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Hoy, diez años después.

Reseña de la película hongkongesa Diez años.

 

10years-movie-poster 

“Si la gente de Hong Kong supiese que están siendo violados por el Partido Comunista,

¿por qué no tumbarse y disfrutar de ello?”

 

- Raymond Wu, antiguo miembro del Comité para el

Borrador de la Ley Básica de Hong Kong durante el retorno de la excolonia.

 

Presentada por primera vez en el Festival de Cine Asiático de Hong Kong en noviembre de 2015, la película hongkongesa Diez años (Sap nin, pues la película se sitúa a diez años del presente) concitó la atención a nivel internacional tras la censura por parte del gobierno chino del 35º Festival de Cine de Hong Kong en el que se presentó como finalista. A pesar de tratarse de una producción independiente realizada por estudiantes y con un presupuesto mínimo, Diez años no sólo ganó el premio a la mejor película en el citado festival –compitiendo con el film en lengua china La Batalla de la Montaña del Tigre, dirigido por el legendario Tsui Hark–, sino también una mención en el 22º Festival de la Sociedad de Críticos de Cine de Hong Kong y un galardón especial del consejo del 10º Festival Anual de Directores de Cine de Hong Kong. Más aún, a pesar de que se proyectó en un único cine, Diez años recaudó más en su estreno que Star Wars VII: El Despertar de la Fuerza. Debido a numerosas peticiones del público en las redes sociales, el 1 de abril se emitió de nuevo la película en 34 cines y teatros al aire libre a lo largo de todo Hong Kong, con miles de personas llenando salas y plazas públicas. Gracias a un contacto en Hong Kong, AGON. Grupo de Estudios Filosóficos se ha hecho con una copia de la película antes de su lanzamiento oficial en DVD. He aquí una reseña completa de los cinco cortos que componen Diez años.

Extras (Fau gwaa, lit. “Melones flotantes”)

Durante la celebración del Día del Trabajo (1 de mayo) en 2020, oficiales del gobierno de Hong Kong y China, asistidos por el excomisario de la policía de Hong Kong y las tríadas, conspiran para organizar el falso asesinato de los líderes de los partidos políticos la Unión del Verdadero Amor y el Partido de la Fortuna, Lam King Chee y Yeung Kam Wa. Para ello, contratan los servicios de un miembro de las tríadas de poca monta y un inmigrante indio, estando cada uno de ellos a cargo del asesinato de uno de los políticos. La finalidad de esta conspiración es causar pánico en la ciudad para que la gente de Hong Kong no sea tan reacia a aceptar la nueva Ley de Seguridad Nacional. El atentado es un éxito y la Oficina de Enlace entre China y Hong Kong anuncia que la excolonia se ha convertido en una “Base para la Subversión de poderes extranjeros” (debido a la participación de un inmigrante indio) e implementa la Ley de Seguridad Nacional, cuyo contenido no se especifica al momento (pero véase la cuarta historia).

Los seguidores de la saga de Los Vengadores probablemente recuerden una conspiración similar en Capitán América: El Soldado de Invierno, en donde HYDRA se ha infiltrado en S.H.I.E.L.D. para causar caos a nivel mundial y hacer que la gente abandone su libertad a cambio de seguridad. No es tan sólo ciencia-ficción. En 1927 el gobierno estadounidense añadió materiales dañinos al alcohol para reducir su consumo, tras haber fracasado la 18ª Enmienda siete años atrás. En agosto de 1964 el ISS Maddox fue atacado por tres barcos de Vietnam del Norte en el Golfo de Tonkin, dando pie a que el Congreso aprobase una resolución para intervenir en Vietnam, aunque el ataque vietnamita nunca se produjo. Operaciones de falsa bandera han sido utilizadas en numerosas ocasiones por gobiernos de todo el mundo para justificar guerras, atacar a sus oponentes políticos o controlar la opinión pública.

Benjamin Franklin escribió en 1755 que “Aquellos que renunciarían a la Libertad esencial para comprar un poco de Seguridad temporal, no se merecen ni Libertad ni Seguridad”. Una imagen del crecimiento del Estado y la reducción de las libertades individuales que podemos observar hoy en cualquier país comunista o socialista e incluso en las sociedades occidentales más avanzadas.

Estación final (Dung sim, lit. “Cigarras invernales”)

Éste es el más simbólico de los cinco cortometrajes: la historia “irreal” de dos rebeldes, Wong Ching y Lau Ho-chi, intentando preservar objetos de los hogares destruidos por las excavadoras para la renovación urbana. Recogen partes de la casa de su amigo Eddie y algunos de los objetos allí abandonados, reconstruyéndolos y catalogándolos en su residencia en Tai Kok Sui. Básicamente, Wong y Lau están “taxidermizando” Hong Kong, ya que “la taxidermia es para lo moribundo, lo que se extingue, no para cosas vivas”. El simbolismo no acaba aquí: se nos dice que hay más piezas rotas del antiguo Hong Kong que objetos completos. Al igual que los animales a través de la historia, estos “rebeldes” se enfrentan a una importante cuestión: ¿deben aceptar la extinción de Hong Kong como algo natural o resistir? Al final, Lau le pide a Wong Ching que lo taxidermice, no porque sea incapaz de aceptar los cambios en la ciudad, sino para preservar sus ideales intactos. ¿Es todo ello nostalgia? ¿O es una cuestión de principios?

Tras ver “Estación final” (refiriéndose al invierno que se aproxima, el último invierno de Hong Kong), uno no puede sino recordar el tema musical de una de las series más emblemáticas del Hong Kong moderno, Cuando el Cielo Arde (Tin jyu dei) –censurada en China por sus referencias a la Masacre de Tian’anmen–: “Si en la vida pudiese hablarse con más libertad descubriríamos que aquellos antiguos principios en los que confiamos no han caducado”. El colapso de las libertades en Hong Kong, el incremento en el uso del chino mandarín y la escritura simplificada sobre las dos lenguas oficiales, así como capítulos tan terribles como el secuestro de los cinco vendedores de libros a manos del gobierno de Pekín perpetrado en territorio extranjero, no son el resultado de la libre elección de los hongkongeses, sino una imposición desde las altas esferas sobre una población hastiada y en gran parte desinteresada. No se trata de una cuestión de “evolución natural”, de personas eligiendo libremente usar mandarín en lugar de cantonés y, aunque muchos hongkongeses parecen estar demasiado ocupados como para preocuparse por su futuro, la voz de aquellos que sí lo hacen debe ser igualmente tenida en consideración. Como recuerda “Estación final”, “no puede esperarse que un insecto que sólo vive en verano sepa lo que es el hielo”. Aquellos cuya voz ha sido despreciada son como las “cigarras invernales” del título original cantonés: los únicos que no sólo han contemplado el verano, sino también el inminente invierno que se avecina.

Dialecto (Fongjin)

En el año 2020, la fecha del primer corto, el gobierno chino, a través de la “Ley de Acceso Universal al Mandarín”, ha impuesto el chino mandarín como la única lengua oficial de Hong Kong y todos los taxistas deben pasar un examen de competencia lingüística. Taxistas como Leung Kin-ping, que no han sido capaces de aprobar el examen, no sólo son ridiculizados y marginados por sus compañeros, sino que también se enfrentan a restricciones a la hora de recoger pasajeros en lugares “internacionales”, tales como el aeropuerto, el puerto o los distritos financieros de Central, Admiralty y Kwun Tong. A través de una serie de viñetas, observamos cómo Leung se enfrenta con consternación a rocambolescas –pero muy actuales– situaciones. Por ejemplo, su mujer le recrimina que hable en cantonés a su hijo, mientras algunos pasajeros cambian de taxi al ver que Leung no sabe mandarín o su GPS, que sólo reconoce chino mandarín, es incapaz de comprender su acento. Hay también un pequeño número de historias paralelas, en donde vemos enseñanza en mandarín, bares de barrio con camareras que no entienden cantonés y una mujer que pierde su trabajo al no ser capaz de expresarse correctamente en mandarín. Incluso los extranjeros que cogen el taxi hablan a Leung en mandarín en lugar de inglés.

Éste es muy probablemente el más actual de los cortos incluidos en Diez años, dado que el gran número de inmigrantes chinos, así como de turistas y estudiantes, ha hecho que el gobierno restrinja el uso del cantonés en numerosos ámbitos públicos, expandiendo  a su vez el uso del mandarín, por ejemplo, en el metro. En cierto modo, Leung se ha vuelto como Lam Kwong, el famoso protagonista de Runaway Blues (1989) interpretado por Andy Lau, en donde el actor se siente desplazado y analfabeto en una China que utiliza únicamente escritura simplificada. No es tampoco muy diferente de Lao Ho-chi en la anterior historia, “Estación final”: una reliquia del pasado, un recuerdo nostálgico de una ciudad que ya no existe.

El autoinmolador (Zifanze)

Esta conmovedora historia se abre con una bandera de China y una vista de la Torre del Banco de China (¿posible referencia a las películas Hong Kong Godfather (1991) y Wicked City (1992)?), así como los restos todavía ardientes de un cuerpo no identificado frente al Consulado Británico en Admiralty. Inicialmente se cree que el incidente está relacionado con el movimiento independentista de Hong Kong y con Au-yeung Kin-fun, un joven manifestante de 21 años que falleció una semana antes. Au-yeung apoyaba la independencia de Hong Kong y creía que China había violado la Declaración Común Sino-Británica, por lo que el gobierno británico debía intervenir en el proceso de autodeterminación de Hong Kong. A causa de todo ello, Au-yeung fue arrestado acusado de terrorismo, convirtiéndose en la primera víctima del Artículo 23 de la Ley de Seguridad Nacional, en vigor tras los disturbios de 2020 (véase la primera historia). Poco después de la inmolación, un grupo de estudiantes asalta la Oficina de Enlace en Sai Wan, prendiéndole fuego, mientras cientos de cristianos rezando por el inmolado se congregan frente al Consulado Británico con velas (referencia a las manifestaciones en conmemoración de la Masacre de Tian’anmen que tienen lugar cada año en Hong Kong), pidiendo al gobierno británico que incluya a Hong Kong en el Fideicomiso de las Naciones Unidas para alcanzar el sufragio universal. El gobierno de Hong Kong reacciona pidiendo ayuda al Ejército Popular de Liberación y los tanques atraviesan Central, el lugar en donde tuvo lugar la Revolución de los Paraguas. La historia concluye con un profesor universitario arrestado por la policía secreta china mientras está siendo entrevistado.

Realzado con imágenes simbólicas que rememoran los sucesos de la Revolución de los Paraguas y el emblemático tropiezo de Margaret Thatcher al salir del Gran Salón del Pueblo en 1982 tras negociar el retorno de Hong Kong, “Autoinmolador” toca un importante problema político: la Declaración Común Sino-Británica. Como Marco, uno de los jóvenes que prende fuego a la Oficina de Enlace, explica:

“Hong Kong se encuentra paralizado, todo está destruido a causa de la desobediencia civil no violenta. Si afirmas que están defendiendo la Declaración vuelve a leer los términos. Se dice claramente que, salvo asuntos diplomáticos y de seguridad nacional, el Partido Comunista debe mantenerse al margen. Ellos son los que quebrantan la ley, no nosotros”.

Ciertamente, la situación de Hong Kong es tal que las manifestaciones pacíficas poco pueden hacer para cambiar las cosas, pues éstas únicamente funcionan cuando el gobierno escucha al pueblo y puede hacérsele responsable por sus crímenes. Como Frédéric Bastiat explicaba en La Ley siguiendo a John Locke, “cada uno de nosotros tiene un derecho natural […] de defender su persona, su libertad y su propiedad”, y cuando estas tres cosas se ven amenazadas por la fuerza del gobierno, únicamente una fuerza más violenta puede devolverlas.

Huevo Local (Bundei daan)

Mientras su hijo se aleja para unirse a la Guardia Joven, una versión moderna de la Guardia Roja durante la Revolución Cultural, Sam, un vendedor de una tienda de comestibles, recibe la noticia de la clausura de su proveedor de huevos, la última granja que queda en Hong Kong. La planificación central del gobierno de Pekín ha decidido que Hong Kong no necesita producir sus propios huevos, ya que China ofrece una rica variedad de huevos químicamente mejorados. Y mientras el gobierno destruye la industria local haciendo a Hong Kong dependiente de China –como realmente hace, por ejemplo, con el agua–, la tienda de Sam recibe la inesperada visita de un grupo de la Guardia Joven, quienes le avisan de que está prohibido utilizar la palabra “local” como nombre para sus huevos.

Si crees que esto suena infantil y estúpido, probablemente hay mucho que no sabes sobre el Partido Comunista Chino. Hace algunos años, cuando la fatídica fecha del 4 de junio, el aniversario de la Masacre de Tian’anmen, se acercaba, el gobierno chino obligó a los taxistas a quitar las manillas para bajar las ventanas por miedo a que los pasajeros lanzasen pelotas de ping-pong con mensajes “reaccionarios”. Por las mismas fechas, el gobierno prohibió volar a las palomas mensajeras por razones similares.

En cierto momento, el hijo de Sam aparece patrullando una librería con libros en escritura simplificada. Pero a diferencia de sus compañeros, este novicio Guardia Joven sabe que está siendo manipulado por el gobierno y no se cree la propaganda del régimen. Por ello esconde una lista de “palabras prohibidas” para el librero dentro de un popular manga, Ikigami, muy significativo dado que se trata de una historia distópica en la que el gobierno de una nación futura selecciona al azar a jóvenes para que mueran por su país bajo la excusa de una Ley de Prosperidad Nacional. En la escena final vemos como el librero guarda todos los objetos prohibidos en un apartamento de alquiler, lejos del público pero conservados para todo aquél que todavía defienda la libertad. Son, una vez más, pequeñas piezas de un Hong Kong que ya no existe.

La película termina con una gran cita: “Cuando sientas que es demasiado tarde, ése es exactamente el momento más temprano”.

Conclusión

Diez años puede ser una película independiente, pero la calidad de su producción ha sido lo suficientemente buena como para capturar a la audiencia y competir con otras películas hongkongesas. Diez años no es sólo una película estimulante, sino más actual que nunca. Tan actual, que tal vez debería haberse titulado Hoy en lugar de Diez años.

Por ejemplo, el intento de asesinato liderado por un inmigrante indio en la primera historia es instrumentalizado por el gobierno para atacar a las minorías de Hong Kong. De forma similar, cuando el propietario de un 7-Eleven fue apuñalado en Yau Ma Te por un vietnamita el 9 de marzo de 2016, sectores afines al gobierno de Pekín aprovecharon la situación para advertir de lo peligrosos que son los inmigrantes del Asia meridional –indios y paquistaníes– y de la necesidad de negar la ciudadanía china a aquellos hongkongeses que no sean racialmente chinos cuando Hong Kong pase a ser completamente parte de China en 2047.

De forma similar, la segunda historia es también relevante para el Hong Kong actual. En primer lugar, el apartamento en el que se desarrolla la acción se sitúa en Tai Kok Tsui, cerca de Mongkok, una zona que fue renovada en 2010 para construir el enlace ferroviario entre Guangzhou, Shenzhen y Hong Kong (es decir, entre China y Hong Kong), y contra el que muchos ciudadanos protestaron temiendo, entre otras cosas, la afluencia de inmigrantes chinos y el derrumbe de edificios de obra antigua como consecuencia de las obras de renovación. Más recientemente, el gobierno de Hong Kong ha propuesto renovar 6.200 edificios privados de más de 50 años, es decir, derribarlos con excavadoras. Dado que muchos de estos edificios pertenecen a personas mayores, el gobierno ha aceptado permitirles conservar su vivienda a cambio de un impuesto de manutención urbana y de reducir la compensación que se les dará en el futuro cuando decidan derribar el edificio –o cuando fallezcan–. Esto también implica que, dado el gran problema inmobiliario al que se enfrenta Hong Kong, estas casas de propiedad privada no pasarán a la siguiente generación, que tendrá dificultades para encontrar una nueva vivienda con la baja compensación recibida. Como uno de los protagonistas de la primera historia afirma:

“Vine aquí con un Permiso de Llegada en 2003. Daba igual lo que hiciera, todo salía mal. Cuando era cocinero, el restaurante cerró; cuando me puse a trabajar en la construcción, hubo problemas de subcontratación. Nadie se enteraba incluso si te morías. Entonces intenté ser taxista y me pidieron hacer un examen de mandarín. La vivienda pública es lo peor. He esperado durante décadas y todavía nada”.

La tercera historia, “Dialecto”, tiene también un interesante precedente cuando en 2003 el Departamento de Transporte de Hong Kong intentó, sin éxito, obligar a los conductores de transporte público a aprender mandarín para evitar problemas con los turistas chinos. Como puede leerse en toda escuela, universidad y banco chino: “Habla mandarín, escribe en simplificado, sé civilizado”.

“El autoinmolador”, el cuarto cortometraje de esta colección, se basa en las inmolaciones reales que se suceden habitualmente en el Tíbet y en el Turkistán Oriental –dos regiones invadidas por el gobierno chino con fuertes movimientos de resistencia independentistas–, así como en la práctica de algunos miembros de la secta Falun Gong. El argumento de la historia plantea también una interesante pregunta: ¿Son estas inmolaciones realmente útiles? Después de todo, no han conseguido nada salvo reducir el número de disidentes. El Partido Comunista Chino sólo tiene que sentarse a esperar que los rebeldes mueran uno tras otro bajo el fuego de su propio sufrimiento. Asimismo, imágenes de manifestantes siendo brutalmente golpeados por la policía no son ya nada nuevo en la ciudad: las hemos visto, por ejemplo, en la Revolución de los Paraguas y en la breve Revolución de las Bolas de Pescado.

Finalmente, “Huevo local” nos presenta, de forma casi profética, a la policía secreta china secuestrando a ciudadanos hongkongeses fuera de su territorio, algo que, como es sabido, ocurrió recientemente con cinco editores de publicaciones anti-gubernamentales. Y al igual que vemos en la película, esos libros prohibidos en China pueden encontrarse en Hong Kong, únicamente, en librerías especializadas, “escondidas” en el segundo piso de un estrecho apartamento privado.

Diez años no es una historia distópica sobre el futuro de Hong Kong, sino una descripción fiel y realista de su apocalíptico presente.