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La nueva táctica de terror ante la evidencia científica de que el COVID19 no es un virus letal

 

“El hombre, ser sociable por naturaleza,
educado en la cultura autoritaria,
crea formas corruptas de convivencia y
en beneficio de unos pocos
caminamos hacia la locura”.

                                                                                                                                              Sin Dios, “Requiem”

 

 

Estamos a diciembre de 2020. Tras 9 meses de tortura psicológica y propaganda de terror constante por parte de los gobiernos nacionales y de sus generosamente subvencionados medios de comunicación, ya no se puede sostener en un sentido estrictamente médico, científico, que el COVID19 o, mejor dicho, el SARS-COV-2 es un virus letal.

Esta afirmación no la pronuncia el autor de estas líneas, sino la Organización Mundial de la Salud a través de una reciente publicación en su Bulletin of the World Health Organization con el título de Infection fatality rate of COVID-19 inferred from seroprevalence data.

Su autor es John Ioannidis, profesor de Medicina, Epidemiología, Políticas de Salud y Ciencias de Datos biomédica, así como de Estadística en la Stanford University School of Medicine, además de co-director del Centro de Innovación en Meta-Investigación. Asimismo, según la Fundación Einstein de Berlín, el Dr. Ioannidis es actualmente uno de los diez científicos más citados en todo el mundo.

El profesor Ioannidis es conocido no sólo por haber criticado a principios de marzo de 2020 a las naciones que aplicaban o consideraban aplicar un confinamiento y un estado de excepción, sosteniendo que se basaban en un fiasco de evidencias, sino que ahora ha realizado un metaestudio en el cual demuestra que la tasa de mortalidad del COVID19 es semejante a la de una gripe estacional leve-moderada. De hecho, sostiene que, si se hubieran realizado de manera uniforme los estudios de anticuerpos en las distintas zonas, cuyas tasas de infección y de mortalidad están muy por encima de la media mundial, el promedio de la tasa de mortalidad global podría “ser incluso considerablemente inferior al 0,23% observado en mi análisis” (pág. 8).

En segundo lugar, en su metaestudio, el Dr. Ioannidis señala de manera inequívoca que, incluso en los puntos más complicados, la tasa de mortalidad en los menores de 70 años es de 0,05% y que la mortalidad por infección superior a la media que allí se encuentra en las personas de más de 70 años tiene las siguientes posibles causas:

El COVID-19 tiene un gradiente de edad muy pronunciado por el riesgo de muerte. Asimismo, muchos y, en algunas ocasiones, la mayoría de los casos y de las muertes que se produjeron en países europeos y en los Estados Unidos tuvieron lugar en residencias de ancianos. [...] Los muchísimos muertos en residencias de ancianos, las infecciones nosocomiales y los hospitales saturados también podrían explicar el elevado número de muertes en ciertas localidades de Italia y de Nueva York, así como en los estados colindantes. Las malas decisiones (por ejemplo, el envío de pacientes de COVID-19 a residencias de ancianos), la mala gestión (por ejemplo, la ventilación mecánica innecesaria) y la hidroxicloroquina podrían, asimismo, haber contribuido a que los resultados sean todavía peores (pág. 8).

Sin embargo, lo que es más determinante en su metaestudio es que no sólo la edad media de los “muertos por coronavirus” a nivel mundial es igual o incluso superior a la esperanza de vida europea (unos 83 años), sino también que el 85% de todos los que fallecieron con una prueba PCR positiva tenían más de 70 años y, al mismo tiempo, padecían una media de 2,6 (EE.UU.) a 3 (Italia) enfermedades previas que, a su vez, se encuentran entre las 10 principales causas de muerte anuales, lo que hace que el COVID-19 sea cualquier cosa menos la causa evidente de muerte. De ahí que el presidente de la autoridad sanitaria italiana (ISS) expresara ya de manera clara en una conferencia de prensa celebrada el 13 de marzo que la “abrumadora mayoría” de los “muertos por coronavirus” contabilizados oficialmente en Italia no “muere por COVID-19”, lo que de nuevo confirman los correspondientes registros de datos de octubre.

Conclusión: si se toman los argumentos del Dr. Ioannidis y se sacan las debidas consecuencias se observará que este 0,23% de tasa de mortalidad “por” coronavirus es todavía inferior, pues ténganse presente las malas decisiones, así como los erróneos tratamientos médicos de las primeras semanas (ventilación mecánica innecesaria e hidroxicloroquina). Así pues, de manera estricta, sólo se podrá considerar como fallecidos “por” coronavirus como mucho un tercio del total, lo que significa que la tasa de mortalidad mundial realista se encuentra en promedio en un máximo de 0,07%, es decir, en el rango de una gripe estacional leve (cfr. págs. 4, 10).

No obstante estos datos científicos, media Europa se encuentra de nuevo confinada o en camino a serlo. Uno de los países donde los médicos no se han callado y han denunciado la estafa sanitaria que constituye la supuesta “pandemia” de coronavirus es Alemania. Allí padecen desde hace días un nuevo confinamiento. Para contrarrestar los más que evidentes signos de que este encierro domiciliario carece de toda fundamentación científico-médica, puesto que nos hallamos ante un virus que no es en absoluto mortal (o, al menos, no tan mortal como otros virus pertenecientes a la familia de los coronavirus y que nos acompañan desde hace tiempo), los virólogos y epidemiólogos del régimen de Merkel tienen que buscar argumentos que justifiquen las medidas de sus amos[1].

Puesto que en España este debate no existe, ya que, entre otros motivos, no existe tampoco ni una comunidad científica, ni un comité de expertos que asesore al Gobierno, citaremos las declaraciones de la viróloga Melanie Brinkmann del 3 de noviembre:

Este virus nos complica la vida a todos. A todos […] Aunque sólo causa una enfermedad grave en un par de personas, se transmite de manera muy fácil. Y puesto que no provoca en muchas personas una enfermedad grave, éstas se mueven libremente por todos sitios. Y, por supuesto, no se contienen. ¿Por qué deberían tampoco? No notan que están infectados. Y precisamente esto es lo que hace que sea tan difícil contener este virus. Es mucho más peligroso que un virus que realmente enferme a las personas.

Esta más que sorprendente aseveración se ve complementada con otra realizada dos días antes por el -según la prensa española- “virólogo más prestigioso de Alemania”, Christian Drosten[2], y que ha sido ampliamente difundida en España como si fuera una revelación:

Lo mejor sería que todos hiciéramos como si estuviéramos contagiados y quisiéramos proteger a los demás del contagio. O hacer como si el otro estuviera infectado y nosotros quisiéramos protegernos.

Ante estas afirmaciones infantiles y acientíficas, pero social y psicológicamente dañinas y criminales sólo cabría una respuesta que rezaría simplemente: ¿por qué tendríamos que esforzarnos en contener un virus que, si bien es altamente infeccioso, no tiene unos efectos graves en una gran parte de la población? ¿Es verdaderamente necesaria una actitud psicópata, paranoica y antisocial frente al SARS-COV-2? ¿Cuál es el motivo por el cual no se actúa de la misma manera ante el resfriado y la gripe común? ¿Por qué ante la gripe la vacunación es opcional y ante el SARS-COV-2 se pretende su obligatoriedad?

El nivel de psicosis colectiva, de pánico, de miedo, de terror que domina y se manifiesta en los ojos de la población embozada es tal que no sólo estos hechos, sino incluso la presentación misma de estos (y cualesquiera otros) argumentos científicos sería inútil e inefectiva. ¿Quién va a aceptar el hecho de que la propia OMS ha señalado que las pruebas PCR no son fiables y que, por ende, un resultado positivo no tiene que ser de manera obligatoria sinónimo de caja de pino[3]? ¿O que la utilización de este sistema de “detección” del presunto virus se basa en un artículo publicado en extrañas circunstancias por parte del virólogo oficial del régimen de Ángela Merkel, texto que ha sido refutado hasta la saciedad por su falta de base científica[4]?

En un ambiente de histeria y de locura colectiva fomentada tanto por las autoridades políticas como sanitarias y expandidas urbi et orbi por los medios de comunicación, los casos de violencia entre la población son una realidad que, en este nuevo 2021, promete acrecentarse de manera marcada y peligrosa[5]. ¿O acaso alguien puede realmente creerse que el asalto al presentador Eduardo Bandera en un autobús de Málaga por bajarse la mascarilla para hablar por el móvil es sólo un caso aislado sin importancia?

En la mentalidad de esta población medrosa está incrustada no con sangre, pero sí mediante plasma la idea de que salir a la calle, aunque sea con mascarilla, con guantes y, por supuesto, con gel hidroalcohólico constituye un peligro real de caer víctima de la “terrible” COVID19. Para toda esta cada vez más ingente parte de la población, el otro ha dejado de ser un “prójimo” para convertirse en una potencial bomba vírica que puede contagiarles “casi con mirarlos”. En este sentido, cabría preguntarse:

¿es realmente el hombre un virus para el hombre o el sistema lo hace enloquecer?

 

D.V.



[1] El escandaloso “informe” publicado por la Leopoldina, en el que se apoya las medidas represivas del régimen de Merkel e incluso se exige endurecerlas, ha sido refutado vehemente, entre otros, por Jochen Ziegler, quien ha denunciado que este “informe” tiene más un carácter político que no científico, basándose en media-verdades, cuando no directamente en datos falsos.

[2] Amigo y fiel servidor de la industria farmacéutica, defensor de la vacunación indiscriminada y bien conectado políticamente con Ángela Merkel y Ursula van der Leyen, su título de doctor y, por ende, de catedrático está bajo sospecha de habérsele concedido sin haber realizado el correspondiente trámite académico para ello y de constituir, por consiguiente, un fraude científico e intelectual. Para más detalles de su más que dudoso currículum, véase el informe elaborado por Thomas Maul: https://www.achgut.com/artikel/frankfurter_goethe_uni_naehrt_zweifel_an_professor_drostens_doktorarbeit

[3] A ello habría que añadir el testimonio de Lord James Nicholas Bethell, responsable de Salud del Gobierno Británico, quien hace poco sostuvo que no es “acertado” examinar a población sin síntomas de COVID19, puesto que se corre el peligro de obtener “resultados falsos”, añadiendo que “las pruebas asintomáticas generalizadas podrían socavar el valor de las pruebas, ya que existe el riesgo de dar resultados engañosos. Más bien, deberían hacerse la prueba sólo las personas con síntomas de COVID19.”

[5] La tremenda y criminal responsabilidad que los médicos tienen en esta denominada “pandemia” está fuera de toda duda. De esta manera, existe el paradigmático caso de uno de “los mayores expertos en Europa en su campo” quien, de afirmar rotundamente en febrero de 2020 que el Covid19 “sólo es una epidemia en China y, aunque no se descarta que pueda haber brotes puntuales en otros países, lo que tenemos que hacer los demás es estar vigilantes y, si se produce algún caso, identificarlo y aislarlo”, advirtiendo de que se están organizando “unas bolas espectaculares” en torno a esta cuestión, ha pasado a querer organizar la vida de los demás, señalando cuántos nos tenemos que reunir para celebrar la Navidad, a afirmar que “las vacunas aprobadas por Europa serán de plena confianza” (los datos y testimonios así lo atestiguan), que “si nos ponemos la bata del epidemiólogo, no se debe mover nadie en las fiestas” y exigir, por último, la intervención activa de la policía en la “aplicación” (léase: represión) de las medidas “sanitarias” de contención: “La administración tiene que llamar la atención y sancionar, es una tarea clara que tienen, porque si no, los ciudadanos tienen la sensación de ser el tonto de la película. Se puede hacer más visibles a la Guardia Urbana y a los Mossos para llamar la atención”.