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La psicología del “refugiado”

 

¿Qué quiere realmente un “refugiado”? ¿Por qué viene a Europa y no busca refugio en otros países más cercanos a ellos geográfica y culturalmente? ¿Por qué reacciona de manera tan violenta cuando se le niega el paso por la frontera en su ruta hacia los países centroeuropeos o nórdicos? ¿Por qué se comporta de manera tan desagradecida y agresiva en los países que le acogen y le agasajan?

Éstas y otras muchas preguntas se podría formular cualquier espectador atento e imparcial que observase el desarrollo de la “crisis de los refugiados” en Alemania y en los países escandinavos, principales receptores de esta ola migratoria desde verano del 2015.

Hasta ahora la atención se ha centrado especialmente en Alemania y en el efecto llamada de la canciller alemana Ángela Merkel, principal culpable de que el flujo de “refugiados” no pare de aumentar. Actualmente esta problemática se halla ejemplificada en la frontera de Grecia con Macedonia, en concreto, en  Idomeni, que se ha convertido, gracias a los medios de comunicación, en el símbolo por excelencia de la crisis de los refugiados y donde, según se afirma, “finaliza el sueño de Europa”[1].

Al ocuparse la crítica principalmente de Alemania y de Ángela Merkel, se ha olvidado el otro lado del problema, es decir, el “refugiado”. En efecto, hasta el momento nadie se ha planteado seriamente las siguientes cuestiones: ¿Quién es este “refugiado”? ¿Qué es lo que realmente quiere? ¿Qué le motiva, qué le mueve a querer venir a Europa y, en concreto, a Alemania y a Escandinavia? ¿Por qué se niega a quedarse en Grecia, Italia o España?

Con motivo de la visita relámpago de un progresista alemán, Norbert Blüm, a Idomeni para comprobar in situ las condiciones “inhumanas” en las cuales tienen que vivir los “refugiados”, Henryk M. Broder escribió el 15 de marzo un artículo titulado “Was Blümchen in Idomeni zu sehen bekam (Lo que la florecilla consiguió ver en Idomeni)[2]”, que en menos de 24 horas suscitó casi 400 comentarios en su edición online.

Dejando de lado la cruel y mordaz ironía con la que Broder analizaba esta acción supuestamente humanitaria y desinteresada del antiguo ministro de trabajo de la CDU, el autor se planteaba en su artículo dos cuestiones, siendo la segunda de ellas fundamental para entender la psicología del “refugiado”.

Así, Broder se interrogaba de la siguiente manera: “¿Qué quieren los refugiados? Por ejemplo, lo que se podía leer en un pedazo de cartón que una niña pequeña sostenía ante una cámara de televisión: ‘Merkel – help, help!’.” A partir de aquí, el escritor judío de origen polaco reflexionaba en los siguientes términos:

“Los refugiados tienen Smartphones, están comunicados entre sí y se informan sobre las rutas de huida y de las condiciones en Berlín y en otros ‘centros de acogida’ a través del camino. Contrariamente a lo que se dice en las noticias, no se obliga a ningún refugiado a quedarse en Idomeni.

Sin embargo, sólo unos pocos aceptan la oferta de las autoridades griegas de ser acogidos en otros campos, donde al menos se les garantiza un cuidado básico, alimentos y medicamentos. La mayoría quiere quedarse en Idomeni, muy cerca de la frontera, para no perderse el momento de la apertura. No obstante, una parte intenta bordear a pie las instalaciones fronterizas, sabiendo que no irán muy lejos. Macedonia los devolverá a Grecia, al campo de Idomeni, el infierno en la tierra.

¿Hay para este tipo de perseverancia una explicación medianamente racional? Sí. A diferencia de la Europa hedonista, donde la juventud a la que se le impide la entrada en una discoteca tiene que ser tratada por trastorno de estrés postraumático, en la cultura arábico-islámica el sufrimiento se considera un valor en sí mismo.

Afirmar esto roza los límites del “racismo cultural” en una época de lo políticamente correcto, mas no por ello deja de ser la afirmación menos cierta. Ser un mártir, sacrificarse, está en el mundo arábico-islámico tan ampliamente difundido como meta vital como entre los jóvenes alemanes el deseo de ser gestor de eventos. Las familias de los mártires gozan de gran reputación. El orgullo de sus hijos –ante todo, varones, pero también a menudo hembras– impide que surjan tanto el dolor como la vergüenza.

A ello hay que añadir todavía algo más. El sentimiento de ser responsable de su propio destino o al menos corresponsable está, formulado de manera amable, desarrollado de manera extremadamente débil. Si algo va mal, la culpa es siempre del otro: del colonialismo, del capitalismo, del imperialismo, del sionismo, del Occidente en sí y de la inmoralidad que difunde por todos sitios. Pero cuando se trata de construir aparatos de aire acondicionado o de extraerse un apéndice, se entrega uno con mucho gusto en manos de los expertos occidentales, cuyo estilo de vida, por lo demás, se desprecia.

También los padres de los niños que nos miran cada día con sus grandes ojos tristes buscando ayuda no se sienten responsables por el sufrimiento de sus hijos. La culpa es de aquellos que han cerrado las fronteras, las fronteras entre Grecia y Macedonia, Macedonia y Serbia, Serbia y Croacia, Croacia y Eslovenia, Eslovenia y Austria, Austria y Alemania. Por lo visto, la mayoría de los refugiados presupone que el derecho a poder ir a Alemania, a poder asentarse en Alemania, es un derecho fundamental innegociable. Y esto no sólo tiene que ver con los selfies de la canciller.

Es una cuestión de honor, la cual, al igual que el culto al mártir, pertenece a los pilares de la cultura arábico-islámica: no permitir que un infiel diga cómo y dónde se debe vivir. Una berlinesa que desde hace meses está comprometida con la ayuda a los refugiados lo dice de manera exacta: “Ellos creen que nosotros deberíamos estarles agradecidos por venir a nuestro país”.

Tales expresiones de agradecimiento son parte de la cultura de la bienvenida verbal. Traducidas al alemán que se utiliza en las manifestaciones, éstas rezan: “¡Ninguna persona es ilegal!” y “¡Derecho de permanencia para todos!”. La presidenta de la fracción de los Verdes en el Parlamento alemán, Katrin Göring-Eckardt, daba gritos de júbilo hace poco en un sínodo del EKD: “De repente recibimos como regalos hombres” con cuya ayuda Alemania será “más religiosa, más colorida, más plural y más joven”. Y también un poco más afín a la violencia, como se sabe desde la Nochevieja en Colonia y en otros lugares, sin que por ello se justifique una sospecha generalizada.

El comportamiento de los refugiados es desde su propio punto de vista lógico y comprensible, mas representa un caso de chantaje moral. “¿Os parece justo que nos helemos los dedos? ¡¿Por qué no nos compráis unos guantes?!” Nunca antes ha habido hombres que estén huyendo y estén tan obsesionados con una opción.

Es como si unos náufragos que estuvieran a la deriva en un barco de salvamento en alta mar esperasen a que viniera y los recogiera un barco de su elección, el cual debería ser un gran buque de vapor con buen servicio a bordo y no una sencilla barcaza. Pero que al final se lleven un desengaño porque la vida en Alemania es completamente diferente a lo que se habían imaginado, de esto no son ellos culpables, sino los desbordados anfitriones, puesto que son ellos los que no se han esforzado lo suficiente para entenderles”.

En efecto, éste no es en absoluto el comportamiento natural y normal de personas supuestamente traumatizadas por un conflicto bélico que dura ya más de 5 años. Un refugiado que huye de una guerra, de privaciones, de sufrimiento y de dolor no chantajea moralmente ni le viene con exigencias de todo tipo a quien le acoge en su seno. Por el contrario, un hombre que tiene detrás de sí un historial de horror y de violencia sufrida contra él y su familia agradece cualquier mínimo gesto que se tenga con él y está de por vida agradecido.

Sin embargo, la actitud de los presuntos “refugiados” es completamente diferente. De hecho, con su conducta, los “refugiados” no hacen sino que confirmar las palabras de René Descartes, el consejero de la gran Reina Cristina de Suecia, quien, en su última obra Las pasiones del alma (1649), escribió sobre este respecto:

En cuanto a la ingratitud, no es una pasión, pues la naturaleza no ha puesto en nosotros ningún movimiento que la suscite; sino que es solamente un vicio directamente opuesto al reconocimiento, en tanto que éste es siempre una virtud y uno de los principales vínculos de la sociedad humana. Es por este motivo que este vicio es propio únicamente de los hombres brutales y sumamente arrogantes que piensan que todo les es debido o de los estúpidos que no reflexionan en los beneficios que reciben o de los débiles y abyectos que, sintiendo su imperfección y su necesidad, buscan vilmente la ayuda de los demás y, una vez obtenida, los odian, ya que no tienen la voluntad de devolverles el favor o dudan de poder hacerlo y así, al imaginarse que todo el mundo es mercenario como ellos y que nadie hace ningún bien si no es esperando alguna recompensa, piensan que les engañan.



[1] Así de dramático se expresaba ya el corresponsal del Süddeutsche Zeitung Oliver Das Gupta en su crónica desde Idomeni del pasado 13 de enero de 2016. Véase http://www.sueddeutsche.de/politik/fluechtlinge-fluechtlinge-in-idomeni-wo-der-traum-von-europa-endet-1.2815965

[2] El título del artículo es ya en sí una mofa, puesto que se está jugando con el diminutivo del apellido del político alemán. En efecto, “Blüm” se parece a la palabra “Blume” (flor), cuyo diminutivo reza “Blümchen” (florecilla), que coincidiría con la misma forma que se utilizaría para formar el diminutivo del apellido del político.