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La habitación de la panicorrección

Las universidades se han convertido en una moderna caverna platónica

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“No sé, atenienses, la sensación que habéis experimentado por las palabras de mis acusadores. Ciertamente, bajo su efecto, incluso yo mismo he estado a punto de no reconocerme; tan persuasivamente hablaban. Sin embargo, por así decirlo, no han dicho nada verdadero. De las muchas mentiras que han urdido, una me causó especial extrañeza, aquella en la que decían que teníais que precaveros de ser engañados por mí porque, dicen ellos, soy hábil para hablar. En efecto, no sentir vergüenza de que inmediatamente les voy a contradecir con la realidad cuando de ningún modo me muestre hábil para hablar, eso me ha parecido en ellos lo más falto de vergüenza, si no es que acaso éstos llaman hábil para hablar al que dice la verdad”.

Platón, Apología de Sócrates, 17a.

 

            Estados Unidos es ciertamente un país de curiosos contrastes y uno de los pocos lugares en los que todavía se puede contar con cierta libertad a la hora de expresar opiniones que pueden estar en contra de la narrativa de lo políticamente correcto. La popularidad del candidato republicano Donald Trump ha dejado claro que existe un importante grupo demográfico que no está a favor de la corriente principal de opinión reflejada en los medios de comunicación oficiales en torno a temas tales como los impuestos, la inmigración ilegal, la seguridad social, la guerra o el aborto. Recientemente, una campaña a favor del aborto en Australia logró que le revocaran el visado al activista norteamericano pro-vida Troy Newman, que había sido invitado a dar una conferencia en Melbourne. Newman fue detenido en el aeropuerto australiano y finalmente deportado de vuelta a los Estados Unidos. Newman también protagonizó otro curioso incidente en el aeropuerto de Denver: la embajada australiana no le permitió volar de Denver a Los Ángeles. Para los que no estén puestos en cuestiones geográficas, decirles que tanto Denver como Los Ángeles forman parte, hasta la fecha, de los Estados Unidos de América.

            Pero a pesar de ello, las universidades estadounidenses permiten hasta cierto punto la presencia de ponentes que pueden no ser considerados políticamente correctos, algo impensable en Europa. Por ello, y para solucionar este problema, Katherine Byron, “miembra” de las Fuerzas Especiales de Asalto Sexual de la progresista Brown University (no es broma), ha decidido crear lo que ha denominado “safe rooms", “habitaciones seguras” o “habitaciones del pánico”. Se trata de salas acondicionadas en las que los estudiantes que se sienten “bombardeados por un montón de puntos de vista que van totalmente en contra de mis queridas y cuidadosamente contenidas creencias” pueden refugiarse para sentirse más a gusto, lejos de cualquier dañina conferencia o evento políticamente incorrecto. Para ello, la habitación cuenta con “galletitas, libros para colorear, pompas de jabón, plastilina, música relajante, almohadas, sábanas y vídeos de traviesos perritos”.

            Estas salas han sido todo un éxito y ya han comenzado a proliferar en numerosas instituciones académicas estadounidenses que desean proporcionar a sus educandos un propicio ambiente de sano infantilismo bobalicón que los devuelva a esa infancia inacabable en que se ha convertido la universidad, a esa caverna de la que nos hablaba Platón en el libro séptimo de La República. La metáfora es absolutamente precisa. Hablar de “habitaciones seguras” implica que lo que se encuentra fuera de ellas es inseguro y algo ante lo cual hay que buscar protección. Al igual que una “habitación del pánico” es utilizada para huir de un asaltante que irrumpe en tu hogar, las “habitaciones seguras” de los campus universitarios criminalizan la actividad de aquél  que  huye de la caverna en busca de conocimiento superando los prejuicios asentados por la opinión común, convirtiéndolo en alguien a quien hay que, de alguna forma, purgar, censurar o eliminar. Al igual que los amantes de las sombras en la alegoría platónica asesinarían si pudiesen al filósofo si éste regresara para liberarles de la ignorancia y mostrarles  la verdad del mundo exterior, aquellos que disienten del pensamiento políticamente correcto son callados o expulsados de la “utopía”. En algunos casos más extremos se recurre al Estado para que ejerza su coacción sobre el individuo, bien sancionándolo económicamente, bien condenándolo a prisión, o bien limitando su autonomía con un arresto territorial, retirándole el visado e impidiéndole ejercer su libertad de movilidad y expresión. Recuérdese el famoso caso de Ayaan Hirsi Ali.

Sócrates fue acusado por los atenienses de impiedad. La sentencia rezaba lo siguiente: “Sócrates comete delito y se mete en lo que no debe al investigar las cosas subterráneas y celestes, al hacer más fuerte el argumento más débil [con hechos] y al enseñar estas mismas cosas a otros” (Apol., 19b). Parece que después de 2.400 años hemos regresado finalmente a la caverna para no volver a salir jamás.