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El atropello de Wang Yue y la raíz de todo mal

Capitalismo y socialismo en la crisis de los valores éticos contemporáneos.

 china-flag-wave

 La noticia de la pequeña Wang Yue quien, ante la indiferencia de nada menos que 18 personas, falleció como consecuencia de un atropello en la zona industrial de Huangqi, en Foshan, no ha pasado desapercibida a los siempre vigilantes medios, tanto occidentales  como, en este caso, chinos, donde la noticia se ha convertido en el nuevo éxito de Internet (a las 17 horas, el vídeo en el servidor de Youku había alcanzado ya las 700.000 visitas y los 6200 comentarios; a día de hoy son ya más de dos millones y medio de visitantes y los comentarios alcanzan casi los 14.000) . Hagamos memoria: el 13 de octubre una niña de dos años se había separado de su madre en el mercado de ferretería de Guangfo, en Huangqi, cuando una furgoneta atropelló accidentalmente a la criatura. Nadie acudió a su ayuda y, tras unos segundos de incertidumbre, el conductor decidió huir de la escena. Poco después un segundo coche pasó de nuevo sobre el cuerpo de Wang Yue –la policía identificará rápidamente este segundo vehículo– y, en menos de 10 minutos, 17 personas más ignorarán el cuerpo agonizante de la niña. Tan sólo una anciana desahuciada de 57 años, Chen Xianmei, tuvo el coraje de acercarse a Wang Yue y pedir auxilio. Inmediatamente su madre apareció y la niña fue llevada al Hospital Militar General de Guangzhou, donde permaneció en estado vegetativo hasta su fallecimiento por muerte cerebral a las 0.32 del viernes.

       La prensa occidental lleva cosechada una larga e infrenable carrera de malentendidos, disputas y falsificaciones mediáticas en lo que a China respecta, algo para nada ajeno al espíritu fanático y habitualmente racista de determinadas organizaciones “humanitarias” y “periodísticas” asentadas sobre la izquierda más radical –la misma que celebra las atrocidades de Stalin o el Che Guevara  mientras llena de basura las plazas españolas o saquea impunemente viviendas madrileñas–. No es que no haya nada que criticar a China y, en concreto, a su defectuoso sistema legislativo y gubernamental. Lo hay, sin duda, pero rara vez coincide con lo que aciertan a criticar los medios occidentales. El caso de Wang Yue es, en este sentido, paradigmático: una vez proclamada a los cuatro vientos la perfidia china, borrón y cuenta nueva. “No sigamos con la noticia que a lo mejor nos pescan”. No es extraño que las consecuencias de todo ello hayan pasado desapercibidas, puesto que consecuencias hay, y muchas.

       En efecto, como bien ha señalado Cristina Losada en una reciente columna, la apatía china frente al cuerpo desamparado de una niña de dos años contradice la utopía rousseauniana de los socialistas: “L'homme est naturellement bon”. Y es que el caso no ha ocurrido en la vieja Europa, en algún remoto país gobernado por la extrema derecha o en el seno de un pueblecito catalán cansado de la proliferación del crimen, las drogas o la prostitución como resultado de determinados tipos de inmigración. No, Wang Yue fue atropellada e ignorada en China, en el país comunista par excellence, en la cuna del anti–capitalismo oficial moderno. Es el hombre occidental –dicen socialistas, eco–condríacos, perroflautas y demás anti–todo–lo–que–me–permite–estar–en–contra–todo– el que se encuentra desnaturalizado por el vil y malvado capitalismo, y no les falta razón. Cierto es que el capitalismo nos ha desnaturalizado, pues de lo contrario seguiríamos siendo aves de rapiña, no tendríamos ni la mitad de los logros tecnológicos de los que podemos disfrutar y careceríamos de un sistema de sanidad y educación básico. Seríamos, ciertamente, más naturales, seguramente tan naturales como el bondadoso indígena que te invita a cenar a su mesa y, antes de que te des cuenta, formas parte del plato principal. Todo un honor que ningún Timothy Treadwell, Pippa Bacca o Stefan Ramin negaría al gentil indígena en sagrada comunión con la naturaleza.

       Dado que el hombre es bueno por naturaleza y nadie parece haberse parado a leer a Hobbes, el evidente mal que acecha al mundo debe ser consecuencia de aquello no natural en nuestra existencia. ¿Qué será mejor entonces, el pobre musulmán viviendo en el natural y no industrializado desierto que secuestra un avión con el que asesinar a miles de ciudadanos occidentales viviendo en la innatural e industrializada Nueva York o el malvado corporativista occidental neoyorquino que se ha alejado de los naturales desiertos afganos? Dada la petitio principii rousseauniana, la respuesta no puede ser más evidente. Nietzsche tiene uno de esos fragmentos que definen tan bien ciertas naturalezas humanas: ‘Y cuando los corderitos dicen entre sí “estas aves de rapiña son malvadas; y quien es lo menos posible un ave de rapiña, sino más bien su antítesis, un corderito, –¿no debería ser bueno?’”. Por todo ello, que esto haya ocurrido en China, en la capital del anti–capitalismo, no debe sino disgustar a todos esos anti–Sistema que viven del Sistema y pretenden imponernos el socialismo –ruso, chino, norcoreano, cubano...– en las que ya son unas sociedades libres, democráticas y, ante todo, civilizadas: sí, desnaturalizadas.

       Ahora bien, el caso de Wang Yue tiene un contexto del que se ha privado a la noticia –salvo en China–. Se trata de un caso aparecido en la prensa hace ya unos años, en el 2006. En la ciudad de Nanjing una anciana llamada Xu Shoulan se cayó mientras esperaba el autobús. Un joven, Peng Yu, se apresuró a ayudar a la pobre mujer y la acompañó al hospital más cercano. Sin embargo, en lugar de mostrar su gratitud, la señora Xu denunció al joven por haberla golpeado. El juez estipuló que, lógicamente, si Peng Yu había sido el primero en ayudarla, era ciertamente muy posible que él fuese el culpable de haberla empujado. Presunción de inocencia. 40% de los costes del ingreso hospitalario de Xu Shoulan a cargo de Peng Yu como recompensa por ayudar a una ancianita. Por ello, cuando en el 2011 otro anciano se cayó de forma similar en un mercado de Wuhan, nadie se atrevió a ayudarlo. Y cuando este mismo año una mujer fue apuñalada por su propio hijo en el aeropuerto de Pudong, Shanghai, tan sólo un extranjero acudió en su ayuda. Ninguno de ellos gritó la consigna esperada: “Me he caído sólo, podéis ayudarme sin miedo a ser denunciados”.

Milton Friedman, premio Nobel en economía y consejero de Ronald Reagan, afirmó que la mejor forma de solucionar nuestros problemas –económicos y sociales– no era elegir a la gente idónea, porque siempre habrá gente inapropiada que evitará que la gente idónea haga su trabajo de una forma –adivinen– idónea. La solución era crear un clima que obligase a la gente inapropiada a tomar las decisiones idóneas que permitiesen un correcto desarrollo social, económico o moral. Friedman fue, de hecho, bien recibido en China a pesar de la política comunista de este país, por lo que no sorprende que el gobierno chino haya tomado la increíble decisión de premiar a la anciana que ayudó a Wang Yue con 20.000 yuanes. Si tal incentivo debería obligar a la gente inadecuada a tomar la idónea decisión de ayudar a futuras niñas atropelladas o ancianas caídas, ya ha habido voces contrarias en la red acusando a la viejecita de haber ayudado a la niña para hacerse con el dinero. Sin duda los jóvenes chinos deberían pasar más tiempo estudiando lógica que saltándose el Gran Cortafuegos chino para opinar en Facebook. Con todo, el caso de Wang Yue no es, digamos, un caso de aislada perfidia humana o capitalismo hobbesiano. Tenemos precedentes muy cercanos en el Reino Unido, la cuna de ese maléfico imperio que en su día extendió la desnaturalizada civilización y sus leyes por prácticamente todo el mundo, habitado o no.

En Galston, julio de 2008, un deslizamiento en una mina dejó a Allison Hume a 60 pies bajo tierra. Cuando el equipo de rescate llegó tuvo que esperar la llegada de los bomberos porque, aun teniendo una cuerda con la que sacar a Allison de la mina, un memorándum había prohibido a los equipos de rescate utilizar cuerdas con civiles sin la supervisión de los bomberos. Allison Hume falleció de un ataque al corazón. El equipo de rescate fue acusado de incompetencia, no por no haber tendido una cuerda a Allison, sino porque, en realidad, tenían que haber llamado antes a una organización especializada en rescate en minas y cuevas. Más recientemente, en febrero de 2010, una niña de 5 años, Gabrielle Grady, quedó atrapada en un coche que había caído al río Avon, cuyas aguas no son precisamente tropicales. La policía contempló como la niña se moría ahogada sin hacer nada durante casi dos horas, puesto que las regulaciones de seguridad impedían a un miembro de la policía realizar un rescate de estas características por su cuenta. Unos meses después, en mayo de 2010, una mujer de 37 años cayó al río Clyde ante la mirada impasible de las fuerzas de seguridad. Ninguno de los allí presentes policías intentó siquiera ayudarla, dado que tal comportamiento correspondía, según regulaciones internas, al cuerpo de bomberos. En esta ocasión, Graham McGrath, Rosie Lucey y Rhys Black, tres estudiantes de la Universidad de Glasgow, en donde todavía no existen regulaciones internas en lo que al auxilio de ahogados se refiere, salvaron la vida de la mujer. Como si tales hechos no resultasen ya de por sí lo suficientemente rocambolescos, en marzo de 2007 una joven intentó suicidarse en el río Tay, en Perth, Escocia. Los bomberos acudieron a salvarla lanzándole varias cuerdas pero, dado que la intención inicial de la mujer era precisamente suicidarse, no tuvieron demasiado éxito. Uno de los bomberos, Tam Brown, se lanzó heroicamente al río salvando la vida a la joven. Como recompensa por sus acciones, fue sometido a una investigación por haber violado cierta regulación interna: “El personal [de bomberos] no debe entrar en el agua”.

Casos como estos se suceden en Europa y América y, adivinen, nada tienen que ver con el malvado individuo autónomo desnaturalizado creado por el capitalismo liberal occidental moderno. El culpable es el Gran Gobierno que socialistas, eco–condríacos, perroflautas y demás vagos viviendo de subvenciones reclaman para Occidente, una Obamacracia que nos permita postergar la mayoría de edad reclamada por la Ilustración: “El dinero es mentira, sólo la gente es verdad. Enviado desde mi iPhone”. Y así reclaman mayor control en sanidad, mayor control en educación, mayor control en todo aquello que antes controlábamos habitualmente, hasta conseguir liberarnos de tan pesadas cargas sociales para permitirse el lujo de acampar ilegalmente en plazas públicas, hoteles, universidades o bibliotecas. Pero un mayor gobierno sólo garantiza una cosa: una menor libertad. Y no sólo una menor libertad de elección en todo aquello que antes elegíamos –hospitales, escuelas privadas, casa, coche–, sino también una menor libertad moral. Antes comenzar un negocio en Occidente resultaba sencillo: tal era el beneficio que el capitalismo otorgaba a los espíritus fuertes y emprendedores. Hoy son tantos los trámites administrativos y el dinero que el empresario pierde que éste o bien acaba en el paro o bien es absorbido por una Gran Empresa. Antes arreglar las paredes de una escuela era una tarea que se llevaba a cabo en unos pocos días, a la que se unían voluntariamente los miembros de una comunidad. Hoy es necesario esperar una subvención de la Obamacracia estadounidense y los certificados de diversas Oficinas para la Certificación de Certificados para que futuros abogados y médicos puedan disfrutar de una escuela con las paredes pintadas. Antes salvar a una niña de 5 años atrapada en el interior de un coche no hubiese presentado problema alguno a un agente del gran Imperio Británico. En el s. XXI tiene que esperar a que una regulación interna le permita ejercer su obligación moral. Una anécdota escrita hace más de dos milenios en la antigua China, atribuida al filósofo confuciano Mencio, ilustra algo que hasta ahora había resultado evidente a cualquier ser humano. Chun Yukun, un humorista confuciano colega de Mencio, intentó hacer caer a su compadre en una contradicción moral al plantearle el caso de una mujer a punto de morir ahogada en un río frente al hermano de su marido. Dado que los ritos confucianos impiden que hombre y mujer entren en contacto físico si no son cónyuges –en este caso el peso moral aumenta por la relación familiar entre ambos–, el cuñado de la joven debería dejarla morir, al igual que el policía británico o los servicios de rescate con cuerda. Mencio da una respuesta de brevedad espartana: “Quien no la ayude es un animal” y añade a continuación: “Que hombres y mujeres no entren en contacto físico es una cuestión de ritual, ayudar con tus propias manos a tu cuñada es una cuestión de exigencia”.

 

Tal aquelarre de apatía moral tiene un origen concreto. Cuando lo que pertenece al ámbito de lo privado, personal y moral debe ser normalizado gubernamentalmente, cuando el individuo prescinde de la toma fundamental de decisiones en lo social y personal relegando las mismas a una aglomeración aleatoria de regulaciones internas con las que justificar salarios oficiosos, el ciudadano se aleja más de la artificialidad capitalista y se acerca peligrosamente al estado de naturaleza del benevolente indígena que, afablemente, espera sentado en la mesa con la Gran Cazuela abierta: la Gran Cazuela del Gran Gobierno. Lo contrario de un Gran Gobierno no es un gobierno pequeño, ni tan siquiera es un “estado como piel” orteguiano. Lo contrario de un Gran Gobierno es una Gran Libertad.

       La indiferencia ante el atropello de Wang Yue corre paralela a la indiferencia de la policía británica ante una niña de 5 años o una mujer de 37 ahogándose. Ambas ocurrencias no son fruto del desnaturalizado individuo capitalista occidental, sino de dos grandes gobiernos de carácter dictatorial que comparten una misma ideología genocida y castigan al que viola la Gran Ley de “No salvar a una niña de 5 años de morir ahogada en el río”. Por ello los medios occidentales se callarán en su mayoría y evitarán sacar conclusiones sobre el atropello de Wang Yue. Porque todos ellos, tanto Wang Yue como la niña del río Avon o la mujer del río Clyde, son víctimas de una misma ideología bajo dos Grandes Gobiernos.

 

“En el lenguaje orweliano del Gran Gobierno, los “derechos” han dejado de ser libertades individuales que refrenan el estado para convertirse en poder estatal con el que refrenarte. Y por “diversidad”, quieren decir la ideología estatal de atrofiar la homogeneidad. De ahí el peculiar espectáculo de los “artistas” americanos desde George Clooney hasta Stephen Sondheim o Green Day felicitándose a sí mismos por su coraje al decir la verdad con su producción de películas, espectáculos, CDs, programas de televisión y novelas con las que todos los que conocen están completamente de acuerdo. En tal mundo, discrepar con la agenda liberal no es tanto un acto de desacuerdo político como, peor aún, un mortal faux pas social”.

Mark Steyn, After America, pp. 63–64.

 

 

- César Guarde