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Londres se postra en Hong Kong

El Ministerio de Asuntos Exteriores respalda la versión de la democracia de Pekín

 

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(Artículo publicado en WSJ, 19 de enero de 2015)

 

Gran Bretaña está eludiendo su deber histórico de defender la libertad de Hong Kong. El ministro de Asuntos Exteriores Hugo Swire aseguró la semana pasada que la antigua colonia está “de viaje hacia una mayor democracia y responsabilidad”. Sería interesante saber exactamente cómo define el Sr. Swire estos términos.

En unas declaraciones ante el Parlamento, el Sr. Swire explicó que, a pesar de que el sistema electoral fraudulento impuesto por Pekín en Hong Kong “puede no ser perfecto”, es, sin embargo, “mejor que nada”. Su compañero del Ministerio de Asuntos Exteriores Stephen Lillie dijo que el sistema de Pekín podría ofrecer “una elección genuina”. Diplomáticos más honestos habrían llamado al sistema que permite a los hongkoneses votar sólo a candidatos seleccionados por un comité de un montón de partidarios de Pekín una farsa al estilo iraní.

Gran Bretaña tiene la obligación de salvaguardar las libertades de Hong Kong bajo la Declaración Conjunta Sino-Británica de 1984, según la cual se disponían los términos para la transferencia de 1997 del control británico al chino. El tratado garantizaba que hasta el 2047 Hong Kong disfrutaría de autonomía en sus asuntos internos, sin pérdida alguna de los derechos y libertades que disfrutaban bajo los británicos. China no está respetando estos términos.

A algunos británicos puede darles vergüenza apoyar la democracia de Hong Kong porque Londres no les permitió autonomía mientras estaba en el poder, con elecciones legislativas introducidas sólo en 1992. Tal retraso fue un equívoco, como escribimos en su momento. Pero Londres dio a Hong Kong un gobierno honesto y unas instituciones liberales: libertad de prensa, tribunales independientes y un Estado de derecho que se convirtieron en las bases de la prosperidad del territorio.

Y, sin embargo, Londres calla. El año pasado el primer ministro David Cameron traspasó el problema a su delegado Nick Clegg, quien en octubre hizo poco más que expresar “consternación y alarma” cuando la policía de Hong Kong roció con gas lacrimógeno a los manifestantes pacíficos encabezados por estudiantes. En noviembre Pekín prohibió la entrada a Hong Kong a los legisladores británicos, asegurando que el tratado Sino-Británico “es ahora nulo y sólo cubría el periodo entre su firma en 1984 y la devolución de 1997”. Esto causó ciertas críticas en el Parlamento, pero ninguna acción por parte del gobierno del Sr. Cameron.

Ahora el Ministerio de Asuntos Exteriores respalda la definición de democracia de Pekín, en el mismo Parlamento en el que, por cierto, el Sr. Swire anunció que el líder supremo chino Xi Jinping visitará el Reino Unido este año. El Sr. Xi había desdeñado Londres, después de que el Sr. Cameron se reuniera con el Dalai Lama en 2012. Londres ha intentado caerle simpático desde entonces.

Pekín puede estrangular si así lo desea un Hong Kong libre, pero debería pagar un precio ante el mundo. El silencio del Reino Unido le permitirá a Pekín concluir que su mala fe hacia la Declaración Conjunta Sino-Británica no le va a costar nada. Como Margaret Thatcher advirtió mientras negociaba con China en 1982: “Los que no respetan un tratado no respetarán otro”.