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La guerra por la cultura china

ConfucianCommunism21 

Presentamos al lector hispano el siguiente texto como introducción a un más extenso artículo del Dr. M. Sahlins sobre los Institutos Confucio, que puede leerse aquí.

 

La proliferación de los mal llamados Institutos Confucio a lo largo y ancho del planeta se ha intensificado en los últimos años a un ritmo sorprendente. No sólo controlan qué se dice sobre China en los campus universitarios de las más destacadas universidades, desde Afganistán hasta Japón, sino que también vigilan que aquellos profesores extranjeros contratados por las universidades chinas se entretengan en vociferar, por todo lo alto, las virtudes y valores milenarios que destilan estos centros de adoctrinamiento comunista.                                                                

Pero como bien comentó en una ocasión Mark Steyn, si alguien va a detener el auge de China, éstos serán, ni más ni menos, que los propios chinos. Y esto quedó magníficamente demostrado el 22 de julio de 2014 en la última conferencia internacional de la Asociación Europea de Estudios Asiáticos (EACS).

Esta asociación, fundada en 1975 en París, tiene como objetivo fundamental apoyar a los sinólogos europeos y proyectar su trabajo a nivel internacional, proporcionando los medios necesarios para, por ejemplo, realizar investigaciones en el extranjero o visitar importantes bibliotecas con un rico fondo bibliográfico en el ámbito de los estudios orientales. Estas actividades cuentan con la subvención de la Fundación Chiang Ching-Kuo, una asociación sin ánimo de lucro afincada en Taiwán. Y esto, parece ser, no ha gustado a los Institutos Confucio.

Así, cuando los asistentes a la última conferencia celebrada en Braga, Portugal, recibieron el programa de ponencias, descubrieron atónitos cómo alguien había, literalmente, arrancado cuatro páginas. Inmediatamente se descubrió que la viceministra Xu Lin, directora general de los Institutos Confucio, había ordenado poco antes requisar todas las copias del programa y depositarlas en las oficinas del Instituto Confucio, en donde fueron convenientemente “armonizadas”, al más puro estilo maoísta de la Revolución Cultural.

A diferencia de lo que podría pensarse de esta Europa políticamente correcta, los organizadores, ponentes y visitantes protestaron enérgicamente contras las acciones llevadas a cabo por el Instituto Confucio. Pero las consecuencias de esta “autoridad imaginaria” de la que los chinos creen disfrutar allá donde van no acaban aquí. Tan sólo dos meses después de estos sucesos, cien profesores de la Universidad de Chicago firmaron una petición para prohibir en su campus la continuidad del Instituto Confucio allí presente. Nuevamente Xu Lin, que parece no comprender lo que es hacer el ridículo, atacó a la institución con un artículo publicado en el Jiefang ribao, un periódico del Partido Comunista Chino, en el que presumía de haber amenazado a Robert J. Zimmer, rector de la citada universidad, quien inmediatamente procedió a cortar cualquier tipo de relación entre ambas instituciones. Tal vez Obama sí negocie con terroristas, pero está claro que la Universidad de Chicago no.

La presencia de los Institutos Confucio es más cancerígena de lo que a primera vista pudiera pensarse. No sólo obligan a las universidades a disponer de profesores de chino escogidos por el Partido –profesores que, en su mayoría, son meros estudiantes incapaces de diferenciar entre un adjetivo y un adverbio–, sino que con su imposición de la escritura simplificada limitan las posibilidades de acceso a materiales antiguos o a textos publicados en Hong Kong, Taiwán u Occidente –es decir, aquellos que no cuentan con el nihil obstat del gobierno chino–. Pero más allá de todo ello, los Institutos Confucio promueven una imagen de la historia absolutamente rocambolesca y egocéntrica: que los cinco milenios de historia china han tenido como finalidad la formación del Partido Comunista Chino y la victoria de Mao. Una idea que surgió en 1976, cuando comenzó a identificarse a Mao con el Primer Emperador y la unificación de China en el año 221 a.C. con la victoria de los comunistas en 1949. Y lo cierto es que esta imagen no es tan distorsionada como pudiera parecer: el Primer Emperador fue, como Mao, un déspota tiránico que asesinó a todo el que se puso en su camino hasta dominar todo el territorio chino, que ejecutó a los intelectuales y que destruyó centenares de libros y monumentos antiguos. Exactamente lo mismo que hizo Mao en 1949 y 1966.

Hoy se libra en Asia una silenciosa guerra por la cultura china con la finalidad de definir qué es la cultura china y quién debe ser dueño y señor de la misma. El campo de batalla son nuestras universidades y los contendientes el Instituto Confucio y la Academia Taiwanesa, una joven institución que, como el Instituto Confucio, ofrece becas de estudio de lengua y cultura china en Taiwán. Pero, a diferencia del Instituto Confucio, la Academia Taiwanesa no va arrancando páginas en conferencias internacionales ni lloriqueando en periódicos locales.

Como recordaba el personaje de una conocida serie televisiva, parafraseando a Shakespeare: “Winter is Coming”.

 

Enlaces de interés (censurados en China)