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El significado histórico del Papa Francisco

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Entre los diversos pueblos que conforman lo que de manera abstracta se conoce como “humanidad”, el pueblo judío ocupa un puesto de excepción. Esta particularidad no se debe en absoluto al hecho de que se haya auto-proclamado “el pueblo elegido” por Iahvé, sino al decisivo papel que ha tenido en la conformación de las distintas civilizaciones que se han ido sucediendo a lo largo de la historia desde que se tiene constancia escrita. De esta manera, el pueblo judío está presente en la historia de la civilización egipcia, así como posteriormente en la babilónica, la griega o la romana. Sin embargo, el hecho que le daría el rango supremo en la historia sería el haber dado origen a dos grandes religiones monoteístas de cariz universalista.

En efecto, mientras que el judaísmo constituye la religión exclusiva del pueblo judío a la cual se pertenece básicamente por raza, excluyendo de manera radical al no-judío, el cristianismo y el islam son dos sectas religiosas judías con un marcado carácter internacionalista. Si bien es cierto que el cristianismo nació como una reforma interior del judaísmo y que en sus orígenes estaba estrictamente dirigido a los judíos, tras la muerte de su reformador y debido al profundo rechazo que suscitó entre los hebreos, éste fue abriéndose de manera paulatina a los otros pueblos, adquiriendo el carácter misionero que, desde que se impusieran las tesis de Pablo sobre las de Jacobo en el concilio de Jerusalén, constituye uno de sus pilares fundamentales.

Por su parte, el islam, aun cuando también estaba dirigido en un comienzo a los judíos (de ahí la prohibición de comer carne de cerdo, animal que en la Arabia de Mahoma era casi inexistente) y a los cristianos, pretendiendo ser una corrección y culminación de ambas doctrinas religiosas, también posee una fuerte aspiración universalista. No obstante, como intento de retorno a la pureza de la religión judía que intenta armonizar con el cristianismo, la difusión del islam ya no se realiza a través de la palabra, sino de la espada, habiendo interiorizado de manera radical el carácter intransigente e intolerante del judaísmo. De ahí la violencia sanguinaria de Mahoma y de sus primeros seguidores que les llevó a difundir su religión hacia el este hasta la India y hacia el oeste hasta la frontera pirenaica, intentando continuamente a lo largo de la historia llegar hasta el corazón de la Europa cristiana.

Las tentativas del islam de conquistar el continente europeo por la fuerza de la espada encontraron su respuesta tanto en su expulsión definitiva de España entre los años 1609-1613, como en su derrota militar en la batalla de Kahlenberg o segundo sitio de Viena durante los días 11 y 12 de septiembre de 1683. Desde entonces, el combate contra el islam ha pasado al plano intelectual en Europa, puesto que los esfuerzos islámicos se centraron sobre todo en la parte oriental, en concreto contra el Imperio Ruso, como se demostró a lo largo del siglo XIX.

Actualmente, esta guerra de conquista del islam se ve reflejada en los diversos grupos terroristas locales (Hezbolá) e internacionales (Al-Qaida, Estado Islámico). Dejando para otro momento la cuestión de quién financia y, por tanto, quién dirige a estos grupos terroristas, conviene hacerse la pregunta de cuál es la postura oficial que, ante esta amenaza islámica, están teniendo sus dos religiones hermanas, el judaísmo y el cristianismo.

Por lo que se refiere al judaísmo, éste se encuentra, en su manifestación israelí, amenazado constantemente por todas las ramas islámicas existentes en la zona (chiítas y  suníes), quienes desean su eliminación física inmediata. En Europa, la situación no es mucho más benévola, como se observa periódicamente en Francia, en Alemania o, en una variante todavía más radical, en Suecia (sobre todo en Malmö).

La postura cristiana ante la amenaza constante de los islamistas de hacerlos desaparecer de la faz de la tierra si no se convierten a la fe del Profeta Mahoma es contradictoria, según se tengan en consideración los testimonios de los cristianos (católicos, ortodoxos, o evangélicos) que viven o vivían en Oriente Próximo y los que habitan en Occidente.

Así, los informes que llegan por parte de los creyentes cristianos de Asia y que, en muchas ocasiones, descienden de las primeras comunidades de la época inmediatamente posterior a Jesús de Nazaret, son en este sentido inequívocos: todos denuncian que el islam supone una amenaza no sólo para el cristianismo, sino también para la civilización occidental en su conjunto. De ahí sus reiteradas declaraciones de incomprensión e indignación ante las reacciones que, de parte de sus respectivas confesiones, reciben de Occidente, en concreto de Europa, en relación con el enemigo que los persigue con el firme propósito de someterlos o exterminarlos.

Estas reacciones a favor del islam en Occidente se presentan sin excepción en todas las confesiones. Así, por ejemplo, en los protestantes europeos se constata que existe una clara intención de diálogo y de concordia con el islam, como se puede percibir tanto en sus benévolas acciones con los “refugiados” musulmanes que están arribando de manera ilegal a Europa, como en sus declaraciones cuando se produce un acto terrorista islámico, siendo quizás el mejor ejemplo de esta postura evangélica apaciguadora con los musulmanes la teóloga alemana Margot Käßmann. En efecto, tras los atentados de Bruselas del pasado mes de marzo y ante la pregunta de cómo habría reaccionado Jesús frente a esta acción de terror, la teóloga afirmó que la mejor manera de afrontar la amenaza islamista sería seguir precisamente su ejemplo, puesto que el Nazareno jamás “se dejó seducir por la idea de responder a la violencia con violencia. Para los terroristas que opinan que está permitido matar en nombre de Dios, ésta es la mayor provocación. Deberíamos intentar salir al encuentro de los terroristas con la oración y con el amor”[1].

Esta postura, sin embargo, contrasta radicalmente con la manifestada por los evangélicos norteamericanos quienes, si bien también participan en gran parte de esta sumisión preventiva frente a islam, alertan y combaten a quienes los quieren exterminar, siendo quizás su figura más destacada el pastor de Florida Terry Jones, quien anunció en el 2010 que quemaría públicamente el Corán, acto que realizó al año siguiente.

Por lo que se refiere a la Ortodoxia, habría que diferenciar entre los ortodoxos griegos, los rusos y los que se hallan en Oriente y experimentan las consecuencias de la aplicación práctica del islam. Mientras que éstos denuncian, como hemos visto, el peligro que la fe de Mahoma supone para la doctrina de Cristo, la iglesia ortodoxa griega se ha comprometido con los “refugiados” que están llegando a las costas de Grecia, ofreciéndoles sus santuarios como lugares de acogida[2] y haciendo propaganda a favor de estos inmigrantes ilegales[3], como se ha visto con la reciente visita del Papa romano a Lesbos en abril. Por su parte, los ortodoxos rusos se han distanciado claramente de estas posturas complacientes con el “refugiado” musulmán. Así, el patriarca de Moscú y de toda Rusia, Kiril, afirmó lo siguiente en unas declaraciones celebrando el día de San Jorge, patrón de Moscú y del ejército:

Hoy, cuando nuestros guerreros participan en combates en Oriente Próximo, sabemos que esto no es una agresión, ni una ocupación, ni es la imposición de nuestra ideología, ni el apoyo a determinados gobiernos, sino que es una guerra contra aquel terrible enemigo que lleva el mal no sólo a Oriente Próximo, sino a todo el género humano. A este mal nosotros lo denominamos hoy terrorismo.

Por eso hoy la guerra contra el terrorismo es una guerra santa. Y quiera Dios que esto se entienda bien en todo el mundo de manera que nadie divida a los terroristas en buenos y en malos, ni vincule la guerra contra el terrorismo a la consecución de objetivos propios no declarados, pero a menudo demasiado presentes en el pensamiento político. Entonces la guerra contra tal enemigo y con tales medios honestos será también santa.

Oremos por que las Fuerzas Armadas de nuestra Patria permanezcan fieles, ante cualquier circunstancia, a la línea espiritual que supone la participación del ejército en la lucha contra el mal, en la lucha por la justicia y la salvación de vidas humanas.[4]

Por último, la postura de la Iglesia Católica viene representada por el Papa, quien es la voz y el guía de los católicos.

Como es bien sabido, históricamente el catolicismo alcanzó el rango de religión “europea” en combate continuo contra el islam. Así, por ejemplo, los reyes de España, Fernando e Isabel, obtuvieron su título de “Reyes Católicos” por su decidida lucha contra la dominación islámica de España, cuya reconquista se llevó a cabo bajo el grito de “¡Por Santiago!”. La subsiguiente defensa del cristianismo ante el enemigo musulmán se manifestó en las Cruzadas y en el ámbito intelectual en la Escolástica capitaneada, sobre todo, por Santo Tomás de Aquino. Esta decidida lucha contra el sarraceno, sin embargo, padeció un cambio radical con la carta encíclica de Pablo VI Ecclesiam suam (16 de agosto de 1964) y, especialmente, la declaración del Concilio Vaticano II Nostra aetate (28 de octubre de 1965), donde se podía leer que “la Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes”, exhortando a cristianos y a musulmanes a olvidar el pasado y a procurar y promover “unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres”[5].

Esta postura oficial de la Iglesia Católica, si bien fue de alguna manera contrarrestada por Benedicto XVI en su conferencia pronunciada en la Universidad de Ratisbona el 12 de septiembre de 2006 con el título “Fe, razón y la universidad: memorias y reflexiones”[6], fue pronto silenciada con la ordenación del Papa Francisco, quien en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium (24.XI.2013) afirmaba:

253§. Para sostener el diálogo con el Islam es indispensable la adecuada formación de los interlocutores, no sólo para que estén sólida y gozosamente radicados en su propia identidad, sino para que sean capaces de reconocer los valores de los demás, de comprender las inquietudes que subyacen a sus reclamos y de sacar a luz las convicciones comunes. Los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica. ¡Ruego, imploro humildemente a esos países que den libertad a los cristianos para poder celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en cuenta la libertad que los creyentes del Islam gozan en los países occidentales! Frente a episodios de fundamentalismo violento que nos inquietan, el afecto hacia los verdaderos creyentes del Islam debe llevarnos a evitar odiosas generalizaciones, porque el verdadero Islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia.[7]

Una postura semejante rompe radicalmente tanto con la historia de lucha y resistencia del catolicismo contra el islam, como otorga un carácter y una intención pacífica a la religión del profeta y conquistador Mahoma que deja atónitos a los católicos que todavía sobreviven en países asiáticos y africanos sometidos a la espada de los sarracenos.

Los motivos por los cuales un Papa puede realizar afirmaciones semejantes pueden ser varios: desde la profunda convicción personal y sincera de que el islam, en efecto, es una religión de paz, siendo su Corán un libro que irradia amor y tolerancia hacia el prójimo, hasta la creencia sincera de que sólo de esta manera se puede contrarrestar el odio musulmán hacia todos los “infieles”.

Una tercera posibilidad podría ser, no obstante, el reconocimiento de la situación real del cristianismo (en concreto, del catolicismo) en el mundo actual y de la necesidad, por consiguiente, de alianzas y colaboraciones con las oligarquías transnacionales en un desesperado intento de supervivencia y de ganarse un puesto dentro del marco socio-político que se está pergeñando para el futuro.

Que el Obispo de Roma está cumpliendo a la perfección su papel de comparsa en favor de las oligarquías es una tesis avalada, entre otros hechos, por la concesión al Sumo Pontífice del premio Carlomagno el pasado 6 de mayo en la Sala Regia del Palacio Apostólico en el Vaticano. Una ceremonia que contó con la presencia del presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, el presidente del Consejo Europeo Donald Tusk y el presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker. A este acto asistieron también el Rey de España Felipe VI y la canciller alemana Ángela Merkel.

Las razones oficiales por las cuales se le otorgó esta distinción al Papa Francisco fueron expuestas tanto por el alcalde de Aquisgrán, Marcel Philipp, como por el resto de ponentes. Marcel Philipp, el primero en tomar la palabra, indicó que históricamente el premio se otorgaba con la intención de fomentar la unidad europea. Hoy, señalaba, con la crisis de los refugiados se hace cada vez más patente una vuelta a los “egoísmos nacionales” que ponen en extremo peligro este ideal, por lo que no podía reprimir expresar “una profunda preocupación”. De esta manera, confesando su intención de querer recuperar y reforzar “los valores cristianos”, el alcalde denunciaba el peligro que supone la extrema derecha europea y tachaba de “vergonzoso” y “destructivo” el modelo de consumo de “la rica Europa”. En este sentido, “Europa tiene que hacer frente a su responsabilidad global”, mostrando su “principio de humanidad” ayudando al prójimo. Esta asistencia al necesitado, sin embargo, debe tener como premisa una “estabilización de los valores”, representando el Papa en este “difícil camino que Europa está llama a recorrer […] una gran fortuna”, puesto que él “mira Europa con los ojos del hemisferio sud y tiene una visión de nuestro continente bien clara, no perturbada por el velo del bienestar”.

De esta forma, y tras volver a insistir en el “poder económico” de Europa, Marcel Philipp concluía su parlamento criticando de nuevo los nacionalismos excluyentes, abogando por una Europa sin fronteras y sosteniendo que “quien detenta la riqueza, tiene también responsabilidad. La riqueza de Europa implica el deber de actuar de un modo más a largo plazo y de manera más sólida de como lo ha hecho hasta ahora”.

El presidente del comité directivo que otorgó el premio al Papa, Jürgen Linden, justificó la elección por el “extraordinario empeño” del Obispo de Roma en “favorecer la paz, la comprensión y la misericordia en una sociedad europea de valores”, calificándolo de “voz de la conciencia” y de “autoridad moral”.

Posteriormente, el socialdemócrata alemán y presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, hizo referencia al momento de crisis de unidad que pasa Europa, sosteniendo que el Papa como “argentino, hijo de inmigrantes, mira Europa desde el exterior de manera genuina”. Criticando posteriormente con crudeza “los egoísmos nacionales”, comparaba a continuación a los “refugiados” negros y árabes con los de la Segunda Guerra Mundial, sosteniendo que en medio de esta “crisis de solidaridad y valores comunes”, el Papa era un “motivo de esperanza”, así como también todos los que acogen a “refugiados” en Lesbos, Lampedusa o en Mónaco, pues encarnan “los valores europeos de justicia, solidaridad y respeto de la dignidad” y muestran “a los refugiados y al mundo la faz de una Europa humana”.

Por su parte, Jean-Claude Juncker mencionó las acciones humanitarias del Papa, recordando cómo éste acogió a 12 refugiados en el Vaticano y lavó los pies a diversos musulmanes, demostrando que la misión de Europa es pacificadora. Por último, Donald Tusk destacó que “ser europeo no es una declaración geográfica o política, sino sobre todo axiológica y metafísica”, caracterizándose Europa por un “espíritu de amor  y de libertad”, el cual continuará siendo decisivo si prevalecen los principios de “compasión y altruismo” junto con los “de los derechos humanos, de la libertad civil y del respeto por cada ser humano”.

Tras estas autoridades, llegó el turno del premiado quien leyó una ponencia con el título “¿Qué te ha pasado, Europa?”[8], en la que, después de recordar la tarea unificadora y pacificadora de los padres de la actual Unión Europea, se preguntaba: “¿Qué te ha sucedido Europa humanista, defensora de los derechos humanos, de la democracia y de la libertad? ¿Qué te ha pasado Europa, tierra de poetas, filósofos, artistas, músicos, escritores? ¿Qué te ha ocurrido Europa, madre de pueblos y naciones, madre de grandes hombres y mujeres que fueron capaces de defender y dar la vida por la dignidad de sus hermanos?”.

Así, y en consonancia con anteriores declaraciones suyas en las que valoraba positivamente la “invasión árabe” de Europa[9], Francisco sostenía que “las raíces de nuestros pueblos, las raíces de Europa, se fueron consolidando en el transcurso de su historia, aprendiendo a integrar en síntesis siempre nuevas las culturas más diversas y sin relación aparente entre ellas. La identidad europea es, y siempre ha sido, una identidad dinámica y multicultural.” Recordando este hecho, seguía el Papa, se podrá acabar con los reduccionismos y la uniformidad que conducen únicamente “a la cruel pobreza” de la exclusión, la cual, “lejos de ennoblecer el espíritu, lo hace más mezquino”.

Esta capacidad de integración por parte de Europa va profundamente unida a la del diálogo, pues “la cultura del diálogo implica un auténtico aprendizaje, una ascesis que nos permite reconocer al otro como un interlocutor válido; que nos permite mirar al extranjero, al emigrante, al que pertenece a otra cultura como sujeto digno de ser escuchado, considerado y apreciado”.

Estas dos capacidades conducen de manera natural a la capacidad de “generar”, la cual el Papa encomienda a la juventud, quien debe tener una “responsabilidad personal y social”, intentando transformar la sociedad capitalista en un sistema más humano y más justo. Precisamente en esta tarea el catolicismo tiene un papel fundamental, puesto que sólo “una Iglesia rica en testigos podrá llevar de nuevo el agua pura del Evangelio a las raíces de Europa. En esto, el camino de los cristianos hacia la unidad plena es un gran signo de los tiempos, y también la exigencia urgente de responder al Señor ‘para que todos sean uno’ (Jn 17,21)”.

A esta unidad debería conducir un nuevo humanismo europeo, el cual se debería materializar en una nueva Europa. Una Europa, en la que, como a un hermano, se socorre “al pobre y a los que vienen en busca de acogida, porque ya no tienen nada y piden refugio”. Ante esta esperanza de un nuevo humanismo y de una nueva Europa, el Obispo de Roma concluía su discurso sosteniendo que “sueño una Europa, donde ser emigrante no sea un delito, sino una invitación a un mayor compromiso con la dignidad de todo ser humano. Sueño una Europa donde los jóvenes respiren el aire limpio de la honestidad, amen la belleza de la cultura y de una vida sencilla, no contaminada por las infinitas necesidades del consumismo”.

Ante estas palabras, cualquier persona que guarde todavía algo de compasión y amor al prójimo, no puede sino que asentir y estar de acuerdo. ¿Quién, sea éste cristiano o no, sería tan inhumano de querer negar atención y auxilio al necesitado? Y, no obstante, detrás de sus declaraciones se esconde la sumisión y la colaboración consciente con las oligarquías transnacionales de acabar, en todos los sentidos posibles, con la civilización occidental representada en Europa.

Así lo prueban y lo testimonian sobre todo las últimas palabras transcritas anteriormente del Papa: ¿qué discurso puede ser más caro a las oligarquías que la apelación a la acogida indiscriminada de “refugiados” en territorio europeo y a una vida sencilla, lejos del “lujo” y del “consumismo”, es decir, de la técnica y del progreso?[10]

Si, como David Rockefeller declaró en la ONU, el progreso económico de la humanidad va unido al crecimiento de la población y, por tanto, a la cada vez más limitada existencia de recursos naturales (léase agua potable, aire sano, combustibles, etc.), ¿qué discurso no será más placentero de oír a estos oligarcas que las críticas sociales y económicas del Papa al capitalismo? ¿Qué placer no obtendrá el oligarca al ver cómo el Papa, guía espiritual de todavía cientos de millones de personas, se adhiere fervientemente a la tesis del cambio climático y a la necesidad de “cuidar el planeta” y le escucha realizar arengas contra el uso del aire acondicionado[11] o manifestar el deseo de fomentar una espiritualidad ecológica[12]?

En definitiva, el premio Carlomagno recibido el pasado 6 de mayo por su labor de unidad y cohesión europea no es más que el reconocimiento de los servicios prestados por el Papa Francisco a la causa de las oligarquías transnacionales, es decir, de los ricos a los que supuestamente critica.

El espectáculo montado por el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica con la visita a Lampedusa y su crítica a los europeos “insensibles”[13] en 2013, el lavar los pies a 11 musulmanes, hindúes, cristianos católicos y ortodoxos el pasado Jueves Santo (24 de marzo de 2016)[14] o su reciente visita a Lesbos, de la cual se marchó acogiendo a 12 “refugiados” musulmanes en el Vaticano[15] no son actos de un Pontífice que se preocupa por el destino de millones de cristianos víctimas del islam en Asia, en África o en las casas de acogida en los países europeos. Estas acciones revelan más bien el comportamiento de un hombre que ha optado conscientemente por ser una marioneta de las oligarquías internacionales en sus esfuerzos por erradicar el cristianismo e implantar la religión del futuro hombre sumiso y obediente europeo, es decir, el islam. En este sentido, que el Obispo de Roma colabore con las oligarquías defendiendo sus intereses y permita que se le presente como un descendiente de “refugiados”[16], provoca arcadas no sólo en el católico tradicional, sino también en todo aquel que recuerde cómo el catolicismo, luchando contra el islam, ayudó a la formación de una Europa libre.



[6] El conflicto con las autoridades religiosas se produjo con la citación de unas palabras del emperador bizantino Manuel II Paleólogo en dialogo con un persa culto acerca del cristianismo y del islam que decían: “Muéstrame lo que Mahoma ha traído de nuevo y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su prescripción de difundir por medio de la espada la fe que predicaba”. El documento se puede leer en español en http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2006/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20060912_university-regensburg.html. Un comentario a estas palabras se puede leer en http://gaceta.es/jose-javier-esparza/islam-benedicto-tenia-razon-23092014-1958.

[7] El texto se puede leer en español en: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html. Un año más tarde, el Papa Francisco continuaba insistiendo en su idea de que el islam es una religión de paz en Carta del Santo Padre Francisco a los cristianos de Oriente Medio (21.XII.2014): “La mayor parte de vosotros vive en un ambiente de mayoría musulmana. Podéis ayudar a vuestros conciudadanos musulmanes a presentar con discernimiento una imagen más auténtica del Islam, como quieren muchos de ellos, que repiten que el Islam es una religión de paz, que se puede armonizar con el respeto de los derechos humanos y favorecer la convivencia de todos. Será algo bueno para ellos y para toda la sociedad. La dramática situación que viven nuestros hermanos cristianos en Irak, y también los yazidíes y los miembros de otras comunidades religiosas y étnicas, exige por parte de todos los líderes religiosos una postura clara y valiente, para condenar unánimemente y sin rodeos esos crímenes, y denunciar la práctica de invocar la religión para justificarlos”. Véase el texto en español en: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2014/documents/papa-francesco_20141221_lettera-cristiani-medio-oriente.html

[9] Véase La ‘invasión árabe de Europa’ del Papa Francisco en http://agonfilosofia.es/index.php?option=com_content&;view=article&id=389&Itemid=15

[10] Véase El Gran Reemplazamiento o el alarmante presente europeo en  http://agonfilosofia.es/index.php?option=com_content&;view=article&id=394&Itemid=15

[11] Véase su segunda encíclica Laudatio si’, sobre el cuidado de nuestra casa común (24 de mayo de 2015), § 55.

[12] Véase, por ejemplo, el mensaje enviado a los budistas en ocasión de la fiesta de Vesak, reproducido en el L’osservatore romano (viernes-sábado, 6-7 de mayo de 2016), donde se podía leer: “Puesto que la crisis del cambio climático también es debida a la actividad humana, nosotros, cristianos y budistas, tenemos que trabajar juntos para afrontar la cuestión de una espiritualidad ecológica. La aceleración de los problemas ambientales globales ha aumentado la urgencia de la cooperación interreligiosa. La educación en la responsabilidad hacia el medioambiente y la creación de una ‘ciudadanía ecológica’ requieren de una ética ecológica virtuosa que tenga respeto y cuidado por la naturaleza. Es una necesidad urgente que los seguidores de todas las religiones crucen sus fronteras y se unan para construir un orden social responsable ecológico basado en valores compartidos. En los países donde los budistas y los cristianos viven y trabajan codo a codo podemos promover la salud y la sostenibilidad del planeta a través de programas educativos comunes para aumentar la conciencia ecológica con iniciativas en común. Queridos amigos budistas, podemos colaborar juntos para liberar a la humanidad del sufrimiento causado por el cambio climático y contribuir al cuidado de nuestra casa común”.

[16] Un ejemplo cualquiera de esta manipulación lo constituye el reportaje publicado el 6 de mayo en el Frankfurter Allgemeine Woche (revista semanal del diario Frankfurter Allgemeine Zeitung), donde, con el título «Hijo de refugiados» (Flüchtlingskind) se decía: “Nacido el 17 de diciembre de 1936, en la capital argentina de Buenos Aires, su padre y su madre eran hijos de emigrantes italianos. ¿O se debería decir mejor refugiados?”.