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Un médico tras la verdad

 

La Medicina como paradigma de la situación espiritual de Occidente.

A propósito de El médico tras la verdad. O lo que más se parece a ella

de Luis Miguel Benito de Benito.

 

La conexión entre Medicina y Filosofía puede parecer hoy en día extraña, mas en sus inicios ambas ciencias iban estrechamente unidas. Así, tras la irrupción de los primeros filósofos o «físicos», aparece la Medicina, arte que pretendía ser el estudio real de la φύσις, pues consideraba que sólo a partir de ella era «posible conocer algo cierto sobre la naturaleza» (Sobre la medicina antigua, §20). En este contexto, el médico tenía como misión restablecer el orden natural perturbado en el cuerpo del hombre (enfermedad) de forma que éste volviera a estar de acuerdo con la naturaleza (salud). Para tal fin, su método debía consistir en la observación y en la experiencia, abandonando y despreciando «la necesidad de postulados vacuos» (Sobre la medicina antigua, §1), de tal forma que investigando adecuadamente y «con razonamiento aplicado» la naturaleza del ser humano se hiciera honor a un arte que se estimaba «atribuido a un dios» (Sobre la medicina antigua, §14)1.

Los filósofos griegos pronto se dieron cuenta de la novedad gnoseológica que estos médicos procedentes de la Isla de Cos introducían en la «ciencia de las ciencias», de manera que empezaron a utilizar su método, como demuestran las múltiples referencias que se hallan en sus obras tanto a la medicina como a los médicos. Posteriormente, autores como Cicerón, Descartes, Locke o Schopenhauer aplicarían estos mismos principios empíricos, resaltando todos ellos la gran importancia que poseía para el hombre tanto el mantenimiento de la salud del cuerpo (Medicina) como la del espíritu (Filosofía).

El opúsculo redactado por el médico especialista en el aparato digestivo, el Doctor Luis Miguel Benito de Benito, El médico tras la verdad. O lo que más se parece a ella, es un ejemplo contemporáneo de la mencionada fusión entre Filosofía y Medicina.

La intención del Dr. Benito con este breve escrito premiado por la Fundación Cabana en 2006 es llevar a cabo una reflexión sobre lo que significa «el buen hacer médico» (pág. 11), definiendo su misión como «el ánimo por sanar a los enfermos y ayudar a restablecer la salud de quienes acuden en busca de auxilio con ella quebrantada» (pág. 11). Es decir, la tarea del galeno es hacer el bien, «actúa por un fin que para él tiene razón de bien» (pág. 12)2. Pero, ¿qué significa «hacer el bien»? Y, más en concreto, ¿qué es «el bien»?

Para responder a estas cuestiones, el Dr. Benito realiza una breve historia de la metafísica en Occidente, destacando cómo su puesta en duda por parte de la Modernidad ha afectado al conocimiento y, por ende, al actuar (ético) del hombre. Ahora ya no existe una verdad y, por consiguiente, una definición clara y exacta de lo que es el bien, de lo que es lo bello3, sino que todo depende, cuando no del consenso entre los hombres (la verdad es «lo que opina la mayoría»; pág. 13), de la voluntad del individuo (el denominado «auto»; págs. 27-28). De esta manera, se considera que «si hay muchos que opinan así –pensamos– por algo será. Y unimos nuestro parecer al del rebaño para no pecar de disidencia contra la soberanía popular» (pág. 15)4.

Este estado de cosas que se ha producido en Occidente con la destrucción de la metafísica y, por lo tanto, de la gnoseología clásica se manifiesta en diversos aspectos de la ciencia y, en concreto, de la Medicina. Una muestra se halla en los denominados ensayos clínicos, base de la medicina actual y que no siempre se encuentran ligados a la búsqueda de la verdad, sino a intereses «humanos, demasiado humanos»:

Quien ha dedicado parte de su vida a la investigación clínica y sobre todo básica, ha tenido que soportar conatos de injerencia pretendiendo “forzar” resultados inútiles. Las ayudas estatales o privadas, la renovación de becas de investigación, han estado supeditadas a aquellos proyectos que ofrecían resultados positivos o visos de patente. Este tipo de factores han distorsionado el ideal de la investigación pura, no comprometida con otra cosa que no sea el saber. Y cuando no ha sido la tentación de lucro, ha sido el afán de notoriedad, el deseo de fama y reconocimiento lo que ha precipitado la publicación de resultados impactantes pero no suficientemente contrastados (pág. 17)5.

A pesar de ello, el Dr. Benito tranquiliza al lector recordando la existencia de la Colaboración Cochrane, institución que, a través de lo que denomina «Medicina Basada en la Evidencia (MBE)», intenta establecer cuáles son las mejores pautas de actuación en los ensayos clínicos (pág. 20). No obstante, el autor indica cómo su noble tarea peca de ingenuidad al tomar como válidos y fiables los datos presentados por los diferentes estudios, costeados en su gran mayoría por multinacionales farmacéuticas (pág. 24). De este modo, no es sorprendente el hecho de que algunos directores de ensayos hayan confesado abiertamente con posterioridad a la publicación de sus resultados que éstos se los habían simplemente inventado (pág. 25)6.

Otro aspecto importante a señalar a la hora de analizar «el buen hacer» del médico son sus habilidades y destrezas (pág. 18). Es decir, el galeno no sólo ha de poseer toda una serie de conocimientos, sino también ha de ser capaz de ponerlos en práctica utilizando para ello todas las herramientas posibles a su alcance. En este sentido, el Dr. Benito indica lo complicado que resulta uniformar estrategias, lo cual provoca que, por ejemplo, determinadas técnicas no se realicen en distintos centros o que ciertos tratamientos no siempre tengan la misma efectividad. «¿Mala suerte o falta de pericia? […] Como advierte un proverbio oriental, no es que no hagamos las cosas porque sean imposibles sino que se vuelven imposibles porque desistimos de hacerlas» (pág. 19). Y es que, como enseñan los tratados hipocráticos, «los remedios deben ser infalibles, no porque sean fáciles, sino porque están descubiertos. Han sido descubiertos y están al alcance ciertamente no de los que quisieran, sino de quienes están capacitados en ellos. Y tienen tal capacidad quienes no carecen de formación y no andan escasos de habilitad natural» (Sobre el arte médico, §9).

De ahí el siguiente escollo que aparece en este mundo sin una autoridad y un saber unificado: ¿cómo se puede establecer que un remedio o tratamiento funciona? Es decir: ¿«entre la administración de un fármaco y la recuperación de la salud hay alguna relación causa–efecto o dicha asociación es fruto del azar» (pág. 22)? Esta situación lleva a lo que el Dr. Benito denomina una «asociación estadísticamente significativa» como sucedáneo de la verdad y cuyo uso práctico –añadimos– se ha podido observar claramente durante todo el año 2020 con las presuntas muertes por/de Covid19 o en el presente 2021 con las reacciones adversas de las distintas «vacunas», donde se aplican modelos completamente opuestos de análisis y contabilización7.

De la resolución de todas estas cuestiones dependen otros problemas no menos graves, como el hecho de que haya médicos que acaben prefiriendo «medios alternativos a los que figuran en las guías de práctica clínica elaboradas por otros» (pág. 19) o la cada vez más mermada confianza del paciente en las capacidades de su médico. En efecto, la secuencia «enfermedad–saber médico–actuación terapéutica y recuperación de la salud» (pág. 26) se basa no sólo en una relación asimétrica entre el paciente y el doctor, sino también en la confianza. El hecho, sin embargo, de que los galenos no siempre puedan acreditar éxitos, sino más bien exitus ha sido lo que ha provocado que, desde la más temprana Antigüedad hasta nuestros días, si bien han sido respetados, también hayan padecido el escarnio, como testimonian, entre otros, Petrarca, Quevedo, Montaigne, Molière o Toland.

Para el Dr. Benito, ha sido la destrucción de la metafísica en la modernidad la que ha acabado definitivamente con esta confianza que se basaba en un saber establecido en favor de la duda (pág. 26). Como consecuencia lógica de esta situación se cita el hecho de que se sea «cada vez más propenso a dar protagonismo al paciente» (pág. 27), puesto que se considera que la verdad es «la que se adquiere a través del consenso, del parecer de la mayoría» (pág. 26). Dicho de otra manera: dos entidades diferentes, pero ahora iguales, el médico y el paciente, se ven forzados a buscar un consenso en todas las decisiones que anteriormente tomaba, según sus conocimientos profesionales, de manera exclusiva el médico, con lo que su posición queda denigrada, minándose así el imprescindible principio de autoridad (pág. 28)8.

Y, con todo, el médico tiene que ser capaz no sólo de mostrar firmeza y fiabilidad en su diagnóstico, aun cuando él no pueda estar completamente seguro (pág. 29)9, sino también de poder comunicar al paciente de manera comprensible «sobre su dolencia y sobre las pruebas diagnósticas o terapéuticas a las que va a ser sometido» (pág. 30). En este contexto, el Dr. Benito muestra las en muchas ocasiones graves dificultades que el galeno tiene a la hora de informar de forma clara a sus pacientes10 y los problemas jurídicos que a veces deben padecer «por una historia clínica deficiente, con lagunas, incluso por mala caligrafía» (pág. 33)11.

A pesar de toda esta serie de pésimas consecuencias prácticas que la negación de la metafísica lleva consigo y que afectan, como se observa, de manera especial al «buen hacer» del médico, no se debe caer de ningún modo en el nihilismo (pág. 41). Por el contrario, la tarea del lector, del médico y del filósofo ha de ser enfrentarse a esta situación y plantear la única disyuntiva posible que se presenta con el fin de recuperar y preservar tanto la verdad como lo bueno, esto es, el bien:

Anulada la metafísica, pasan muchas cosas. El mundo se puede enfocar desde otro prisma. Lo que no se consigue es ver un mundo diferente a través de los ojos de cada individuo. Son unos pocos los que dicen cómo ha de verse el mundo. Los demás asienten. Cada cual, en definitiva, ha de saber en quién ha puesto su confianza. Porque cuando quitamos un dios, surgen otros. Si la ley no nos viene dada de fuera, alguien de entre nosotros dice lo que es ley. Providencia o suerte: elija (pág. 39).

Aunque el autor duda de que su opúsculo pueda calificarse de «clásico», si por tal se entiende una obra por la cual no pasa el tiempo, es cierto que resulta difícil negar el carácter vigente e incluso «profético» que posee su contenido. Sólo hay que observar la docilidad e irresponsabilidad con la que los médicos han resignado voluntaria y totalmente tanto del principio de autoridad que les otorga su ciencia, como de su «buen hacer» en favor de otros12, quienes, sin ser en absoluto expertos en el arte de Asclepio, Hipócrates o Galeno, se han arropado el manto de profetas de la salud, determinando cuáles son las directrices sanitarias necesarias a seguir por parte de la población. Como ya había profetizado con terror Fiódor Dostoievski en su poema El Gran Inquisidor, ésta «será una forma feliz de liberarse de unas cadenas impuestas para subyugarse a otras elegidas libremente, pergeñadas por manos humanas. Al menos esa será la apariencia, porque lo cierto es que las directrices no son las que uno mismo determina sino acaso las que son fijadas por un grupo de “expertos” que definen un status quo de la ciencia… cambiante. Puestos a elegir, cada cual escogerá su patrón de oro, aunque para muchos emancipados siga siendo –muchas veces sin que ellos lo adviertan– el “patrón de otro”» (pág. 43).

 

Jordi Morillas


Luis Miguel Benito de Benito: El médico tras la verdad. O lo que más se parece a ella. Edición personal, Madrid, 2019. ISBN: 978-84-9946-275-2.

1 Y es que, como advertía un egregio médico español hoy hace casi un siglo, «la Medicina seguirá siendo, en su origen y en su esencia, un arte humilde, de observación directa de la Naturaleza, cuyo contacto no puede perderse, pase lo que pase, sin peligro gravísimo de errar». Gregorio Marañón: «Vocación y ética» (1935), en Vocación y ética y otros ensayos. Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1966, pág. 50.

2 Se trata de una cita de Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, 1ª, 2ª, q. 94, art. II.

3 Ha desaparecido, por ende, la concepción escolástica de que el ser «por el mero hecho de existir era unum, verum, bonum y pulchrum» (pág. 12).

4 De esta concepción de la verdad surgen las más temibles tiranías, ya se disfracen éstas de democracia o de dictadura, como las que se han padecido a lo largo del siglo XX y actualmente en el XXI. Como advirtió Benito Jerónimo Feijoo, «aquella mal entendida máxima de que Dios se explica en la voz del pueblo, autorizó la plebe para tiranizar el buen juicio, y erigió en ella una potestad tribunicia, capaz de oprimir la nobleza literaria. Es éste un error, de donde nacen infinitos: porque asentada la conclusión, de que la multitud sea regla de verdad, todos los desaciertos del vulgo se veneran como inspiraciones del cielo». Benito Jerónimo Feijoo: Teatro crítico universal. Tomo I. Discurso primero: «Voz del pueblo».

5 Este análisis de lo que realmente es la investigación clínica es aplicable a otros ámbitos del saber, como, por ejemplo, el humanístico.

6 Resulta verdaderamente difícil no ver aquí la tremenda actualidad de estas reflexiones del Dr. Benito, sobre todo si se piensa en el escandaloso caso de Christian Drosten. En efecto, de este supuesto virólogo alemán se ha puesto en duda con pruebas fehacientes tanto que sea realmente doctor, como la fiabilidad y la cientificidad de su artículo publicado de forma irregular en enero del 2020 en el que proponía la PCR como método de diagnóstico para un virus que todavía no había sido ni identificado ni secuenciado. O, también, sin salirnos del ámbito alemán, de otro supuesto científico, Karl Lauterbach, quien se presenta, sin serlo, como epidemiólogo y que, ante los escandalosos casos de efectos secundarios graves y mortales de la supuesta vacuna de AstraZeneca, sigue recomendando su inoculación en la población, argumentando que sería un «fallo» su suspensión, sobre todo si se tiene presente la llegada inmediata de una pretendida «tercera ola»: «una primera vacunación con la vacuna AstraZeneca salvaría vidas» (sic!).

7 La cuestión es muy sencilla: si uno muere por accidente automovilístico o por cualquier otra causa mundana dos días después de una prueba positiva de Sars-Cov-2, se le contabilizará como víctima de Covid; ahora bien, si uno fallece a los dos minutos de recibir una «vacuna» es una coincidencia o una situación en la que se ha de establecer escrupulosamente si ha habido algún tipo de relación causal o casual.

8 En este contexto, el Dr. Benito agrega que, «cuando se ha pretendido situar al mismo nivel al maestro y al alumno se ha debilitado el principio de autoridad que sin duda ha contribuido, entre otros factores, al fracaso escolar» (pág. 28).

9 Y el médico no puede estar seguro, puesto que la Medicina es una ciencia inexacta. La defensa de la Medicina como un arte que está en constante progreso y que no se podría, por tanto, comparar al resto de ciencias exactas ha sido uno de los principales argumentos de sus defensores modernos y contemporáneos. Como ejemplo clásico, se podría citar el ensayo de Gregorio Marañón «Sobre la responsabilidad social del médico», que se puede leer en Vocación y ética y otros ensayos, ed. cit., págs. 97-123.

10 En el tratado hipocrático Sobre la medicina antigua se lee: «Es fundamental, en mi opinión, que el que habla de este arte diga cosas inteligibles para los profanos, ya que no le compete ni investigar ni hablar de algo distinto a las dolencias que ellos mismos padecen y sufren. A ellos, por ser profanos, no les resulta fácil comprender sus propias enfermedades, cómo se producen y cesan y por qué causas crecen o disminuyen; pero si es otro el que lo ha descubierto y se lo explica, les es comprensible porque cada uno al escuchar no tiene más que recordar lo que le sucede a sí mismo. Y si se falla en hacerse comprender por los profanos y no se les pone en tal disposición se está fuera de la realidad» (§2).

11 En este contexto, es difícil no ver una defensa del colectivo de los médicos ante la indefensión que se encuentran frente a los cada vez más exigentes pacientes. Sobre la responsabilidad médica se ha escrito mucho a lo largo de la historia de la Medicina, siendo quizás un buen ejemplo de ello la extensa investigación de Eduardo Benzo: La responsabilidad profesional del médico. Escuela de Comunicación Social, Madrid, 1944.

12 Demostrando, de esta forma, su miseria e indignidad moral, pues, como no se cansaba de repetir Gregorio Marañón, el médico «se forma no sólo para ejercer su sabiduría en provecho de la sociedad y en propio provecho, sino también para ejercerla con dignidad y pulcritud moral […] sin la fuente moral, la misma eficacia de la profesión se desgasta y acaba por anularse. Y esto, aplicable a todos los humanos destinos, adquiere en el médico particular evidencia». Marañón: Vocación y ética, ed. cit., pág. 57.