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The-Peoples-Republic-of-Amnesia-by-Louisa-Lim1


Louisa Lim, The People’s Republic of Amnesia. Tiananmen Revisited, Oxford University Press, Oxford, 2014.


 

1989 es un año clave en la historia mundial: la Caída del Muro de Berlín, el inminente fin del marco militar formado por el Pacto de Varsovia, la inmediata unificación de las dos Alemanias, la caída del bloque soviético y la disolución del CAME, hechos todos ellos que marcan el fin del comunismo en Europa, tienen como eje vertebrador esta significativa fecha. La larga Guerra de Insurgencia Comunista liderada por la Armada de Liberación Nacional en Malasia, que a pesar de su nombre era una organización paramilitar china, concluye finalmente en diciembre de 1989 y, como consecuencia de ello, un año después lo hace su homónima en Sarawak, en la isla de Borneo. De todos estos aparatos gubernamentales fundamentados en las ideas de Marx y Lenin el más sanguinario de todos ellos había sido la República Popular China, un régimen dictatorial instaurado en territorio chino en 1949 cuyo dirigente entonces, Deng Xiaoping, se había ganado el beneplácito de las élites intelectuales gracias a sus reformas económicas. Pero mientras el comunismo caía por doquier,  la capital de la República Popular China se convertía en verano de 1989 en un sangriento campo de batalla, donde estudiantes y ciudadanos se enfrentaban en la Plaza de Tian’an Men a las fuerzas armadas del Ejército de Liberación Popular. Este evento, conocido en Occidente como “Masacre de Tian’an Men” o “Incidente del 4 de junio”, es hoy un tema tabú en China, en donde la mayor parte de la población ignora absolutamente todo lo relativo al brutal crimen que el gobierno cometió contra su pueblo hace tan sólo 26 años. Contra esta “amnesia” autoimpuesta por ciudadanos y gobiernos, Louisa Lim antepone People’s Republic of Amnesia, un relato estremecedor a través de los testimonios de militares, estudiantes, periodistas y madres que vivieron en directo aquella matanza y cuyas voces el Partido Comunista ha intentado silenciar durante años.

El origen de estas protestas cabe buscarlo un poco antes, cuando en 1986 un profesor de astrofísica que había ejercido en Estados Unidos comenzó a hablar de libertad y democracia en las universidades chinas. Las reformas económicas iniciadas por Deng Xiaoping a principios de los 80 habían aumentado las posibilidades de adquisición de la población y su nivel de vida y, con ello, las reformas políticas estaban en boca de muchos intelectuales. Como señaló Jan Wong, corresponsal en China durante la masacre, “cuando no tienes que contar los granos de arroz de tu plato, dejas de ser un animal para convertirte en un ser humano, quieres tener el control de tu destino, de tu vida y de tus opciones”. A pesar de la oposición abierta de Deng Xiaoping, la caja de Pandora ya no se cerraría más: el pueblo quería más libertades. Hefei, Pekín, Shanghái y muchas otras ciudades se llenaron entre diciembre de 1986 y enero de 1987 de manifestantes, principalmente estudiantes. El Partido Comunista, dividido entre los conservadores de Li Peng y los reformistas de Hu Yaobang, tomó la decisión de condenar las protestas y el presidente Deng Xiaoping acusó a Hu de querer minar las bases del Partido apoyando a los estudiantes. Hu fue destituido, las protestas cesaron y los conservadores, maoístas ortodoxos, recuperaron el poder. Todo parecía haberse calmado hasta que el 15 de abril de 1989 Hu fallece de un ataque al corazón.

Un gran número de estudiantes, simpatizantes del reformista Hu Yaobang, decidieron reunirse en la emblemática Plaza de Tian’an Men para rendirle homenaje, pero los ánimos se torcieron cuando Li Peng, el brazo fuerte del bando conservador, comenzó a acusar a los estudiantes de insurgentes, traidores y, finalmente, títeres de los poderes extranjeros que querían desestabilizar el partido. El apoyo que recibió de Deng Xiaoping tan sólo intensificó las protestas y los estudiantes, entregados a una huelga de hambre, consiguieron atraer a ciudadanos de a pie, periodistas y trabajadores, pidiendo no ya reformas, sino cambios más concretos como libertad de expresión, separación de poderes e, incluso, la dimisión de Deng Xiaoping. En mayo de 1989 las protestas se habían extendido a medio centenar de ciudades chinas y, sólo en Pekín, 1.200.000 personas marcharon hacia la Plaza de Tian’an Men. Ese día, el 17 de mayo de 1989, Li Peng decidió declarar la ley marcial, que entraría en vigor dos días después.

Las tropas movilizadas, no obstante, se encontraron con una gran resistencia y fueron incapaces de alcanzar la ciudad. Estacionados a la espera de nuevas órdenes y al no habérseles informado debidamente, pensando que se trataba de un pequeño grupo de insurgentes, los soldados se quedaron rápidamente sin provisiones y tuvieron que ser los mismos manifestantes los que se ocuparan de su bienestar, comprándoles comida, fruta y agua. Cuando los convoyes abandonaron finalmente las cercanías de Pekín, los ciudadanos gritaban eufóricos convencidos de su victoria. Pero la situación fue vista como una deshonra para el Partido y a la retirada de las tropas siguieron varios días de re-educación en los suburbios. A los militares se les dio armas automáticas de gran calibre, se les vistió de civiles y se les hizo entrar en la capital en autobuses civiles acondicionados para el transporte de militares ecubiertos, evitando así las sospechas de la población. Toda duda sobre el carácter violento de los manifestantes fue despejada cuando apareció en los medios una fotografía del cadáver de un soldado, Liu Guogeng, desnudo y quemado, colgado de un autobús.

Según testimonios presenciales, Liu Guogeng habría abierto fuego contra civiles, matando a cuatro manifestantes, pero al quedarse sin munición habría sido linchado y su cadáver incinerado, siendo colgado en un autobús con eslóganes pintados como advertencia: “¡Mató a cuatro personas! ¡Asesino! ¡El pueblo debe ganar!”. Este hecho fue rápidamente instrumentalizado por el Partido, que publicó una fotografía del cadáver sin los eslóganes, junto a una detallada historia en la que se explicaba cómo los manifestantes habían rodeado la unidad del soldado, atacándoles con ladrillos, botellas y barras de hierro y capturando a Liu, de 25 años, a quien habían asesinado a sangre fría. En la televisión su padre lloraba la muerte del joven. El Pavlik Morózov chino había nacido. Las tropas entraron con tanques por cada uno de los cuatro puntos cardinales de la ciudad, mientras los soldados infiltrados lo hacían desde la sede gubernamental frente a la Plaza de Tian’an Men. La mayor parte de los estudiantes, aterrorizados, abandonaron la plaza con relativa rapidez, cantando la Internacional y el himno nacional chino, mientras las recién llegadas tropas comenzaban a abrir fuego contra los civiles y contra los bloques de apartamentos cercanos en los que había luces encendidas. Los hoteles fueron registrados y se confiscó numeroso material fotográfico, especialmente a los extranjeros que se encontraban hospedados en la zona. Esa madrugada del 4 de junio de 1989 la Cruz Roja estimó que habían fallecido cerca de 2.600 personas, cifra confirmada por el embajador suizo tras visitar varios hospitales de Pekín. El ataque de las tropas fue tan inhumano que los militares no permitían que se socorriera a los estudiantes heridos, esperando a que falleciesen para enterrarlos provisionalmente en los patios de las escuelas cercanas. Después serían desenterrados y quemados. El día después de la matanza numerosos ciudadanos volvieron a la Plaza, pero fueron detenidos por las tropas. Instados a retirarse, centenares de ciudadanos fueron tiroteados por la espalda mientras huían. Incluso una ambulancia que se dirigía a atender a varios heridos recibió un impacto de bala y acabó estrellándose. Tan sólo un hombre anónimo desafió a la columna de tanques que avanzaba por la Avenida de la Paz Eterna, el conocido “Hombre del Tanque”. Su fotografía, ocultada durante unos días en la cisterna de un baño de uno de los hoteles cercanos, se convirtió rápidamente en un icono universal contra el poder del Estado. Según relata Bruce Herschensohn, esta fotografía influyó en las Revoluciones de 1989 que tuvieron lugar ese otoño y condujeron a la decisiva caída de la Unión Soviética.

Un ejemplo del grado de paranoia que se desarrolló tras la matanza lo constituye el caso de Zhang Xianling, relatado por la autora, madre de uno de los estudiantes asesinados y famosa activista que lucha por el reconocimiento de las “Madres de Tian’an Men”. Zhang intentó visitar en el aniversario de 1998 el lugar donde murió su hijo, pero fue detenida por las autoridades in situ y, como consecuencia de su osadía, se instaló una cámara en ese lugar. Una cámara sólo para ella.

Tras los hechos del 4 de junio, muchos estudiantes, especialmente los líderes que encabezaban la lista negra elaborada por el gobierno, intentaron huir a Hong Kong. Uno de los que no tuvo tanta suerte fue Zhang Ming, encarcelado junto a muchos otros estudiantes y oficiales que se negaron a participar en la matanza. Tras cumplir su sentencia, breve en comparación con la de algunos de sus compañeros, Zhang Ming se convirtió rápidamente en un exitoso hombre de negocios. Pero su fortuna llamó la atención de las autoridades chinas y fue arrestado nuevamente en 2002 por motivos económicos. Acusaciones falsas, testigos amenazados y siete años de cárcel para Zhang Ming son el mensaje con el que el gobierno chino recuerda a los disidentes y sus familias que sus vidas pertenecen, todavía hoy, al Estado.

Pero tras la matanza llegó la amnesia, una amnesia que es en gran medida autoimpuesta, pero también fruto de los grandes y decisivos cambios que siguieron a la Matanza de Tian’an Men. Mientras el mundo celebraba la caída del comunismo, China se cerraba de nuevo, dejando claro que cualquier aspiración a una reforma política estaba fuera de lugar. Un ejemplo de este aislacionismo lo constituye la reforma de los libros de texto que se llevó a cabo a principios de los 90, creándose la fantasía nacionalista de que China llevaba un siglo siendo humillada y que por fin, en 1949, el Partido Comunista había puesto fin a un siglo de ocupación extranjera. Con la fundación de la República China se cumplía de nuevo el sueño unificador del Primer Emperador, predecesor de Mao Zedong en la Antigüedad. Otro ámbito de represión fue la educación, que se volvió fuertemente marxista y nacionalista para intentar liberar a los estudiantes de cualquier tipo de contaminación extranjera –porque como todos sabemos, Marx era chino–. Como ha sentenciado contundentemente Cong Riyun, un experto en política china y profesor de la Universidad China de Ciencias Políticas y Derecho, el resultado de esta educación ha sido el que los estudiantes chinos de hoy sean, “en primer lugar, unos ignorantes, sus cerebros están llenos de prejuicios. En segundo lugar, se vuelven violentos debido a esta educación en el odio. En tercer lugar, son xenófobos, no sólo hacia los extranjeros sino que también muestran su odio hacia los traidores domésticos”.

Contra este olvido colectivo se enfrenta en numerosas ocasiones la autora de People’s Republic of Amnesia. El libro da comienzo, precisamente, con una de esas experiencias que si no rozan lo dantesco es porque son ya de por sí demasiado kafkianas como para no causar carcajadas al espectador que, como la autora, ha presenciado semejante pantomima de propaganda nacionalista: una multitud amontonada en la moderna plaza de Tian’an Men, convertida ahora en símbolo de orgullo nacional, embelesada observando cómo se iza la bandera china. Y entre la multitud una mujer grita, con éxtasis mariano: “¡Estoy tan emocionada!”. Se trata de una profesora de inglés que se hace acompañar por más de un millar de estudiantes, allí, en la mismísima Plaza de Tian’an Men. La escena no puede ser más irónica. Louisa Lim, la autora, le pregunta si no piensa en los miles de estudiantes que murieron en ese mismo lugar en manos del Partido Comunista Chino hace veinticinco años. “Es un problema muy delicado. Hablemos de otra cosa. Vivamos en el mundo de hoy y no en el pasado”. Algo parecido ocurre con otro joven, un manifestante que la autora encuentra en otra ocasión, protestando contra la invasión japonesa acaecida hace 76 años. Cuando se le interroga por los hechos de Tian’an Men, sólo supo responder mecánicamente: “¿De qué sirve mirar al pasado?”. Kafkiano. Este joven manifestante lleno de odio hacia el país del sol naciente, sin embargo, se dedica a vender coches japoneses. Simplemente kafkiano.

Otro de los ejemplos que recoge la autora de esta visión programada y amnésica que tienen los jóvenes chinos de hoy sobre los hechos acaecidos hace 26 años es una entrevista realizada a 100 estudiantes de cuatro de las más importantes universidades de Pekín, precisamente de aquellas de donde surgieron los líderes del movimiento estudiantil. Al enseñarles la icónica fotografía del “Hombre del Tanque”, únicamente 15 de 100 alcanzaron a reconocer la imagen y, de estos, varios se pusieron nerviosos, se negaron a hablar del tema e incluso salieron corriendo del aula. Unos pocos incluso defendieron las acciones del gobierno aduciendo que estos estudiantes formaban parte de algún complot extranjero para influir sobre la política china. Uno de ellos incluso afirmó que la fotografía era una falsificación, un montaje artístico, olvidando que, en realidad, era un fotograma extraído de un vídeo. Feel Liu, un joven que la autora conoció en Hong Kong durante una exposición en el Museo Conmemorativo del 4 de Junio, sufrió un tremendo golpe al comprobar las atrocidades cometidas por su gobierno. Pero la amnesia no tardó en hacer efecto y a su vuelta, cuando volvió a entrevistarse con Louisa Lim en China, justificó la masacre afirmando que “el Partido Comunista Chino tendrá buenas razones”. Confucio dijo hace más de dos milenios que “quien viendo lo correcto no actúa, carece de coraje”, pero en la China de hoy quedan tan pocos confucianos como hombres y mujeres con coraje.

Las respuestas paranoicas del Partido ante la inminente llegada, cada año, de la fatídica fecha del 4 de junio –ó 6/4, como se conoce en China–, han sido siempre tan rocambolescas como ridículas, cuando no simplemente pueriles. En 2012 todas las referencias a la bolsa de Shanghái fueron censuradas porque ésta había caído 64.89 puntos. En las mismas fechas, a los propietarios de palomas se les pidió que no soltasen a los animales para evitar que éstos llevasen mensajes revolucionarios, y a los taxistas se les obligó a atascar las ventanillas para que los pasajeros no lanzasen mensajes subversivos al pasar por la plaza. También las imágenes de velas fueron censuradas en varias redes sociales por ser un icono propio de las manifestaciones de Hong Kong contra la masacre.

Pero las anécdotas más estrafalarias de entre los muchos testimonios que recoge Louisa Lim son quizá aquéllas resultado de la amnesia que padecen los que se supone deben custodiarla. La ya mencionada Zhang Xianling, una anciana de 76 años y madre de uno de los jóvenes asesinados por los soldados en Tian’an Men, no puede bajar a comprar verduras sin que un grupo de nutridos vigilantes la siga a todas partes. En una ocasión se sorprendió al tener que explicarles por qué razón la vigilaban, ya que no tenían la menor idea de lo ocurrido el 4 de junio. Otro ejemplo cuanto menos divertido tuvo lugar cuando un periódico de Chengdu publicó el 4 de junio de 2007, a través de una agencia de noticias china, una nota que decía: “En conmemoración de las resistentes madres de las víctimas del 4 de junio”. El anuncio pasó la censura porque nadie en el periódico, ni en la agencia de publicidad responsable sabía a qué se refería esa fecha. Sin embargo, tanto el autor de la nota como varios miembros del periódico fueron inmediatamente detenidos y, una vez liberados, puestos bajo vigilancia durante meses. Tres editores perdieron su trabajo y la agencia de publicidad fue cerrada. La estrategia que el Partido siguió para evitar nuevos errores fue enfrentarse al problema directamente: el 4 de junio del 2009 se habló por primera vez en público, si bien en términos eufemísticos, del “Incidente del 4 de junio” y, dos años después, el vocero del Partido Comunista, el diario China Daily, publicaba una nota sobre “El Mito de la Masacre de Tian’an Men”, en donde se acusaba a Estados Unidos y a la CIA de haber inventado el incidente para desestabilizar de nuevo China, como habría ocurrido durante el pasado “siglo de humillación”.

Queda por tratar, finalmente, uno de los puntos más importantes del libro: el descubrimiento, por parte de la autora, de uno de los “otros Tian’an Men” que, según algunos investigadores, tuvieron lugar en esas fechas. Louisa Lim presenta, por primera vez, el testimonio gráfico de los estudiantes extranjeros que se encontraban en la ciudad de Chengdu en verano de 1989, cuando una multitud de más de 1.700 estudiantes se manifestó en la Plaza de Tianfu contra la opresión vivida en la capital. Oficialmente los incidentes se cobraron ocho muertos y casi dos mil heridos entre manifestantes y civiles, pero algunos testigos elevan esa cifra hasta 7.000 muertos. Según varios extranjeros que se encontraban en un hotel cercano a la plaza, numerosos manifestantes fueron puestos en fila y golpeados en la cabeza con una barra de hierro, atados en sacos y cargados en camiones que abandonaron rápidamente la zona. Años después, cuando algunos de los testigos volvieron a la ciudad, todavía corrían rumores en la universidad sobre estudiantes desaparecidos.

Como se ha señalado en alguna ocasión, si bien siempre de forma muy tímida, es imposible comprender la China contemporánea sin tener en cuenta lo ocurrido en 1989. Esta fecha marca un antes y un después en la historia, la economía y la política chinas. Como recoge la autora en sus páginas, siguiendo a Gates Hill, “las severas medidas políticas tras Tian’an Men fueron seguidas de una represión económica tan discreta como sorprendentemente eficiente dirigidas a afectar la acumulación de capital privado y reducir el consumo”. No obstante, las reformas económicas de Deng Xiaoping, que posibilitaron que China abandonase el retraso tercermundista de la era maoísta, se han traducido en Occidente en una nueva amnesia. Porque el elogiado líder chino fue, como reconocen los supervivientes del 4 de junio, un terrible dictador que no sólo permitió la masacre sino que, como su hija confesó a Ezra Vogel, biógrafo de Deng Xiaoping, jamás se arrepintió de la decisión. Para el presidente chino, los estudiantes siempre fueron “instigadores de una república burguesa absolutamente dependiente de Occidente”.

En 1990 se llevó a la gran pantalla la novela japonesa de Hideyuki Kikuchi, “Un viento llamado Amnesia”, en la que el gobierno había creado unas máquinas con las que controlar a los manifestantes, precisamente, en 1989. Poco después un misterioso viento había borrado los recuerdos de todos los seres humanos, sus nombres, sus trabajos, reduciendo la humanidad a un estado salvaje. Una amnesia que en China se ha producido en medio de la cobardía de una población que ha preferido un “pacto social” –como lo denomina John Pomfret, uno de los periodistas que ayudó a los disidentes a llegar a Hong Kong– que permite a una clase media vivir a costa del dolor y sufrimiento de una mucho más numerosa clase pobre que forma la mayor parte de la población, más allá del bienestar de Pekín, Shanghái o Cantón. Las protestas de Tian’an Men no fueron las primeras, pero sí es posible que sean las últimas. En 1979 el desconocido Movimiento del Muro Democrático se ganó la confianza de un Deng Xiaoping que visitaba entonces los Estados Unidos, pero las protestas fueron rápidamente controladas sin mayores incidentes. Menos suerte tuvieron los manifestantes del 18 de marzo de 1926 que, mientras protestaban contra los ataques japoneses, fueron fusilados en la misma Plaza de Tian’an Men por los soldados de su propio gobierno, causando 47 muertos y cientos de heridos. Lu Xun, el famoso literato chino, escribió para la ocasión unas palabras proféticas: “Esto no es la conclusión de un incidente, sino un nuevo principio”.

Las “Madres de Tian’an Men” han recordado recientemente que el actual presidente chino, Xi Jinping, está realizando “pasos agigantados retrocediendo hacia la ortodoxia maoísta” que llevó a China del aislacionismo a la ruina. Si ha de servir como indicador, el lema chino durante las Olimpiadas de 2008, “Un mundo, un sueño”, ha dado paso con el nuevo presidente al unívoco “Sueño chino” y a una economía artificialmente hinchada para satisfacer las demandas propagandísticas de este nuevo “Salto Adelante”.

El precio de la amnesia, decía Victor Hanson, es la pérdida de libertades y prosperidad. El nacionalismo chino ha manipulado sagazmente la historia haciendo olvidar a 1.400 millones de personas lo ocurrido hace tan sólo 26 años. Pregúntese el lector cuán difícil resultará hoy hacer lo mismo con seis millones sobre lo ocurrido hace tres siglos.