Saturday, 17 April 2021

Visitantes

2198298

Búsqueda

AGON en Facebook

Compártenos

Share to Facebook Share to Twitter Share to Linkedin Share to Myspace Share to Delicious Share to Google 

Coronavirus. Tras la vacuna

Luis Miguel Benito, Coronavirus. Tras la vacuna. Opera Prima, Madrid, 2021.

 


¡Besaremos nuestras cadenas!
Los sembradores del miedo han logrado una gran batalla,
pues el mundo está horrorizado
y se pondrá a sus pies con tal que les aleje sus miedos.
El experimento social de la pandemia ha sido un éxito absoluto,
con muy pocas bajas si lo comparamos con cualquier Gulag.
Es necesario investigar en una vacuna,
una prevención para que estos desastres no se repitan.
Es mi deber, como médico, ponerme a trabajar ya en ello. Queda poco tiempo.

Dr. Luis Miguel Benito

 

Desde marzo de 2020, España vive bajo un régimen de terror alimentado por el peligro de muerte inminente causado por un virus que habría tenido su origen en la ciudad china de Wuhan. Con la proclamación por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de una pandemia de Covid19 la mayoría de los países tomaron toda una serie de medidas que pretendían atajar la transmisión y el contagio, siendo España, junto con Argentina, los estados que decretaron un confinamiento más duro y unas normas más restrictivas.

Sobre la procedencia real de este virus, así como de las consecuencias sociales y económicas que esta supuesta pandemia ha tenido, tiene y tendrá para nuestra sociedad, se escribe y se discute hasta donde el poder lo permite en toda Europa. Dentro de esa «inmensa minoría» que en nuestro país se atreve a tratar de manera abierta la cuestión del Covid19 se halla el caso del Doctor Luis Miguel Benito de Benito, médico especialista en el aparato digestivo, testigo directo de la tragedia durante los decisivos meses de marzo y abril.

Destinado a uno de los hoteles que se habilitó en la comunidad de Madrid para el cuidado de los enfermos de Covid19 que no podían ser tratados por saturación en los hospitales, pronto se puso a reflexionar sobre lo que estaba sucediendo y sus consecuencias. De esta manera, guiado por su inquietud intelectual, que fue lo que le condujo, después de estudiar Medicina, a cursar la carrera de Filosofía, empezó a tomar toda una serie de notas que, ampliadas a través del tiempo, dieron lugar a una obra única en su género: Coronavirus. Tras la vacuna.

El carácter distintivo de este escrito se encuentra en el hecho de que está redactada como si fuera un diario personal de un sanitario que reflexiona sobre los acontecimientos que se producen no sólo dentro en el hospital, sino también fuera en la sociedad. Así, en su breve introducción, el Dr. Benito plantea a nivel general la cuestión de la crisis sanitaria, destacando ya en estas primeras líneas cómo toda esta situación no era más que «un experimento social» (pág. 14), cuya «crisis era más económica que sanitaria» (pág. 14). Este juicio que, en el momento de la publicación de este libro (junio de 2020), podía parecer cuanto menos prematuro o atrevido, hoy en día nos parece, cuando no profético, sí clarividente.

A estas conclusiones se llegan, no obstante, tras un análisis pormenorizado de los primeros momentos «tras las campanadas» (págs. 15-18), en los que se ponen de manifiesto ya toda una serie de datos e informaciones que darían lugar a la «conmoción» (págs. 19-23), que se materializaría en la proclamación del estado de alarma. Es en este momento, en el que el Dr. Benito es más detallado, denunciando los momentos de miedo y de caos provocados por el Gobierno (págs. 27-30), que se verían reflejados no sólo en la sociedad, sino sobre todo en los hospitales (págs. 26 y ss.).

A través de la narración de toda una serie de recuerdos y de vivencias, el autor muestra la situación de desconcierto que se vivía entonces en los centros sanitarios, quienes recibían constantemente protocolos nuevos e incluso contradictorios entre sí en un mismo día y el abandono casi literal al que se vieron sometidos por la incoordinación y falta de entendimiento de dos gobiernos (el central y el autonómico) que por sus exigencias políticas no supieron ponerse de acuerdo para evitar que muriese tanta gente. En este contexto, el Dr. Benito relata cómo los médicos tuvieron que improvisar a partir de lo que disponían para, primero, protegerse ellos mismos de posibles contagios y, a continuación, tratar a los pacientes con toda una serie de remedios que iban probando según su saber y entender.

A todo ello había que añadir el hecho de que no se les hacía ninguna prueba a los sanitarios para saber si estaban contagiados, existiendo, por ende, la posibilidad de contagiar no sólo a otros compañeros, sino incluso a sus propios familiares. En este sentido, el Dr. Benito explica cómo el número de contagiados entre los sanitarios llegó a ser de unas 40.000 personas (págs. 79, 220), así como las dudas y los problemas que en un primer momento tuvo él mismo al no saber si estaba contagiado y si podía ser un transmisor del virus para su familia (págs. 50-51, 85-90, 101-102).

Estas consideraciones de sus vivencias en el hospital durante los meses de marzo y abril vienen complementadas por toda una serie de apéndices, en los que el Dr. Benito profundiza en cuestiones concretas planteadas o surgidas durante la narración de lo acaecido en Madrid. No obstante, antes de entrar a comentarlos, conviene destacar cómo en esta primera parte el autor deja ya establecido el gran problema que sugieren las cifras de contagiados y de fallecidos, sobre todo cuando éstas dependen del poder político y no de los sanitarios (págs. 12-13, 59), poniendo además en duda la necesidad del «encierro» (pág. 54), «sobre todo porque hasta este momento en la historia de la medicina desde el punto de vista de la epidemiología, siempre se había considerado que el confinamiento debían hacerlos los enfermos y no los sanos» (pág. 119).

En este sentido, el Dr. Benito destaca la realidad de cómo el Covid19 afectó principalmente a las residencias de ancianos (págs. 23, 60-61; 66, 81), a los cuales no siempre se trató como se debía (págs. 66-67, 78, 96)1, así como el remarcable hecho de que el número tan elevado de muertos durante los meses de marzo y abril no se produjo a causa de la gravedad de la enfermedad, sino porque no se disponían de los medios necesarios para tratarlos (pág. 82).

Esta certeza del Dr. Benito se ve corroborada por la información que ofrece en el primer apéndice («¿Ha sido o no ha sido una gripe?», págs. 135-140), donde comenta la baja letalidad del virus, que define como «un organismo de poca monta» (pág. 137) y vuelve a insistir en que «probablemente más de la mitad de los fallecidos murieron sin poder disponer de los recursos asistenciales necesarios para evitar el fatal desenlace. El drama médico surgía del colapso» (pág. 138).

De hecho, sobre los médicos trata el siguiente apéndice («De héroes y de villanos: actuación sanitaria y policial», págs. 141-149), donde además de constatar honestamente la culpabilidad de su silencio, también pone en evidencia a periodistas y a jueces. A abordar la cuestión social el Dr. Benito dedica los apéndices 6-10, en los cuales hace un resumen de la locura de la población ejemplificada en la adquisición enfermiza de papel higiénico (págs. 207-210), reitera el preponderante papel de los medios de comunicación en este «ensayo general para una puesta en escena que está por llegar» (pág. 212) y que está propiciando no sólo el enfrentamiento social (pág. 213), sino lo que es todavía más preocupante: «una cambio de paradigma en las relaciones humanas» (ibid.).

Este giro antropológico producido en la población el Dr. Benito lo ve fomentado por el miedo transmitido por los políticos y los medios de comunicación. Y es que para él, «la epidemia en su vertiente médica ha llegado a su fin» (pág. 233). Lo que estamos vivenciando en estos últimos meses no tiene en absoluto nada que ver con la medicina, sino con el experimento social y psicológico que se ha realizado. El Estado ha sabido movilizar el miedo en la población de tal manera que ésta está tan acongojada, teme tanto por su vida que está dispuesta a renunciar a su intimidad, a su persona, a su individualidad, en definitiva, a su libertad «al servicio de una mayor seguridad general, del bien común». Ante esta situación, el Dr. Benito se pregunta:

¿Quedará quien aspire a querer vivir su vida sin injerencias? ¿Quedara quien sea capaz de asumir el riesgo de la incertidumbre? Es posible, pero si tales osados existen, el colectivo social pedirá, exigirá que se integren en el rebaño por el bien de todos. Besaremos nuestras cadenas y obligaremos a que se las pongan los que no quieran (pág. 232).

No obstante, traicionaríamos el espíritu positivo y constructivo que domina esta obra si sólo nos centrásemos en los fallecidos y en la denuncia de este experimento social que «ha sido un éxito rotundo para los especuladores» (pág. 234). En efecto, la intención última del Dr. Benito es combatir el miedo y el odio que se ha instaurado en las mentes de la población española, es decir, acabar con esa «obediencia ciega a las normas caprichosas de las autoridades» (pág. 240) políticas, que no médicas y el infantilismo de los que harán cola «para vacunarse porque “vacuna = bueno” y quieran ser los primeros en estar (o por lo menos, sentirse) protegidos, aliviados de sus miedos, fiados de la ciencia que promete cambiar seguridad por incertidumbre sin advertir que cambia una incertidumbre por otra» (pág. 238).

De esta manera, recogiendo la enseñanza de Epicuro, quien sostenía que vacío es el discurso que no cura tanto las enfermedades del cuerpo como las dolencias del alma, el Dr. Luis Miguel Benito finiquita su obra con un canto a la vida y con una exhortación a la felicidad, condición indispensable para mantener un cuerpo y un sistema inmunitario sano contra cualquier enfermedad, causada por un virus, una bacteria o lo que sea:

Aprenda de lo vivido, del sufrimiento pasado y no se caliente la cabeza innecesariamente. Sea feliz. Tiene en sus manos la mejor vacuna para los próximos coronavirus (pág. 242).

 

Jordi Morillas


1 En el apéndice «Los bailes del tratamiento» (págs. 151-182), el Dr. Benito sostiene que «la posibilidad de salir adelante en caso de intubación es muy baja en un paciente octogenario, y en el caso de COVID, casi nula. Por se aplicó un criterio restrictivo del empelo de estos recursos en gente mayor… aparte de por carecer de esos medios para todos los que lo precisaban» (pág. 156). Más adelante, escribe que «estábamos sorprendidos por la escasa mejoría de la función respiratoria con una medida tan extrema como es la intubación, de ordinario eficaz para resolver cualquier problema de oxigenación. Conectar a un paciente a la máquina tenía de inicio una mortalidad superior al 50%» (pág. 164).