Thursday, 19. October 2017

Visitantes

1221833

Búsqueda

AGON en Facebook

Compártenos

Share to Facebook Share to Twitter Share to Linkedin Share to Myspace Share to Delicious Share to Google 

Compartir

 

“¡Favor de...!”

 

censorship

En ocasiones uno se siente tentado a dejarse llevar por los estereotipos históricos que nos hablan de unos latinos sumisos y afeminados frente a unos germanos –o nórdicos– tiránicos y salvajes, en las antípodas de los cuales se encontrarían los más proporcionados británicos. Si bien estas afirmaciones no resisten un análisis histórico minucioso, pues salvo contadas excepciones son los individuos los que se comportan y no los países, hay hechos que incitan a uno a remitirse a esa histórica sumisión latina a la autoridad. Y es que tanto en la Península como allende los mares numerosas publicaciones “académicas” se han afanado en imponer las nuevas normas establecidas en la 23ª edición del Diccionario de la Real Academia Española, invitando a sus evaluadores a tenerlas en cuenta en el proceso de revisión por pares. No obstante, la corrección política les lleva a tolerar ciertos modismos que, por regionalismo chileno, venezolano o boliviano, parece que deben ser respetados a pesar de ser manifiestamente erróneos. Un caso ejemplar que resalta por su disonancia es el de “Favor de + infinitivo”.

Y no es que uno desee defender el “español facha” frente al “español latino”, porque no se trata de una cuestión de “español”, sino de “idioma”: una frase del tipo “Favor de venir aquí” no es más que un calco del inglés “Please come here” realizado por alguien con un dominio tan paupérrimo de la lengua de Shakespeare como de la de Cervantes. En primer lugar, porque el inglés “Please” debe traducirse correctamente al español como “Por favor” y, en segundo lugar, porque “come” no es una forma de infinitivo (“to come”), sino de imperativo.

Pero desde el punto de vista de un idioma, de cualquier idioma, una frase como “Favor de venir aquí” es una completa aberración sintáctica: “Favor” es un sustantivo seguido de una preposición “de” que introduce un verbo en infinitivo, por lo que la frase en cuestión carece tanto de verbo principal como de sujeto, incluso si entendemos que el verbo, de manera misteriosa, ha sido elípticamente devorado por el hablante. Dado que “Hacer el favor de” es una locución verbal, separar sus elementos sería equivalente a decir “Razón en esto” en lugar de “Te doy la razón en esto”. Y es aquí donde aparece el completo desconocimiento de la lengua de Cervantes, pues resulta evidente que estamos ante un caso de confusión con un infinitivo de mandato (ese cacofónico “¡Cerrar la puerta, por favor!”), a pesar de que en español no existen infinitivos acabados en “-or”.

Resulta curioso que los que así se escudan en una “lengua latina” (con perdón de los romanos) diferente de la española y aberrante en su sintaxis, sean a su vez los mismos que después viajan a Europa o Asia a dar “clases de español” dentro o fuera de los Institutos Cervantes: “Español de Venezuela”, “Español de Bolivia”, pero nunca “Español de Cervantes”.

No se piense el lector que el que esto escribe a su vez suscribe una cierta “pureza lingüística” del idioma del Imperio Español. El uso de términos extranjeros no sirve únicamente para denotar pedantería, sino también para enriquecer el discurso y el idioma. Pero atenernos ciegamente a una normativa lingüística cuando ésta desafía tanto los usos convencionales como la estructura lógica de nuestra expresión sólo puede calificarse de sumisión.

Tal vez por ello nos guste tanto, especialmente en Humanidades, introducir en nuestros escritos una lingua franca o un adagio en la lengua de Mussolini, una Weltanschauung en la de Hitler o un à la mode en la de Robespierre, mientras despreciamos por poco eufónica cualquier palabra en la lengua de Locke.

Sin duda, la lengua refleja nuestros hábitos.