Friday, 23. June 2017

Visitantes

1115885

Búsqueda

AGON en Facebook

Compártenos

Share to Facebook Share to Twitter Share to Linkedin Share to Myspace Share to Delicious Share to Google 

Compartir

 

Grecia y el fin de la historia

flagcom 

“El socialismo no ha deseado conscientemente la destrucción de la sociedad. Creía estar creando una forma más elevada de sociedad. Pero dado que una sociedad socialista no es una posibilidad en cada paso hacia ella debe destruir la sociedad. […] toda política socialista debe convertirse en destruccionismo”.

Ludwig von Mises, “Marxismo y destruccionismo”, en Socialism (1951).

 

“El socialismo es simplemente una reafirmación de aquella ética tribal cuyo gradual debilitamiento ha permitido el acercamiento a la Gran Sociedad”.

Friedrich A. Hayek, “La disciplina de las reglas abstractas y las emociones de la sociedad tribal”, en The Mirage of Social Justice (1976).

 

Quo vadis, Europa?

Hace más de dos milenios Occidente vio florecer en Atenas lo que sería la piedra angular de toda la filosofía, ciencia y política posteriores: la Academia de Platón. De ella surgieron no sólo otras Academias, sino también instituciones y movimientos tan importantes y decisivos para la historia del pensamiento como el Liceo aristotélico o el neoplatonismo de los primeros filósofos cristianos, eje vertebrador del tomismo primero y de la Escuela de Salamanca después, que fue a su vez el caldo de cultivo del liberalismo clásico de Adam Smith o John Locke, entre otros muchos pensadores.

Fue esta realidad la que llevó al filósofo A. N. Whitehead a afirmar, en su obra seminal Proceso y realidad (1978), que toda la filosofía occidental no era más que “una serie de notas a pie de página a Platón”. Si bien semejante aseveración puede considerarse hoy tan exagerada (la democracia ateniense1 y los principios clásicos de libertad2 nada tienen que ver con sus versiones modernas) como rigurosa (los ideales políticos de Platón no estaban tan alejados del moderno estado socialista3), la filosofía es, como cualquier otra disciplina científica, un largo proceso de aprendizaje en el que la única forma de alcanzar esa mayoría de edad que reclamaba Kant consiste en errar, atravesando senderos atávicos que hoy no deberíamos empeñarnos en recuperar4. A ello se refería Hayek cuando, en The Mirage of Social Justice (1976), hablaba de la ética tribal subsistente tras todas las formas de socialismo.

Hoy poco queda de la Academia platónica, tanto en el plano físico como en el espiritual, testimonio de una Grecia orgullosa de su herencia y de su potencial. La antigua Academia, al igual que la colina del Areópago de Atenas en donde una vez Pablo de Tarso predicara el Agnostos Theos, se asemeja más a cualquier parque de los suburbios de una capital europea, tapizada con botellas de cerveza barata astilladas, restos de comida y colillas de hachís. Vive su máxima actividad al caer la noche, cuando jóvenes privados de futuro saltan las alambradas y se entregan a los placeres de Dionisio, lo único propiamente griego que le queda a Atenas. Pero estos lugares no constituyen ni mucho menos una excepción. Atenas, en donde otrora floreció la democracia, la ciencia y la filosofía, es hoy el vivo ejemplo de la caverna platónica.

Cuando se habla de crisis en Europa o se mencionan los conocidos PIGS, se piensa en líneas generales que la situación de Grecia no debe ser muy diferente de la que vivimos, por ejemplo, en España: mayor tasa de desempleo, mayores impuestos, mayor deuda gubernamental, mayor clientelismo o mayor corrupción. Creemos, inconscientemente, que la peor situación a la que puede conducirnos un incremento de políticas socialistas es el consecuente incremento de nuestros actuales problemas, sin que se produzca, como consecuencia de ello, un cambio sustancial en nuestras vidas. Creemos, en fin, que al final todo se arreglará mágicamente y volverá a ser como antes, porque, como suele decir nuestro keynesiano saber popular, “todo acaba pasando”. Grecia, sin embargo, nos muestra no sólo cuán equivocados estamos a este respecto, sino cuán urgente es detener el avance del socialismo si queremos preservar la civilización. Bienvenidos a la Cuba de Europa.

 

Graecam eo iterum crucifigi

Es bien conocida la situación económica y política que vive Grecia y los paralelismos entre Syriza y partidos como Podemos en España. No en vano Alexis Tsipras, su líder y actual presidente de Grecia, fue en sus orígenes militante de las Juventudes Comunistas Griegas (KNE) y del Partido Comunista en Grecia (KKE), dos entidades de ideología marxista-leninista. Lejos de haber realizado la utopía comunista trayendo el cielo a la tierra, el comunismo griego ha fracasado una vez más en su afán por traer igualdad y justicia social: a no ser que se busque igualar a todos los ciudadanos en la pobreza.

Pero no queremos hablar aquí de las causas de la crisis griega, sobre las que mucho se ha escrito y que han sido ya convenientemente analizadas por los economistas de nuestro país5, sino mostrar cuáles son las consecuencias que ha tenido para Grecia y que, de no abandonar el camino actual, serán las mismas que precipiten a toda Europa al colapso.

Una de las cosas que primero sorprende al visitante es la enorme cantidad de comercios cerrados, empresas en quiebra y locales en alquiler que saturan las calles atenienses, así como la suciedad y los horarios bucólicos de los pocos comercios que se mantienen en pie. En invierno, cuando el turismo mengua y los días merman, las zonas de interés histórico permanecen abiertas únicamente hasta las tres, mientras un gran número de comercios empieza a bajar sus persianas a las cinco de la tarde. Las calles comerciales que conectan la Plaza Omonia con la Acrópolis recuerdan antes a una escena de Black Hawk derribado que a la cuna de la civilización. Atenas es, simplemente, una zona de guerra en la que ninguna bala se ha disparado.

Las políticas de austeridad que han llevado los impuestos griegos hasta el 23% han sido cortesía del gobierno comunista de Tsipras. Esto no debería resultar extraño a nadie, y mucho menos a sus votantes, pues el presidente griego no hace sino seguir, ad pedem litterae, el Manifiesto Comunista de Karl Marx:

       “El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante […] Claro está que, al principio, esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción despótica sobre la propiedad”6.

Y entre las diez medidas “despóticas” presentadas por Marx a continuación encontramos, precisamente, el “fuerte impuesto progresivo” que ha aplicado Tsipras a los ciudadanos griegos. El resultado de estas políticas de austeridad ha sido, evidentemente, una reducción en las inversiones y en el gasto, pero también el cierre de comercios que se han visto imposibilitados para afrontar, desde el sector privado, una subida tan coercitiva de los impuestos. Valga como ejemplo del nulo interés que despierta Atenas para los inversores extranjeros el siguiente detalle: es prácticamente imposible ver un McDonald’s o Pizza Hut en la capital griega y la mayor parte abren únicamente en verano. Burger King, que tenía planeado expandirse por el sudeste europeo en 2014, brilla por su ausencia en Grecia, mientras KFC se ha visto reducido a un único local en Syntagma.

Como era de esperar –véase el corralito argentino–, el resultado último de estas medidas es el pánico económico que ha llevado a muchos ciudadanos a intentar retirar sus fondos de los bancos griegos para afrontar, entre otras cosas, las pérdidas sufridas por sus negocios, las subidas en los impuestos o, simplemente, para cubrir el vacío dejado tras perder su trabajo. Sin embargo, debido al sistema de banca de reserva fraccionaria adoptado por los gobiernos de medio mundo, es imposible satisfacer a todos los clientes que deseen retirar sus fondos al mismo tiempo porque este dinero, simplemente, ni se encuentra en el banco ni existe. Básicamente, en situaciones de crisis, el sistema de banca de reserva fraccionaria conlleva la descapitalización de los clientes de los bancos que hacen uso del mismo, pues no pueden disponer de su dinero en momentos de extrema necesidad y se ven abocados a la miseria.

Un ejemplo extremo de los catastróficos resultados que han tenido estas medidas para Grecia puede apreciarse en el caso particular del aeropuerto de Santorini, la famosa isla griega casi destruida en el 1625 a.C. por un volcán y en la que muchos creen ver los restos de la Atlántida de Platón. Santorini es el destino turístico más importante de toda Grecia. Pero en invierno, con la reducción de los visitantes y las abusivas tasas que deben pagar los comerciantes, la mayor parte de la isla permanece cerrada. El viajero que decida caminar desde Akrotiri, en el extremo sur de la isla, hasta Oia, al norte, atravesando las villas de Magalochori, Pyrgos, Mesaria, Karterados, Fira, Imerovigli y Finikia, no verá prácticamente ningún local abierto en invierno, salvo algún bar en los puntos donde estaciona el autobús de la única línea de la isla. Pero al llegar al aeropuerto, una nueva sorpresa aguarda al turista hibernal: sus puertas permanecen cerradas hasta momentos antes de la salida de los pocos aviones que conectan Santorini con Atenas. Todo sea, citando nuevamente a Marx, por la revolución “del proletariado organizado como clase gobernante”, es decir,  “del Estado”.

 

¿A dónde fueron todos los hoplitas?

El cuatro de febrero de 2016 amaneció con una manifestación largo tiempo anunciada. No es la primera y sin duda no será la última. Ese día todos los comercios, empresas y centros de interés turístico públicos cerraban, así como varias estaciones de metro cercanas a los puntos más conflictivos, como Syntagma y Omonia. Los agricultores entraron en Atenas con sus tractores, ascendiendo por el Pireo con intenciones claras de reinstaurar su propia “República platánica”, es decir, bananera. Porque no nos dejemos engañar: los únicos que se manifestaban eran los agricultores –léase, grupo de interés político al que traicionó el clientelismo de Tsipras–, los funcionarios que disfrutan de un sueldo vitalicio y los jóvenes rebeldes que todavía no se han enterado de que ya viven en su anhelado paraíso comunista. El resto de pobres ciudadanos griegos estaba demasiado ocupado trabajando, intentando exprimir algo al 23% que de sus ganancias se llevaba el Estado para pagar a los susodichos funcionarios manifestantes.

Christos Georgakopoulos, un vinicultor griego, afirmaba ante los medios ese mismo día que “queremos que se nos impongan impuestos justos”, lo que traducido viene a significar algo así como “deseamos que el gobierno nos robe la parte justa de los frutos de nuestro trabajo”. Es cierto que no van a eliminarse los impuestos de la noche a la mañana y que una reducción de los mismos siempre es mejor que nada, pero articular esta idea en semejantes términos, hablando de “impuestos justos”, evidencia la sintomática decadencia que ha infectado a toda Grecia.

Permítaseme un pensamiento, tal vez, extremadamente anarcocapitalista. En este cuatro de febrero, como en tantas otras ocasiones, un gran número de ciudadanos griegos se las ingenió para organizarse y reunirse al mismo tiempo y en un mismo lugar con la intención de protestar contra el gobierno que ellos mismos habían elegido. Y aquí no hay motivo posible de queja: el pasado y presente comunista de Tsipras no es ningún secreto. La gran mayoría griega que eligió a este señor no fue seducida con dulces mentiras ni promesas inviables. Tsipras, como Pablo Iglesias en España, defiende un modelo de gobierno absolutamente claro, cuyas pautas fundamentales pueden leerse en las páginas de El manifiesto comunista de Karl Marx. Y él no ha hecho sino aplicar esas pautas, esas “medidas” “despóticas” –son palabras del propio Marx– a los que le han votado.

Pero si tan insatisfechos están los griegos con su gobierno, ¿por qué no pedir, simplemente, menos gobierno? ¿Por qué no ponerse de acuerdo, por ejemplo, para no pagar impuestos, para negarse a pagar aranceles que se consideren injustos (aunque todos lo son) o para abrir negocios a expensas de las restrictivas medidas del gobierno griego? ¿Por qué declarar ante el Estado los frutos de su vendimia, en lugar de venderlos al margen de aquél al precio que comprador y vendedor acuerden como más ajustado a sus necesidades? En definitiva, ¿por qué seguir pidiendo al dictador que nos oprime que utilice un látigo con menos pinchos para azotarnos?7

La historia de Grecia, como la de cualquier nación milenaria, está repleta de anécdotas interesantísimas que pueden servir de modelo e inspiración a todos los pueblos. Una de mis favoritas ha sido siempre la tan discutida Batalla de las Termópilas8. Como es sabido, durante la contienda 300 ciudadanos espartanos sacrificaron su vida por el destino de Europa. Se trata de un gran ejemplo de lo que significa el liberalismo en su concepción más filosófica, más allá de la economía de mercado –pues se pueden implementar políticas económicas liberales sin respetar otras libertades fundamentales, como es el caso de Singapur o, más recientemente, Hong Kong–. La batalla de las Termópilas no fue una guerra entre estados, sino una iniciativa privada de un grupo de individuos que, oponiéndose a la profecía del Oráculo de Delfos y a las leyes de la misma Esparta, plantaron cara a los “hijos de Perseo”, es decir, al ejército oriental de los persas. Su empresa fracasó, pero sirvió de inspiración a todos los griegos y contribuyó a levantar la moral del ejército heleno para dar el golpe de gracia final a los persas en las batallas de Platea y Mícala.

¿Qué pueden aprender hoy los griegos de semejante hazaña? En el año 480 a.C., 300 griegos se pusieron de acuerdo para enfrentarse a lo que las leyes de sus gobernantes dictaban y detener un pantagruélico ejército persa compuesto por cientos de miles de soldados. Hoy, dos mil quinientos años después, 11 millones de griegos ni siquiera pueden enfrentarse a sus propios impuestos. Si no son capaces de detener el avance del socialismo sobre suelo griego, más de dos milenios y medio de civilización puede que acaben llegando muy pronto a su fin.

 



1 Ellen Meiksins Wood, Peasant-Citizen and Slave: The Foundations of Athenian Democracy, Verso Books, Nueva York, 1988; David Held, Models of Democracy, Stanford University Press, Stanford, 20063, págs. 19 ss. y Josiah Ober, “What the Ancient Greeks Can Tell Us About Democracy”, Annual Review of Political Science 11 (2007), págs. 67-91.

2 Benjamin Constant, Sobre el espíritu de conquista. Sobre la libertad en los antiguos y en los modernos, trad. de Marcial Antonio López y M. Magdalena Truyol, Tecnos, Madrid, 2002.

3 Darren Nah, “Ancient Origins of a Modern State: Socialism in Plato and Aristotle”, Libertarianism.org (11/08/2015), disponible aquí.

4 Véase el ensayo “¿Qué es la Ilustración?” (1784), en Immanuel Kant, ¿Qué es la Ilustración? y otros escritos de ética, política y filosofía de la historia, ed. de Roberto R. Aramayo, Alianza, Madrid, 2004. La idea de que las ideas antiguas constituyen la infancia de la humanidad fue enunciada de forma independiente por Frédéric Bastiat en “Bachillerato y socialismo” (1850), 9.238, basándose en la cita de Francis Bacon “Antiquitas saeculi juventus mundi”, en The Advancement of Learning (1605), I.5.

6 Karl Marx, Manifiesto Comunista, tr. de Jordán B. Genta, Cultura Argentina, Buenos Aires, 1969, II, pág. 121 y, para la cita siguiente, pág. 122.

7 De hecho, un panfleto hugonote titulado Le France Turquie (1575) proponía ya entonces la asociación de ciudades y provincias francesas para rechazar el pago absoluto de impuestos al Estado. Véase Harold J. Laski, A Defense of Liberty Against Tyrants, Peter Smith, Massachusetts, 1963, pág. 29.

8 Existen algunas críticas a Esparta desde el liberalismo, como por ejemplo los diversos estudios de José Alberto Pérez: Espartanos: Los hombres que forjaron la leyenda, Sílex, Madrid, 2015, o Esparta, las batallas que forjaron la leyenda (autopublicación Kindle Amazon, 2014). El autor critica la imagen ideal que de Esparta ofrece la famosa película 300 (Zack Snyder, 2007), contraponiéndola a los datos que Jenofonte nos da sobre esta ciudad-estado, a saber, la indiferencia ante las riquezas, la completa planificación de las vidas de los ciudadanos, el inhumano entrenamiento a que los niños eran sometidos o la absoluta sumisión del individuo a las leyes del estado (y de la clase religiosa). ¿Acaso no aparecen todos estos hechos representados claramente en la película de Zack Snyder? Asimismo, para una crítica al testimonio de Jenofonte sobre Esparta, véase el artículo académico de Paul Christesen, “Xenophon’s View  son Sparta”, en Michael Flower (ed.), The Cambridge Companion to Xenophon, Cambridge University Press, de próxima aparición.