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mohammed bomb

¿Guerra contra la civilización?

 

 

Las recientes destrucciones de legados de la antigüedad asiria en Irak[1] por parte del Estado Islámico y el anuncio de querer hacer lo propio con las pirámides egipcias bajo la excusa de que se trata de un deber religioso a cumplir[2] han provocado la indignación internacional,  que en su gran mayoría sigue, no obstante, sin querer relacionar estas acciones con el islam. Sin embargo, como decía Santo Tomás de Aquino, la realidad es la que es, no la que nosotros, como sujetos, nos imaginamos o deseamos que sea.

De ahí que sea absurdo calificar estos actos de “nihilismo motivado religiosamente” o de “sectarismo medieval” (los cristianos, a pesar de su fundamentalismo, en sus dos mil años de existencia todavía no se han dedicado a destruir obras de arte de otras culturas o religiones a gran escala como los musulmanes), ni calificar a sus perpetradores de “fanáticos” o “bárbaros”[3]. Asimismo, resultan infantiles las palabras sin consecuencias fácticas de Irina Bokova, la secretaria general de la UNESCO, según la cual “la destrucción deliberada de la herencia cultural constituye un crimen de guerra”[4].

 Toda esta serie de ataques a obras de arte de la Antigüedad constituye, más bien, la consecuencia lógica de una religión que tiene sus fundamentos en los salvajes prejuicios de árabes nómadas del siglo VII.

El análisis detallado del famoso vídeo de los musulmanes destruyendo estatuas en el museo de Mosul[5] muestra que sus acciones son perfectamente coherentes con su religión y que, en ningún momento, la están malinterpretando[6]. Así, en primer lugar, se escucha de fondo unos cánticos coránicos. Estos cánticos corresponden al Sura 21 y, más en concreto, a las aleyas 50 y ss., en el que se describe cómo Abrahán destruyó los ídolos que su pueblo adoraba (21,58) con el fin de que se dirigiera a su verdadero dios, el “soberano de los cielos y de la tierra” (21,56). Acto seguido, un musulmán recuerda el origen pre-islámico e “idólatra” de los restos arqueológicos que están haciendo pedazos y justifica esta acción poniéndola en conexión con las enseñanzas y la vida del Profeta Mahoma, quien “con sus excelsas y nobles manos eliminó y destruyó los ídolos cuando conquistó la Meca”. Y, en efecto, así fue.

En la biografía más famosa y autorizada de Mahoma se recoge, citando testimonios de la época, cómo el Profeta, después de conquistar la Meca y obtener la llave de la Kaaba, la construcción con forma de cubo negra que posteriormente se convertiría en lugar sagrado y de peregrinación religiosa más importante del islam (cfr. Sura 5,97), observó en su interior una paloma hecha de madera que destruyó con sus propias manos. Asimismo, encontró 360 ídolos, ante los cuales se colocó con un palo en la mano diciendo: “La verdad ha llegado y la mentira ha muerto; en verdad, la mentira deberá morir” (cfr. Sura 17,82). Luego, señaló con su palo a los ídolos, provocando que éstos cayeran al suelo. “Entonces, el apóstol rezó su oración del mediodía en el día de la conquista y ordenó que todos los ídolos que se encontraban en Kaaba fueran quemados y destruidos. Fadala b. al-Mulawwih al-Laythi dijo conmemorando el día de la conquista:

¿Has visto a Mahoma y a sus tropas

El día en el que los ídolos fueron destruidos cuando él entró?

Deberías haber visto la luz de Dios hecha manifiesta

Y la oscuridad cubriendo la cara de la idolatría”.[7]

De la misma manera que en los vídeos del Estado Islámico en el que se observan cómo decapitan o queman a personas, sus acciones contra el arte y la cultura pre-islámica constituyen actos coherentes tanto con el Corán como con la vida misma del Profeta que, como ya se ha indicado en otra ocasión, constituye el hombre perfecto por excelencia, al cual todo buen musulmán debe imitar.

El Estado Islámico no es, por consiguiente, una desviación, sino la consecuencia lógica de una ideología profundamente anti-humanista y enemiga acérrima de cualquier atisbo de civilización que desde sus inicios ha manifestado de manera diáfana su carácter intolerante, fanático y destructor y cuya única y exclusiva finalidad consiste en la aniquilación de toda libertad humana en nombre de la obediencia y de la sumisión a un dios cruel, envidioso, resentido y vengativo.

Esta ideología tiene un nombre bien claro: islam. Por lo tanto, no hay nada más erróneo y fuera de lugar que exigir la destrucción del Estado Islámico, mientras se afirma que este movimiento no tiene nada que ver con el islam o se sostiene que es una mala interpretación, pretendiendo con ello omitir la complicidad y la responsabilidad de todos los denominados musulmanes “pacíficos y moderados”.

No, no es el Estado Islámico el que está decapitando a cristianos e “infieles” en números récords por toda Siria e Irak, ni es el Estado Islámico el que está quemando a personas o el que está destruyendo los restos de culturas mesopotámicas de más de 5.000 años de antigüedad, sino que es la doctrina política y religiosa creada por Mahoma en el siglo VII en los desiertos de Arabia. Por consiguiente, si realmente se quiere acabar con estos “actos de barbarie” la única solución racional constituye la eliminación definitiva de cualquier resto del islam, empezando por el Corán y acabando por sus adeptos.



[1] Un listado de lo que hasta el momento se sabe que han destruido los musulmanes, se puede ver aquí: http://www.libertaddigital.com/internacional/oriente-medio/2015-03-08/estado-islamico-saquea-y-destruye-ahora-la-ciudad-de-dur-sharrukin-1276542592/

[3] Véase, por ejemplo, el editorial del WSJ “War on Civilization” del 9 de marzo de 2015, pág. 14.

[5] Con subtítulos, se puede ver aquí: https://www.youtube.com/watch?v=p8_XJ4cfsb4

[6] Aquí seguimos a David Pinault, “The Allure of the Islamic State Vandals”, WSJ, 9 de marzo de 2015, pág. 15.

[7] The Life of Muhammad. A Translation of Ishaq’s Sirat Rasul Allah, with introduction and notes by A. Guillaume, Oxford, Oxford University Press, 2004, pág. 552.