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El inquietante pseudo-intelectualismo de Xi Jinping

Incluso cuando alardea de su admiración por la literatura clásica,

Xi mantiene estrictos controles sobre los autores de China

ConfucianCommunism21 

Por David Volodzko

17 de julio de 2015


El día previo a la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno 2014 en Sochi, el presidente Xi ofreció una entrevista en la televisión rusa donde resaltó una de sus aficiones: leer.

“Leer se ha convertido en mi forma de vivir”, reflexionaba. “Leo a muchos escritores rusos, como Krylov, Pushkin, Gógol, Lermontov, Turguenev, Dostoievski, Nekrasov, Chernyshevski, Tolstoi, Chéjov, Sholojov; hay muchos capítulos y episodios maravillosos que recuerdo muy claramente”.

Al mes siguiente durante un discurso en París, Xi dijo:

Al leer a Montesquieu, Voltaire, Rousseau, Diderot, Saint-Simon, Fourier y Sartre, he profundizado en mi comprensión de cómo el progreso de la mente impulsa el progreso en la sociedad. Al leer a Montaigne, La Fontaine, Molière, Stendhal, Balzac, Hugo, Alexandre Dumas, George Sand, Flaubert, Alexandre Dumas hijo, Maupassant y Romain Rolland, he apreciado mejor la vida con todas sus alegrías y penas.

Cuatro meses después, el 9 de julio, el Secretario de Estado John Kerry visitaba Pekín, donde Xi dio un discurso y concluyó citando unas pocas líneas de un poema de la poetisa americana Marianne Moore.

Xi es claramente un hombre ilustrado, más meticulosamente entendido en literatura que muchos estudiantes de literatura que he conocido y probablemente está más familiarizado con las obras francesas, rusas o americanas que muchos ciudadanos franceses, rusos o americanos. Y lo hace sin dárselas demasiado. Hace dos meses, un doble del presidente Obama sorprendió a los cubanos al pedir un mojito en un bar local, pero cuando Xi visitó Cuba hizo exactamente eso y, mientras disfrutaba de su trago, citó sus pasajes favoritos de El viejo y el mar. Si te lo encontrases en un bar y no supieses quién es, probablemente lo encontrarías encantadoramente accesible e infinitamente fascinante.

Sin embargo, hay algo oscuramente erróneo en el agradable intelectualismo de Xi.

En un simposio en Pekín el pasado octubre, Xi dijo que “las buenas obras de arte deberían ser como la luz solar del cielo azul y la brisa en primavera que inspiran las mentes, calientan los corazones, cultivan el gusto y limpian estilos artísticos indeseables”.

Tendría que pensar que un hombre tan versado como Xi estaría familiarizado con la conocida observación de Louis Brandeis, Juez Asociado de la Corte Suprema, según la cual “se dice que la luz solar es el mejor de los desinfectantes”, especialmente porque el presidente Obama dio un discurso con ese mismo título en 2009. Al menos, quiero creer que incluso un pseudo-intelectual es capaz de entender que el arte no puede “inspirar mentes” o “cultivar gustos” mientras el estado lo esté usando para “limpiar estilos artísticos indeseables”.

Según una noticia, Xi también pidió “vívidas obras […] que digan a la gente […] qué debe ser elogiado y qué debe ser prohibido”. Es decir, obras que promuevan el patriotismo y “fomenten puntos de vista correctos sobre la historia, la nacionalidad y la cultura”. Uno casi se pregunta si no será una broma. Después de todo, la censura se ha intensificado en gran medida con Xi. ¿Cómo puede el vívido arte realmente existir si el arte se censura siempre que no alcanza a fomentar puntos de vista “correctos”? Xi también añadió que el objetivo del arte es el de “perseguir lo verdadero, lo bueno y lo bello” y que el arte verdadero debe “conmover a la gente, bautizar sus almas y permitirles descubrir la belleza en la naturaleza, la vida y sus mentes”.

¿Pero cómo persigue un artista chino la verdad cuando la censura es tan generalizada? ¿Cómo va a descubrir la belleza en la naturaleza cuando se silencian los intentos por proteger la naturaleza? ¿Y cómo puede buscar la belleza en su mente cuando la expresión de sus pensamientos está restringida?

“El arte chino sólo se desarrollará cuando hagamos que las cosas extranjeras sirvan a China”, añadió Xi, “y juntemos las artes chinas y occidentales comprendiéndolas”. En un discurso en París, Xi también comentó: “aprender la cultura francesa también me ha ayudado a apreciar mejor tanto la cultura china como la profunda naturaleza y rica diversidad de las civilizaciones humanas”.

El sentimiento es admirable, pero no veo indicación alguna de que las extensas lecturas de literatura occidental de Xi se hayan traducido en una comprensión real. Si Xi estuviese realmente familiarizado con el tema, sabría que el proyecto literario es incompatible con la censura. Sí, la censura existe en Occidente (el Index Librorum Prohibitorum de la Iglesia católica en un ejemplo notable), pero más que ayudar al arte a “desarrollarse más” ha sido siempre una plaga para el mismo. La sugerencia de que la literatura debe decir a la gente qué elogiar y qué prohibir, como si no fuera más que una cuestión de etiqueta de Emily Post expresada en verso, es absurda.

Quiero creer que Xi es sincero cuando alaba la literatura, ¿pero entiende realmente, como afirmó en Francia, “cómo el progreso de la mente impulsa el progreso en la sociedad”? Afirma haber leído también a George Bernard Shaw, cuyas obras incluyen esta línea (en el prólogo a La profesión de la Señora Warren): “la primera condición del progreso es la eliminación de la censura”.

O bien Xi no ha llegado a esta línea o simplemente no la entiende.