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La mascarilla como símbolo de la «nueva normalidad»

 

 

Desde marzo del 2020, Europa y el mundo entero viven bajo la amenaza de un virus del que, según la versión oficial, se desconoce su procedencia (¿murciélago? ¿pangolín?), pero que aparece de repente en la ciudad china de Wuhan, sede de uno de los laboratorios de investigación científica de virus más importantes del planeta.

Viajando no se sabe cómo de China al continente europeo, sin apenas efectuar parada en los países que se encuentran por el camino, este «nuevo» virus, bautizado como «Covid19», pero científicamente conocido como SARS-CoV-2, ha sido la excusa perfecta para establecer un nuevo tipo de sociedad a nivel planetario. Los hechos hablan por sí solos: pauperización generalizada (esto es: desaparición paulatina de la clase media), destrucción de la economía y deshumanización colectiva. Todo ello resumido en el concepto de «nueva normalidad», que tiene como símbolo la mascarilla.

El bestial confinamiento padecido por España y del cual está siendo víctima actualmente la república de Argentina se basa supuestamente en la necesidad de proteger a la población de este «virus desconocido» hasta el día de hoy para la ciencia (Pedro Sánchez). Prueba inequívoca de su «virulencia» sería el número de «contagiados» que iría subiendo día a día hasta el punto de llegar (a fecha del 23 de agosto) a unos 23,1 millones de infectados, 14,8 millones de curados y 803 mil fallecidos en todo el mundo.

Para combatir este peligrosísimo virus son tres las medidas que el Gobierno de España ha dictado: distanciamiento social, lavarse las manos con exacerbada frecuencia y, sobre todo, el uso constante y en todo lugar de mascarilla.

El ciudadano normal puede incumplir cualquiera de las dos primeras medidas, pero jamás la última: el no llevar o ponerse de forma incorrecta la mascarilla puede verse penalizado con una multa de 100 euros.

A la ayuda a la implementación de estas medidas coercitivas colaboran distintos colectivos. Mientras que de normalizar la mascarilla se encargan religiosamente los medios de comunicación y los médicos al servicio de la subvención, de la responsabilidad de viralizarla socialmente, por el contrario, se ocupan las grandes multinacionales como Heineken, Pantene o Loewe, las denominadas «estrellas de cine» o los influencers, los colaboradores privilegiados del surfista Fernando Simón en la tarea de «concienciar a la gente de lo que hay que hacer».

De esta manera, forzando y obligando al uso obligatorio de la mascarilla por todos los medios posibles se procura que ésta se vaya convirtiendo, poco a poco, en algo cotidiano. Se trata de conseguir que la mascarilla sea un accesorio más de nuestra vestimenta, en la conciencia de que nos estamos protegiendo, a nosotros mismos y a nuestros seres queridos (en especial, a los niños, a los cuales se les pone una mascarilla tengan o no los 6 años de edad), de un virus que, «según la televisión», estará todavía mucho tiempo con nosotros.

El miedo a la muerte es el sentimiento más terrorífico y antiguo que domina al ser humano: psicológicamente es muy difícil luchar contra el miedo[1], sobre todo, contra el miedo a perder la vida, ya sea por culpa de un virus, ya sea a través de otro medio exterior que escape a nuestra influencia o poder. De hecho, ha sido gracias al paradigma científico elaborado por Louis Pasteur, quien negaba que el terreno, esto es, el sistema inmunológico humano tuviera el poder necesario para defenderse de las amenazas exteriores, proclamando en consecuencia el uso indiscriminado de vacunas, que se ha podido inocular el miedo en la población e implantar toda una serie de medidas más que dudosas desde un punto de vista estrictamente médico.

Y es que resulta que son precisamente los médicos o, los que se hacen pasar por tales, los que están promoviendo el uso de la mascarilla y no siempre por razones científicas o, como se dice actualmente, «epidemiológicas».

Uno ejemplo lo constituye el presentador de televisión, prestidigitador, artista de cabaré, cómico, escritor y médico alemán Eckart Axel von Hirschhausen, quien, aprovechando su capacidad de influencia, ha llegado a afirmar que, «cuantas más personas lleven puesta ahora la mascarilla en público, más normal será para todos nosotros. Esto es lo que necesitamos: una nueva normalidad en esta situación de excepción». Sosteniendo a continuación:

«Todos somos partes de un gran experimento social, de un estudio global, de un test como no lo ha habido con anterioridad».

Como dice el periodista judío de origen polaco y residente en Berlín, Henryk M. Broder, «cuando escucho o leo tales frases me entra sudar frío. Es como si alguien me pusiera un paño empapado de cloroformo en la cara y esperara a que me cayera. ¿Una situación excepcional debe convertirse en una situación normal? Para ello, todos tienen que colaborar, nadie debe salirse de la línea. La necesidad no conoce ningún mandamiento. Me niego a ser parte de un gran experimento social, de un estudio global, de un test como no lo ha habido con anterioridad. Pienso que ya ha habido suficientes experimentos sociales que han costado la vida a millones de personas. La “nueva normalidad”, que actualmente se proclama varias veces al día, es un eufemismo para algo que antes se llamaba “comunidad popular”, sólo que esta vez se declara como proyecto global. El experimento social está diseñado para durar, no habrá ninguna vuelta a la “vieja normalidad”».

 

Derek Vyniard

 

 



[1] Aristóteles indica que es precisamente ante la muerte donde se muestra el carácter cobarde o valiente en un hombre (véase Ética Nicomáquea, 1115a25-1115b5 y Ética Eudemia, 1229b1-10)