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Nikos G. Charalabopoulos, Platonic Drama and its Ancient Reception, Cambridge University Press, Cambridge/Nueva York, 2012.

    

Este provocativo ensayo, basado en su tesis doctoral presentada en la Universidad de Cambridge, The Stagecraft of Plato: Platonic Dialogue as Metatheatrical Prose Drama (2001), retoma una vieja y muy atractiva cuestión: que Platón no compuso ensayos filosóficos, sino diálogos en el más estricto sentido del término, es decir, teatro.

            La hipótesis presentada por Charalabopoulos no es nueva y tiene al menos un par de antecedentes conocidos. Así, en 1966, Gilbert Ryle propuso en su Plato’s Progress (Cambridge University Press) que los diálogos más breves serían representaciones teatrales en las que Platón asumiría el papel de Sócrates, mientras las obras más extensas y con menor contenido dramático, como el Timeo, estarían dirigidas a un público más especializado. Más recientemente, aunque en realidad once años después de la tesis doctoral de Charalabopoulos, Martin Puchner publicó su aclamado The Drama of Ideas: Platonic Provocations in Theater and Philosophy (Oxford University Press, Oxford, 2010), defendiendo una interpretación semejante –aunque no lo suficientemente argumentada– de los diálogos platónicos.

           Estructurado en cuatro capítulos, el autor comienza explicándonos muy eruditamente las diversas divisiones del corpus platónico en la Antigüedad, entre las que se cuentan las de Aristófanes de Bizancio (257-180 a.C.) y Trasilio (s. I d.C.), amén de varias divisiones menores de entre las cuales Diógenes Laercio cita nueve (D.L. III, 61). Hecho esto, Charalabopoulos continúa en el segundo capítulo con los antecedentes dramáticos helenos y las visiones antiguas sobre el teatro en la Antigua Grecia, tratando a autores como Alexameno, Sofrón de Siracusa, Ion de Quíos, Estesímbroto de Tasos o Critias. Es aquí en donde, muy lúcidamente, contrapone Charalabopoulos el diálogo platónico a la tragedia, pero sin alcanzar a desarrollar esta provocativa tesis, pues encuadra este enfrentamiento dentro del marco de los diferentes géneros dramáticos, incluyendo sátiras y comedia por igual.

            El tercer capítulo intenta defender, con una importante acumulación de datos pero cierta falta de cohesión interna, que los diálogos platónicos fueron representados teatral o dramáticamente en la Antigüedad. Para ello se basa, principalmente, en los testimonios de la Poética de Aristóteles (1447a28-b13) y el tratado de Demetrio Sobre el estilo (226 Martini), a los que une un excursus sobre la publicación y distribución de la literatura en tiempos de Platón.

            Finalmente, la obra concluye con una discusión sobre diversos testimonios textuales y arqueológicos, desde el famoso Sócrates sileno hasta marcas de lectura en un papiro (POxy XIII, 1624) que podrían sugerir una lectura de este tipo.

            Si bien el libro es en su conjunto tan erudito como provocador, hay ciertos elementos que no permiten al lector versado en Platón comulgar con la totalidad de las tesis aquí presentadas. Por ejemplo, Diógenes Laercio se refiere en un par de ocasiones a un Platón lector de diálogos (III, 35 y 37), en una ocasión, además, delante del mismo Sócrates. Esto, obviamente, contradice tanto la tesis original de Ryle como, en parte, la del mismo Charalabopoulos. En ocasiones el autor se apoya en sucesos demasiado tardíos como para representar una auténtica tradición platónica viva, como por ejemplo la referencia que encontramos en el libro séptimo de las Quaestiones convivales de Plutarco (págs. 157 y ss.), en el que el historiador griego habla de una forma de entretenimiento importada a Roma en tiempos recientes, consistente en la representación teatral a través de esclavos de los diálogos de Platón. Esta práctica, como sugiere el mismo autor, sería una forma de reafirmar el helenismo en una sociedad decadente bajo el yugo romano. Lo mismo puede decirse de la costumbre recogida por Ateneo de Naucrátis (9.381f-382b), según la cual los cocineros romanos presentaban los platos citando frases del Timeo de Platón, un diálogo que difícilmente podría haberse representado (págs. 215 y ss.). La anécdota es, por lo demás, poco concluyente, en tanto que tal costumbre era ejercida únicamente por Larensis para mostrar su opulencia y sus fiestas resultaban a menudo boicoteadas por esta misma razón.

            Por último, cabe decir unas palabras sobre la tragedia. Sabemos por Diógenes Laercio, pero también por el Convivium, de la inmediata relación antagónica entre Platón/Sócrates y la tragedia. A diferencia de lo que suele pensarse, las tragedias griegas no sólo se representaban públicamente, sino que también se leían en privado. Constituían vehículos de reflexión intelectual a través del patrimonio heleno que hundía sus raíces en la figura de Homero y en la paideia. Las obras platónicas constituyen en muchos aspectos un reflejo invertido de la tragedia: los diálogos platónicos cuentan con personajes y situaciones dramáticas, amén de un héroe habitual –compárese, por ejemplo, la omnipresencia de Sócrates con el dios Dioniso, de quien se decía que era el verdadero rostro de todos los personajes trágicos– y están redactadas en forma de diálogo, pero a diferencia de aquéllas, los diálogos no reflejan situaciones moralmente reprobables, sino un tipo diferente de paideia que rechaza o anula la contradicción a través de la aporía (véase, por ejemplo, la discusión sobre los dioses con el rapsoda Ion en su diálogo homónimo). Si bien Charalabopoulos reconoce la importancia de la tragedia para los atenienses, no alcanza a desarrollar esta tesis.

            En definitiva, estamos ante una obra erudita, estimulante e imprescindible que, a pesar de sus carencias, abrirá sin duda nuevas vías de investigación en torno a la cuestión de cómo y por qué escribía Platón.