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Geert Wilders: Discurso en Berlín sobre el Islam (3/10/2010)

"La islamización de Alemania es inevitable". 

 Geert-Wilders

El evento puede seguirse en los siguientes enlaces:

 

   

 

 

Queridos amigos,

 

Estoy muy contento de estar aquí hoy en Berlín. Como saben, la invitación de mi amigo René Stadtkewitz le ha costado su pertenencia al grupo CDU en el parlamento de Berlín. René, sin embargo, no se ha rendido a la presión. No ha traicionado sus convicciones. Su destitución ha llevado a René a crear su propio partido político. Y, René, te agradezco la invitación y te deseo todo lo mejor y mucho, mucho, mucho éxito con tu nuevo partido.

 

Amigos míos, como habrán podido quizá escuchar, he estado muy ocupado semanas atrás. A principios de esta semana conseguimos crear un gobierno en minoría de liberales y cristiano–demócratas que será apoyado por mi partido. Y éste es un acontecimiento histórico para los Países Bajos. Estoy muy orgulloso de haber podido contribuir un poco a ello.

 

En este preciso instante, el Partido Cristiano–Demócrata está decidiendo en un congreso si aprueba o no esta coalición. Y si lo hace, seremos capaces de reconstruir nuestro país, preservar nuestra identidad nacional y ofrecer a nuestros hijos un mejor futuro.

 

A pesar de lo llena que está mi agenda, tenía ganas sin embargo, de venir a Berlín, porque también Alemania necesita un movimiento político que defienda la identidad alemana y que se oponga a la islamización de Alemania. Su canciller Angela Merkel dice que la islamización de Alemania es inevitable. Ha llamado a los ciudadanos a adaptarse a los próximos cambios que se produzcan como resultado de la inmigración. Ella quiere que los alemanes se adapten a esta situación. Y la líder de la unión cristiano–demócrata dice –y cito-: “Más que nunca, las mezquitas serán parte integral de nuestras ciudades”. Fin de la cita.

 

Amigos míos, no queremos, no debemos aceptar lo inaceptable como inevitable sin intentar luchar contra la marea. Es nuestro deber como políticos preservar nuestras naciones para nuestros hijos. Espero que el nuevo movimiento de René tenga tanto éxito como mi propio Partij voor de Vrijheid, como el Schweizerische Volkspartei de Oskar Freysinger en Suiza, como el Dansk Folkeparti de Pia Kjaersgaard en Dinamarca y movimientos similares en otras partes.

 

Y mi buena amiga Pia Kjaersgaard habló recientemente en Suecia, invitada por el Sverigedemokraterna. Ella dijo: “No he venido a meterme en la política doméstica sueca porque esto es algo que concierne a los suecos. No -dijo-, he venido porque a pesar de ciertas diferencias, el debate sueco me recuerda en muchos aspectos al debate danés que tuvimos hace 10, 15 años. Y he venido a Suecia porque concierne también a Dinamarca. No podemos sentarnos cruzados de brazos y observar en silencio el desarrollo político de Suecia”.

 

Y lo mismo, exactamente lo mismo puede decirse de mí, como holandés, con respecto a Alemania. Estoy aquí hoy porque Alemania es importante para los Países Bajos y para el resto del mundo y porque no podemos fundar una “International Freedom Alliance” sin el fuerte aliado que es Alemania.

 

Queridos amigos, mañana es el día de la unificación alemana. Mañana hará exactamente veinte años que su gran nación fue reunificada tras el colapso de la ideología comunista totalitaria. El día de la unificación alemana es un día importante para toda Europa. Alemania es la mayor democracia de Europa. Alemania es el motor de la economía de Europa. El bienestar y la prosperidad de Alemania es un beneficio para todos nosotros, porque el bienestar y la prosperidad de Alemania son un requisito previo para el bienestar y la prosperidad de Europa.

 

Hoy estoy aquí, sin embargo, para avisarles de una amenazante escisión. La identidad nacional alemana, su democracia y su prosperidad económica están siendo amenazadas por la ideología política del Islam.

 

En 1848, Karl Marx comenzó su Manifiesto Comunista con las famosas palabras: “Un fantasma acecha a Europa –el fantasma del comunismo”. Pero hoy otro fantasma acecha Europa. Es el fantasma del Islam. Y este peligro es también hoy político. El Islam no es simplemente una religión, como mucha gente cree: el Islam es, ante todo, una peligrosa ideología política.

 

Esto no es nuevo.

 

Cito del libro best-seller y de la serie de televisión de la BBC, “The Triumph of the West”, del famoso historiador de Oxford, J.M. Roberts, quien escribió en 1985: “Aunque hablamos descuidadamente del Islam como una ‘religión’, esta palabra lleva consigo matices ligados a la historia de la Europa occidental. El musulmán es, ante todo, un miembro de una comunidad, el discípulo de un determinado modo de vida, un partidario de un sistema legal, antes que alguien que mantiene una cierta visión teológica”. – Final de la cita.

 

El profesor flamenco Urbain Vermeulen, ex–presidente de la Unión Europea de Arabistas e Islamistas, también señala que “el Islam es principalmente un sistema legal, una ley, antes que una religión”.

 

Y el americano politólogo Mark Alexander escribe que “uno de nuestros mayores errores es considerar al Islam únicamente como otra más de las grandes religiones del mundo. No deberíamos. El Islam es política -dijo- o no es nada de nada, pero, por supuesto, es política dotada de una dimensión espiritual que no se detendrá ante nada hasta que Occidente deje de ser, hasta que Occidente haya sido completa y realmente islamizado”. Y tiene razón.

 

Éstas no son sólo declaraciones de oponentes del Islam. Los pensadores islámicos dicen y creen lo mismo. No hay duda alguna en lo que respecta a la naturaleza del Islam para aquellos que han leído el Corán, la Sira o la Hadiz. Abul Ala Maududi, el influyente pensados islámico paquistaní del s. XX, escribió que –y cito, enfatizando que éstas no son mis palabras, sino las de un destacado estudioso del Islam: “El Islam no es simplemente un credo religioso, sino una ideología revolucionaria y la jihad apela a esta lucha revolucionaria para destruir todos los estados y gobiernos en cualquier parte de la tierra que se opongan a la ideología y programa del Islam”.

 

Ali Sina, apóstata islámico iraní que vive ahora en Canadá, señala que hay una regla de oro, una regla de oro que subyace en el corazón de toda religión – que no hay que hacer a los otros lo que no queremos que nos hagan a nosotros. En el Islam, esta regla se aplica por desgracia únicamente a los compañeros de credo, pero no a los infieles. Ali Sina dice -y cito-: “La razón por la que estoy en contra del Islam no es porque sea una religión, sino porque es una ideología política del imperialismo y la dominación disfrazada de religión. Dado que el Islam no sigue la regla de oro, atrae a gente violenta”.

 

Un estudio imparcial de los orígenes de la historia islámica revela claramente que el objetivo de Mahoma era, en primer lugar, conquistar a su propia gente, los árabes, y unificarlos bajo su mandato y después conquistar y dominar el mundo. Éste era el motivo principal; era obviamente político y estaba respaldado por el poder militar. “Fui ordenado a luchar contra todos los hombres hasta que dijeran ‘No hay Dios salvo Alá’”, dijo Mahoma en su última arenga. Hizo esto según la orden coránica de la sura 8:39: “Lucha contra ellos, hasta que no haya ningún infiel más y crean todos en Alá”.

 

Según la mitología, Mahoma fundó el Islam en la Meca tras haber sido visitado por primera vez por el ángel Gabriel en el año 610. Los doce primeros años del Islam, cuando el Islam era más bien religioso que político, fueron un fracaso. En el 622, Mahoma emigró a Yathrib, un oasis mayoritariamente judío, con su pequeña banda de 150 seguidores. Allí fundó la primera mezquita de la historia, tomó el poder político, dio a Yathrib el nombre de Medina, que significa la “Ciudad del Profeta”, y comenzó su carrera como líder militar y político que conquistaría toda Arabia. Y, significativamente, el calendario islámico comienza con la hijra, la migración a Medina – el momento en el que el Islam se convirtió en un movimiento político.

 

Y tras la muerte de Mahoma, basándose en sus palabras y gestas, el Islam desarrolló la Sharia, un elaborado sistema legal que legitimaba el dominio represivo por derecho divino –incluyendo normas para la jihad y para el control absoluto de creyentes e infieles. La Sharia, como saben, es la ley de Arabia Saudí, de Irán y de otros estados islámicos. Es también muy importante para la Organización de la Conferencia Islámica, en cuyo artículo 24 de la Declaración de El Cairo de los Derechos Humanos en el Islam, la cual todavía es vigente, proclama que “todos los derechos y libertades están sujetos a la Sharia islámica”. La OCI no es una institución religiosa; es un cuerpo político. Constituye el más extenso bloque de votantes de las Naciones Unidas y redacta informes sobre la denominada “islamofobia” en los países occidentales, en los que se nos acusa de violar los derechos humanos. Hablando en términos bíblicos: Miran la mota en nuestros ojos, pero niegan la viga en los suyos.

 

Bajo la ley de la Sharia, la gente de los territorios conquistados carece de cualquier garantía de derechos legales, ni siquiera del derecho a la vida o a la propiedad, salvo que se conviertan al Islam.

 

Antes de continuar -y para evitar cualquier malentendido- quiero enfatizar que estoy hablando del Islam, no de los musulmanes. Siempre hago una clara distinción entre la gente y la ideología, entre musulmanes e Islam. Hay muchos musulmanes moderados, pero la ideología política del Islam no es moderada, ni lo será nunca y tiene por desgracia ambiciones globales. Tiene la intención de imponer la ley islámica o Sharia en todo el mundo. Y esto se tiene que llevar a cabo a través de la jihad. La buena noticia es que millones de musulmanes en todo el mundo –incluyendo muchos en Alemania y en los Países Bajos– no siguen las directivas de la Sharia, menos aún toman parte en la jihad. Pero las malas noticias son que, sin embargo, aquellos que sí lo están, están preparados para usar todos los medios necesarios con tal de alcanzar su meta ideológica, revolucionaria.

 

En 1954 escribió el británico-americano publicista e historiador, el profesor Bernard Lewis, en su ensayo Comunismo e Islam sobre el “Totalitarismo de la tradición política islámica”. El profesor Lewis dijo que “la división tradicional islámica del mundo entre la Casa del Islam y la Casa de la Guerra mantiene obvios paralelismos con la visión comunista del mundo. El agresivo fanatismo del creyente es el mismo”, dijo el profesor Lewis.

 

Y el politólogo americano Mark Alexander afirma que la naturaleza del Islam difiere muy poco –y antes en sus detalles que en su estilo– de ideologías políticas tan despreciables y totalitarias como el nacionalsocialismo y el comunismo. Ofrece la siguiente lista de características comunes de estas tres ideologías: comunismo, nacionalsocialismo y el Islam.

 

En primer lugar: Hacen uso de purgas políticas para “limpiar” la sociedad de lo que consideran no deseable.

 

En segundo lugar: Permiten solamente un único partido político. Allí donde el Islam permite más partidos, insiste en que todos los partidos sean islámicos.

 

En tercer lugar: Coaccionan al pueblo a seguir el camino que según ellos tienen que seguir.

 

En cuarto lugar: Eliminan la distinción liberal entre el ámbito de la libertad individual y el del control público.

 

En quinto lugar: Convierten el sistema educativo en un aparato para sus propósitos de adoctrinamiento universal.

 

En sexto lugar: Dictan normas para el arte, la literatura, la ciencia y la religión.

 

En séptimo lugar: Los tres someten a hombres, a los cuales dan un status de segunda clase.

 

En octavo lugar: Promueven un estado anímico semejante al fanatismo. La adaptación se lleva a cabo a través de la lucha y la dominación;

 

En noveno lugar: Son precipitados frente a sus enemigos y observan toda concesión por su parte como un recurso temporal, mientras que consideran la del rival como un signo de debilidad

 

En décimo lugar: Entienden la política como una expresión de poder;

 

Y, por último: Son antisemitas

 

Hay un paralelismo más sorprendente, pero éste no es característico de las tres ideologías políticas, sino de una occidental. Es la aparente incapacidad de Occidente de reconocer el peligro. El requisito previo para entender el peligro político es la disposición para ver la verdad, incluso cuando la verdad sea desagradable. Desafortunadamente, los políticos occidentales modernos parecen haber perdido esta capacidad.

 

Nuestra incapacidad nos conduce a rechazar las conclusiones lógicas e históricas que deberían extraerse de los hechos, a pesar de que podríamos y deberíamos saberlo mucho mejor. ¿Cuál es el problema del hombre occidental moderno que comete una y otra vez el mismo error?

 

No hay mejor lugar para considerar esta cuestión que aquí, en Berlín, la antigua capital del imperio del mal de la Alemania Nazi y una ciudad capturada por la denominada República “Democrática” Alemana, durante más de 40 años.

 

Cuando los ciudadanos de Europa del Este rechazaron el comunismo en 1989, se inspiraron en disidentes como Aleksandr Solzhenitsyn, Václav Havel, Vladimir Bukovsky y muchos otros, quienes les dijeron que la gente tenía el derecho, pero también la obligación, “de vivir en la verdad”. Y la libertad, queridos amigos, la libertad requiere una constante vigilancia. Y lo mismo vale también para la verdad. Solzhenitsyn añadió, sin embargo, -y cito- que “la verdad es rara vez dulce; es prácticamente siempre amarga”.

 

Afrontemos juntos la amarga realidad: hemos perdido nuestra capacidad de reconocer el peligro y entender la verdad porque ya no valoramos la libertad.

 

Políticos de casi todos los partidos establecidos promueven hoy la islamización. Celebran cada nueva escuela islámica, banco islámico o cada nueva corte islámica. Consideran el Islam idéntico a nuestra propia cultura. ¿Islam o libertad? Para ellos no significa realmente nada. Pero para nosotros sí que significa algo. Todo el establishment, la élite –universidades, iglesias, sindicatos, los medios, políticos– están poniendo en riesgo esas tan duramente conseguidas libertades. Hablan de igualdad, pero sorprendentemente no alcanzan a ver que en el Islam las mujeres tienen menos derechos que los hombres y los infieles menos derechos que los seguidores del Islam.

 

¿Estamos a punto de repetir el error fatal de la República de Weimar? ¿Estamos sucumbiendo al Islam porque nuestro compromiso con la libertad ha muerto ya? No, esto no ocurrirá de ninguna manera. No somos como Frau Merkel. No aceptamos la islamización. Tenemos que preservar nuestra libertad. Y allí donde ya la hemos perdido, debemos recuperarla en nuestras elecciones democráticas. Por ello mismo, precisamente por ello mismo necesitamos nuevos partidos políticos que defiendan la libertad. Partidos, partidos como el de René, pero también para apoyar a tales partidos hemos fundado la International Freedom Alliance.

 

Como ya saben, estoy pendiente de juicio en los Países Bajos. El lunes, en dos días, tendré que ir a la corte una vez más y estaré allí la mayor parte del próximo mes. Y este juicio es por mi opinión sobre el Islam y porque he expresado esta opinión en discursos, artículos y en mi película documental “Fitna”. Yo mismo vivo bajo permanente protección policial porque los extremistas islámicos quieren asesinarme, pero yo soy el que está acusado porque el establishment holandés –la mayor parte de la cual está formada por no musulmanes– quiere silenciarme.

 

Me han arrastrado a la corte porque en mi país la libertad no puede ya ser disfrutada en su totalidad. A diferencia de América, no tenemos una Primera Enmienda que garantice a la gente la libertad de expresión y les posibilite fomentar el debate público con su opinión. A diferencia de América, los Estados nacionales -y progresivamente la Unión Europea como tal- prescriben cómo los ciudadanos -incluyendo políticos elegidos democráticamente como yo- deben pensar y qué les está permitido decir.

 

Una de las cosas que no se nos permite decir ya es que nuestra cultura es superior a otras determinadas culturas.

 

Decir esto, sólo esto, es visto como una afirmación discriminatoria –incluso una afirmación de odio. Y se nos adoctrina diariamente en las escuelas y a través de los medios con el mensaje de que todas las culturas son iguales y que, si una cultura es peor que el resto, ésta es la nuestra. Se nos inunda con una marea de sentimientos de culpa y de vergüenza sobre nuestra propia identidad y aquello que nos representa. Se nos exhorta a respetar a todos y a todo, salvo a nosotros mismos. Ése es el mensaje de lo políticamente correcto, de la izquierda y del Establishment dirigente. Quieren que nos sintamos avergonzados de nuestra propia identidad hasta tal punto que rechacemos luchar por ella.

 

La obsesión enfermiza de nuestras élites culturales y políticas con la culpa occidental refuerza la visión que el Islam tiene de nosotros. El Corán designa a los no musulmanes como kuffar, que significa literalmente “rebeldes” o “ingratos”. Por consiguiente, los infieles son “culpables”.

 

El Islam enseña que en nuestro estado natural hemos nacido como creyentes. El Islam enseña que si no somos creyentes hoy es culpa nuestra o de nuestros antepasados. Por consiguiente, siempre seremos kafir –culpables– porque, ora nosotros, ora nuestros antepasados, son apóstatas. Y por ello, según algunos, merecemos ser subyugados.

 

Nuestros intelectuales de la izquierda y de lo políticamente correcto de hoy en día están ciegos frente al peligro del Islam. El antiguo disidente soviético Vladimir Bukovsky mantiene que tras la caída del comunismo, Occidente fracasó al no denunciar a aquellos que habían colaborado con los comunistas, al aplicarles políticas de distensión para reducir la tensión internacional y favorecer la coexistencia pacífica. Señala que la Guerra Fría fue “una guerra que nunca ganamos. Nunca luchamos en ella. La mayor parte del tiempo Occidente estaba ocupado en políticas de apaciguamiento para con el bloque soviético – y los apaciguadores no ganan guerras”.

 

Queridos amigos, el Islam es el comunismo del presente. Pero, a causa de nuestro fracaso a la hora de ajustar cuentas con el comunismo, no somos capaces de enfrentarnos a él, atrapados como estamos en el antiguo hábito comunista del engaño y del eufemismo que antaño acecharon a los países del Este y que ahora nos acecha a todos nosotros.

 

Así como antes se presentaban ciegos ante el comunismo, ahora cierran los ojos los de lo políticamente correcto y los izquierdistas por su fracaso ante el Islam. Y ellos, ellos se sirven exactamente de los mismos argumentos en favor de la distensión, de la mejora de relaciones y del apaciguamiento que se usaron antes. Afirman que nuestro enemigo ama tanto la paz como nosotros, que si nos encontrásemos en una situación semejante haríamos lo mismo, que sólo pide respeto y que si lo respetamos él nos respetará a nosotros. Incluso oímos la repetición del viejo mantra moral de la igualdad. Solían afirmar que el “imperialismo” occidental era tan malo como el imperialismo soviético; ahora afirman que el “imperialismo” occidental es tan malo como el terrorismo islámico.

 

En mi discurso en la Zona Cero, en Nueva York, hace unas semanas, el 11 de septiembre, enfaticé que debemos detener el juego de “culpar a Occidente, culpar a América” que los portavoces islámicos juegan con nosotros. Y debemos dejar de jugar a este juego entre nosotros. Y para ustedes, queridos amigos, para ustedes, tengo el mismo mensaje. Es un insulto decirnos que somos culpables y que nos merecemos lo que nos está pasando. No merecemos volvernos extranjeros en nuestra propia tierra. No debemos aceptar tales insultos. En primer lugar, la civilización occidental es la más libre y la más próspera de la tierra y esto es por lo que muchos inmigrantes vienen con tanto placer aquí. En segundo lugar, no existe algo así como la culpa colectiva. Los individuos libres son agentes morales libres responsables únicamente de sus propios actos.

 

Estoy muy contento de estar aquí hoy en Berlín para dar este mensaje que es de extrema importancia, especialmente en Alemania. Sea lo que sea que ocurriese en su país en el pasado, la generación actual no es responsable de ello. Sea lo que sea lo que ocurriese en el pasado, no es excusa para castigar hoy a los alemanes.

 

Pero tampoco es excusa para que rechacen luchar por su propia identidad. Su única responsabilidad es evitar los errores del pasado. Es su deber permanecer junto a aquellos amenazados por la ideología del Islam, como el estado de Israel y sus compatriotas judíos. La República de Weimar rechazó luchar por la libertad y fue invadida por una ideología totalitaria con catastróficas consecuencias para Alemania, para el resto de Europa y para el mundo. No desperdicien, por favor, la oportunidad de luchar hoy por su libertad.

 

Estoy contento de estar entre ustedes hoy porque parece que, veinte años después de la reunificación alemana, una nueva generación no se siente ya culpable de ser alemana. El actual y tan intenso debate sobre el reciente libro de Thilo Sarrazin es una prueba del hecho de que Alemania se está reconciliando consigo misma.

 

No he leído todavía el libro del Dr. Sarrazin, pero comprendo que mientras la élite políticamente correcta se muestra casi unánimemente crítica con su tesis y solicitaron su dimisión como banquero del Banco Central Alemán, la gran mayoría de los alemanes reconoce que el Dr. Sarrazin trata cuestiones importantes y apremiantes. “Alemania se está anulando a sí misma”, avisa Sarrazin y llama a los alemanes a detener este proceso. Y el enorme impacto de su libro indica que muchos alemanes lo ven precisamente así. Los alemanes no quieren ver a Alemania anulada, a pesar de todo el adoctrinamiento político al que se han visto sometidos los alemanes. Alemania ya no se avergüenza al reafirmar su orgullo nacional.

 

En estos tiempos difíciles, cuando nuestra identidad nacional está siendo amenazada, debemos dejar de sentirnos culpables por ser quienes somos. No somos “kafir”, nos somos culpables.

 

De la misma forma que demás pueblos, los alemanes tienen también el derecho a seguir siendo lo que son. Los alemanes no deben volverse ni franceses, ni holandeses, ni americanos, ni turcos. Deben seguir siendo alemanes. Cuando el primer ministro turco Erdogan visitó su país en 2008 dijo claramente a los turcos que vivían aquí que tenían que seguir siendo turcos. Dijo literalmente que “la asimilación es un crimen contra la humanidad”. Erdogan tendría quizás razón si se hubiese dirigido a los turcos en Turquía. Pero, sin embargo, Alemania es tierra de alemanes. Y, por consiguiente, los alemanes tienen derecho a exigir a aquellos que vienen a vivir a Alemania que se asimilen; tienen derecho –no, tienen el deber para con sus hijos– de exigir a los recién llegados un respeto absoluto por la identidad nacional de Alemania y su derecho a preservar su identidad.

 

Debemos tener presente que el Islam se expande en dos sentidos. Dado que no es una religión, la conversión es sólo un fenómeno marginal. Históricamente el Islam se expande, ya sea por conquista militar, ya sea usando el arma de la hijra, la inmigración. Mahoma conquistó Medina a través de la inmigración. Hijra es también lo que estamos experimentando hoy. La islamización de Europa avanza continuamente hacia adelante. Pero Occidente, nuestro Occidente, carece de estrategia alguna con la que enfrentarse a la ideología islámica, porque nuestras élites nos dicen que debemos adaptarnos a ellos, en lugar de ser al revés.

 

En lo que a esto respecta, podemos aprender algo de América, la nación más libre de la tierra. Los americanos están orgullosos de su nación, de sus logros y de su bandera. Nosotros también deberíamos estar orgullosos de nuestra nación. Los Estados Unidos han sido siempre una nación de inmigrantes. El presidente Theodore Roosevelt tenía una idea muy clara sobre los deberes de los inmigrantes. He aquí lo que el presidente Roosevelt dijo –y cito: “Debemos insistir en que el inmigrante que viene aquí de buena fe se convierta en americano y se asimile; será tratado exactamente igual que cualquier otra persona. Pero esto se dice en virtud de que este hombre se haya convertido de hecho en americano y en nada más que en americano. No pueden haber aquí afiliaciones divididas. Tenemos espacio para sólo una única lealtad y ésa es la lealtad al pueblo americano”. – Fin de la cita.

 

No es asunto mío definir en qué consiste la identidad nacional de Alemania. Esto es cosa de ustedes. Sé, sin embargo, que la cultura alemana, como la de sus países vecinos, como la de mi propio país, está arraigada en valores judeo–cristianos y humanistas y no en el Islam. Cada político responsable tiene la obligación política de preservar estos valores frente a ideologías que precisamente los amenazan. Una Alemania llena de mezquitas y mujeres con velo no es ya la Alemania, amigos míos, no es ya la Alemania de Goethe, Schiller y Heine, Bach y Mendelssohn. Sería una pérdida para todos nosotros. Es importante que ustedes como nación guarden y conserven sus raíces. De lo contrario, no serán capaces de conservar su identidad, serán eliminados como pueblo y perderán su libertad. Y el resto de Europa perdería su libertad con ustedes.

 

Amigos míos, cuando Ronald Reagan vino a un Berlín dividido hace 23 años, pronunció las históricas palabras – no muy lejos de aquí, ante la puerta de Brandenburgo- al secretario general soviético: “Señor Gorbachov, ¡eche abajo este muro!”. El presidente Reagan no era un apaciguador, sino un hombre que decía la verdad porque amaba la libertad. Hoy, nosotros también debemos tirar abajo un muro. No es un muro de cemento, sino de negación y suplantación de la verdadera naturaleza del Islam. La International Freedom Alliance busca coordinar estos necesarios esfuerzos.

 

Y porque decimos la verdad, porque decimos la verdad, los votantes le han dado a mi partido, el Partij voor de Vrijheid y a otros partidos, como el Dansk Folkeparti y el Schweizerische Volkspartei, la capacidad de influir en el proceso de las decisiones políticas. Ya sea en la oposición o a través del apoyo a un gobierno en minoría –como desearíamos hacer en el futuro en Los Países Bajos. El presidente Reagan mostró que, diciendo la verdad, puede cambiarse el curso de la historia. Mostró que no hay razón para la desesperación. ¡Nunca!

 

Amigos míos, cumplan con su deber. No tengan miedo. Digan la verdad. Defiendan la Libertad. Juntos podemos preservar la libertad, deberíamos preservar la libertad y, amigos míos, ¡preservaremos la libertad!

 

Gracias.

 

- Traducción de César Guarde