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El coronavirus comunista

 

 

“Por terrible que pueda ser oponerse a las mentiras, sospecho que no es tan terrible como las consecuencias de dejarlas florecer incuestionadas”
Jordan B. Peterson

 

Si hay algo de lo que el socialismo puede sentirse orgulloso es de su infinita apatía e indolencia hacia las violaciones a los derechos humanos y la destrucción del medio ambiente fuera de las fronteras de la civilización occidental. Ya se trate de la explotación y violación de las mujeres uigures en China, de la ablación genital femenina en África, de la ejecución pública de homosexuales en Irán, del asesinato de disidentes políticos en Venezuela o de las catástrofes ecológicas causadas por políticas socialistas en África, Cuba o China, a esa izquierda paleta y desaseada a la que todo le ofende en absoluto parece agraviarle el sufrimiento allende los mares de Occidente.

El último caso lo representa el coronavirus chino de la ciudad de Wuhan. Si bien todo parece indicar que el virus se “escapó” del Instituto de Virología de Wuhan, ya desde el principio numerosos internautas chinos apuntaron a la presencia de animales previamente utilizados en el laboratorio cuyos cadáveres se vendían, precisamente, en el mismo mercado en el que se cree que se había originado el primer brote. La conclusión inmediata sería, pues, que el consumo de animales exóticos en China como parte de su milenaria medicina tradicional era el responsable del surgimiento de la pandemia.

El consumo de partes de animales exóticos tales como aletas de tiburón, penes de tigre, cuernos de rinoceronte o escamas del pangolín forma parte del día a día de una gran parte de la población china y su consumo se ha incrementado en los últimos años, especialmente tras el levantamiento de la prohibición de algunos de estos productos en 2018 (curiosamente un año antes del comienzo de la pandemia). No obstante, lejos de tratarse de una práctica milenaria en el corazón de la cultura china, nos encontramos ante una innovación que hunde sus raíces en los años 1950, cuando Mao Zedong decidió reinventar la medicina china.

Como bien demuestra la historiadora Liz P. Y. Chee en su reciente obra, El bestiario de Mao (Mao’s Bestiary, Duke University Press, 2021), el consumo de partes de animales exóticos tiene su origen en las políticas antiimperialistas del gobierno comunista de Mao Zedong, bajo el cual se incrementó y sistematizó el uso y la producción de nuevas formas de medicina tradicional para compensar la alta demanda y ulterior falta de medicina occidental causada por el aislacionismo chino y por las condiciones de pobreza extrema que, con el Gran Salto Adelante primero y la Gran Hambruna después, estaban asolando todo el continente chino. Se crearon así ingeniosos lemas, como la “cura para cien enfermedades” que la sangre de pollo sin procesar, inyectada directamente a sanos y enfermos, prometía –interminables colas de granjeros cargados con pollos frente a las clínicas chinas atestiguaban su milenaria valía. O la magia medicinal simpática, según la cual lo similar cura lo similar, incentivándose así, entre otras cosas, el consumo masivo de penes y cuernos de todo tipo de animales.

Pero como sucede con gran parte de las prácticas pseudocientíficas que hoy se venden a Occidente revestidas por un velo de orientalismo –la moderna acupuntura china, el reiki japonés, etc.–, la medicina “tradicional china” ni es “tradicional” ni es “china”, sino que, como todo lo que hoy luce en la República Popular China, es un travesti de “modernidad” y “comunismo”: nunca probada durante cientos de años y antídoto al silencio de las masas ante la terrible falta de una medicina real.

Al holocausto moderno de especies salvajes, mayoritariamente africanas, así como a la polución que amenaza la biodiversidad de todo el planeta, se suma ahora el nuevo coronavirus chino de Wuhan, producto de una práctica instaurada por el comunismo hace más de medio siglo y que no sólo ha destrozado ya las vidas de millones de personas en todo el planeta –tanto su salud como, sobre todo, su economía–, sino que nos está precipitando hacia el mismo sistema político e ideológico al cual debemos esta situación.

Las medidas a las que medio mundo se ha autosometido tan dócilmente así lo evidencian: no se permite a la población juntarse en lugares privados –en casas, bares, restaurantes, centros comerciales que disponen de grandes espacios abiertos y ventilados–, pero no hay problema cuando se trata de lugares públicos, es decir, de zonas o lugares controlados por o propiedad del estado: conciertos con miles de personas o transportes públicos en donde es perfectamente seguro, de forma casi tan mágica como la propia medicina china, sentarnos constantemente al lado de perfectos desconocidos. Abra usted las ventanas de su casa cuando le visiten familiares o amigos y no comparta cubiertos ni platos, pero tranquilícese cuando el autobús público esté lleno de gente, con las ventanas cerradas y no se preocupe usted cuando tenga que pulsar el botón, agarrarse a la barra o tocar a las personas que bloquean su paso. El Estado lo protege.

Nos encontramos, pues, ante un flagrante ataque a la propiedad privada y un fomento pueril de un sector público parasitario basado en las ideas superadas de un personaje de dudoso valor moral e intelectual. El coronavirus no sólo es una metáfora, sino también el producto de dos ideas políticas incompatibles con la realidad: comunismo y aislacionismo. Y ninguna vacuna nos va a curar de ello.