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El fin de la economía China

 

Que la economía china tiene los días contados es algo que sabe cualquiera con unos mínimos conocimientos de economía. Asimismo, los más de dos milenios de historia de la humanidad que llevamos encima han demostrado que allí donde se ha instaurado la “comuna”, no ha habido más que miseria, sufrimiento y pobreza. El comunismo ama tanto a los pobres que los multiplica. Y es que como bien señaló von Mises, una economía socialista sólo puede subsistir chupando (sponging) de una economía capitalista. Esto supo verlo perfectamente Deng Xiaoping en la década de 1980 cuando, con la intención de salvar la decadente China que le había dejado Mao, propuso su conocido “un país, dos sistemas”, estratagema político-económica que no buscaba sino mantener el régimen comunista, mientras robaba de los productivos bolsillos de la excolonia británica.

Tanto en el extranjero, como especialmente en nuestro país, no han sido pocos los que han recibido con júbilo y excitación casi nerviosa la noticia de que China supera a EEUU como mayor economía mundial. Entre los muchos ejemplos podemos encontrar el pacto de cooperación con el Partido Comunista Chino firmado por la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, los delirios de Luis Torras o los más recientes disparates de César Vidal. Todo ello contrasta con la más realista visión que los verdaderos economistas tienen no ya de China, sino de los procesos científicos que rigen los ciclos y las leyes económicas y que tan sólo pueden conducir a un único escenario definitivo: al igual que cualquier país comunista –Unión Soviética, República Democrática Alemana, Cuba, Corea del Norte, Venezuela, Laos o Vietnam– China tiene sus días de “prosperidad” contados.

De entre los numerosos medios internacionales que han sabido comprender esta realidad –The National Interest, Bloomberg Business y The Washington Post–, presentamos aquí un imprescindible artículo publicado por David Shambaugh, profesor de ciencia política en la Universidad George Washington y experto en política china contemporánea, en The Wall Street Journal, en el cual se retrata a la perfección el decisivo momento en el que se encuentra China, tanto a nivel económico como, especialmente, político.

 

La inminente crisis China

 

El final del gobierno comunista en China ha comenzado y las implacables medidas de Xi Jinping tan sólo van a acercar más al país a su punto de quiebra.

 

Por David Shambaugh

6 de marzo de 2015

 

El jueves, el Congreso Nacional Popular se reunió en Pekín en lo que se ha convertido en un ritual familiar anual. Unos tres mil delegados “electos” de diferentes partes del país –desde minorías étnicas extravagantemente ataviadas hasta multimillonarios urbanos– se reunirán durante una semana para discutir el estado de la nación e involucrarse en un simulacro de participación política.

Algunos ven este impresionante encuentro como un signo de la fuerza del sistema político chino, pero enmascara serias debilidades. La política china siempre ha tenido una vertiente teatral, con eventos manipulados como el congreso con la intención de proyectar el poder y estabilidad del Partido Comunismo Chino o PCC. Tanto los oficiales como los ciudadanos saben que deben amoldarse a estos rituales, participando alegremente y repitiendo como loros las consignas oficiales. Este comportamiento es conocido en chino como biaotai, “declarar la posición [ideológica]”, pero es poco más que un acto de conformidad simbólica.

A pesar de las apariencias, el sistema político de China está demasiado fracturado y nadie lo sabe mejor que el propio Partido Comunista. El hombre fuerte y líder de China, Xi Jinping, espera que una redada contra los disidentes y corruptos saque a flote el gobierno del partido. Está decidido a no convertirse en el Mijaíl Gorbachov de China, presidiendo el colapso del partido. Pero en lugar de ser la antítesis del Sr. Gorbachov, el Sr. Xi puede que termine teniendo el mismo efecto. Su despotismo está estresando severamente el sistema y la sociedad de China y acercándolo más a un punto de quiebra.

 

Predecir el fallecimiento de regímenes autoritarios es algo arriesgado. Pocos expertos occidentales pronosticaron el colapso de la Unión Soviética antes de que ocurriera en 1991: a la CIA se le pasó totalmente por alto. La caída de los estados comunistas de Europa del Este dos años antes fue desdeñada como una ilusión de los anticomunistas, hasta que ocurrió. Las “revoluciones de colores” post-soviéticas en Georgia, Ucrania y Kirgistán de 2003 a 2005, al igual que los levantamientos de la Primavera Árabe de 2011, todas estallaron inesperadamente.

Los observadores de China han estado en alerta máxima a la espera de signos delatores de la caída y decadencia del régimen ya desde la experiencia de muerte cercana del régimen en la Plaza de Tiananmen en 1989. Desde entonces, numerosos sinólogos expertos han arriesgado su reputación profesional afirmando que el colapso del gobierno del PCC era inevitable. Otros han sido más precavidos, entre ellos yo mismo. Pero los tiempos cambian en China y así debe hacerlo nuestro análisis.

El final del gobierno comunista chino ha comenzado ahora, creo, y ha progresado más de lo que muchos piensan. No sabemos, por supuesto, cómo será el camino desde ahora hasta el final. Será probablemente muy inestable e inquieto. Pero hasta que el sistema comience a aclararse de alguna forma más obvia, aquellos dentro del mismo le seguirán el juego, contribuyendo así a la fachada de estabilidad.

El gobierno comunista en China es improbable que acabe tranquilamente. Un único suceso es improbable que desate una pacífica implosión del régimen. Su fallecimiento será probablemente alargado, desorganizado y violento. No descartaría la posibilidad de que el Sr. Xi fuese derrocado en una lucha por el poder o un golpe de estado. Con su agresiva campaña anticorrupción –uno de los puntos principales del Congreso Nacional Popular de esta semana– se le está yendo una buena mano y agravando profundamente a sus principales electores de partido, estado, militares y comerciales.

Los chinos tienen un proverbio, waiying, neiruan: duro por fuera, débil por dentro. El Sr. Xi es un gobernante genuinamente duro. Rezuma convicción y confianza personal. Pero esta dura personalidad contradice un partido y un sistema político que es extremadamente frágil por dentro.

Considérense cinco indicios reveladores de la vulnerabilidad del régimen y las debilidades sistémicas del partido.

Primero, las élites económicas de China tienen un pie fuera y están preparadas para huir en masa si el sistema realmente comienza a desmoronarse. En 2014, el Instituto de Investigación Hurun de Shanghái, que incluye estudios sobre la riqueza de China, descubrió que el 64% de los “individuos con altos ingresos” que sondeó –393 millonarios y multimillonarios– bien estaban emigrando, bien planeaban hacerlo. Los chinos ricos están enviando a sus hijos a estudiar al extranjero en números récord (lo que en sí mismo es una crítica a la calidad del sistema de educación superior chino).

 

Esta misma semana, informaba el Journal, agentes federales habían registrado varias localizaciones del sur de California que las autoridades estadounidenses alegaban estaban vinculadas a “negocios multimillonarios de turismo de natalidad que permitía a miles de mujeres chinas viajar aquí y volver a casa con niños nacidos como ciudadanos estadounidenses”. Chinos acomodados también están comprando viviendas en el extranjero a niveles y precios récord y están acumulando sus bienes financieros en el extranjero, a menudo en paraísos fiscales bien protegidos y en empresas pantalla.

Mientras tanto, Pekín está intentando extraditar a China a un gran número de supuestos fugitivos financieros que viven en el extranjero. Cuando las élites de un país –muchos de ellos miembros del partido– huyen en tan grandes cantidades, es un signo revelador de la falta de confianza en el régimen y el futuro del país.

En segundo lugar, desde que asumió el cargo en 2012, el Sr. Xi ha intensificado enormemente la represión política que ha cubierto China desde el 2009. Sus objetivos incluyen la prensa, redes sociales, películas, arte y literatura, grupos religiosos, internet, intelectuales, tibetanos y uigures, disidentes, abogados, ONGs, estudiantes universitarios y libros de texto. El Comité Central envió una orden draconiana conocida como Documento Nº 9 a toda la jerarquía del partido en 2013, ordenando a todas las unidades que sacaran a la luz cualquier promoción de los “valores universales” de Occidente, incluyendo democracia constitucional, sociedad civil, una prensa libre y economía neoliberal.

Un gobierno más seguro y confiado no instituiría una redada tan severa. Es un síntoma de la profunda ansiedad e inseguridad de la dirección del partido.

En tercer lugar, incluso muchos partidarios del régimen están pasando por estas mociones. Es difícil pasar por alto el teatro de falsas pretensiones que ha impregnado el cuerpo político chino durante los últimos años. El verano pasado, fui uno de los pocos extranjeros (y el único americano) que asistió a la conferencia sobre el “Sueño Chino”, la firma personal del Sr. Xi, en un centro de estudios afiliado al partido en Pekín. Pasamos dos días de aburridas e inacabables presentaciones por parte de dos docenas de académicos del partido, pero sus caras estaban congeladas, su lenguaje corporal acartonado y su aburrimiento era palpable. Fingían conformidad con el partido y el último mantra de su líder. Pero era evidente que la propaganda había perdido su poder y el emperador caminaba desnudo.

En diciembre, regresé a Pekín para una conferencia de la Escuela Central del Partido, la más alta institución del partido dedicada a la instrucción de su doctrina y, una vez más, los oficiales de más alto cargo y los expertos en política exterior recitaban su elenco de consignas verbatim. Un día, durante el almuerzo, fui a la librería del campus, siempre una importante parada para actualizarme en lo que los principales cuadros de China estaban aprendiendo. Los tomos en las estanterías de la tienda iban desde las “Obras Escogidas” de Lenin a las memorias de Condoleezza Rice, y una mesa frente a la entrada estaba repleta hasta arriba de copias del panfleto del Sr. Xi sobre su campaña para promocionar su “línea de masas”, es decir, el enlace del partido con las masas. “¿Cómo se está vendiendo?, pregunté a la dependienta. “Oh, no está en venta”, respondió. “Lo regalamos”. El tamaño de ese montón sugería que no era precisamente popular.

Cuarto, la corrupción que impregna el partido-estado y las milicias también impregna toda la sociedad china. La campaña de anticorrupción del Sr. Xi está siendo más prolongada y severa que las anteriores, pero ninguna campaña puede eliminar el problema. Está tercamente enraizada en el sistema de un solo partido, las redes clientelares, una economía que carece completamente de transparencia, unos medios controlados por el estado y la ausencia de un estado de derecho.

Además, la campaña del Sr. Xi está resultando ser al menos una purga tan selectiva como la campaña antichanchullos. Hasta el momento, muchos de sus objetivos han sido clientes políticos y aliados del anterior líder chino Jiang Zemin. Con 88 años, el Sr. Jiang es todavía el padrino de la política china. Ir tras la red clientelar del Sr. Jiang mientras todavía vive es muy arriesgado para el Sr. Xi, especialmente dado que el Sr. Xi no parece hacer traído consigo su propio grupito de clientes leales para promocionarlos en posiciones de poder. Otro problema: el Sr. Xi, un hijo de las élites revolucionarias de la primera generación de China, es uno de los “principitos” y sus lazos políticos se extienden principalmente sobre otros principitos. Esta generación nacida en una cuna de oro es ampliamente criticada por la mayor parte de la sociedad china.

Finalmente, la economía china –a pesar de la visión occidental de la misma como un gigante imparable– está atascada en una serie de trampas sistémicas de las que no hay una salida fácil. En noviembre de 2013, el Sr. Xi presidió el Tercer Pleno del partido, en el cual se desveló un enorme paquete de propuestas de reforma económica, pero hasta el momento no hacen más que balbucear desde la plataforma de lanzamiento.

Sí, los gastos del consumidor han subido, los trámites burocráticos se han reducido y algunas reformas fiscales han sido introducidas, pero en general las ambiguas metas del Sr. Xi están aún por verse. El paquete de reformas desafía a poderosos grupos de interés profundamente atrincherados –tales como las empresas en manos del estado y los cuadros locales del partido– y éstos están, sencillamente, bloqueando su implementación.

Estas cinco grietas, cada vez más evidentes, en el control del régimen pueden solucionarse sólo a través de una reforma política. Hasta que y a menos que China relaje sus controles políticos draconianos, nunca se convertirá en una sociedad innovadora y en una “economía de conocimiento”, una de las metas principales de las reformas del Tercer Pleno. El sistema político se ha convertido en el principal impedimento para las necesarias reformas sociales y económicas de China. Si el Sr. Xi y los líderes del partido no relajan su puño, puede que esté convocando precisamente el destino que esperan evitar.

En las décadas transcurridas desde el colapso de la Unión Soviética, las clases más altas del liderato de China se han obsesionado con la caída de su gigante compañero comunista. Cientos de análisis postmortem chinos han diseccionado las causas de la desintegración soviética.

 

El “Sueño Chino” real del Sr. Xi ha sido evitar la pesadilla soviética. Tan sólo unos meses después de tomar el cargo, ofreció un discurso interno muy revelador lamentando la caída de la Unión Soviética y compadeciéndose de las traiciones a Gorbachov, afirmando que Moscú carecía de un “hombre real” que se alzase contra su anterior líder reformista. La actual ola de represión del Sr. Xi pretende ser lo contrario a la perestroika y a la glasnost de Gorbachov. En lugar de abrirse, el Sr. Xi está doblando el control sobre disidentes, la economía e incluso los rivales dentro del partido.

Pero la reacción y la represión no son la única opción del Sr. Xi. Sus predecesores, Jiang Zemin y Hu Jintao, sacaron lecciones muy diferentes del colapso soviético. Desde el 2000 al 2008, crearon políticas con las que intentaron abrir el sistema a través de reformas políticas cuidadosamente limitadas.

Fortalecieron a los comités locales del partido y experimentaron con votaciones de entre numerosos candidatos para secretarios del partido. Reclutaron más empresariado e intelectuales para el partido. Aumentaron las consultas del partido con grupos no afiliados al mismo e hicieron los procedimientos del Politburó más transparentes. Mejoraron los mecanismos de crítica dentro del partido, introdujeron criterios más meritocráticos para la evaluación y promoción y crearon un sistema de entrenamiento en media carrera obligatorio para los 45 millones de cuadros del estado y del partido. Hicieron cumplir los requisitos de jubilación y cambiaron a los oficiales y a los militares en sus posiciones laborales cada dos años.

En efecto, durante un tiempo el Sr. Jiang y el Sr. Hu desearon administrar el cambio, no resistirse a él. Pero el Sr. Xi no quiere nada de esto. Desde el 2009 (cuando incluso el otrora abierto Sr. Hu cambió de rumbo y comenzó a tomar medidas drásticas) un régimen cada vez más ansioso se echó atrás en cada una de estas reformas políticas (con la excepción del sistema de entrenamiento de los cuadros). Estas reformas fueron ideadas por el acólito político del Sr. Jiang y anterior vicepresidente, Zeng Qinghong, que se retiró en 2008 y está ahora bajo sospecha por la campaña de anticorrupción del Sr. Xi, otro símbolo de la hostilidad del Sr. Xi contra las medidas que podrían paliar los males de un sistema que se desmorona.

Algunos expertos piensan que las duras tácticas del Sr. Xi pueden que en realidad anticipen una dirección más abierta y reformista en su periodo de gobierno. No me lo creo. Este líder y este régimen ven la política en términos de suma-cero: relajar los controles, desde su punto de vista, es un paso seguro hacia la caída del sistema y su propia perdición. También mantienen el punto de vista conspirativo de que los Estados Unidos están trabajando activamente para socavar el gobierno del Partido Comunista. Nada de esto sugiere que reformas de gran alcance se encuentren a la vuelta de la esquina.

No podemos predecir cuándo el comunismo chino caerá, pero es difícil no concluir que estamos presenciando su fase final. El PCC es el segundo régimen que más tiempo ha gobernado del mundo (detrás únicamente del de Corea del Norte) y ningún partido puede gobernar para siempre.

Mirando hacia delante, los observadores de China deberían poner sus ojos sobre los instrumentos de control del régimen y sobre esos destinados a usar esos instrumentos. Un gran número de ciudadanos y de miembros del partido están votando ya con su pie y abandonando el país o mostrando su falta de sinceridad pretendiendo cumplir con los preceptos del partido.

Debemos estar atentos al día en que los agentes de propaganda del régimen y su aparato de seguridad interno comiencen a aflojar el puño del partido o cuando comiencen a identificarse con los disidentes, como el agente de la Stasi de Alemania del Este en la película “La vida de los otros”, que acabó simpatizando con las víctimas de su espionaje. Cuando la empatía humana comience a vencer sobre la autoridad osificada, el final del comunismo chino habrá comenzado por fin.

 

El Dr. Shambaugh es profesor de relaciones internacionales y director del Programa de Política China de la Universidad George Washington, además de un miembro sénior no residente de Brookings Institution. Sus libros incluyen El Partido Comunista de China: atrofia y adaptación o, el más reciente, China se abre al mundo: el poder parcial.