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Reflexiones sobre cine y Occidente

mohammed bomb 

L’art pour l’art es la divisa de una sociedad que es consciente de su incapacidad para crear un arte que exprese una poderosa voluntad de afirmación de la vida y de la realidad. Esta actitud difundida en la Francia post-revolucionaria durante el siglo XIX y, sobre todo, el siglo XX es la característica principal también de nuestro tiempo, puesto que, a pesar de la proclamación de la “libertad creadora” del artista, el arte no puede dejar de ser reflejo de su época.

Este hecho no impide, sin embargo, que en medio de un panorama inerte, puedan surgir creaciones que transmitan toda una serie de valores que se podrían denominar “eternos” en tanto que son aquellos sobre los cuales se ha creado y mantenido de alguna manera a través del tiempo la civilización occidental nacida en Grecia.

Las muestras de este arte creativo son escasas, puesto que escasas son también las personas que poseen el conocimiento y los medios necesarios para poder realizar proyectos serios que pretendan llevar a la gran pantalla de manera coherente toda una serie de determinados valores. Estos pocos ejemplos, si bien no siempre encuentran una respuesta adecuada por parte del gran público, sí que despiertan la atención de esas tarántulas disfrazadas de críticos de arte, siempre atentos a lo que se produce para poder lanzarse a despedazar sin la más mínima compasión y con los calificativos más despectivos inimaginables una creación que no resulta “apropiada” para el momento político y social actual y no responde a su “sensibilidad”.

Entre las pocas producciones cinematográficas que estarían en esta línea de defensa de los clásicos valores occidentales se podrían citar dos películas: 300 y Dracula Untold, las cuales giran en torno a tres principios fundamentales: la defensa de la patria, de la familia y de la libertad.

La película 300, basada en hechos reales de la historia europea, narra la acción y el destino de los 300 guerreros espartanos que lucharon bajo el liderazgo del rey Leónidas por la libertad de Esparta y de sus habitantes frente a la tiranía proveniente de Asia, representada por el rey Jerjes.

Ya en las primeras escenas de esta película se muestra el carácter orgulloso y guerrero de una sociedad que sabía que la defensa de la libertad se debe ejercitar día a día y que ésta no se conserva a través de discursos pacifistas, sino a través de la fuerza de la espada. La poderosa comunidad guerrera espartana no estaba, sin embargo, libre de prejuicios supersticiosos. Así lo demuestra la resistencia del consejo espartano y de la casta religiosa a la hora de hacer frente a la amenaza oriental representada por el imponente poder del ejército persa. Mas la defensa de la libertad no se ha de ver ni limitada ni cercenada por una burocracia o por un sacerdote que únicamente piensa en su propio beneficio y bienestar. De ahí que Leónidas se propusiera reunir a 300 voluntarios espartanos

Por Esparta. Por la libertad. Hasta la muerte.

De esta manera, “por nuestras tierras, por nuestras familias y por nuestras libertades” marcharon decididamente estos valientes guerreros al campo de batalla. Los éxitos militares de estos hombres libres están registrados en las memorias de los poetas y de los historiadores griegos. Sólo la miseria humana y la traición provocaron que estos 300 hombres cayeran derrotados frente a la tiranía asiática. A pesar, no obstante, de esta derrota, ello no fue óbice para que posteriormente los griegos aprendieran la lección y lucharan todos unidos por su libertad e independencia contra los persas.

El mismo esquema se puede hallar en Dracula Untold, que trata de explicar los orígenes históricos del mito de Drácula. La película presenta una sociedad, la rumana, sometida a los deseos despóticos y arbitrarios del Sultán, quien utiliza a los jóvenes de las distintas poblaciones para poder fortalecer a su ejército y conquistar de esta manera más territorios europeos para la implantación del islam.

El padre de Vlad el Empalador, estando sometido al Sultán, había dado a su hijo para que luchara por sus intereses. Formado militarmente entre los turcos y habiéndose ganado una reputación en el campo de batalla, Vlad es el príncipe de Valaquia, comunidad cristiana que paga anualmente sus tributos monetarios al Sultán (es decir, la yizah, el impuesto que los no-musulmanes han de pagar si no quieren ser masacrados por los musulmanes). El problema empieza cuando el Sultán le exige no sólo la yizah, sino también la entrega de 1.000 jóvenes, entre los cuales se debía encontrar su propio hijo. Es entonces cuando el príncipe despierta de su feliz sueño y se da cuenta de que su libertad y su independencia eran ilusorias, teniéndose que enfrentar de manera directa con la realidad. Así, o se somete a los deseos del Sultán y entrega a 1.000 jóvenes, entre ellos a su propio hijo, o se rebela y lucha por la libertad de su patria y de su familia.

Es en este momento que Vlad tiene que tomar una decisión y ésta consiste en hacer un pacto con el “vampiro maestro” para poder obtener, en sus propias palabras, “el poder para destruir a mis enemigos y salvar a mi familia”.

El acuerdo que Vlad llega con el “vampiro maestro” consiste en su transformación en vampiro, un cambio que le otorgará el poder necesario para defender a su familia y a su patria del enemigo turco en un periodo de tres días, siempre y cuando éste resista a la tentación de alimentarse de sangre.

Vlad acepta el trato y, tras la conversión, siente la fuerza necesaria para poder combatir él solo la primera embestida del ejército turco. A pesar de esta victoria, Vlad reconoce que tienen que reagruparse e ir al monastario de Cosia, en las montañas, para poder vencer mejor al enemigo desde allí. El cambio de posición estratégica se realiza sin más problemas que los de la paulatina transformación de Vlad, quien tiene que llevar a cabo una tremenda lucha interior para poder resistir tres días sin beber sangre humana y no convertirse definitivamente en vampiro.

Los ataques de los turcos se producen sin pausa alguna, aunque ello no impide que Vlad y su familia, junto con sus súbditos puedan encontrar un refugio seguro. De la misma manera que en 300, en Dracula Untold se presenta la superstición y la miseria moral del ser humano, cuando el sacerdote de la comunidad descubre que Vlad se ha convertido en vampiro y desea darle caza y matarle. Ni siquiera los ruegos de su esposa, que había descubierto cuál era el secreto de su marido y el enorme sacrificio que había realizado para protegerla a ella y a su hijo, así como a su pueblo, pudieron detener a la plebe agitada por el sacerdote. Sólo una demostración de fuerza por parte de Vlad pudo aplacar la ingratitud y la superstición de su pueblo y prepararse todos juntos para el ataque definitivo contra los turcos.

La lucha final contra el enemigo musulmán se cobra como resultado el exterminio del pueblo, el secuestro del hijo de Vlad por parte del Sultán, así como la muerte de su esposa, a la cual Drácula es incapaz de salvar a pesar de sus poderes. Antes de fallecer, no obstante, su mujer le ruega que salve a su hijo y que no tenga miedo a convertirse en vampiro, si eso le ha de ayudar a vencer al enemigo, para lo cual ella le ofrece su propia sangre. En una de las decisiones más difíciles para Vlad, éste acepta y, tomando la sangre de su mujer, se convierte definitivamente en vampiro.

Este nuevo poder que obtiene completando su transformación, le otorga la facultad de convertir a otros. Y así lo hace con los miembros supervivientes del exterminio turco de su población, con lo que, con un pequeño grupo de vampiros, Drácula se dirige al puesto donde el Sultán tiene a su hijo secuestrado.

Tras una dura batalla en la que tiene que hacer frente al peligro que para él supone la plata, el amor por su hijo le da las fuerzas necesarias para poder matar al Sultán y recuperar así su libertad. Una vez vencidas las fuerzas turcas, el resto de vampiros pretende convertir también al hijo de Vlad en uno de los suyos. Drácula, consciente de la promesa hecha a su esposa poco antes de fallecer, entrega a su hijo a un sacerdote para que lo cuide y lo proteja, mientras él se enfrenta a su propio ejército de vampiros. De esta manera, el príncipe Vlad, conocido a partir de entonces como "Drácula, hijo del diablo" impidió que los turcos conquistaran las capitales europeas, convirtiéndose, como su hijo narra al final de la película, "en un héroe, del cual no hay ni cuadros ni estatuas dedicados a su memoria".

Los argumentos de estas dos películas explican muy bien las críticas destructivas recibidas en distintos medios en las que se las califica de “tan sangrienta como ‘Apocalypto’ y el doble de estúpida”, de haber “inyectado tantos anabolizantes en la forma que ha condenado el conjunto a la parálisis de una hiperrealista (y algo ridícula) figura de cera”, de “calculado doping”, de “aburrida”, de “aventura violenta”, de “guión falsario”, de “leyenda desangrada”, de “película sin alma”, entre otras lindezas[1].

A pesar de todo, estos adjetivos descalificativos no deberían sorprender en nuestra época. Tanto este tipo de público como los críticos de cine son voceros de esas manifestaciones modernas que tienen como denominador común la exaltación de la mediocridad a través de la más desagradable vulgaridad y el regocijo en la “profunda profundidad” de películas como Apocalypsis Now, El club de la lucha, American Psycho o Matrix o las no menos intelectuales de Pedro Almodóvar o Woody Allen (sólo hay que recordar a título de ejemplo Match Point, que ha sido descrita como “una genialidad”, “una obra de arte” que se “tutea con Dostoievski”).

Renegando de los valores que han creado la civilización occidental y abrazando los ideales de auto-odio de esta generación actual enfermiza, decadente y afeminada, el hombre europeo está preparando el camino para que no sólo se produzca su desaparición física (léase índices de tasa de natalidad por los suelos), sino también el advenimiento de una nueva Edad Media oscura (léase establecimiento del islam) que, esta vez sí, acabará con cualquier atisbo de cultura y de libertad en Europa. Y, en esta ocasión, es de temer que sin un Leónidas o un Vlad capaces de guiar la resistencia y salvar “al mundo del misticismo y de la tiranía”.



[1] Entre estas lindezas habría que citar también las que acusan a la película Dracula Untold de islamofóbica por querer presentar el conflicto histórico entre el cristianismo y el islam. Véanse, a título de ejemplo, los artículos de Z. A. Rahman (http://www.islam21c.com/islamic-thought/dracula-hollywoods-new-desperate-attack-on-islam/) y de Elest Ali (http://www.newstatesman.com/culture/2014/10/what-historical-inaccuracies-dracula-untold-tell-us-about-rise-islamophobia), así como la respuesta a estas críticas con datos históricos de Mark Tapson (http://www.frontpagemag.com/2014/mark-tapson/dracula-and-the-sultan/).