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David Cruz Barrio. La recepción crítica de Dostoievski en España. Editorial Pliegos, Madrid, 2009.

 

El 26 de marzo de 2011 tuve el honor de poder participar en el ciclo de conferencias que, bajo el título de «Dostoievski confabulado», Réplika Teatro organizó en homenaje al genial escritor ruso. La ponencia que impartí tenía como título «La recepción de Dostoievski en España» y quería ofrecer al público asistente una panorámica general de por qué vías entró el autor de Crimen y castigo en nuestro país, de sus traducciones, así como del estado de los estudios dostoievskianos en español[1].

Durante la preparación del texto cayó en mis manos una obra cuyo título prometía: La recepción crítica de Dostoievski en España, del joven investigador madrileño David Cruz. La originalidad de la temática no escapa a cualquier interesado en el escritor ruso, puesto que, a pesar de que existen aproximaciones parciales, falta todavía en los estudios dostoievskianos una obra acerca de la imagen de Dostoievski en nuestro país. Es por esta razón que su aparición parecía ser una novedad digna de ser tenida en cuenta a partir de entonces.

Estructurada en 10 partes, esta obra se abre con una «Declaración de intenciones y objetivos» en la que el Sr. David Cruz afirma que se propone «ofrecer una panorámica general de la crítica – incluyendo las obras puramente biográficas, así como la crítica biográfica –  que se ha realizado en España sobre Fiódor Mijáilovcih Dostoievski, el gran escritor ruso» (p. 11). A continuación, en «Metodología», el autor informa de que esta obra «pretende ser un antecedente» de una investigación más profunda futura (p. 17), mientras que en el «Anexo I», se encuentran ordenadas cronológicamente las obras principales de los autores que trata en su exposición (pp. 21-27). En «Estado de la cuestión», se constata el hecho del creciente incremento en los últimos años de estudios sobre Dostoievski en España y se justifica la empresa llevada a cabo en este libro argumentando que «el estado actual de la cuestión así lo confirma» (p. 31). Acto seguido se entra de pleno en el estudio, el cual está dividido en cuatro capítulos: el primero dedicado a los años 1887-1936, el segundo a 1945-1969, el tercero a 1970-1985 y el cuarto a 1996-2003. Coronan esta exposición unas «Conclusiones» y una breve bibliografía que complementa a la del «Anexo I».

Qué duda cabe que, así expuesto el contenido, se deja en el lector la sensación de que se encuentra ante una investigación ambiciosa y de nivel. Lamentablemente, una lectura de esta obra deja una impresión completamente diferente, al observarse el cúmulo de errores formales, metodológicos, de investigación y de interpretación que aquí se llevan a cabo impunemente.

Dejando de lado los exabruptos que se encuentran tanto en la «Declaración de intenciones y objetivos» como en «Metodología» y «Estado de la cuestión», en los que se puede observar un lenguaje desproporcionado, agresivo e inapropiado para un texto que pretende ser científico, ya el primer párrafo del capítulo I el autor nos muestra el grado de ignorancia del que tan generosamente nos hará gala a lo largo de toda su escrito. Doña Emilia Pardo Bazán, por ejemplo, no es la primera persona en hablar de literatura rusa en España (ya antes lo había hecho Juan Valera o Constantino Kustodiev –autores que parece ser que el Sr. Cruz ignora por completo– y existían ya toda una serie de textos sobre la cuestión), ni es la primera persona en mencionar a «Dostoievski» en España (p. 35). Asimismo, continuar divulgando tópicos como «la absoluta dependencia conceptual» de la obra de la Condesa Pardo Bazán de la obra Le roman russe de E. M.de Vogüé y hacer afirmaciones tales como «la relación pierde su ético nombre al rayar el plagio» (p. 33), muestran de manera escandalosa el poco conocimiento que de ambas obras parece tener el Sr. David Cruz. Un desconocimiento que se traduce en una serie de comentarios ofensivos y prepotentes en torno a la interpretación de la literatura rusa y de Dostoievski por parte de la Condesa, así como también sobre su metodología (cf. p. ej., pp. 37, 40, 41 y, especialmente,  42 y 44).

Pero que el Sr. David Cruz no tiene realmente ni idea sobre lo que está hablando se pone de manifiesto no sólo con la insultante exposición que realiza de Doña Emilia Pardo Bazán, sino también en el tratamiento de los autores que aborda a continuación. En efecto, el siguiente es Don Pío Baroja, de quien cita únicamente un temprano y nada representativo artículo publicado en 1890 sobre Dostoievski redactado a los 18 años. Estas juveniles palabras de Baroja son duramente criticadas por el Sr. David Cruz (pp. 45-47), quien no aduce ninguna declaración posterior sobre el escritor ruso por parte del autor de El árbol de la ciencia, ni ofrece más detalles de su nada despreciable influencia en su producción.

Esta serie de descalificaciones a los que son sometidos sin piedad alguna Emilia Pardo Bazán y Pío Baroja tienen su contraposición en los halagos con los que el Sr. David Cruz adorna la obra de José Ortega y Gasset y, en concreto, su ensayo «Dostoievski y Proust», calificado como «primera piedra sobre la que asentar las bases del estudio del ars dostoievskiano en España» (p. 50).

Como es sabido, es precisamente en los pequeños detalles donde se revela aquello que representa y mueve a las personas. En nuestro caso, la admiración devota y fiel a Ortega y Gasset y a su obra manifestada por parte del Sr. David Cruz durante todo su escrito ya nos indica que la seriedad y el rigor no serán características propias del estudio que comentamos. De hecho, si hay un autor que por esencia es antiespañol, éste es sin duda alguna Ortega y Gasset. Hablar de él en un contexto de «Dostoievski en España» es una muestra más de ese sectarismo adulador y servil ante su figura reinante todavía en algunos círculos intelectuales de Madrid, así como de una ignorancia supina que puede llegar a ofender al lector. Ortega y Gasset no es grande en ningún ámbito ni ha hecho aportación alguna a los estudios dostoievskianos.

De vuelta a autores mucho menos «importantes» y «excelsos» que Ortega y Gasset y que, sin embargo, sí que estuvieron bajo la influencia de Dostoievski y escribieron artículos interesantes sobre él, el Sr. David Cruz presta atención posteriormente a Miguel de Unamuno. Del filósofo salmantino cita únicamente dos artículos, los cuales vuelve a comentar con soberbia y profunda ignorancia, demostrando que la palabra investigación y lectura propia son conceptos ajenos a nuestro autor. Despachado en poco más de una página, el Sr. David Cruz trata a continuación toda una serie de personalidades (Armando Donoso, Ricardo Baeza, etc.), en cuyas exposiciones nos damos cuenta de nuevo de otro pequeño, pero interesante detalle que quisiéramos pensar benévolamente que se debe a un fallo de imprenta y no a un desconocimiento del ruso por parte del autor. En efecto, aquí se empieza a escribir el nombre del protagonista de la obra El idiota como «Mishkin» (pp. 53, 91, 92, 105, etc.) y no como «Myshkin» (¿siguiendo quizás la transliteración de Cansinos Assens?).

En el extenso comentario que el autor dedica posteriormente a la obra de Rafael Cansinos Assens (pp. 59-79) observamos una vez más la capacidad de análisis del Sr. David Cruz, así como el arte de contradecirse y afirmar en una página (p. 68) lo que anteriormente había negado o criticado como «muy pobre» (p. 40).

El análisis de las obras «estrictamente biográficas» (p. 81), le lleva también a mencionar a diversos autores, entre los que conviene señalar a Antonio Valverde, de quien llega a escribir «poco diremos sobre ella [es decir, sobre su obra Dostoievski. Estudio y antología, JM], porque poco bueno podríamos decir y no es nuestro propósito ni nuestro interés ensañarnos con ninguna de las obras del corpus ni con el trabajo que otros realizaron» (p. 83)[2]. Sr. Cruz, gracias: la ciencia dostoievskiana le agradece su bondad a la hora de salvarle la vida (y la obra) a Antonio Valverde.

De vuelta a las obras interpretativas, son dignos de destacar los «modestos» añadidos que el Sr. Cruz hace a las teorías expuestas por los distintos autores, como sucede, por ejemplo, con José Luis López Aranguren (cf. p. 97: «de hecho el siguiente ejemplo lo proporciono yo mismo») o cuando sostiene que «Si Dios no existe, todo está permitido» es una «máxima dostoievskiana, tan presente en su ideología y en sus escritos» (p. 98; ¿De verdad, Sr. Cruz? ¿Y nos podría indicar dónde podemos  encontrar tal formulación?). O cuando sostiene que el «Dostoievski reaccionario» al cual se acerca Aranguren en su monografía se encuentra en «sus escritos periodísticos» (p. 100; ¿En serio? ¿Y las novelas Crimen y castigo, El idiota o Los demonios que son para usted, Sr. Cruz?)

Durante la exposición de la biografía de Augusto Vidal, el Sr. Cruz vuelve a deleitarnos con otra perla cuando sostiene que M. Bajtín afirma que la «estructura de la novela polifónica es propia y exclusiva de Dostoievski» (p. 102; ¿En serio afirma esto Bajtín? ¿Conoce por casualidad, Sr. Cruz, la segunda edición de su obra principal?).

Seguir comentando el resto de barbaridades y salidas de tono que se prodigan por esta obra podría ser una tarea sin fin y aburrida tanto para el lector de estas líneas como para  quien las escribe. No se puede comparar alegremente a Raskólnikov con Iván Karamázov (p. 111), ni comentar de manera tan poco científica la obra de Isabel Martínez (quien tiene algo más y de mayor entidad publicado sobre Dostoievski que lo que cita el Sr. Cruz) o la de José Antonio Hita, quien es en estos momentos uno de los mayores expertos en Dostoievski en nuestro país y merece un comentario mucho más centrado y certero y no ser comparado denigrantemente con Ortega y Gasset (cf. p. 136).

En definitiva, lo que el lector tiene entre las manos es el típico fraude intelectual al cual nos tiene acostumbrado la miseria académica española, ya sea ésta de Madrid o de Barcelona. Una obra en la que no se cita bibliografía secundaria alguna en relación a los autores tratados; en la que no se presta atención ni se menciona la obra de A. P. Alekseev, J. L. Obolenskaya o V. Bagnó, el reconocido internacionalmente hispanista ruso que se ocupó no sólo de dar a conocer a Emilia Pardo Bazán en el mundo intelectual ruso y, por tanto, en los estudios dostoievskianos de Rusia, sino que fue el primero en esbozar de manera detallada la influencia de Dostoievski en los escritores y en los pensadores españoles del siglo XX y a cuyo lado esta obra es una broma de muy mal gusto; en la que no se identifican textos (véase, p. ej.,  p. 51; ¿qué «citas» toma Unamuno de Dostoievski y de dónde proceden exactamente?), en las que las supuestas «aclaraciones» al lector son verdaderamente penosas (cf. p. ej., p. 43, nota 4, p. 55, nota 13 o p. 118, n. 1) o en la que se utiliza un lenguaje soberbio, prepotente y, en ocasiones, tabernario, junto con una sintaxis pueril e insultante.

Si nuestro autor, en lugar de mostrar esa patética admiración por ese descastado de Ortega y Gasset y de utilizar de manera infantil constantemente «verbigracia», se hubiera esforzado en estudiar un poco, en investigar las fuentes y, sobre todo, en leer a los autores que cita, quizás no tendríamos la sensación de que una vez más se está tirando el dinero de nuestros impuestos financiando y manteniendo a fraudes académicos como el que tenemos ocasión de reseñar en estos momentos, puesto que -no lo olvidemos- en la primera página de este libro se dice bien clarito: «Esta obra ha sido publicada con una subvención de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Ministerio de Cultura, para su préstamo público en Bibliotecas Públicas, de acuerdo con lo previsto en el artículo 37.2 de la ley de Propiedad Intelectual».

Por último, sólo me cabe concluir con el siguiente ruego al autor: Sr. Cruz, si realmente le interesa Dostoievski y tiene algún tipo de respeto por él y por su obra, así como por todos aquellos que, ya sea mediante la traducción o ya sea bajo su influencia, se han ocupado de él en España, desista de la empresa que anuncia en la página 17 de su escrito. Los contribuyentes y los dostoievskianos españoles se lo agradeceremos profundamente.

 

Dr. Jordi Morillas

Coordinador de la Sección Española de la International Dostoevsky Society.


[1] La ponencia se puede leer en el siguiente link: <enlace temporalmente no disponible>

[2] Comentario semejante se puede leer en relación a la obra de Manuel Cabaleiro, la cual es calificada de no «significativa, ni mucho menos» (p. 92).