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La locura normal del islam

No se debería juzgar un sistema por sus excesos. La medida es la rutina del día a día. Y ésta no pinta muy bien en la mayoría de los estados islámicos

Henryk M. Broder

 

Artículo publicado en el Die Welt, el día 29 de enero de 2015

 

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Foto: picture-alliance/ dpa
Este es el aspecto del “islam completamente normal”: en el Kazvín iraní un hombre es azotado
públicamente. Se le acusa de consumo de alcohol y de tener relaciones extramatrimoniales.

 

Hagamos un experimento mental: ¿cómo habría terminado la Segunda Guerra Mundial si los nazis no se hubieran impuesto como meta de guerra la “Solución final de la cuestión judía”? ¿Si la conferencia de Wannsee no hubiera tenido lugar, si el Holocausto no hubiera sucedido? Es pura especulación, pero hay bastantes motivos para pensar que posiblemente los nazis hubiesen ganado la guerra. La organización de la “Solución final” comprometió muchas fuerzas y recursos que no pudieron ser utilizados militarmente.

Desde Adolf Eichmann, el dirigente de la sección responsable en la Oficina principal de seguridad del Reich, hasta el personal del tren que gestionaba el transporte, pasando por los hombres que vigilaban a los prisioneros en los campos y los mandaban de la vida a la muerte. Un gigantesco aparato que tuvo que ser mantenido con gran esfuerzo. Aceptemos, por tanto, que los nazis hubieran controlado por completo primero Alemania y luego ocupado Polonia, los países bálticos, Dinamarca, Noruega, Francia, Bélgica, Holanda y la parte europea de Rusia y, con ayuda de algunos vasallos como el mariscal Pétain, el dirigente del régimen de Vichy, erigido en Europa un gran imperio germánico.

En el transcurso de las acciones bélicas habrían muerto muchos millones de personas, pero el industrial asesinato en masa de judíos no hubiera tenido lugar. Para los judíos hubiera sido obviamente mejor y para los alemanes más saludable, puesto que hoy tendrían un trauma menos. Probablemente tampoco se hubiera fundado Israel, puesto que el mundo no habría tenido ningún sentimiento de culpa para con los judíos. Palestina sería una provincia siria, ningún paraíso en la tierra, pero tampoco ningún foco de tensiones que amenazara la paz mundial.


El día a día en la dictadura

Si todo hubiera ido, por tanto, de esta manera, ¿tendríamos que pensar hoy de forma diferente sobre los nazis?  ¿Habría sido el imperio de los mil años sin el Holocausto sólo una dictadura normal? ¿Como España con Franco, Chile con Pinochet o Uganda con Idi Amin, sólo que más grande, más multicultural y más internacional? No creo que sea correcto juzgar un sistema político o un constructo ideológico por los excesos que realiza.

Pienso que es más importante la rutina del día a día. Todo lo que se tiene que saber para poder responder a la pregunta de si la RDA fue un estado sin ley o simplemente no era un estado de derecho es que todo aquel que quería mudarse de Cottbus a Coblenza ponía su vida en peligro. Esto es suficiente.

Cuántas plazas había en las guarderías de la RDA y cuál era el porcentaje de mujeres en las posiciones dirigentes es, por el contrario, insignificante. Lo mismo vale para el Tercer Reich. Sabemos cómo trabajaba la Gestapo, cómo trataba a los elementos negativos, cómo eliminaba a los discapacitados mentales y físicos, cómo se castigaban a los que iban en contra de lo militar y a los desertores. También sabemos cuántos soldados alemanes fueron sacrificados en vano y cuántos soldados rusos murieron de hambre en campos alemanes.


El dominio de lo políticamente correcto

El Tercer Reich fue una asociación criminal, una organización terrorista. La “Solución final de la cuestión judía” fue sólo la punta del iceberg nacionalsocialista, su tarjeta de visita ideológica, por así decirlo. Hasta hoy los judíos gozan del dudoso privilegio de ser víctimas premium: gitanos, homosexuales, desertores y víctimas de la eutanasia se cuentan en la categoría de daños colaterales y de guerra.

Cambio de escenario: No sólo desde el 11 de septiembre de 2001 ha dejado el islamismo una huella sangrienta tras de sí: Nueva York, Londres, Madrid, Bombay, Estambul, París son la estaciones de las cuales muchos se acordarán durante largo tiempo. Pero esto no es todo. Ha habido cientos de ataques con miles de muertos que han desaparecido de la memoria. En Luxor y Scharm al-Scheich, en Amán y Delhi, en Beslán y Burgas, en Daressalam y Nairobi, en Bali y en Djerba. Lugares de los cuales el mundo no había escuchado nada hasta entonces recibieron un nombre: Baga en Nigeria, Deir ez-Zor en Siria, Kahtanija y Yasira en Irak.

Mientras que los expertos especulaban sobre qué querían conseguir los terroristas con los ataques, los representantes de lo políticamente correcto imponían a nivel mundial una regulación lingüística según la cual los responsables de estos ataques eran islamistas que nada tenían que ver con el islam.

La atrevida petición de Yasmin Fahimi

La secretaria general del SPD, Yasmin Fahimi, exigió a los medios de comunicación que dejaran de hablar del Estado islámico, puesto que ofendía a los musulmanes. Si también se lo ha pedido, por consideración a los sentimientos de los musulmanes de su califato, al jefe principal del IS, el califa Abu Bakr al-Baghdadi, es algo que desconocemos. Admitamos esta argumentación. Aceptemos que estos baños de sangre son excesos que no son ni característicos ni representativos del islam. Miremos en su lugar entonces al islam realmente existente, al compuesto estatalmente.

La Organización para la Cooperación Islámica es una agrupación de 56 estados en los cuales el islam “es la religión del estado, la religión de la mayoría de la población o la religión de una gran minoría”. Tiene la intención de representar a todo el mundo islámico. Entre los estados que desde el principio allí estaban encontramos, entre otros, a Afganistán, Irán, Yemen, Kuwait, Libia, Paquistán, el Sudán y Turquía. Tras la disolución de la Unión Soviética, entraron en la organización algunas antiguas repúblicas soviéticas como Kazajistán, Kirguistán o Uzbekistán.

Una cierta excepción la representa la antigua república popular de Albania, que se otorgó a sí misma una constitución como república laica. Alrededor del 60 por ciento de los albanos son musulmanes que tienen una relación distendida con su religión. Dejando a los albaneses de lado, ninguno de los países que están en la Organización para la Cooperación Islámica cumple con las más mínimas exigencias que se suponen en un país democrático en el que se practica la división de poderes y se respetan los derechos humanos.

La cooperación no va tampoco mucho más allá de no saltarse al cuello mutuamente. La guerra entre Irak-Irán que duró de 1980 a 1988 costó la vida de cientos de miles de hombres a ambos países.

En una conferencia en El Cairo en el año 1990 la Organización aprobó una Declaración de los derechos del hombre en el islam como alternativa a la Declaración universal de los derechos del hombre emitida por Naciones Unidas en el año 1948.

La Declaración de El Cairo se basa desde el primer hasta el último párrafo en la Sharia y afirma que ésta es la “única fuente competente para la interpretación o explicación de cualquier artículo de esta Declaración” y que el derecho a la libertad de expresión es válido en tanto que no viole los principios de la Sharia. Está prohibido “violar la santidad y dignidad del Profeta, minar los valores morales y éticos y dividir a la sociedad para corromperla, para perjudicarla o para debilitar su fe”.

A esta Declaración de los derechos del hombre, que no es otra cosa que una reglamentación práctica de la Sharia, se refieren los políticos de Teherán, Islamabad, Riad y Ankara, cuando afirman que en sus países se observan los derechos humanos. Cuando se cuelgan a homosexuales, se lapidan a adúlteras, se azotan a disidentes, se condenan a muerte a blasfemos y se envían a prisión a periodistas críticos, no se produce ninguna violación de los derechos humanos, puesto que estos castigos están y se realizan de acuerdo con la Sharia. Y ésta es el fundamento de los derechos humanos.

Olvidemos, por tanto, los excesos de los islamistas, los ataques terroristas como los sucedidos hace poco en París, de los cuales muchos musulmanes se han distanciado, entre otros motivos, porque tales crímenes proyectan una luz poco favorable sobre el islam.

De la misma manera, para muchos socialistas el nacionalsocialismo es todavía hoy en día vergonzoso, puesto que condujo el socialismo hasta su descrédito. Pero consideremos el islam en su forma moderada institucionalmente, como se practica en los países de la Organización para la Cooperación Islámica.

Es posible que el islamismo sea la mueca fea del islam. Pero el problema es y continúa siendo el verdadero rostro detrás de la máscara.