadores y de los que daremos únicamente uno:

Tοὺς δυ᾽ Ἀπόλλων φῦς᾽ Ἀσκλήπιον ἠδὲ Πλάτωνα,
τὸν μὲν ἵνα ψυχὴν, τὸν δ᾽ ἵνα σῶμα σόοι[119]:

“Estos dos grandes hombres, Esculapio y Platón, deben su alumbramiento a Apolo, que los hizo nacer, a unos parar curar el cuerpo, al otro para curar el alma”. Sus discípulos instituyeron un banquete anual[120] en el que celebraban el aniversario de su nacimiento con himnos de los que se ha conservado un verso[121] y Aristóteles le elevó un altar: fue en efecto a Aristóteles que perteneció el deber y el honor de rendir tan piadoso testimonio de admiración, de respeto y de reconocimiento[122]. Platón no se casó[123]: dejó su herencia, en los términos del testamento que Diógenes de Laertes nos ha conservado, a un pequeño niño παιδίον, que difícilmente podría creerse su hijo, si se coteja la edad que designa el diminutivo, con la edad en la que murió Platón: Ménage cree que se trata del hijo de su hermana, quien por lo demás vivió poco[124]. La herencia pasó rápidamente a Espeusipo, quien, moribundo, legó a otro sobrino de Platón la escuela fundada por su tío y maestro.



[1] Diog. L., III, 3.

[2] Diog. L., III, 3.

[3] Antileón, citado por Diog. L., III, 3 – Jac. Spon., De Pag. attic., p. 20.

[4] Para comprender bien las dificultades de esta cronología, es recomendable tener a mano las tablas de los arcontes, al menos de la dos Olimpiadas, 87 y 88, que tomo de Casaubon, ad Athen., p. 377.

Ol. 87 α. Arcontes: Pitodoro. Sitio de Potidea.
 β.   “  “  Eutidemo. Comienzo de la Guerra del Peloponeso.
 γ.   “  “  Apolodoro.
 δ.   “  “  Epaminón, o Epaminondas,o Aminias.
Ol. 88 α.  “  “  Diotimo.
 β.   “  “  Euclides.
 γ.   “  “  Eutidemo.
 δ.   “  “  Estratocles.
Ol. 89 α.  “  “  Isarco.
Mantiene la Crónica de Alejandría que nació Platón en la Ol. 89, α, que tenía como arconte a Isarco y corresponde al año 424 antes de nuestra era. Eusebio sitúa su nacimiento en la Ol. 88, 4, es decir en 425, bajo el arcontado de Estratocles; Apolodoro, Plut., Symp., VIII, i, 1; Apul., de Dogm. Plat.; Hermodoro, Ol. 88, 1, es decir en 428; Ateneo, l. V, p. 217, la fija en el arcontado de Apolodoro, es decir, Ol. 87, 3 = 430. Diógenes, III, 3, y el autor de los Prolegg. griegos a la filosofía de Platón, c. 2, hacen, el primero, nacer a Platón y morir Pericles bajo el arcontado de Aminias. Los alemanes cambian en el texto de Diógenes el nombre de Aminias por el de Epaminón, basándose por un lado en el Anónimo, por otro, en Ateneo, V, 217. Saumaise, ad Solin., p. 157, ha cambiado, al contrario, el nombre de Epaminón en Ateneo, sustituyéndolo por ἐπ’ ’Αμείνονος; Meursius, de Archont. Athen., l. III, c.3, conserva el texto de Ateneo, e incluso restaura a partir de esta lección el pasaje del Escoliasta de Eurípides que a través del argumento de Hipólito indujo ἐπ’ ’Αμείνονος El segundo hace nacer a Platón bajo el arcontado de Aminias, mientras todavía vivía Pericles. El autor anónimo de las Olimpiadas restablece el nacimiento de Platón al arcontado de Epaminón. Ahora bien, sabemos que Pericles murió en otoño del año 429, Ol. 87, 4, en el tercer año de la Guerra del Peloponeso, y Ateneo, V, p. 218, nos informa que este evento tuvo lugar bajo el arcontado de Epaminón.

¿Qué fecha escoger entre todas las fechas? ¿Y cómo, si Pericles murió bajo el arcontado de Epaminón y si Platón nació bajo otro, se ha podido anunciar un sincronismo entre estos dos eventos? El año ático comienza en el mes de julio; el año romano, que se ha convertido en el nuestro, en el mes de enero, de forma que cada año romano se corresponde con dos arcontados; por ejemplo: el año 429 fue el fin del arcontado de Apolodoro y el comienzo del arcontado de Epaminón. Es probable que los cronologistas hayan mezclado y confundido estos dos modos de contar y ésta sin duda a causa de esta confusión que hay dos diferencias en el número de los años y en el nombre de los arcontes, diferencias que aumentan todavía aquellos que las han querido corregir.

La fecha de la muerte es más segura: se coincide generalmente en situarla en la Ol. 108, 1, que comprende el fin del año 348 y el comienzo del año 347. Mas, como la duración exacta de la vida es tan diversamente apreciada, no podemos prácticamente concluir en cómo fijar la fecha del nacimiento. Unos, en efecto, como Cicerón, de Senect. 5, Dionisio de Halicarnaso, de Comp. verb., hacen vivir a Platón ochenta años; otros, y son la gran mayoría, ochenta y un años, como Hermipo, citado por Diógenes, III, 2; Luciano, Macrob. 20; S. Agustín, de Civ. Dei, VIII, 11; Censorino, de Die nat., 15; los Prolegómenos, c. 6; Séneca, Ep., 58, 31. Ateneo, V, p. 217, eleva el número a ochenta y dos años, mientras que Valerio Máximo, VIII, 7, extr. 3 y Neantes, citado por Diógenes, III, 3, lo fuerzan hasta ochenta y cuatro.

Por último, para finalizar con la información cronológica, Plutarco, Vit. Isocrat. 2, hace a Platón siete años y, en los Prolegómenos, c.2, al igual que Diógenes, III, 2, seis años más joven que Isócrates, nacido en la Ol. 86, 1, es decir en el 436.

Es este último detalle el que, junto al sincronismo de la muerte de Pericles, nos hará adoptar el año 429 antes de nuestra era: Platón habría nacido en la Ol. 87, 3, que se corresponde con el comienzo de este año; Pericles habría muerto en la Ol. 87, 4, que se sitúa al final; de esta forma Platón sería siete año mayor que Isócrates y, muerto en 348, habría alcanzado a vivir ochenta y un años.

Consúltese sobre la cuestión cronológica, Corsini, Fasti Attici, III, 229, b, y la memoria de Die natali Platonis, ejus aetate et in Italiam itineribus, impresa en la obra de Antoni Gorio, erudito anticuario florentino, titulada Symbolae litterariae, opuscula varia complectentes, Florent., 1751, 8, p. 80.

[5] Plut., Symp. Qu., l. VIII,1, i; Apul., de Dogm. Plat., 1. Se ha señalado que el día en el que se sucede la conversación en la que se discute la gran cuestión de la República fue el 21 del mes Targelión; pero, ¿qué concluir de aquí?

[6] Plut., Symp. Qu., 1. 1.

[7] Diog. L., II, 44; El., Hist. var., II, 25. ‘Hμέρα πολλῶν καὶ ἀγαθῶν αἴτια. Este fue, igualmente, el día del nacimiento de Alejandro.

[8] Es por ello que Favorino, Dióg. L., III, 2, lo hace nacer en Égina, en la casa de Fidíades, hijo de Tales.

[9] Ottfr. Müller, the Dorians, Engl. Translation, vol. I, p. 336. “According to Delian tradition, Artemis and Apollo (ἑβδομαγέτης) were born on the sixth and seventh days of this month”; y en la nota: “It is probably a fiction that (der maieutische) Socrates was born on the former, Plato on the latter day”.

[10] Dióg. L., III, 2; Plut. Symp. VIII, qu. 1; Olimp., Vit. Plat.; Apul., de Dogm. Plat., 1; Oríg., c. Cels., l.1, 37, y l. VI, 8. Orígenes compara la concepción sobrenatural de Jesús con la historia de la concepción de Platón por Apolo, y en un punto (l. VI, 8) opina que sólo los malintencionados pueden dudar de tales historias; en otro pasaje (1, 37), dice que la historia sobre Platón pertenece a los mitos, con los cuales se quiere explicar la sabiduría y la extraordinaria capacidad de ciertos grandes hombres; mas deja aquí de lado la historia de la concepción de Jesús: muestra pues, de hecho, la similitud de ambas historias, dando a una interpretación mítica y callando sobre la otra. Lo que es remarcable de estas tradiciones, es que la leyenda parece haberse formado alrededor del nombre de Platón, casi en vida de éste, si por lo menos se cree en la aserción de Diógenes, III, 2, que afirma que el rumor que corría en Atenas de un nacimiento sobrenatural estaba atestiguado no sólo por Anaxílides, cuya época nos es desconocida, sino también por Clearco de Soles, discípulo de Aristóteles y, lo cual es más grave todavía, por Espeusipo, hijo de la hermana de Platón (sororis Platonis filius, S. Jerónimo, Adv. Jovin., I, 23).

[11] S. Jerón., c. Jovin., l. 1, 23. “Sapientiae principem non aliter arbitrantur nisi de partu virginis editum”.

[12] Prolgg., c. 2; Apul., de Dogm. Plat., c. 1; Olimpiod., c. 1.

[13] Dióg. L., III, 5; Apul., de Dogm. Plat., l. 1; Pausan., Attica.

[14] Prolgg., c. 1; Olimpiod., c. 1. ’Aπολλωνιακὸν γὰρ τὸ ὄρνεον.

[15] Sénec., ep. 58. “Rati amplioris fuisse soriis quam humanae, quia consummasset perfectissimum numerum quem novem novies multiplicata componunt”.

[16] Prolgg., c. 1. Θεῖος δὲ ἦν ὁ Πλάτων, καὶ ’Aπολλωνιακός... ἔτι δὲ κἀκ τοῦ καιροῦ τῆς γενέσεως τεκμαιρόμεθα αὐτὸν ’Aπολλωνιακὸν ὄντα... ταὐτὸν γὰρ ἑκάτερος, ‘Oμηρός τε καὶ Πλάτων πεπόνθασιν, διὰ τὸ ἐναρμόνιον αὐτῶν τῆς φράσεως... Olimpiod., c. 6, lo compara igualmente con Homero: Δύο γὰρ αὗται ψυχαὶ λέγονται γενέσθαι παναρμόνιοι.

[17] Encontramos su genealogía materna extensamente en Proclo, in Tim., p. 25, quien corrige las de Jámblico y de Teón en aquellos puntos importantes. M. H. Martin ha trazado esta tabla cronológica, señalando los puntos oscuros: la cuestión de si Drópides y Solón eran primos hermanos o hermanos. Comp. Meursius, de Arch., l. 1, c. xiii.

[18] Siguiendo a Antileón, en el segundo libro de su Cronología, era del demo de Colito (Dióg. L., III, 2), que pertenecía a la tribu égida.

[19] Dióg. L., III, 1.

[20] Platón fue bello y fuerte, si hemos de creer a Epícteto, Dissert. I, 8, 13, y un bello busto que Visconti, Icong. grecq., I, 169, pl. XVIII, considera como auténtico: tenía los hombros altos y fue durante algún tiempo la moda, entre los discípulos de su escuela, imitar esta actitud, como se imitaría más tarde la tartamudez de Aristóteles y la cabeza pensante de Alejandro. Plut., de Discen. adul. et amic. Su voz era débil y aguda. Dióg. L., III, 5.

El Recueil iconographique de Faber1, la Iconologie de Canini2 y el Trésor des Antiquités grecques de Gronovius3 contienen imágenes de Platón de las que los anticuarios han cuestionado, parece ser que con razón, su exactitud al igual que su autenticidad, únicamente apoyada en una inscripción griega, grabada en sobre una herma4 y que es apócrifa. No son más que las cabezas ideales y barbadas de un Baco indio. Winckelmann5 creyó auténtica una cabeza grabada sobre una cornalina y ornamentada, por encima de la oreja, con dos alas de mariposas, que considera que deben significar la inmortalidad del alma: supone, pues, que se trata de una designación simbólica de aquel filósofo que desarrolló la doctrina de más fuerza y elocuencia, el autor del Fedón. Mas, dado que este símbolo es común a más de una figura mitológica y que la doctrina de la inmortalidad y del renacimiento del alma no es exclusiva de Platón, es difícil admitir, siguiendo las tradiciones constantes de la escultura griega, que esta cabeza rizada y ornamentada con perlas represente la imagen de un filósofo griego. El único busto que Visconti reconoce como auténtico es el que está grabado en la Iconographie y que pertenece a la galería de Florencia: es un busto de mármol, de la mitad de tamaño natural, que se cree es el mismo que fue hallado cerca de Atenas y por debajo del cual se lee el nombre del filósofo: Πλάτων. Está representado en la vejez sin haber perdido en absoluto la pureza y firmeza de las líneas de su rostro y ello le otorga cierto aire de gravedad, de venerable, de divino; la cabeza es serena, noble, bella y de frente tiene cierta analogía con la de Homero, de la cual se distingue por la amplitud de su frente y el arco firmemente acusado de la cejas; está ceñida por un cordón llamado atrofio, marca ordinaria de las cabezas de los dioses. El perfil, donde el carácter de tipo griego es tal vez más visible, permite percibir igualmente en el movimiento de los orificios nasales, en la boca, ese aire de vanidad que parece haber sido su principal defecto, y que la carta XIII, que le es atribuida, no tiene dificultad alguna en reconocer. Es probable que este busto, como la estatua que Cicerón poseía en su villa de Tusculum (Brut., 6), como la estatua que adornaba el gimnasio de Zeusippos, en Constantinopla (Christodore, Analect. Brunck., t. II, p. 459), fuese una copia de la estatua original ejecutada por Silanión, de Atenas, escultor autodidacta, que vivió después de la Guerra del Peloponeso y a costa de un sátrapa de Ponto, que la sitúa en la Academia con esta inscripción: Mιθριδάτης ὁ ‘Pοδοβάτου Πέρσης ἀνδριάντα ἀνέθετο Πλάτωνος, ἣν Σιλανίων ἐποίησε. (Dióg. L., III, 25, según Favorin.). Visconti no es ta lejos de creer que la estatua del gimnasio de Constantinopla, descrita por Cristodoro, no es la estatua original de Silanión: es cierto que Silanión trabajó en bronce; mas, dado que Diógenes no menciona el material de la estatua de la Academia, su silencio, si bien no autoriza de ningún modo esta conjetura, ciertamente tampoco la derriba.

1 Imagines, nº 112.
2 Pl. XLVIII.
3 T. II, p. 85.
4 Mus. Capitol., t. I, pl. 22.
5 Mon. inediti, nº 169.

[21] Anónim.; Dióg. L., III, 4; Olimpiod., Séneca, ep. 58; Apul., de Dogm. Plat. Init., l. I; Sext. Empíric., Adv. Math., I, 258; Hesiquio, v. Πλάτων, que cita con el apoyo del nombre de Platón el verso de Timón: Tῶν πάντων δ᾽ ἡγεῖτο πλατύστατος. Tzetzes Chil., VI, 419; XI, 853.

Vemos aquí un doble proceso de nomenclatura de los individuos: el infante, el hijo, toma el nombre de su abuelo y no el de su padre; luego, a menudo, lo cambia, en ocasiones para tomar el de un extranjero, anfitrión de su familia, como el hijo de Clínias tomó el nombre dórico y lacedemonio de Alcibíades, en otras para tomar un apodo, que se convierte en un nombre propio, como Teofrasto, cuando el verdadero nombre fuera Tirtamo y que recibió su honorable sobrenombre διὰ τὸ θεῖον τῆς φράσεως; es incluso así que, según la Suida, Tísias recibió el nombre de Estesícoro, que se había merecido por las felices innovaciones introducidas en la danza y el canto de los coros.

[22]
genealogia2

1 Esta Períctone de desposó, en sus primeras y segundas nupcias, primero a Aristón, padre de Platón, luego a un tal Pirilampes, padre de Antifonte, que es llamado (Parm., 126, b) hermano, por parte de madre, de Glaucón y de Adimanto.

[23] Jenóf., Hellen., II, 4, 19. ’Aπέθανον δ᾽ ἐνταῦθα τῶν μὲν τριάκοντα Κριτίας ... τῶν δὲ ἐν Πειραιεῖ δέκα ἀρχόντων Χαρμίδης ὁ Γλαύκωνος.

[24] Cármid., 155, a. Πόῥῥωθεν ὑμῖν τὸ καλὸν ὑπάρχει ἀπὸ τῆς Σόλωνος συγγενείας ..., y 157, e. ῞H τε γὰρ πατρῴα ὑμῖν οἰκία, ἡ Κριτίου τοῦ Δρωπίδου, καὶ ὑπ’ Ἀνακρέοντος καὶ ὑπὸ Σόλωνος καὶ ὑπ᾽ ἄλλων πολλῶν ποιητῶν ἐγκεκωμιασμένη παραδέδοται ἡμῖν, ὡς διαφέρουσα κάλλει τε καὶ ἀρετῇ καὶ τῇ ἄλλῃ λεγομένῃ εὐδαιμονίᾳ.

[25] Tim. 20, d. Critias, hablando de Solón, dice: Ἦν μὲν οὖν οἰκεῖος καὶ σφόδρα φίλος ἡμῖν Δρωπίδου τοῦ προπάππου, lo cual parece excluir la hipótesis de que Solón fuera el hermano de Drópides.

Se creerá que este matiz de orgullo es una de las razones por las que Ast rechazó el diálogo de Cármides, porque este sentimiento no parece estar en conformidad con el desprecio que debería hacer un verdadero filósofo sobre los beneficios de su nacimiento y con la frase que Séneca (ep. 44) presta a Platón: “Plato ait neminem regem non ex servis oriundum, neminem servum non ex regibus?”.

[26] Por ejemplo, la educación que, en Esparta, desatendía el alma y se ocupaba sólo del cuerpo, la política ambiciosa de dominación, la pasión guerrera, la inmoralidad de las mujeres, son severamente apreciados por Platón. Rep., VIII, 547, e. y 548; Ley., II, 673, c.; Ley., I, 637, c.; VI, 781 a VII, 806, c.; Rep., VIII, 548: Διὰ τὸ τῆς ἀληθινῆς Μούσης τῆς μετὰ λόγων τε καὶ φιλοσοφίας ἠμεληκέναι καὶ πρεσβυτέρως γυμναστικὴν μουσικῆς τετιμηκέναι.

[27] Tal fue el sentimiento de Plutarco, de Fratern. amore, c. 12; de Proclo, t. IV, p. 67, ed. Cousin, en 8 vv., aceptada todavía por Groen van Prinsterer, Prosopographia Plat., p. 211. Estos dos personajes, que se encuentran de nuevo en el Parménides, con un hermanastro llamado Antifón, no pueden ser los hermanos de Platón, porque los dos hijos de Aristón, de la República, aparecen en un combate librado en el 456, cerca de Megara, y porque este diálogo se supone que tuvo lugar en 430 a.C., época en la cual los hermanos de Platón no habían nacido. Y con respecto al Parménides, ¿cómo Antifón, si era hermano menor de Platón, podría haberse encontrado con Píndaro, amigo de Zenón, y del cual descendían Parménides y Zenón, en una fecha en la que Sócrates era sólo un joven de quince o dieciséis años? Se ve en el Cármides, 158, a., un Antifón, hijo de Pirilampes, llamado tío de Cármides, que era el hermano de la madre de Platón. Puede suponerse, pues, con K. Hermann, que Pirilampes, padre de Antifón, se casó con una hermana de la madre de Cármides y que Aristón, marido en las primeras esponsales de esta misma hermana y padre de Adimanto y de Glaucón, era el hermano de Aristocles, abuelo de Platón. Los Adimante y Glaucón de la República y del Parménides habrían sido sólo los primos hermanos del padre de Platón y no podrían ser los hermanos del filósofo.

[28] Dióg. L., III, 4.

[29] Olimp., Vit. Plat.: Tρία δὲ καὶ ταῦτα ἐπαιδεύοντο οἱ Ἀθῆνῃσι παίδες, φημὶ δὲ γράμματα, μουσικὴν, παλαίειν.

[30] Olimp., p. I, ed. Didot; Dióg. L., III, 4, Vit. Anonym., Porfir. ap. Ciril. c. Julian., p. 208, d.; Servio ad Virg. Aen., VI, 688: “Athleta enim fuit qui post omnium victoriam se philosophiae dedit”. Estas informaciones sean acaso sospechosas; mas no tenemos medio alguno con el que comprobarlos, ni razón alguna para rechazarlos. K. Hermann observa que antes de conocer a Sócrates, Platón era lo suficientemente joven como para presentarse a estos juegos; y que después de haberlo conocido se habría ruborizado por ello. Esto es, creo yo, juzgar a partir de nuestras ideas modernas, tan extranjeras para los griegos, los gustos, no solamente populares, sino aún más los muy nobles a sus ojos. Eurípides no desdeñó en absoluto estos ejercicios de lucha; Sócrates, en su senectud, bailaba todavía. Hay que tener buena vista para descubrir en el Critón, p. 52, b., el origen de esta tradición que se acepta como fabulosa.

[31] Id. Plut., de Mus., c. 17. El nombre latino es quizá de origen siciliano.

[32] Dióg. L., III, 4.

[33] Dióg. L., III, 6; Teet., 143, e.; Jen., Mem., IV, 2, 10.

[34] Plut., Qu. Symp., VIII, 2, que, sin embargo, le encuentra un carácter realmente platónico: Tοῦ πλατωνικοῦ χαρακτῆρός ἐστι.

[35] Tzetz., Chil., VIII, 972.

[36] Cic., de Orat., I, 50: Platonem omnes in illis artibus (la geometría y la música) praestantissimum fuisse fatentur.

[37] Dióg. L., III, 24; Proclo, ad Euclid., II, p. 19 y 58; Montucla, Hist. des Mathém., I, p. 164. Ni rechazó siquiera las matemáticas aplicadas; Ateneo, IV, 174, c., le atribuye la invención de noche parecido a una clepsidra; y se conoce la historia del problema del altar de Delos, que el dios había ordenado hacer el doble de grande. (Plut., de Gen. Socr., c. 7; de εἷ; c. 6; Marcell., c. 14.

[38] Apul., de Dogm. Plat., 2: “Speusippus, domesticis instructus documentis, pueri ejus acre in percipiendo ingenium et admirandae verecundiae indolem laudat, et pubescentis primitias labore atque amore studendi imbutus refert, et in viro harum incrementa virtutum et celerarum convenisse testatur”.

[39] Se le ve hablando no solamente para defender a Sócrates, sino también para defender a Cabrias cuando todo el mundo lo abandonó. Dióg. L., III, 23.

[40] Rep., VI, 496, a.; VII, 519.

[41] Ep. VII, p. 324, c. ᾨήθην ... ἐπὶ τὰ κοινὰ τῆς πόλεως εὐθύς ἰέναι. Fréret., Acad. inscr., t. XLVII, p. 258.

[42] Elian., Hist. Var., III, 27. Además, Eliano, al informar de este hecho, declara expresamente que no garantiza en modo alguno su exactitud.

[43] Elian., Hist. V., VII, 14; Dióg. L., III, 24. Ὑπὲρ τῆς πάτριδος ἐστρατευόμην.

[44] Eliano mismo se contradice, pues recoge en otro pasaje ( III, 27) que Sócrates se había encontrado con Platón cuando venía de equiparse para una campaña, disuadiéndolo del servicio de las armas e introduciéndolo a la entrega completa a la filosofía.

[45] Hay dos batallas de Tanagra: una tuvo lugar en la Ol. 80, 4: Platón ni siquiera había nacido; la otra tuvo lugar en la Ol. 88, 3; la de Delio, Ol. 89, 1. Así, Platón tenía cuatro años en la primera y seis en la segunda. Prizonius, ad Ael., VII, c. 14, seguido por Stanley, conjetura sobre la posibilidad de haber confundido a Platón con Sócrates, quien había, en Delio, ganado el premio al coraje, o con otro Platón. Es cierto que tuvo lugar otra guerra de Corinto, en 394, en la que se le hace asistir a su regreso de Megara o de Egipto.

[46] Olimpiod. y Vit. Anónim. T

[47] Hist.Var., l. 11, c. 30; Dióg. L., III, 5.

[48] Dion. Hal., Ep. ad Pomp., VI, 756, ed. Reisk., Aten., XI, segm. 116.

[49] La trilogía proyectada y en parte ejecutada del Sofista, el Político y el Filósofo, sería a la vez un testimonio y un resultado de su gusto por el arte dramático.

[50] Olimp., Vit. Anon.; Dióg. L., III, 5; El., Hist. Var., II, 30; Eust. ad Hom., Il., Σ, v. 392. No habría nada de sorprendente en que Platón hubiera, en un tiempo que las vio nacer por miles, como dice Aristófanes, Ran., 89, Aves, 1444, arriesgado con algunas tragedias. Es más probable todavía que compusiese algunas poesías liricas, de las que se conservan algunas, como puede verse en Diógenes y la deliciosa inscripción sobre Aristófanes, que nos ha conservado Olimpiodoro. En la época de Aulo Gelio se consideraban auténticas, situándolas en el período poético de su juventud. N. Aticc., XIX, 11. “Eos esse Platonis philosophi affirmant, quibus ille adolescens luserit, quum tragoediis quoque eodem tempore faciendis praeluderet”. El carácter de sus poesías eróticas no es, desgraciadamente, razón suficiente para rechazar su autenticidad.

[51] Apul., de Magic, c. 10. “Cujus nulla carmina exstant, nisi amoris elegia; nam cetera omnia, credo quod tam lepida non erant, igni deussit”.

[52] Dióg. L., III, 6. La Suida, que no ha incluido el pasaje, hace a Platón pasar veinte años junto a Sócrates.

[53] Cercana su muerte, consideraba todavía la felicidad de haber vivido en intimidad con Sócrates, como el más grande favor que había recibido de los dioses. Plut., Mar., c. 46. Πλάτων μὲν οὗν ἤδη πρὸς τῷ τελευτᾷν γενόμενος ὕμνει τὸν αὐτοῦ δαίμονα καὶ τὴν τύχην ὅτι μὲν ἄνθρωπος, εἶτα Ἕλλην, οὐ βάρβαρος γένοιτο· πρὸς δὲ τούτοις ὅτι τοῖς Σωκράτης χρόνοις ἀκήντησεν ἡ γένεσις αὐτοῦ. Conf. Lact., Div. Instit., III, 19, 17, y Dióg. L., I, 33, que atribuye la frase a Tales.

[54] Fedón, 59, b. Πλάτων δὲ, οἶμαι, ἠσθένει. Plutarco (de Virt. Mor., c. 10) parece atribuir la enfermedad a un trastorno padecido por su joven y tierno corazón frente al gran ejemplo de crueldad y de injusticia de los hombres: “¿Quién osará comparar los terrores de Dolón a los miedos de Áyax, y el dolor de Platón ante la muerte de su maestro con el de Alejandro desesperado por la muerte de Clito?”.

[55] Plat., Apol., sub fin. Éste es, como ha remarcado Diógenes, III, 37, junto al Fedón, p. 59, b, el único lugar en sus obras en el que Platón habla de sí mismo.

[56] Crit., 45, a.

[57] Dióg. L., II, 41, y Vit. Anon. Se ha discutido con cierta razón esta anécdota, que supone que Sócrates fue defendido por otros oradores: Nεώτατος ὠν ..., τῶν ἐπὶ τὸ βῆμαἀν αβάντων. No sólo, como ha hecho observar K. Hermann, no sabemos absolutamente nada de los abogados, más aún, ¿cómo admitir que Sócrates, después de rechazar el discurso de Lisias, hubiera consentido ceder la palabra a unos defensores que podían todavía más comprometer su dignidad?

[58] Esto no es, sin embargo, una necesidad. Aristóteles, Met., I, 6, nos dice que su relación con Crátilo se remonta a su juventud, ἐκ νέου. Al no aceptar que fuera admitido en el círculo de los auditores de Sócrates, tuvo que acercarse a otros maestros, estándose obligado a colocar uno de los dos hechos antes que el otro. Sobre este punto, además, Apuleyo, de Dogm. Plat. afirma: “Antea quidem Heracliti secta imbutus fuerat, verum quum se Socrati dedisset....” Dióg. L., III, 8, dice, al contrario, que no conoció a Crátilo hasta después de la muerte de Sócrates; pero tendría entonces cerca de treinta años y esta edad no concierta mucho con las palabras de Aristóteles, ἐκ νέου, tomadas con rigor; Proclo, in Cratyl., ed. Boiss., p. 4, se limita a mencionar el hecho. Olimpiodoro y la Vida Anónima siguen a Diógenes, y el último de estos documentos, al menos por la sucesión de las partes de su relato, parece situar el viaje a Italia antes del encuentro con Crátilo.

[59] Focio, Bibl. Cod., CCLIX.

[60] Aten., XI, 505. Conf. K. Hermann, l. 1.

[61] Gesch. u. Syst. der Plat. Philos., p. 47.

[62] Acad. inscr., t. XLVII, p. 277.

[63] Foss., de Gorgia Leontino, Hall., 1828, p. 25.

[64] Aten., V, 29, p. 218. Oὓς οὐκ εἰκός ἐν Ἀθήναις ἀσφαλῶς διατρίβειν.

[65] Porfir., in Euseb., Praep. ev., X, 3, p. 468.

[66] En lo que a Anaxágoras respecta, Sócrates mismo había debido de conocerle.

[67] Dióg. L., III, 35.

[68] Tal es el sentimiento unánime de los antiguos. Dióg. L., III, 35; Anónim.; Olimpiod.

[69] Schol. ad. Tim., p. 20. Ἥπτετο δὲ καὶ φιλοσόφων συνουσίων καὶ ἐκαλεῖτο, κ. τ. λ.

[70] Dióg. L., III, 6, da veintiocho, siguiendo a Hermodoro; mas, habiendo muerto Sócrates en 399, Platón, nacido en 429, debía estar muy cercano a los treinta.

[71] Hermodoro, citado por Dióg. L., II, 106, y III, 6, dice que esto fue por miedo a los tiranos. Esto es, evidentemente, un error histórico, dado que el régimen de terror oligárquico había finalizado en 404, a menos que por una interpretación más ingeniosa que natural debiera entenderse por τυράννων la tiranía democrática que había condenado a Sócrates.

Mientras que Platón y los otros discípulos mostraban su debilidad, el retor Isócrates osaba mostrar públicamente al día siguiente su duelo por su maestro común.

Por lo demás, no sería en modo alguno imposible o inverosímil admitir que Platón realizó sus viajes, como los otros, conducido únicamente por su amor a la ciencia.

[72] Dióg. L., III, 6, y Olimp., la Vit. Anon., en lugar del nombre de Hermógenes, dan el de Hermipo, que es probablemente una mala lección; la edición Didot restablece el nombre de Hermógenes.

[73] Es durante esta estancia que fueron concebidos y en parte compuestos, según Stallbaum, los diálogos del Teeteto, del Sofista, del Político, del Parménides, que recuerdan, al menos los tres últimos, la manera seca de los lógicos de Megara, mas que no podría haber finalizado, según la misma crítica, hasta después o durante su viaje a Italia, dado que contiene rastros de pitagorismo, que sin embargo han escapado a los ojos del Sr. K. Hermann.

[74] Dióg. L., III, 6. Ἔπειτα εἶς Κυρήνην... Como tenía cuarenta años cuando visitó Sicilia, según informa en la carta VII, p. 324, a., a no ser que se admita que pasó diez años en sus viajes a Megara y a Egipto, tendrá que admitirse que regresó a Atenas y que pudo ahí comenzar su enseñanza. Mas esto no son más que conjeturas y prefiero atenerme a los hechos atestiguados por sus historiadores.

[75] Este gusto por los viajes lejanos, frecuente y vivo en los filósofos antiguos, está en marcada oposición con los hábitos sedentarios de Sócrates, quien no hizo más viaje que aquél a Corinto para ver una sola vez los juegos ístmicos (Crit. p. 52, b.).

Eusebio, sobre la Ol. 97, 4 –389, dice: “Plato philosophus agnoscitur”. ¿Debe entenderse aquí la reputación adquirida en Megara o Sicilia?

[76] Por ejemplo: los símbolos t las similitudes de los pitagóricos.

[77] Cic., de Fin., V, 29; “Cur Plato Aegyptum peragravit? Cur, post, Tarentum?” De Rep., I, 10: “Primum in Aegyptum, discendi causa, post in Italiam et in Siciliam”. Tal es el orden que parece adoptar Valerio Máximo, VIII, 7, 3.

[78] Estrab., XVII, c. i, p. 446. Proclo, ad Euclid., II, p. 19, atribuye a Eudoxo el haber desarrollado la teoría de las secciones cónicas, cuyo principio había sido descubierto por Platón. Un erudito alemán, citado por K.–Fr. Hermann, pretende que Eudoxo y Platón no podrían haberse encontrado al mismo tiempo en Egipto, aunque Clemente de Alejandría (Strom., I, p. 303, c) conocía por sus nombres a los dos sacerdotes egipcios que lo habían iniciado en ambos viajes a los misterios de la sabiduría egipcia. En lugar de Eudoxo, por un error evidente, Diógenes, III, 6, pone de compañero de viaje de Platón a Eurípides, muerto ya tiempo atrás, y envía a Eudoxo a Egipto, junto al médico Crisipo, a llevar al rey Nectanebo las cartas de Agesilao.

[79] Plutarco (de Daem. Socr., c. 7) sitúa hacia la misma época un viaje de Simias, interlocutor del Fedón, a Egipto.

[80] Algunos manuscritos de Estrabón dan también este número.

[81] Dióg. L., III, 6; Plut., Vit. Sol., 2.

[82] No hay nada aquí que deba sorprendernos: los atenienses parecen bastante ajenos a nuestros prejuicios contra la nobleza del comercio y de la industria. Solón, había inventado la prensa de olivas (Cic., de Finib., V, 29; Hor., ep. I, 12, v. 12, y los escol.), y Fréret (Acad. Inscr., XLVII, p. 227) le hace comerciante de aceites, Tales e Hipócrates se habían enriquecido con el comercio y Plutarco, en cierta ocasión, recuerda las bellas palabras de Hesíodo, v. 287:

Ἔργον δ᾽ οὐδὲν ὄνειδος, ἀεργίη δέ τ᾽ ὄνειδος.

Plinio (Hist. nat., XXVIII, 28) nos informa de que el comercio de aceites había enriquecido igualmente a Demócrito. Se ha querido traer como prueba, a partir de esto, que Platón era pobre. La pobreza, bajo la influencia de las ideas cínicas, fue, en una determinada época, el atributo y una virtud especial del filósofo: se repite entonces con diferentes entonaciones, dado que no le faltó ninguna de las virtudes filosóficas, que Platón era pobre. Aul. Gel., III, 17: Tonui admodum pecunia familiari. Damasc., V. Isid., 158: Πένης γὰρ ἦν; Suida, Apul., Eliano, III, 27, quien, por lo demás, pone él mismo en duda la exactitud de la información que transmite. Es por el mismo prejuicio que Séneca no aceptó que fuera de noble raza. Platón, al contrario, pertenecía a una familia ilustre de granes propietarios; que fue rico, todo lo prueba: la coregía, aunque Dion quería encargarse de los gastos (Dióg. L., III, 3), la adquisición de la biblioteca de Filolao, su testamento (Dióg. III, 41), su manera de vivir (Dióg. L., VI, 25; S. Jerónim., adv. Jovin., II, 203) y añado así mismo sus viajes, lujo que un hombre pobre no podría permitirse.

[83] Fedr., 274, e; Fil., 18, c. [Nota del traductor: el tric–trac era un antiguo juego egipcio precursor del moderno backgammon].

[84] Ley., VII, 819, a. Mετὰ παιδιᾶς τε καὶ ἡδονῆς μανθάνειν.

[85] Ley., VII, 799.

[86] Ley., II, 656, d.

[87] Cicerón, de Fin., V, 29; Apuleyo y los Prolegómenos aceptan que fue en Egipto en donde aprendió la geometría; Diodoro, I, 98, pretende que, como Licurgo y Solón, es de los egipcios que tomó los principios y las aplicaciones de sus leyes; Quintiliano, I, 12, que fue iniciado en los misterios de sus sacerdotes. No hay mucho que hacer con tan lejanos testimonios.

[88] Rep., IV, 436, a. Es así mismo remarcable que en este pasaje Platón utiliza a los tracios y a los sicilianos para caracterizar el coraje, a los egipcios y fenicios por el amor a la riqueza, únicamente a los griegos por el amor puro y desinteresado a la ciencia, τὸ φιλομαθές.

[89] Ley., V, 747. Cf. Walcken, ad Adon., p. 357.

[90] Ley., II, 657, d. Ἀλλ’ ἕτερα φαῦλ᾽ ἄν εὔροις αὐτόθι.

[91] Su desprecio sistemático a la democracia, el peor entre los buenos gobiernos y el mejor entre los malos, no ha ahogado siempre en él el sentimiento de la verdad y de la patria; el corazón le late también con el recuerdo de Maratón.

[92] Plat., Polit., 290, d. Διακόνου τέχνης.

[93] Y la Vit. anonym., y todos los autores citados por Ménage, ad Diog. L., III, 6 y 7; Fabric., Bibl. grec., t. III, 62, Brucker, t. I, p. 635 y 148.

[94] Clem. Alex., Protrept., p. 46; Lact., Div.Inst., IV, 2; Sn. Agus., de Civ. D., VIII, 11, y XI, 21; de Doctrin. Christ., II,28.

[95] Dióg. L., III, 7; Apul., de Dogm. Plat.; Cicerón, Tuscul., IV, 2, le hace visitar las ultimas terras.

[96] Pausan., IV, 32, 4; Plin., Hist. nat., XXX, 2, 9.

[97] Mucho más incierto es el orden y la duración de estos viajes. Olimpiodoro sitúa el viaje a Italia antes del de Egipto y Dióg. L., III, 6, Quintiliano, I, c. xiv y la Vida anónima conciertan en él. El autor de este último documento le atribuye únicamente a su deseo de visitar Egipto las historias entusiastas que habrían hecho los pitagóricos sobre la ciencia y la sabiduría de este país. He seguido el orden indicado por Cicerón (de Fin., V, 29; de Rep., I, 10; Tuscul., I, 17) y adoptado por K.–Fr. Hermann. Para conciliar las informaciones divergentes Clinton (Fasti Hellen., II, p. 366) supone dos viajes a Italia, suposición que autoriza Apuleyo: “Et ad Italiam iterum venit”.

[98] Cicerón, de Fin., V, 29, nombra aún más a Echecrates y Acrión o Arión; Valerio Máximo, a Coeto; Apuleyo, a Eurito y Diógenes, a Filolao, que debía haber muerto en la época de este viaje.

[99] Dióg. L., III, 9; Cic., Rep., I, 10; Aul. Gel., III, 17, evalúa esta suma en 10.000 denarios, equivalente a 100 minas áticas (Dióg. L., VIII, 15) y a 40 minas de Alejandría. Dióg. L., VIII, 85. Conf. Jámb., V. Pythag., § 199. [N. del T.: esta nota ha sido corregida y restablecida de su posición original en p. 32, n. 1].

[100] Se da también a este viaje un objetivo científico. Dióg. Laerc., III, 18: Kατὰ θεὰν τῶν κρατήρων. Olimp., Diod. Síc., XV, 7. Aten., XI, segm. 116, p. 507. Lo más singular, es el gran número de escritores pretendiendo que la reputación de la cocina siciliana no le era en modo alguno desconocida. Apul., Temist., Orat., XXIII, 285: Ἐπὶ χρήμασι καὶ τραπέζῃ. Dióg. L., VI, 25; Aten., XI, 507, b. Olimpiodoro (Vit. Plat.) menciona este rumor mientras lo refuta y sostiene que se haya en Sicilia para persuadir a Dionisio de despojarse de su poder. Cornelio Nepote, X, 2, y Diodoro XV, 7, concuerdan al decir que fue reclamado por Dionisio, por petición de Dion, y ésta aproximadamente la opinión de Plutarco (Dion, 4). La VIIª carta, p. 324, a, 327, a, 336, b., pretende que había querido conocer por sí mismo la legislación y los principios políticos que gobernaban Sicilia y comenzar esta gran colección de constituciones que más tarde concluiría Aristóteles.

[101] Ep. Plat., VII, p. 324, c. El Sr. V. Cousin, en una reconstrucción poco natural, mas posible, ciertamente, relaciona a Dion las palabras σχεδὸν ἔτη τετταράκοντα γεγονώς.

[102] Los cálculos de Cicerón, que hacen coincidir el viaje a Tarento bajo el consulado de C. L. Camilo y de Ap. Claudio, es decir en 349, son evidentemente falsos.

[103] Este detalle ayuda a fijar la fecha del retorno de Platón a Atenas. La guerra de los atenienses y los eginetes, contada en detalle por Jenofonte, Hellen., V, c. i, la sitúa Dodwell en la Ol. 98, 1, es decir, en 388, ya que precedió levemente la época de la paz de los Antálcidas, Ol. 98, 2 – 387. Es, pues, un error de Ott. Müller, señalado por Stallbaum, el haberlo hecho ir en el año 385.

[104] Dióg. L., III, 18–21; Plut., Dion, c. iv y v, y de Exil., p. 603, b. Luc., de Paras., c. xxxv, recoge, siguiendo el testimonio de Aristóxeno, que le dijo acaso mientras reía πολλοῦ λόγου ἄξιος, que las dos desgracias que encontró Platón en la corte de Dionisio fueron debidas, la primera a su incapacidad natural, ἀφυία y la segunda a su ignorancia, ἀμαθία, para el arte de parasitar.

[105] Dióg. L., III, 5, añade que se la trasladó más tarde a un jardín que le pertenecía, junto a la estatua ecuestre de Colono. Eliano (Hist., V, iii, 19) nos pone tras la pista de una interpretación natural de este insignificante hecho, al decirnos que Platón renunció en cierto momento a las lecciones ofrecidas mientras caminaba en el exterior, ἀποστὰς τοῦ ἔξω περιπάτου y se retiró a un jardín suyo, reservado e interior, con sus discípulos especiales, ἔνδον ἐβάδιζε σὺν τοῖς ἑταίροις..... ἀναχωρήσας ἐν τῷ κήπῳ τῷ ἑαυτοῦ. La Academia era uno de los tres grandes gimnasios de Atenas, todos ellos construidos con fondos del estado, al cual pertenecían; estaba situado entre la Cerameica exterior y la estatua de Colono. Además de los numerosos edificios necesarios para los ejercicios de los jóvenes, contenía un gran jardín plantado con árboles y especialmente con plátanos, que Platón había, se dice, consagrado a las Musas: a la entrada se encontraba el altar y la estatua del Amor. Schol. Arist., Nub., v. 1001; Pausan., I, 30; Olimp. Y Vit. anonym. Además de las dos tierras pertenecientes a la misma tribu de Acamantes (Dióg. L., III, 41), Platón poseía un pequeño jardín contiguo a la Academia, que, pasando por herencia a la propiedad de Espeusipo sobrino suyo, fue cedido por éste a la Escuela y era todavía en tiempos de Proclo, parte de la propiedad común. Damasc., ap. Foc. Bibl., cod. 243; Apul. Plutarco, que confunde este jardín con la Academia, nos informa de que el Gimnasio contenía algunas viviendas destinadas a los profesores y ocupadas por Platón, Jenócrates y Polemón; añade que Jenócrates no salía más que una vez al año para ir a la ciudad, el día de las nuevas tragedias, a asistir a las grandes Dionisíacas.

[106] Vit. Anon. Kάπηλος μᾶλλον λόγων τυγχάνων ἤ φιλόσοφος.

[107] El legado de Platón no fue suficiente para satisfacer los pagos de los profesores. La fortuna de la Escuela, aunque aumentó con los testamentos de varios discípulos (Damasc., ap. Foc., Bibl. cod., 242 y Suida), resultaron rápidamente insuficientes, tanto más cuanto que las confiscaciones la alcanzaron en varias ocasiones. Conf. Olimp., Comment. in Alc., 1; p. 141: Πολλῶν δημεύσεων γινομένων.

[108] Filostr., Soph., II, 2. Por Adriano en Roma, Antonino Pío y Marco Aurelio en las provincias y particularmente en Atenas. De la misma forma que un decreto las instituyó, un decreto las suprimió; Justiniano, en 529 d.C., cierra las escuelas de filosofía e impide la enseñanza pública de lo que entonces todavía se llamaba la Sabiduría. Conf. Jean Mala, Hist. Chron., II, p. 187; Mr. V. Cousin, Fragm. de Philos. anc., Zenón, p. 79, ed. en 18 vv.

[109] Sucedió a su padre en 368; expulsado por Dion, en 357, de Siracusa, regresa tras la muerte de su tío, en 347, mas fue expulsado de nuevo por Timoleón; es entonces cuando se refugia en Corinto en donde se hará, se dice, maestro de escuela.

[110] Plat., Ep. VII, 327, e. El objetivo de realizar, con la ayuda del despotismo, la concepción socialista y comunista de la República, está recogido por otros testimonio que no varían más que en detalles. Plut., Philos., c. princ., c. 4, y Dion., c. XI; Temist., Orat., XVII, p. 215; Dióg. L., III, 21; Apul.

[111] Suid., v. Ἡρακλ.

[112] Dióg. L., III, 21. Cornel. Nep., Dion., c. 2; Diod. Síc., XV, 7. Tem., Orat. IV; Aten., XI, último cap.; Apul., de Dogm. Plat. “Ceterum tres ejus ad Siciliam adventus .... ille primo historiae gratia, ut naturam Aetnae et incendia concavi montis intelligeret, secundo petitu Dionysi; ... tertius ejus adventus fugientem Dionem, impetrata a Dionysio venia, patriae suae reddidit”.

[113] Hay una cierta contradicción en los testimonios: según Plutarco, fue a través de Dionisio que Arquitas y los pitagóricos de Tarento habían conocido a Platón; según la VIIª carta de Platón, fue el filósofo, al contrario, quien, habiendo conocido anteriormente a Arquitas (Cic., de Fin., V, 29, Tarentum ad Archytam peragravit), habría entablado relaciones de hospitalidad y amistad con Arquitas y Dionisio.

[114] Si se ha de creer a Eliano, H. V. III, 17 y Cicerón, de Orat., III, 34, ayudó a Dion en su intento de devolver la libertad a Sicilia.

[115] Su sueño de artista no lo abandonó jamás y esto es, sin duda, lo que debe entenderse con la frase de Cicerón (de Senect., V, 13), “scribens est mortius”.

[116] Dióg. L., III, 2. Otros, al contrario, lo hacen morir de una horrible enfermedad, la fiebre tifoidea. Dióg. L., III, 40. Según la Suida, la muerte le sorprendió durante el sueño, ὑπνῶν ἀπεβίω, y sin sufrimiento, “sine ulla deductione”. Sénec. Ep. 58.

[117] Olimpiod., p. 4.

[118] Pausan., 1, 30.

[119] Éste es el que cita Olimpiodoro; hay cinco más en Diógenes, III, 43–45, autor de uno de ellos. Hay un sexto en la Antología de Planudes, III, 31, atribuido a Espeusipo y que, según la correcta observación del Sr. K. Hermann, debería ser el más auténtico.

[120] Estas comidas comunes, en las que los griegos y los romanos a ejemplo suyo, introducían no solamente la poesía, el canto, la música, la danza, las representaciones dramáticas, sino también las conversaciones literarias, morales y filosóficas, fueron establecidas en tiempos de Platón, como lo demuestra la escena misma de su Banquete y el hecho citado por Ateneo, X, 419, de que Timoteo fue invitado por Platón: εἰς τὸ ἐν Ἀκαδημίᾳ συμπόσιον. Ateneo parece decir, XII, 548, que “estas reuniones, a la vez gastronómicas y académicas, habían sido establecidas por él, ἐποιήσαντο τὰς συνόδους ταύτας οἱ περὶ Πλάτωνα καὶ Σπεύσιππον con un objetivo religioso, de cordialidad en las relaciones, de distracción y de estudio”. Puede concluirse del pasaje analizado que estos banquetes, asociados a los sacrificios a las Musas, había tenido lugar todos los meses, el último día de mes y que se cubrían los gastos por medio de una cotización individual. Es necesario, ciertamente, transportar a la Academia todo lo dicho por Ateneo sobre los banquetes de Licón el peripatético. En otro lugar, I, 4, el mismo gramático nos informa de que Platón había limitado a veintiocho el número de invitados a esta sisitia, de las que los Deipnosofistas, οἱ ἐν τῷ Πλάτωνος συσσιτίῳ; ¿hay algún sentido misterioso en esta cifra, o quiere decir simplemente que Platón admitía en la intimidad de su mesa y de su enseñanza a veintiocho de sus mejores colegiales o que no tenía en total más que veintiocho discípulos? Aristóteles, Espeusipo y Jenócrates escribieron una regla para estas comidas comunes, que consistía en elegir cada diez días al presidente. Véase para este detalle Aten., I, 3, p. 186 b; Dióg. L., V, 4; Jonsius, Script. H. Phil., I, xi, 5 y 6; Eschenbach, de Sympos. Sapint.; Lehrs, de Aristarchi Stud. Hom.,p. 213.

[121] Vit. Anon., p. 8.

[122] Dióg. L., III, 18–21, según las anotaciones de Aldobrandini y de Ménage. Olimp., Vit. anom.; Prolegg. Philos. Plat.; Plut., Qu. Symp., VIII, 1; Marin., Vit. Procli, Boissonade, p. 114; Vit. Aristott. Macrob., Saturn., I, 11; Apul., de Dogm. Plat.

[123] Suid.: Oὔτε γάμον τινὰ δεξάμενος.

[124] Men. ad Diog. L., III, 41: Ἔστω Ἀδειμάντου τοῦ παιδίου. “Accipio de filio Adimanti Platonis ex sorore nepote”. Un cierto Teofilacto Simocatta, de Locri, sofista del siglo séptimo d.C., habla sin embargo, Ep. 40, de un hijo de Platón matado por los bárbaros.