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Alemania o la destrucción de una nación a través del islam

 

Así como 1789 supuso una ruptura radical en la conciencia del hombre europeo que tuvo como consecuencia toda una serie de conflictos bélicos e ideológicos durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, 1945 constituyó el golpe de gracia definitivo que debía alumbrar un nuevo orden mundial. Desde entonces, somos testigos de diferentes pruebas y ensayos sobre cómo se ha de implementar esta nueva sociedad en los países del viejo continente. Los experimentos sociales llevados a cabo en Escandinavia (con Suecia como paradigma), en Holanda (sede de la droga europea), en Francia y en Bélgica (sedes del islamismo y del movimiento negro), en Grecia (sede de la cultura europea, que no sólo está arruinada y humillada económica y socialmente, sino también sufriendo una invasión brutal de inmigrantes norteafricanos), en España (sede histórica de la resistencia contra el enemigo musulmán, desindustrializada y dividida social y nacionalmente desde 1975) o en Alemania no escapan al espectador atento al devenir de los acontecimientos políticos y sociales contemporáneos.

Si bien, como decimos, la fecha de 1945 tuvo graves consecuencias para todo el planeta, Alemania ha sido la nación que con más vehemencia las ha padecido. En efecto: si hay en estos momentos un pueblo que represente el hombre ideal para la implementación de esta revolución no sólo económica, sino sobre todo también antropológica, cultural e histórica que representa el nuevo orden mundial, éste es sin duda alguna el pueblo alemán. Para ello se han servido de la educación, en concreto, de la reeducación que tuvo como principal misión crear una conciencia de culpabilidad en el alemán común: desde 1945 todo alemán es culpable de lo sucedido en Auschwitz, que se ha convertido en el eje, en torno al cual gira toda su existencia.

De esta manera, el auto-odio es la característica principal que define al alemán contemporáneo: todo aquello que sirva para denigrarse a sí mismo, para relativizar o menospreciar su historia y su cultura es lo que abrazará con más fuerza en su vida. Así se entiende que sean los alemanes el ejemplo europeo por excelencia de la “conciencia” ecológica (recordemos que la mentora de Greta Thunberg es una alemana), del relativismo cultural (ningún alemán hablará en voz alta y con orgullo acerca de sus grandes logros artísticos), del desprecio a su tradición (ningún alemán exaltará públicamente sus rasgos populares) y sean además reconocidos por abrigar todas las causas de lo “políticamente correcto”: son los alemanes los primeros en menospreciar y destruir desde dentro su idioma en favor del inglés; son los alemanes los que han hecho como algo propio la música de los negros de los suburbios de EE.UU., materializada en el hip-hop (numerosos son los grupos de hip-hop alemanes, siendo este tipo de “música” ampliamente difundida entre la juventud germana); y es, sobre todo, entre los alemanes donde el sanglot de l’homme blanc se manifiesta con más preocupación.

No en vano, en la famosa “crisis” de los refugiados de 2015 fueron los alemanes los primeros en querer acoger a todos los supuestos emigrados sirios y norteafricanos en su territorio, siendo su política social y de inmigración el favorecer a estos colectivos (árabes y africanos) en todos los aspectos económicos y sociales posibles. Y no contentos con ello, el alemán medio (quien gracias precisamente a esta reeducación y a esta mala conciencia histórica ha devenido en un completo racista y xenófobo contra todo lo europeo blanco que provenga del este o del sur del continente) defenderá a capa y espada a las “minorías” árabes y negras que ocupan su país.

Así se entiende, por ejemplo, que un turco, un negro o un árabe sea presentado en todos los medios de comunicación y en todas las manifestaciones culturales del país como un miembro más de la comunidad alemana que hay que tolerar y aceptar como uno de los nuestros. Pero aún hay más: se considera como alemán el que las mujeres cubran su cabello con un pañuelo, la cocina turco-árabe (el döner-kebab es de hecho la comida predilecta de los alemanes, muy por encima del tradicional Schnitzel, de la pasta, la pizza o cualquier otro plato de origen europeo) e incluso la religión musulmana (“El islam forma parte de la cultura alemana”, repiten incesantemente los políticos alemanes, con Ángela Merkel a la cabeza).

De hecho, el islam está tan fuertemente aceptado por la sociedad alemana que, como sucede en Holanda, es normal ya ver más mezquitas que iglesias o que los musulmanes compren templos cristianos vacíos para transformarlos en mezquitas. Asimismo, el complejo de culpa histórico que arrastra el alemán medio permite a los musulmanes no sólo escalar a nivel social, sino también permitirse el lujo de, cínicamente, jugar el papel de víctimas sociales. Todo ello combinado se refleja en el grotesco espectáculo de ver cómo, a nivel comunitario, se permiten el lujo de aparecer como los salvadores del honor de Alemania: sin ellos, los alemanes no podrán vivir jamás en un país “normal”, esto es, democrático y civilizado.

Así se explica que Nasir Ahmad, que se presenta como “diseñador de páginas web, blogero, musulmán y padre” de 35 años, “comprometido en la red contra el racismo y el islamismo”, pueda declarar en un diario que no en vano se llama Neues Deutschland (Nueva Alemania) y que, por supuesto, está editado en Berlín (la ciudad anti-alemana por excelencia), lo siguiente:

“Islamización” es un concepto completamente vacío de contenido que ha sido ocupado por los radicales de derecha y la AfD. El término no existe en la terminología islámica. Yo querría darle al término una connotación positiva de nuevo: para mí, la islamización significa que los musulmanes ascienden en la sociedad alemana, en los medios de comunicación y en la política. Cuanto más presente estén los musulmanes, más espacio les quitarán a los nazis.

Cada frase expresada aquí por el paquistaní afincado en Alemania constituye no sólo un insulto a la inteligencia, sino a la sociedad alemana y, por extensión, a la europea.

En primer lugar, el paquistaní se contradice cuando, por un lado, afirma que el concepto de “islamización” es un término “completamente vacío de contenido”, para sostener a continuación que desea otorgarle “una connotación positiva de nuevo” (un concepto “completamente vacío de contenido” no es ni positivo ni negativo, es simplemente eso: un concepto vacío y, por consiguiente, no se le puede atribuir un significado positivo. Y si se le otorga una connotación positiva “de nuevo” es que tan vacío no debía estar de contenido).

En segundo lugar, miente descaradamente cuando asegura que el término “islamización” no existe en la terminología islámica: tampoco deben existir, en su opinión, ni la Yihad, ni la llamada a la conquista de territorios para el islam ni, por supuesto, el mandamiento coránico de exterminar a todos los que no se declaren fieles a la religión de Mahoma.

En tercer lugar, en la frase final se encuentra la típica manifestación victimista del que tiene una clara agenda social: sustituir a los alemanes originarios en los puestos de poder más importantes de la sociedad bajo la acusación de “nazis”. Si vosotros, alemanes, no nos permitís a nosotros, musulmanes, acceder a los puestos de influencia, significará que sois (todavía) simple y llanamente unos nazis. De esta forma, no seréis jamás lo suficientemente demócratas y tolerantes, si no os dejáis sustituir poblacional y socialmente. Porque el problema no son los musulmanes, sino los alemanes que los repudian, pues como el paquistaní añade poco después: “así como tú eres [hombre musulmán], eres perfecto. El problema no eres tú. El problema son los que te rechazan [esto es, los alemanes]”.

Que su finalidad última es, en efecto, la islamización de la sociedad alemana bajo la excusa de la lucha contra el radicalismo de derechas y el racismo, se manifiesta de manera todavía más evidente en las siguientes declaraciones:

Los programas de entrevistas impregnan la narrativa ya existente en la sociedad que luego arraigan en las cabezas de las personas: los refugiados son parásitos sociales, los musulmanes terroristas y los negros violadores. Esta narrativa existe porque existen racistas y fascistas en la sociedad. Los programas de entrevistas dan precisamente voz a estos racistas y fascistas, mientras que excluyen a las personas afectadas por el racismo.

Por esta razón, este “musulmán alemán, antirracista y antifascista” ha iniciado una campaña para excluir de los debates a los blancos e invitar únicamente a las personas “afectadas por el racismo” bajo la excusa de que sólo ellas están autorizadas a hablar del racismo institucional y social que padecen, en su opinión, en Alemania (y, por extensión, en Europa).

Dejando de lado el profundo racismo y odio contra los blancos que inspira y nutre a esta petición, cualquiera que haya visto un programa de entrevistas en la televisión alemana sabe que estas declaraciones del paquistaní de 35 años son rotundamente falsas. Mas en su discurso victimista la verdad es la primera sacrificada. Pues si por algo se distinguen los programas alemanes son por ser correas de transmisión del discurso imperante de lo políticamente correcto y manipular las consciencias alemanas, dirigiéndolas a la aceptación de todo lo musulmán (y extranjero) como propio de su cultura y, por consiguiente, al auto-desprecio y al auto-odio.

Que una persona que se presenta públicamente como un “refugiado” que ha tenido que huir junto con sus padres de la “crueldad” de la república islámica de Paquistán para con los propios musulmanes venga a Alemania, esto es, a Europa a dar lecciones de democracia, tolerancia y libertad es, cuanto menos, de un cinismo que ralla el insulto, la injuria y la ofensa, además de ser un acto intolerable contra todos los que somos descendientes de Grecia y de Roma. Si a este “musulmán alemán, antirracista y antifascista” tanto le interesa dar una connotación positiva a su religión y fomentar la “tolerancia”, que se vaya a su país natal o a Arabia Saudí y predique allí las glorias y las virtudes de esa islamización interpretada de manera positiva y nos deje a los europeos en paz. Nosotros no necesitamos personas como él y menos aún ningún islamismo comprendido “positivamente”.

 

Derek Vinyard