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Robert H. Waugh (ed.), Lovecraft and Influence: His Predecessors and Successors, Scarecrow Press, Maryland, 2013.

    

Robert H. Waugh, profesor emérito de Stanford University (Nueva York), es tal vez una de las plumas más representativas del panorama lovecraftiano. Si bien con una producción no muy abundante –tres libros sobre el “oscuro de Providence” –, la calidad y seriedad de su obra y la posición académica de su autor han contribuido sustancialmente a la revaloración contemporánea que de la obra de H.P. Lovecraft se ha realizado en el mundo académico. Lovecraft and Influence nos habla tanto del Lovecraft influencee como del Lovecraft influencer, pero sin dejar de ser in sensu stricto un importantísimo estudio sobre la producción lovecraftiana en sí misma.

La obra se divide en dos partes bien proporcionadas tratando en primer lugar, a lo largo de ocho ensayos, la influencia recibida por Lovecraft desde sus primeras lecturas infantiles hasta Edgar Allan Poe o Lord Dunsany. Robert M. Price, uno de los primeros autores en tratar a Lovecraft con la seriedad merecida propia del ámbito académico, analiza las novelas fantásticas del autor norteamericano en relación con las posibles influencias bíblicas. Siendo Lovecraft un autor profundamente anticristiano, no resulta extraño que tales referencias, no siempre evidentes y a menudo ocultas en el subtexto, adquieran en general un tono satírico. Y tampoco debe olvidarse que uno de los temas centrales de la producción filosófico-novelística de H.P. Lovecraft es la racionalización última de lo divino en una fuerza que, dada sus características de cuasi-omnipotencia, aparente inmortalidad y transcendentalización de la moralidad humana, tan sólo puede mostrarse como nocivamente indiferente a la raza humana. Esto se aprecia de forma contundente en “The Dunwich Horror” (1928), que retrata la inmaculada concepción de Wilbur Smith y su hermano con la divinidad Yog-Sothoth –hay, además, interesantes paralelismos entre los pasajes del Necronomicon y la Biblia y entre el final de la novela y la crucifixión de Cristo, incluyendo las famosas palabras de éste a su Padre–, así como en “The Call of Cthulhu” (1926), en donde Price ve una posible influencia de las predicciones apocalípticas de los milleritas y el Gran Chasco que predecía el Fin de los Tiempos en 1843-1844. Más sorprendente es, si cabe, la lectura que el autor realiza de “The Colour out of Space” (1927) a través de la historia bíblica de la destrucción de Sodoma y Gomorra y de “The Haunter of the Dark” (1935) en relación con la figura de Enoch.

El segundo ensayo, a cargo de J.D. Worthington, analiza la influencia que los autores georgianos y contemporáneos a Ana de Gran Bretaña ejercieron sobre el joven Lovecraft, entre ellos Richard Steele, Joseph Addison, Sir Samuel Garth o Alexander Pope, que es considerado por Worthington una influencia menor, frente a toda la crítica lovecraftiana precedente.

En tercer lugar, James Goho traza futuras líneas de investigación en torno posibles tempranas lecturas de autores góticos americanos, entre ellos Cotton Mather, Nathaniel Hawthorne y, especialmente, Herman Melville. Donald R. Burleson desarrolla estas ideas en su contribución “Hawthorne’s Influence on Lovecraft”. Según este autor, Lovecraft habría conocido la mitología greco-romana a través de la obra de Hawthorne, en concreto A Wonder-Book for Girls and Boys (1852) y Tanglewood Tales for Boys and Girls (1853). Otra influencia destacada sería, según Burleson, The House of the Seven Gables (1851), novela que intenta relacionar con The Shunned House (1924) de H.P. Lovecraft.

Ya en terreno más familiar para el lector no especializado, Alex Houstoun y Darrel Schweitzer nos deleitan con sendos estudios sobre Edgar Allan Poe y Lord Dunsany, cuyas influencias en la concepción lovecraftiana de la literatura son de sobra conocidas por todos e incluso asumidas por el propio Lovecraft, quien en 1929 escribió a Elizabeth Toldridge: “Tenemos mis composiciones a lo ‘Poe’ y mis composiciones a lo ‘Dunsany’, pero, ¡ay!, ¿dónde están las composiciones a lo ‘Lovecraft’?” (SL, 1.315). Transcendiendo estudios anteriores, Houstoun examina la influencia del monólogo de Poe en Lovecraft concluyendo que lo irreal del mismo –su longitud– se debe a la importancia que Lovecraft daba al fenómeno descrito sobre el narrador. Schweitzer, por su parte, recupera la casi olvidada figura de Lord Dunsany para proyectar su influencia sobre el estilo casi poético de muchas composiciones lovecraftianas.

En los dos últimos ensayos de esta primera parte, se examina la influencia de las revistas Pulp, la obra de Edgar Rice Burroughs y las historias de ciencia-ficción sobre invasiones extraterrestres, con especial énfasis en la famosa Guerra de los Mundos de H.G. Wells.

Por lo que respecta a la segunda parte, seis ensayos recorren  los autores más emblemáticos del género que han recibido influencias directas de H.P. Lovecraft: su primer discípulo, Frank Belknap Long, el “literati” Ramsey Campbell, aclamados autores de ciencia ficción como Arthur C. Clarke, Fritz Leiber o Philip K. Dick, William S. Burroughs, Stephen King y el más reciente Thomas Ligotti.

Norm Gayford analiza así las novelas de Frank Belknap Long en busca de elementos lovecraftianos, pero estableciendo importantes diferencias filosóficas entre ambos autores, visibles en la resolución final de las historias longianas, en las que el personaje a menudo se purifica y recobra su humanidad. Ramsey Campbell es tratado por el insigne S.T. Joshi, analizando la evolución de su novelística desde un conformismo lovecraftiano a un modo más personal de hacer literatura.

Mención aparte merecen los autores de ciencia-ficción, estudiados aquí por el editor del volumen, Robert H. Waugh. Tanto Arthur C. Clarke como Philip K. Dick –y en menor medida Fritz Leiber– son sobradamente conocidos y han recibido números premios y nominaciones Hugo y Nébula. La influencia que Lovecraft ejerció sobre ellos es, sin embargo, poco conocida y a menudo obviada. No obstante, Arthur C. Clarke reconoció en su autobiografía esta influencia a través de At the Mountains of Madness (1936) y “The Shadow out of Time” (1936), y Waugh traza muy acertadamente los signos de estas lecturas en la obra de Clarke. Sobre Leiber, Waugh resalta el papel del cosmicismo lovecraftiano en The Wanderer (1964) y The Big Time (1958). Por lo que a esta última respecta, sorprende que Waugh no se haya percatado de la conexión existente entre la Gran Raza de “The Shadow out of Time”, que secuestra las mentes de seres de otra época y especie a través de viajes en el tiempo, y la guerra contemplada en The Big Time, en la que ambas facciones secuestran a los mejores guerreros, igualmente, a través de viajes en el tiempo, incluyendo “sátiros venusianos” del futuro (Lovecraft nos habla también del secuestro de “una mente del planeta que conocemos como Venus, que vivirá en incalculables épocas futuras” (DH, p. 395). Sobre Philip K. Dick, también ávido lector de Lovecraft y devoto de su The Case of Charles Dexter Ward (1927, pub. 1941) y “The Colour out of Space”, Waugh estudia los rasgos psicológicos de sus personajes y los efectos de un mundo de tintes lovecraftianos en su desarrollo literario.

William S. Burroughs, autor menos conocido en el ámbito hispanohablante, es estudiado comparativamente por Michael Cisco, aunque sin ofrecer una argumentación lo suficientemente sólida como para hablar de una influencia –Burroughs había leído a Lovecraft–. Por su parte, John Lagan hace lo propio con Stephen King, centrándose en la “humanidad animal” de King y en “The Rats in the Walls” (1923) de Lovecraft.

Finalmente, Steven J. Mariconda nos ofrece un interesantísimo estudio sobre el simbolismo y el surrealismo en Ligotti, considerándolo no un seguidor sin más de Lovecraft, sino un autor con una personalidad propia que recibió muchas de las influencias de éste.

            En su conjunto, Lovecraft and Influence nos ofrece un panorama tan completo como riguroso de esa red de influencias tejida en torno a la figura de H.P. Lovecraft y, a su vez, recuerda una vez más a la “crítica sofisticada” que la literatura de terror sí es literatura.