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 Daniel A. Bell, China's New Confucianism: Politics and Everyday Life in a Changing Society, Princeton University Press, New Jersey, 2008.

  

見義不為,無勇也 “Saber lo que es justo y no actuar, se llama falta de coraje” (2.24/4/21). Estas sabias palabras, con las que Confucio concluye su segunda analecta, bien podrían servir de corolario al libro que aquí presentamos, así como a su autor, Daniel A. Bell, profesor de Política en la Universidad Qinghua de Pekín y, según la publicidad que acompaña al libro –sorpréndase el lector–, “uno de los pocos occidentales que enseña en universidades chinas”. A su vez, no le quepa a nadie la menor duda, uno de los muchos “cobardes mentiros y bellacos” a los que se refería Jay Nordlinger en su famoso artículo, Académicos con CORAJE. La argumentación ad hominem goza de bidireccionalidad.

La tesis principal del libro, dividido en tres partes bien equilibradas que tratan sobre la política, sociedad y educación de la China moderna vinculándolas a una interpretación socialista de Confucio, es que la ideología marxista ya ha desaparecido de China y, en su lugar, Confucio ha sido rehabilitado para llenar el vacío ontológico-moral que dejó Mao. Para demostrarla, Daniel A. Bell ofrece un repaso por costumbres y costumbrismos chinos anclados en una tradición que él denomina “confucianismo de izquierdas”, más cercano a los textos de Confucio, Mencio y Xunzi (págs. xvi-xvii). Confucio, filósofo sin duda adelantado a su tiempo, habría sido así una suerte de Maximilien de Robespierre chino, un nuevo líder, un nuevo timonel. La historia habría llegado a su fin como proceso social-darwinista en la consumación marxista del auténtico socialismo, en este caso con características chinas: Confucio, Primer Emperador, Mao Zedong, Confucio. El alfa y el omega.

Tal vez Daniel A. Bell vea este mesianismo confuciano en la “reciente” apertura de los Institutos Confucio, órganos de propaganda socialista del PCC (que no significa en modo alguno Partido Confuciano Chino), pero el hecho de que se enseñe de nuevo –desde hace varios decenios– a Confucio en las escuelas o universidades no implica que su doctrina se enseñe correctamente. De hecho, como olvida convenientemente el autor, Confucio fue rehabilitado ya en octubre de 1989, tan sólo unas semanas después de la masacre de Tiananmen, en la celebración de su 2540 aniversario –la fecha había sido ya establecida por Deng Xiaoping en 1983– que se llevó a cabo, precisamente, cerca del lugar de la matanza de estudiantes. El discurso allí presentado por Gu Mu no tiene desperdicio alguno, en tanto que obvia la caza de brujas anti-confuciana llevada a cabo por el PCC y relaciona el “incidente” de Tiananmen con la “polución espiritual” que ha contaminado la verdadera tradición china.

Desde entonces, China ha cambiado tanto intelectual y educativamente que el 27 de septiembre de 2009 –un año después de la publicación de este libro– la misma Universidad Qinghua en la que el autor ejerce su magisterio realizó varios actos públicos ensalzando el marxismo-leninismo y el maoísmo como ideologías inmortales que renovarán la civilización china –estos actos los realizan todos los años los nuevos estudiantes de cualquier universidad china con motivo de la celebración de la Fiesta Nacional–. Ni una palabra sobre Confucio (Figs. 1-3).

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Fig. 1. Nuevos estudiantes de la Universidad de Qinghua, Pekín. El texto lee: “Larga vida al pensamiento de Mao Zedong”.

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Fig. 2. “El pueblo chino se alzará desde aquí”.

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Fig. 3. Vista general del evento.

El contenido de las clases de cualquier universidad china no ha cambiado en absoluto, algo que Daniel A. Bell, al ser “uno de los pocos occidentales que enseña en universidades chinas” –al igual que el que esto escribe– sin duda no ignorará. Si durante la Revolución Cultural el curriculum maoísta era prolijo en comunismos y contrataba como profesores a militares o campesinos, cuya única condición era conocer la doctrina del Gran Timonel –como bien explica Theodore Hsi-en Chen–, la situación actual no deja de ser sintomática. Así, por ejemplo, en la Universidad de Tianjin los estudiantes de máster de Óptica y Finanzas, una carrera que tiene muchísimo que ver con la política, tienen varias clases de “Socialismo con características chinas”, pero ni una sola sobre Confucianismo, de izquierdas o de derechas. De hecho, absolutamente todas las universidades chinas obligan a sus alumnos a leer y examinarse de cuatro libros esenciales que reflejan la visión que el Partido tiene de la historia, la filosofía, la moral y la política (Figs. 4-7). Estos textos son:

 1. Resumen de Historia Moderna China (Zhongguo jinxiandai shi gangyao 中國近現代史綱要).

2. Introducción al Pensamiento de Mao Zedong y al Sistema Teorético del Socialismo con Características Chinas (Mao Zedong sixiang he Zhongguo tese shehuizhuyi lilun tixi gailun 毛澤東思想和中國特色社會主義理論體系概論).

3. Introducción a los Principios Básicos del Marxismo (Makesizhuyi jiben yuanli gailun 馬克思主義基本原理概論).

4. Cultivo Ideológico y Moral y Bases Legales (Sixiang daode xiuyang yu falü jichu 思想道德修養與法律基礎).

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Figs. 4-7. Libros de texto troncales de las universidades chinas.

Todos ellos publicados bajo el sello de “Libros de texto clave para la investigación y construcción de la teoría marxista” (馬克思主義理論研究和建設工程重點教材). ¿En serio tiene el “doctor” Daniel A. Bell el descaro de afirmar que el marxismo/comunismo ha desaparecido de China, que nadie discute ya sobre el tema y que Confucio está siendo rehabilitado porque Mao ha dejado un vacío moral?

Igualmente, según me comentaban alumnos de Óptica en la mencionada universidad, los ejercicios deben redactarse en un estilo afín al PCC, “si no lo escribimos así, tendremos problemas en el centro” (Comunicación personal, 21/11/2014). A su vez, y a pesar de estar estudiando un máster en Óptica, los alumnos deben asistir a eventos de adoctrinamiento comunista como el “Encuentro sobre la Vida Organizativa del Partido” 黨員組織生活會 (Universidad de Tianjin, 24/11/2014) o el “Encuentro de Estudio del Partido” 黨員學習會, celebrado en 2013. Y entre los materiales de enseñanza que entran en los exámenes encontramos textos tan confucianos como la Dialéctica de la naturaleza de Engels, Pensamientos sobre ciencia y tecnología del ex-presidente chino Jiang Zemin –un texto sobre materialismo dialéctico– o The Coming of Post-Industrial Society de, sorpresa, Daniel A. Bell.

En realidad, el adoctrinamiento político en el marxismo-leninismo defendido por Mao comienza ya en la escuela primaria, en donde se introducen materias de “Política” y se examina a los jóvenes escolares de sus conocimientos y lealtad al pensamiento marxista. La filosofía, esa disciplina que debería gozar de cierta libertad y en la cual Confucio debería ser tratado, se prostituye sin embargo al servicio del pensamiento marxista, como evidencia por ejemplo una selección de escritos de Nietzsche, en la cual leemos “en lo que respecta a la posición de la filosofía de Nietzsche en la Historia de la Filosofía, un análisis de su progreso desde el punto de vista de la filosofía marxista, una crítica a toda ella no puede recogerse en este breve prólogo a la traducción, por lo que confío en que los lectores interesados realizarán este trabajo por su cuenta” (Shangdi si le. Nicai wenxuan 上帝死了.尼采文選 [Dios ha muerto. Selecciones de Nietzsche], trad. de Qi Ren 戚仁, Sanlian shudian, Shanghai, 1989, pág. 5), o, hablando también de Nietzsche, el más pueril “quién es el más grande filósofo del mundo, a esta pregunta yo respondo que Marx” (p. 1, véase Fig. 8). Por tanto, afirmar, como hace el autor de la obra que reseñamos, que “los oficiales chinos y académicos no hablan de comunismo” (pág. 8) es, simple y llanamente, mentir. La explosión a la que en ocasiones se refiere Bell a la hora de describir la aparición de numerosos estudios sobre Confucio –o cultura china en general– responde simplemente a la necesidad del Partido de controlar lo que se dice sobre China.

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Fig. 8. Introducción marxista a una selección de obras de Nietzsche.

Por lo que respecta a los Institutos Confucio y su papel en propagar el “confucianismo de izquierdas”, ténganse en cuenta, por ejemplo, el informe de la ponencia de noviembre de 2011 a cargo de Li Changchun, que tuvo lugar en las oficinas del Instituto Confucio de Pekín:

 “Los Institutos Confucio son una atractiva marca para extender nuestra cultura en el extranjero. Han contribuido enormemente a mejorar nuestro poder blando. La marca “Confucio” tiene un atractivo natural. Usando la excusa de enseñar lengua china, todo parece razonable y lógico”. 

O, como comentaba el Ministro de Propaganda Liu Yunshan en People’s Daily (7/9/2010):

 “Asegúrense de que todos los campos de batalla culturales, los productos culturales y las actividades culturales reflejan y se ajustan a los valores y requisitos fundamentales socialistas”. 

O Wang Gengnian, director de China Radio International, en el mismo medio: 

“Debemos plantar silenciosamente las semillas de nuestra ideología en países extranjeros, debemos hacer buen uso de nuestra cultura tradicional para empaquetar nuestra ideología socialista”. 

No debe sorprender que el autor sea amable y permisible con el “poder blando” ejercido por el “confucianismo de izquierdas” promovido por los Institutos Confucio (The Diplomat, 7/3/2011), dada su estrecha vinculación “académica” y económica con el mismo. Y es así como se entiende el título del libro, “El Nuevo Confucianismo de China”, referencia, por un lado, a la “Nueva Sinología” patrocinada por el PCC y, por otro, crítica al “Nuevo Confucianismo” que los sinólogos influenciados por el liberalismo occidental moderno han defendido en los últimos años. Lo que él nos presente es, ¡oh!, el “nuevo confucianismo” de China.

Desmentida la tesis principal, esto es, la rehabilitación de Confucio y el abandono del marxismo, vayamos, empero, al contenido del libro en sí y a algunos de sus puntos más representativos. La primera parte, dedicada a la política, empieza con la clásica crítica al capitalismo –que Bell, como Deng Xiaoping, cree necesario con reservas– realizada desde la más absoluta ignorancia:

 “El modo de producción capitalista trata a los trabajadores como meros instrumentos en el proceso productivo y pone la tecnología al servicio del enriquecimiento de una pequeña minoría de capitalistas” (p. 4). 

Magnífica descripción del sistema socialista chino, en el que los trabajadores cobran semejante miseria que no pueden esperar a abandonar el país aun a riesgo de perder la vida, mientras una pequeña minoría del Partido Comunista Chino se enriquece. Todo ello, obviamente, vinculado a la política imperialista de los Estados Unidos de América: 

“En los Estados Unidos, el futuro político está restringido, para bien o para mal, por los arreglos constitucionales que llevan ahí más de dos siglos. [...] En China, al contrario, el futuro político está ampliamente abierto” (p. 3). 

            Tan “ampliamente abierto” que no ha habido cambios significativos en los últimos 60 años de Partido. Mientras los Estados Unidos, con su restricción constitucional, revocaron las leyes de segregación racial de Jim Crow, liberaron Europa del terror nazi, introdujeron las Cuatro Libertades, base fundamental de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, así como las leyes de derecho civil para la igualdad racial y posibilitaron el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos –del que China, por cierto, se abstuvo–, la República Popular China ha asesinado a millones de chinos que no comulgaban con su ideología política, que profesaban una religión diferente, que habían tenido la desdicha de nacer como “segundos hijos”, que defendían la libertad de expresión o que pedían todo eso que acabamos de mencionar para China.  Los mayores logros en derechos humanos, civiles y políticos pueden observarse todavía hoy, mientras se escriben estas líneas, en las calles de Hong Kong, en donde la policía, con la ayuda de las tríadas –todos ellos bien pagados por el PCC, como han comentado varios ex-miembros de estas organizaciones criminales–, ha agredido a estudiantes y transeúntes por expresar su opinión libremente.

            Pero la sección más interesante, sin duda, es la dedicada a la sociedad china y, más concretamente, a una de sus costumbres más arraigadas: la prostitución. Descansen tranquilos, jóvenes aspirantes a junzi (“hombre ejemplar confuciano”): mantener relaciones sexuales con las camareras de un karaoke a espaldas de su mujer es “confucianismo de izquierdas”. Personalmente desconozco qué amistades frecuenta el autor, pero el que esto escribe es asiduo visitante de karaokes y nunca se ha encontrado con casos de prostitución en los locales. Estos, en principio, se limitan a ciertos recintos nocturnos en los cuales las “camareras” –léase, prostitutas– mantienen relaciones sexuales con uno o varios de los clientes que se han reunido allí con la excusa de cantar. Y es que en estos casos, lo que mejora la sociabilización de los presentes no es la música, como insinúa Bell, sino el conocido 3P u “orgía” –algo que el autor considera propio de la inhibición asiática (¡!)–.

¿Qué argumentos aduce el autor para demostrar que la prostitución de los karaokes es confucianamente admisible? Simplemente cita unas líneas de Xunzi, filósofo confuciano usualmente considerado enemigo de Mencio: “La música, en resumen, ‘puede hacer los corazones de la gente buenos’ (20.6)” (pág. 64). Nada, sin embargo, sobre la lujuria o la prostitución en Confucio, Mencio o Xunzi. Nada, en las páginas que siguen, salvo comentarios sobre la prostitución en China y una defensa del lenocinio que parte de sus opiniones personales, pero no de la tradición china, que nunca cita. Casi podría pensarse que estamos ante un “Manual del buen funcionario chino” pero, una vez más, nada que ver con Confucio: 

巧言令色,鮮矣仁。

“Palabras dulces y belleza sexual rara vez se asocian con la virtud” (1.3/1/9).

 巧言、令色、足恭,左丘明恥之,丘亦恥之。

“Palabras dulces, belleza sexual, exceso de respeto, Zuo Qiuming se avergonzaba de ellas, Qiu [Confucio] también se avergüenza de ellas” (5.25/11/15-16).

 將由夫患邪淫之人與,則彼朝死而夕忘之。

“Ser como el hombre preocupado por la lujuria es como si al morirse alguien por la mañana se le olvidase al atardecer” (Liji, 35.4). 

De hecho, todos los textos confucianos coinciden unánimemente en posicionar la lujuria y la licenciosidad o yin en las antípodas de la moral y, dada la afición por vincular rituales confucianos y prostíbulos-karaoke, tal vez el autor debería recordar lo que el Clásico de Rituales o Liji dice al respecto: 

            樂者所以象德也;禮者所以綴淫也。

“La música se creó para ilustrar la virtud; el ritual se creó para contener la lujuria” (17.25). 

            Es muy posible, sin embargo, que este ficticio “confucianismo de izquierdas” se encuentre más cercano a los comportamientos de Engels o Chen Duxiu –fundador del Partido Comunista Chino–, cuyas actividades prostitucionales son de sobra conocidas en el mundo académico. 

            Finalmente, en la tercera y última sección de este “Nuevo Confucianismo” el autor centra sus esfuerzos en la educación y en demostrar las raíces confucianas de la misma. Para ello, idea un poco ingenioso diálogo entre un filósofo confuciano y un liberal moderno influido por las ideas occidentales que nada tiene que envidiar a su homónimo malebrancheano, Entretien d'un philosophe chretien et d'un philosophe chinois. La conversación es similar a cualquier diálogo platónico en cuanto que el interlocutor es llevado a la aporía a través de sus ingenuas respuestas. Diríase que Bell hace gala de una muy inocente visión del mundo académico y educativo que nada tiene que ver con la realidad. Por ejemplo, según el filósofo “liberal”, defensor de los valores occidentales, en los congresos académicos se favorecería el antagonismo y la crítica dura en lugar de resaltar los puntos favorables del discurso. Semejante comportamiento está más en la línea de cualquier congreso chino en el que los participantes que se distancian de la línea del Partido –citar a Marx, Engels o Mao incluso al hablar del cultivo de la patata– son públicamente humillados y calificados de “no patriotas”. Tómese, por ejemplo, la siguiente afirmación del filósofo “confuciano de izquierdas”:

 “Por supuesto que siempre habrá un espacio a salvar entre el ideal y la realidad, pero lo mismo se puede decir del pensamiento crítico occidental: en lugar de alcanzar la verdad como se supone que hace, normalmente degenera en estúpidos debates y en la humillación de los ‘oponentes’” (pág. 112). 

Y es que las “harmoniosas relaciones” y “lazos afectivos entre los participantes” de estos congresos serían la clave, según Bell, para alcanzar ese auténtico pensamiento crítico –el lector es libre de considerar si se está refiriendo a un Convivium platónico o a una orgía en un karaoke–. Algo que sin duda demuestra el gran número de avances científicos, éticos, políticos y económicos, amén de los incontables Premios Nobel, de los que disfruta China gracias a su maravilloso sistema educativo confuciano (de izquierdas).

            Uno de los problemas principales de este libro es, precisamente, su tendencia a distraer al lector con descripciones precisas y muy correctas de la tradición antigua china, por ejemplo, del ritual en Xunzi (págs. 38 ss.), para decirnos inmediatamente que se van a describir “tres diferentes tipos de ritual jerárquico practicados en China [...] [que] no fueron específicamente discutidos por Xunzi” (pág. 46). Aquí nos ha colado el autor un tremendo “arenque rojo” que persiste a lo largo de todo el libro, porque en modo alguno se nos muestran comportamientos contemporáneos chinos que tengan su origen en la tradición confuciana. A no ser que Bell crea que los “rituales” y el “respeto a los mayores” son exclusividad de las culturas asiáticas.

            Igualmente, la mayor parte de sus argumentaciones contra Occidente no sólo carecen de objetividad, sino también recurren a falacias lógicas como el hombre de paja, definiendo conceptos vagamente, atribuyendo características cuestionables a lo que él denomina “liberalismo” –sin nunca definirlo– o relativizando conceptos cuando estos no favorecen su parcialidad. Si el autor desea analizar cómo crear una sociedad china próspera haciendo uso de valores confucianos, tal vez debería mirar más a Corea del Sur, Japón, Hong Kong, Taiwán o Singapur y menos a la ex-Unión Soviética.