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La educación europea en el siglo XXI: el fracaso de Finlandia

 

 censorship

Cualquier persona que trabaje o esté en contacto con una escuela, un instituto o una universidad europea sabe perfectamente que el nivel educativo está en caída libre. Como si de una especie de competición se tratara, cada generación se define por tener unos conocimientos más ínfimos que los de la anterior. Pero esta bajada de nivel no sólo se percibe en el ámbito estrictamente académico, sino en la madurez y hasta en las más elementales normas de la educación.

A todo ello hay que añadir el escaso respeto tanto por la persona como por la labor del profesorado, quien, en especial en la última década, se ha visto obligado a soportar estoicamente tanto la insolencia del alumnado como, sobre todo, la de los padres, quienes de la noche a la mañana se han convertido en sus jueces más estrictos[1].  

La pedagogía moderna, impulsada por esa raza detestable de envenenadores sociales conocidos como psicopedagogos, tiene precisamente como principios fundamentales eliminar la autoridad y el poder del profesor en el aula a través de sus «revolucionarias» teorías educativas. Estas nuevas directrices pedagógicas sostienen que el proceso de aprendizaje no se tiene que producir con el viejo y caduco sistema jerárquico de profesor-alumno, donde existía una tarima, una distancia que se reflejaba en el hecho de que el profesor se ponía delante de los alumnos y dictaba la clase, mientras éstos tomaban apuntes, sino a través de la estimulación emocional del alumnado mediante juegos y trabajos en grupos (en los cuales se pretende suprimir la iniciativa individual). Asimismo, es decisivo permitir que la libertad creativa del alumno se desarrolle sin la injerencia inquisitorial del profesorado, quien aparece en esta teoría como un mero acompañante en el proceso educativo. A todas estas exigencias habría que sumar la necesidad imperiosa de eliminar el concepto totalitario e impositivo de los deberes, puesto que éstos impiden que los niños puedan pasar su tiempo libre jugando y divirtiéndose, disfrutando supuestamente de esta forma de su niñez y de su juventud.

Para defender la introducción y la eficacia de estas medidas educativas, los psicopedagogos suelen poner como ejemplo a imitar el modelo practicado en Finlandia. En efecto, todos los últimos informes PISA señalan que es precisamente en la patria de Papa Noel donde se halla implementado un sistema pedagógico con éxito como prueba el hecho de que los alumnos finlandeses obtienen siempre los mejores resultados escolares de todo el continente europeo.

El martes día 7 de julio de 2015, Thomas Sebastian Vitzthum, redactor de cuestiones políticas en el diario Die Welt, publicó un artículo titulado El milagro de PISA de Finlandia resulta ser un error, en el que indicaba que el modelo pedagógico de Finlandia constituía, en efecto, un éxito, mas que este éxito habría que achacárselo a toda una serie de motivos completamente diferentes a los presupuestos hasta ahora. Vitzthum sostenía que el sistema exaltado y calcado por casi todos los países europeos había demostrado ser un tremendo fraude y un fracaso estrepitoso.

A continuación se ofrecen traducidos algunos de los párrafos más significativos del mencionado artículo:

 “Si se comparan los resultados de Finlandia en los informes PISA de los años 2003 y 2012, se podrá observar que el país ha descendido en 25 puntos. Esto corresponde al éxito de aprendizaje de todo un año escolar”, dice Christine Sälzer, la coordinadora nacional de PISA de la TU München. Una imagen semejante se extrae de los resultados en matemáticas. Finlandia está todavía sobre la media de la OCDE, pero el descenso es significativo.

Gabriel Heller Sahlgren, de la London School of Economics, ha investigado la decadencia del milagro formativo finés. En abril de este año publicó sus resultados en el Centre for Policy Studies[2]. Sahlgren muestra que el sistema escolar finlandés se nutría, en el momento de su gran éxito en PISA, de unos frutos que se habían sembrado mucho tiempo atrás en condiciones completamente diferentes. Hoy el sistema aparece como aquél que se focaliza en los alumnos y que ve al profesor como un coordinador en el proceso de enseñanza. “La pedagogía en Finlandia piensa la escuela desde el punto de vista del niño”, se dice en la propaganda de los Verdes alemanes.

Pero la verdad es que este sistema se introdujo en los años 90. Hasta entonces, el principio decisivo era la enseñanza frontal con una fuerte posición autoritaria del profesor. “Históricamente, las escuelas finlandesas eran instituciones construidas de forma jerárquica que reflejaban una cultura de la obediencia y de la autoridad que la sociedad finlandesa ha considerado como decisiva durante mucho más tiempo que el resto de países del norte de Europa”, escribe Sahlgren.

Los profesores en Finlandia disfrutan en las encuestas todavía hoy de un gran reconocimiento por parte de la población. Ello radica también en el hecho de que sólo los mejores de una promoción pueden ser profesores. Al mismo tiempo, los estudios de los últimos decenios muestran que este reconocimiento no significa simpatía por los pedagogos. Muchísimos alumnos describen a sus profesores hasta bien entrados los noventa como inaccesibles y poco simpáticos. A principios del 2007 –en medio de la fase culminante de Finlandia en PISA– un informe de Unicef[3] informaba de que en ningún otro país del mundo iban los alumnos con tan pocas ganas a clase como en Finlandia. En ese momento no se dio ninguna explicación, puesto que entonces se podría desbaratar la imagen predominante.

Si, no obstante, se tiene en cuenta que este sistema y sus actuales formas de aprendizaje no tienen  que ver necesariamente con el clima escolar que surge a través de los decenios y del decisivo papel del profesor, el resultado aparece como plausible. Los alumnos perciben aparentemente todavía la escuela y al profesor como autoritarios y dominantes. Sólo con el cambio de siglo se modificó esta imagen, como prueban los estudios. Al mismo tiempo, el rendimiento de los alumnos disminuyó.

Ya en 1991, cuando se había eliminado más o menos el antiguo sistema escolar centralizado y organizado estatalmente, los alumnos de 14 años finlandeses superaban a sus compañeros de clase en todos los demás países en competencia lectora, según una investigación. Los mismos resultados se repitieron justamente nueve años más tarde, en el PISA 2000, en la misma disciplina. Por el contrario, en el PISA 2012 quedaron muy atrás en lectura. Por lo que se ve, en los últimos informes PISA aparecen las reformas que se introdujeron en los 90 y que no fueron en beneficio del rendimiento académico.

“En la investigación en el ámbito de la enseñanza, decimos que se necesitan como mínimo de 10 a 15 años para que los cambios sean visibles”, dice Sälzer. Los resultados eran repercusiones del antiguo sistema. No obstante, todos actúan como si en Finlandia no hubiera existido otro sistema educativo que el que se ve actualmente. Tras los éxitos a principios del milenio, el modelo finlandés ha despertado una gran atención en congresos, dice Sälzer. “Se iba en peregrinación a los ponentes finlandeses”. Los investigadores reaccionaron con incomprensión cuando de repente Finlandia reformó su sistema en apariencia tan excelente. “Se terminaron con los largos procesos de aprendizaje en común. Para los alumnos avanzados se crearon clases especiales”.

Los largos procesos de aprendizaje en común electrizaron también la política y la investigación en el ámbito educativo alemán. Se convirtió en el ideal que aparentemente garantizaba buenos rendimientos sin dividir a los alumnos en distintos sistemas escolares. En Finlandia los alumnos aprenden hasta los 15 años juntos. Después se decide si toman el camino académico o laboral. Las escuelas gozan de gran autonomía. De manera semejante se construyeron las escuelas integradas y las escuelas comunales. “Estas escuelas son el resultado de la experiencia finlandesa”, dice Sälzer.

También otros copiaron a Finlandia, como, por ejemplo, Suecia. “La experiencia sueca muestra lo peligroso que es extraer consecuencias causales y también mono-causales del éxito de PISA en otro país”, dice Sälzer. Suecia cree que la autonomía de las escuelas es un indicador decisivo de los sistemas educativos con éxito.

Desde entonces las escuelas suecas tienen que buscar activamente alumnos. La consecuencia fue que hubo una gran demanda en las buenas escuelas y las malas se han convertido aún en peores. Asimismo, se produjo una fuerte segregación social. El rendimiento de los suecos no mejoró, puesto que muchas escuelas se promocionaban otorgando muy buenas notas y diplomas. Esto impulsó inevitablemente la decadencia del nivel.

Una situación semejante es asimismo previsible en Alemania. Aquí son pocas las escuelas del mismo tipo que compiten entre ellas, pero la política fomenta la competencia entre el “Gymnasium” y la escuela secundaria. Ambas tienen que posibilitar la selectividad. Pero la escuela secundaria se promociona ofreciendo más diplomas, un año escolar adicional y, Finlandia manda saludos, un proceso de aprendizaje en común más largo.

El éxito finlandés en el primer decenio de PISA no es, sin embargo, una quimera. Es real. Tan real como el éxito de los países asiáticos. Pero éstos no eran dignos de ser imitados a causa de su sistema fundado en el adiestramiento y en la presión. También por este motivo fue Finlandia el país anhelado por los partidarios europeos de la educación. Mas los finlandeses y los asiáticos tienen o, mejor dicho, tenían mucho más en común de lo que se podría creer en un primer momento. Autoridad, presión y enseñanza frontal –la receta de China, Japón y Singapur– era en lo que los finlandeses, a cuyos [antiguos] profesores no jubilaron de repente, confiaban hasta el año 2000.

Pero sus admiradores no podían verlo a través de PISA, ya que para ello tendrían que haber mirado con más exactitud, tendrían que haber estudiado con más exactitud el carácter de los profesores y de los alumnos. De manera superficial, el sistema se presenta de forma completamente diferente: libre, anti-autoritario y orientado en grupos de trabajo. Los visitantes se dejaban mostrar un sistema escolar, cuyos efectos en el rendimiento incluso los propios finlandeses no podían todavía prever y ante los cuales hoy en día se horrorizan. Es posible que el orgullo nublara la capacidad crítica de los finlandeses del mismo modo que la admiración el juicio de sus visitantes.

¿Qué significa esto ahora? ¿Que hay que volver a la escuela autoritaria? ¿A los profesores que castigan? ¿Se ha de acabar con los trabajos en grupo y las escuelas comunitarias? Por supuesto, Finlandia no realizó las reformas, que significaban un abandono de su eficiente sistema escolar, para ser peores, sino para adaptarse a los tiempos, puesto que la educación escolar es también el espejo de las relaciones sociales.

En todas las encuestas, los padres dicen que para ellos no es tan importante el principio del rendimiento como la diversión en el proceso de aprendizaje. El ejemplo de Finlandia muestra que ambas cosas no funcionan: diversión en la escuela y alto rendimiento. En este sentido, puede ser que los alumnos de Finlandia sean peores, pero en cambio son más felices.



[1] Véase sobre la problemática de la educación actual, el estudio de César Guarde «¿Qué nos pueden enseñar los antiguos? Instrucción y conocimiento en la Grecia y China antiguas», Revista Internacional de Humanidades 2/2 (2013), págs. 73-88. En pdf se puede consultar en el siguiente enlace: http://coleccionderevistasdehumanidades.cgpublisher.com/product/pub.216/prod.45