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El feminismo y el comunismo en Miguel de Unamuno

 

unamuno

Introducción

Cualquier persona que analice objetivamente la historia de la educación en España en los últimos 50 años podrá constatar con extrema facilidad una considerable y preocupante bajada de nivel. Esta realidad la ponen de manifiesto no sólo las estadísticas y los estudios que se realizan sobre esta cuestión (a un lado quedan los denominados “informes PISA” y el supuesto papel modélico que en ellos tiene Finlandia, cuyo mito educativo ya ha sido denunciado en otro lugar), sino también la experiencia empírica de los que la padecen de primera mano.

Mas este descenso del nivel educativo español también es constatable más allá de las aulas como lo prueba, sobre todo, la situación política actual. Sólo una precaria formación intelectual y un profundo desconocimiento de los logros históricos de un país como España pueden explicar el éxito social de partidos como “Podemos” y de nacionalismos excluyentes y gregarios como el pan-catalanismo tanto en Cataluña como en Valencia o las Islas Baleares.

A estas causas puramente interiores de la ignorancia de los españoles y de su desprecio por su propia historia, habría que añadir la leyenda negra de origen protestante que, aceptada y divulgada acríticamente, fomenta todavía con más vigor este auto-odio del español medio. Pero no se trata sólo de la historia, de sus héroes, de sus guerras y batallas, sino también de sus hombres más preclaros que se distinguieron en ámbitos tan nobles como las ciencias y las humanidades.

En este sentido, el desconocimiento de la riquísima literatura española tanto entre la juventud actual como entre el mismo profesorado apenas merece ser probado. Cuando en cursos de secundaria preparatorios para la selectividad se anima a los alumnos a no leer ciertos capítulos claves para la comprensión de la trama y del sentido de El árbol de la ciencia de Pío Baroja con el argumento de que no son “importantes” o son “muy complicados” por su carácter filosófico o cuando se afirma que Historia de una escalera constituye la mejor obra de Antonio Buero Vallejo, hay algo aquí que sin duda falla. Tampoco en las universidades la situación es mucho más halagüeña. No es la primera vez que un estudiante medianamente interesado en la materia tiene que escuchar por boca de su profesor el famoso “no podemos entrar a tratar esta cuestión en detalle por falta de tiempo”.

El poema que presentamos a continuación representa un ejemplo claro de este desconocimiento de nuestros clásicos tan abierta como preocupantemente difundido en nuestra sociedad. En círculos más o menos formados, Miguel de Unamuno es conocido por obras novelísticas como Niebla, Paz en la guerra o La tía Tula o por sus escritos filosóficos como Del sentimiento trágico de la vida. Sin embargo, como suele acontecer con otros autores, su faceta social o política es completamente ignorada o, cuando es estudiada, lo es siempre de manera selectiva, intentando ignorar o silenciar aquellos aspectos de su pensamiento que para el hombre de hoy podrían parecer “incómodos”, “inapropiados” o no ser “políticamente correctos”.

Como muchos otros intelectuales de su generación, Unamuno era consciente de la importancia de la participación activa en política y de la lucha contra la ignorancia en la sociedad. Vida de Don Quijote y Sancho, Del sentimiento trágico de la vida o La agonía del cristianismo son escritos estrictamente políticos que pretenden reformar España. Su última obra, San Manuel Bueno, mártir no trata sobre la “libertad trágica”, como afirman con extraordinaria ignorancia algunos supuestos especialistas, sino que pretende combatir la terrible influencia social que el marxismo tenía entre la población a principios del siglo XX y que se reflejaba en los horribles sucesos acaecidos durante los primeros meses de la Segunda República.

El soneto que acto seguido encontrará el lector fue redactado por Unamuno durante su estancia en París, ciudad donde se hallaba exiliado debido a sus críticas a la dictadura de Primo de Rivera. En la capital de Francia, el escritor vasco tuvo ocasión de conocer el verdadero rostro del comunismo y las terribles consecuencias sociales que éste podía tener en la vida moral de los hombres. De esta manera, con una clarividencia que espanta, en estos versos Unamuno criticaba avant la lettre tanto la denominada “ideología de género” y las graves consecuencias sociales que ésta podía tener para el fundamento de toda civilización, es decir, para la familia, como su profunda ligazón con el izquierdismo, poniendo de relieve la finalidad común de ambos de destruir la sociedad cristiana occidental.

 

De Fuerteventura a París. Sonetos (1925) [1]

Soneto LXXVII

En la Rotonda de Trotzky,

bulevar Montparnasse

                                                  Un mariquita aquí, una marimacho

                                               por allí, los artistas, sus amigas,

                                               melenas a nivel, acaso ligas

                                               de todas clases y sombreros gacho.

                                                  Fuman y dan sablazos sin empacho,

                                               perras y gatos hacen buenas migas,

                                               comunismo al revés de las hormigas,

                                               donde son la sin sexo las del sacho.

                                                  De aquí Trotzky sacó fe y esperanza

                                               soñando el paraíso venidero,

                                               aunque no vio que en la mundana danza

                                                  es Soviet ideal el hormiguero,

                                               padres y madres viven en holganza

                                               atentos a su fin: el criadero.

París, 13-X [1924]

Ese café de la Rotonda es aquel a donde vamos los que nos dicen conspiradores.

En el hormiguero trabajan las hormigas neutras y los machos y hembras que se dedican a procrear.

Como en la colmena la reina y los zánganos. Lo malo es que los mariquitas y las marimachos no son ni padres ni madres, sino que evitan serlo. No se dedican propiamente a la procreación.

_________

Comentario de Unamuno a este soneto en carta a Jean Cassou del 6 de julio de 1925 con motivo del deseo de su amigo de traducirlo al francés[2]:

Lo de “las sin sexo” y “las del sacho” y las hormigas es historia más larga. Usted sabe que hay hormigas machos y hembras –como en la colmena hay reina y zánganos– cuyo oficio es procrear ya que hay las hormigas neutras, las tías, que son las que reúnen provisiones, las que van de caza, las que ordeñan a los pulgones (v. Fabre, etc.) las que cuidan de los huevos y larvas haciendo de nodrizas etc. Es decir que las hormigas sexuadas, los machos y hembras, no hacen otro trabajo que el de engendrar, que aunque agradabilísimo –y en ellas, en las hormigas, sin riesgo– es trabajo… me parece. Las otras, las sin sexo, se dedican a los demás menesteres complementarios, en que parece encuentran algún consuelo y distracción. Debe de haber también hormigas sin sexo, tías, que hagan de mecanógrafas. Y estas hormigas sin sexo, ni machos ni hembras, son las que se llaman feministas por lo mismo que no son feminae. Claro, el que no es ideal se contenta con ser idealista y el que no es social con ser socialista. Las “del sacho” es una metáfora engendrada por la rima que quiere decir las que cosechan. Ya sabe usted lo que es el sacho-sarcloir-, creo, un instrumento agrícola para arrancar malas hierbas y preparar el terreno.

En el hormiguero trabajan las sin sexo y huelgan machos y hembras y en el mundo heteróclito, ambiguo y epiceno de la Rotonde huelgan los asexuados y las asexuadas. Aunque ¡pobrecitos! ¡vaya si trabajan! ¡Y qué trabajos pasan muchos de ellos y muchas de ellas por no trabajar! Lo que sí procuran es no reproducirse. El soneto es algo en el fondo feroz y no sé que convenga traducirlo. Hay algo trágico en ese comunismo de bohemia, de mariquitas (o maricones si se quiere) y marimachos. Ese tercer sexo, o no sexo, que forma la terrible economía con su incoercible postulado malthusiano, es acaso el nudo de la tragedia europea. No la lucha de clases que dicen, con su mentalidad pueril, los socialistas, sino la lucha de sexos y el trágico martirio de la maternidad. Lo que ningún Fabra ha averiguado, que yo sepa es si entre las abejas y las hormigas hay maricones y tortilleras, y si su sola voluptuosidad es trabajar para sus sobrinos y sobrinas y hacer filosofía progresista. Porque eso del progreso y de la civilización es de asexuados. En amor –amor de sexo ¡claro! de procreación–, no hay progreso ni hay civilización; todo es pura tradición innoble y todo es pura naturalidad. Y ya tiene usted explicada la tragedia del hormiguero humano.



[1] Se cita a partir de: Miguel de Unamuno, Obras completas, IV. Poesías. Rosario de sonetos líricos. El Cristo de Velázquez. Rimas de dentro. Teresa. De Fuerteventura a París. Romancero del destierro. Edición y prólogo de Ricardo Senabre, Biblioteca Castro, Ediciones de la Fundación José Antonio de Castro, Madrid, 1999, págs. 827-828.

[2] Se cita a partir de: Miguel de Unamuno, Epistolario inédito II (1915-1936). Edición de Laureano Robles. Espasa Calpe, Madrid, 1991, págs. 169-170.