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“A Third Rape of Nanking”: Lu Chuan o la desmemoria histórica

"Nanjing, Nanjing" cabalga sobre la censura china. 

 

«El que los corderos guarden rencor a las grandes aves rapaces es algo que no puede extrañar: sólo que no hay en esto motivo alguno para tomarle a mal a aquéllas el que arrebaten corderitos. Y cuando los corderitos dicen entre sí “estas aves de rapiña son malvadas; y quien es lo menos posible un ave de rapiña, sino más bien su antítesis, un corderito, –¿no debería ser bueno?”, nada hay que objetar a este modo de establecer un ideal, excepto que las aves rapaces mirarán hacia abajo con un poco de sorna y tal vez dirán: “Nosotras no estamos enfadadas en absoluto con esos buenos corderitos, incluso los amamos: no hay nada más sabroso que un tierno cordero”».

 

Nietzsche, GM 1:13.[1]

 

 

El 13 de diciembre de 1937, la por entonces capital de la República de China, Nanjing, caía en manos del ejército japonés. Una larga contienda de cuatro sangrientos meses había precedido la victoria final del Imperio del Sol Naciente sobre tierras chinas, resultado del popular altercado conocido como “Incidente Mukden”, un autoinfringido atentado con el que la armada japonesa pretendió legitimar su presencia en el continente. La victoria sobre Shanghai, que daría paso a la consecuente toma de Nanjing, no sólo era decisiva en sí misma por suponer la consumación de los deseos imperialistas de las milicias del ejército de Kwantung sobre el territorio circundante: confirmaba una larga tradición según la cual el destino mesiánico de Japón radicaba en “extenderse” por el mundo, no para dominarlo sino para “repoblarlo” con la inmaculada sangre de los descendientes de Amaterasu, la diosa japonesa del sol.

Los acontecimientos que se sucedieron a lo largo de las ocho semanas que duró la toma de la capital china quedaron reflejados con gran realismo y crudeza en la obra de la periodista e historiadora Iris Chang, The Rape of Nanking: The Forgotten Holocaust of World War II (1997), un estremecedor documento que le valió a la vez el reconocimiento internacional y el odio generalizado de diversos sectores académicos japoneses, llegando a recibir numerosas amenazas contra su integridad física y poniendo a Japón, una vez más, al mismo nivel que aquellos grupos reaccionarios musulmanes desde los cuáles se lanzara una fatwa contra Salman Rushdie y sus “versos satánicos”. A este ambiente de revisionismo que todavía hoy entumece el sistema educativo japonés Chang lo denominó “the Second Rape”. Hoy, seis años después de que Iris Chang colocase un revólver en su boca y decidiese acabar con el dolor que le provocaba haber tenido que mostrar al mundo los horrores de la Segunda Guerra Sino-Japonesa, parece que debemos resignarnos nuevamente a asistir a una tercera “violación”: Lu Chuan y su película “Ciudad de Vida y Muerte” (Nanjing! Nanjing! en chino), presentada en Occidente como una “Lista de Schindler” china.[2]

 

 

Ciudad de Vida y Muerte –“The Third Rape”

 

“Ciudad de Vida y Muerte” fue anunciada al público chino con una mezcla de patriotismo y pretensión documentalista que inmediatamente defraudó a gran parte de la población. En diez días su director, Lu Chuan, consiguió algo inaudito en la historia del cine chino: no sólo recaudó más de 100 millones de yuan (algo que ya habían conseguido otros cuatro directores antes que él: Feng Xiaogang, Zhang Yimou, Chen Kaige y Ning Hao), sino que también se ganó la hostilidad y animadversión de la práctica totalidad de sus espectadores. La razón de este malestar general que “Ciudad de Vida y Muerte” causó entre el público chino hay que buscarla, principalmente, en el tratamiento que del soldado japonés protagonista de la historia realiza su director. Según comentó en una entrevista concedida a RTHK,[3] la intención de Lu Chuan al incluir esta figura era doble: por un lado pretendía que, independientemente de la veracidad histórica de la misma, su película “se vendiese también en Japón” –imagínese a Steven Spielberg afirmando esto en relación a los grupos neonazis y los sectores revisionistas del Holocausto–, a la par que posibilitaba a su director profundizar en la psyche humana, ofrecer una imagen más humana de ambas partes mostrando que no todos los soldados japoneses estaban de acuerdo con la matanza y, finalmente, analizar las causas que llevaron al ejército japonés a extasiarse en el robo, la violación, el asesinato y la tortura generalizados.

No obstante, si “Ciudad de Vida y Muerte” debe ser entendida como respuesta final a todas estas cuestiones vitales que Iris Chang ya anticipara, mas no respondiera, la profundidad psicológica con la que su director retrata a los personajes que transcurren a lo largo de las más de dos horas de película constituye un insulto y burla descarados a su público. No sólo John Rabe, el nazi que salvó a más de 200.000 civiles chinos de una muerte segura, es retratado como inútil y patético –incapaz de salvar a nadie ni de salvarse a sí mismo, abandona Nanjing sin atreverse a mirar al frente–, o el Sr. Tang, su secretario, quien presentado como un traidor que a imagen de Judas se arrepiente en el último momento, sino que también Kadokawa, el soldado japonés a través del cual se pretende elevar al público a un estado de simpatía para con el enemigo, a poner su otra mejilla, constituye un personaje completamente plano, bueno por naturaleza e incapaz de realizar ninguna de las violentas acciones que caracterizaron a las milicias japonesas, llegando incluso a enamorarse de la primera prostituta con la que mantiene relaciones. ¿Es éste el magistral retrato psicológico de la naturaleza japonesa en tiempos de guerra, o un mero cliché con fines puramente comerciales?

La inclusión de este personaje es una de las muchas licencias que Lu Chuan se ha tomado a la hora de retratar los hechos acaecidos durante la Segunda Guerra Sino–Japonesa. Según su propio testimonio, la controvertida idea de presentar el punto de vista de un soldado japonés surgió de la consulta de diversos diarios de guerra de estos militares, diarios que presentaban testimonios evidentemente contrarios a los de las víctimas de la masacre (lo cual pareció sorprender a Lu Chuan). Sin embargo, en lugar de ponderar, de valorar históricamente qué testimonios ofrecían mayor credibilidad –comparándolos, por ejemplo, con los diarios y cartas de americanos y alemanes que se hallaban en Nanjing esa Navidad o con los cientos de fotografías que constituyen el desgarrador documento gráfico de la Masacre de Nanjing–,[4] Lu Chuan decidió falsificar conscientemente la historia de su nación y dar prioridad a las declaraciones que desde el movimiento revisionista japonés, anclado en el imperialismo militar de los siglos precedentes, se venía ofreciendo a Occidente desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Así, Lu Chuan no sólo miente descaradamente al presentar el testimonio falso de un soldado japonés, sino que también falsifica el papel del ejército chino y de los extranjeros, hombres y mujeres americanos y nacionalsocialistas alemanes que dejaron atrás sus respectivos países para defender con sus propias manos el territorio chino que les había dado cobijo.

Sin ánimo de ser exhaustivos, he aquí algunas de las falsificaciones históricas que el director realiza de estos hechos:

 

1. La debilidad del pueblo chino fue causante de su derrota:

 

Se nos presenta al ejército chino y al pueblo que defienden como un conglomerado de débiles soldados cuya inutilidad les impide salvar a su propio país, prefiriendo no ya vivir de rodillas, sino morir también de tan patética forma (hay que notar que no se presenta esta debilidad como algo negativo sino heroico). Se nos oculta, sin embargo, que en realidad los japoneses aprovecharon el conflicto civil entre el Partido Nacionalista Chino o Kuomingtang y el Partido Comunista para ocupar el continente, y que ambos partidos dejaron atrás sus rivalidades para aliarse bajo el Segundo Frente Unido y expulsar a los japoneses, hecho éste que se conseguiría finalmente en 1945. Asimismo, se obvia concienzudamente que los medios de comunicación de Nanjing anunciaban ya que la ciudad sería defendida con sangre a pesar de carecer de tropas para el combate (20.11)[5] y que una semana antes de la ocupación el Coronel Huang asentía orgulloso ante John Rabe: “cada pulgada de suelo que los japoneses conquisten será fertilizada con nuestra sangre. Nanjing será defendida hasta con el último de sus hombres” (6.12). La moral china siguió en aumento a pesar de la derrota y el 8 de enero circulaba ya el rumor de que las tropas chinas planeaban retomar la ciudad. Según relata Rabe, varios civiles chinos se prepararon entonces para atacar la embajada japonesa (8.1). Parece, sin embargo, que ante el director de “Ciudad de Vida y Muerte” el pueblo chino no debe mostrar su valor defendiendo su ciudad, a sus hijos y a sus mujeres, sino que debe “resistir” cristianamente como un pobre corderito: “No estoy escribiendo sobre la humillación y heridas del pueblo chino –afirma Lu Chuan–, sino sobre su resistencia”.[6]

 

2. John Rabe es presentado como débil e inútil, incapaz de sobrellevar la carga que se ha impuesto a sí mismo:

 

La imagen que de John Rabe se transmite en la película nada tiene que ver con la persona que valientemente rehusó volver a Alemania para establecer la Zona Protegida en Nanjing, un proyecto que según el director ni siquiera fue capaz de defender. Un John Rabe que acepta de rodillas y con lágrimas las imposiciones del ejército japonés y que se hace acompañar de un traidor: su secretario, el Sr. Tang. Nada se nos dice de los tesoros nacionales que Rabe salvaguardó del saqueo japonés (23.11), ni de su valor al rechazar volver a Alemania. Es, de esta manera, un personaje plano que nada tiene que ver con el alemán que se enfrentaba diariamente a soldados japoneses armados entregados al pillaje y a la violación, que se personaba en las viviendas fuera de la Zona Protegida para sacar arrastras a aquellos que intentaban violar a niñas y mujeres y que denunció continuamente, aún a pesar del daño que esto podía causar a las relaciones germánico-japonesas, los horrores que día a día veía en las calles de la capital (18.12, 19.12, 30.1 y 10.2). Según él mismo cuenta en su diario:

 

“Normalmente sólo tenía que gritarles ‘Deutsch’ y ‘Hitler’ y se volvían respetuosos (17.12) [...] Saqué a dos japoneses arrastras de la parte posterior de una casa que estaban saqueando (18.12) [...] Vi a un soldado a punto de violar a una mujer; conseguí sacarlo de la habitación (30.1)”.

 

Cabe decir que esta película no ha sentado demasiado bien a la conservadora de la Casa-Museo de John Rabe, Tang Daoluan, algo comprensible cuando gracias a este personaje fueron salvados más de 200.000 civiles chinos.[7]

 

TangDoulan

La conservadora de la Casa-Museo de John Rabe, Tang Daoluan, en la rueda de prensa de presentación de la película sino-germánica “John Rabe”.

 

3. Se ofrece una visión incompleta y manipulada de las atrocidades cometidas por el ejército japonés:

 

A modo de explotación comercial y publicidad gratuita, la única masacre en la que Lu Chuan centra su atención es la prostitución de mujeres chinas –nada se nos dice de las violaciones masivas, de los bebés asesinados a golpe de bayoneta, de los concursos de ejecuciones y decapitaciones, de las quemas de cadáveres o las fosas comunes, de las mujeres embarazadas a las que se les extraían los fetos como diversión o de las víctimas enterradas vivas para pasar sobre ellas en vehículos o caballos, cuando no abandonadas para servir de almuerzo a los perros–. Además, según su curiosa interpretación de los hechos, este centenar de mujeres que heroicamente entregaron sus cuerpos a los soldados japoneses “salvaron la ciudad de Nanjing”, acabando con los crímenes sexuales del ejército imperial.[8] No sólo es totalmente falso que estas mujeres jugaran papel alguno en el final de la ocupación japonesa –el acontecimiento que relata Lu Chuan cabe situarlo en el 26 de diciembre, pero el 10 de febrero todavía seguían produciéndose violaciones–,[9] sino que la escena cumbre de la película con la que se pretende ensalzar el papel de estas “cien mujeres de Nanjing” es nuevamente una falsificación intencionada de los verdaderos hechos históricos. Según Lu Chuan, todas las mujeres de Nanjing habrían sido fácilmente agrupadas en el interior de una iglesia sin ofrecer resistencia alguna y allí John Rabe les habría anunciado, entre sollozos, que cien de ellas debían partir para ser entregadas a los japoneses. A cambio, el ejército invasor se comprometía humanamente a proporcionarles alimentos y preservar la Zona Protegida. Una tras otra, diversas mujeres se ofrecen voluntariamente a servir como prostitutas del ejército invasor en lo que, para muchos, habría sido un gran acto de heroicidad (!).

 

Iglesia

Refugiadas dirigiéndose a la iglesia en la que John Rabe anunciará su fatídico destino (Fuente: Ciudad de Vida y Muerte)

Ginling

El Instituto Femenino de Ginling, en donde realmente tuvo lugar la escena (Fuente: Hua-ling Hu, American Goddess at the Rape of Nanking. The Courage of Minnie Vautrin)

 

Si hacemos caso de las palabras de John Rabe, no obstante, este acto de decadente sumisión jamás tuvo lugar:

 

“La señorita Minnie Vantrin, nuestra Minnie Americana, una mujer íntegra hasta la médula –realmente no la conozco mucho. Parece que es una profesora a cargo del Instituto Femenino de Ginling... Cree en sus chicas y las protege como la gallina a sus polluelos [...] Y ahora las autoridades japonesas vienen con la fabulosa idea de crear un prostíbulo militar y, con horror, Minnie se ve forzada a observar cómo esos subordinados son autorizados a entrar por la fuerza en la Sala Principal del Ginling, llena con cientos de ‘gungyangs’ [vírgenes]. No va a dejar ir ni a una sóla de ellas. Moriría antes allí mismo; pero entonces sucede algo inesperado. Un respetable miembro de la Sociedad de la Esvástica Roja, alguien a quien todos conocemos, pero que nunca sospechamos que tuviese tal conocimiento del mundo criminal, dice unas cuantas palabras amigables –¡y voila! Un considerable número de jóvenes refugiadas da un paso al frente. Evidentemente prostitutas a las que no les pone triste encontrar trabajo en un nuevo prostíbulo. ¡Minnie está sin palabras!” (26.12).

 

Es decir:

 

- esta escena tuvo lugar en el Instituto Femenino de Ginling, no en una iglesia;

- los japoneses entraron por la fuerza, no llevaron a las mujeres allí, sino que éstas ya estaban en el instituto (bien por ser las protegidas de Minnie Vantrin, bien por ser refugiadas que huían de los soldados) y es por ello que tampoco es cierto el comentario que realiza el soldado japonés de que “todas las mujeres de Nanjing están aquí”.

- no fue John Rabe quien intentó convencer a las mujeres, sino un ciudadano chino anónimo –un miembro de la Sociedad de la Esvástica Roja– con posibles vínculos con el mundo criminal;

- ninguna de las estudiantes del colegio (vírgenes) se ofreció a trabajar como prostituta, sino que fueron algunas de las refugiadas que ya se habrían dedicado a ello con anterioridad;

- dado que el pillaje y la violación continuaron durante seis semanas, ninguna de las 21 mujeres que en realidad fueron voluntariamente a prostituirse hizo nada por la ciudad, salvo reducir la ya mancillada moral de sus conciudadanos y rebajarse como seres humanos. El 12 de enero, una carta enviada por Georg Rosen a Rabe nos informa de cómo una joven embarazada había sido atacada repetidamente con bayonetas, hiriéndola en el estómago y matando a la criatura, mientras una niña llegaba al hospital habiendo sido violada veinte veces seguidas (Rabe, 15.1).

 

Yovoy

“Señor Rabe. Yo voy”.

 

La cuestión final permanece sin respuesta, ¿qué razones llevaron al Imperio Japonés a cometer semejantes atrocidades en territorio chino? En palabras del propio director:

 

“matar sin control en una guerra, violar insensiblemente la castidad de una mujer, esto, tal vez, está en el corazón de todo hombre, simplemente no tenemos la oportunidad de hacerlo [...] al no haber una ley en el campo de batalla, podían matar y robar tanto como deseasen”.[10]

 

Esta triste visión del ser humano sirve de excusa a la incompetencia y desvergüenza con la que el director chino desdeña a su público, demostrando que poco le importa la veracidad histórica de su relato, jugando con los sentimientos de aquellas personas que sufrieron directa o indirectamente la ocupación japonesa y para las cuales esta película parece dar a entender que la debilidad del pueblo chino (pues “resistencia” sin lucha no es sino debilidad) lo hizo merecedor de esta tragedia. Pretender excusar al ejército japonés aduciendo que toda guerra se cobra sus víctimas y que los hechos de Nanjing son comparables a los de cualquier otro conflicto armado en cualquier parte del mundo, es un argumento tristemente usado por ciertos sectores revisionistas del Holocausto chino que desarrollan su actividad en el extranjero.[11] La excepcionalidad de los crímenes de guerra japoneses queda patente al leer algunas de las entradas de los diarios de John Rabe:

 

- “Los soldados japoneses están totalmente fuera de control” (19.12).

- “Siguen dando muestras de una crueldad, brutalidad y bestialidad sin parangón, excepto con las hordas de Gengis Khan” (22.1).

- “Uno puede sentirse inclinado a pensar que el ejército japonés está integrado por ex-convictos. La gente normal no se comporta de esta forma” (22.1).

- “Uno podría pensar que la totalidad de la población criminal de Japón se ha vestido de uniforme [y ha venido] aquí” (3.2).

 

Para entender las motivaciones psicológicas que se escondían tras el militarismo japonés y la Masacre de Nanjing, manifestaciones que perviven todavía en sus más diversas formas en la moderna sociedad japonesa, es necesario realizar un breve excursus histórico a través de dos hechos poco conocidos en Occidente: la “controversia de los textos” o “Second Rape”, como lo denominara Iris Chang, y la fabricación del mito de la “cultura japonesa”.

 

 

La controversia de los textos –“The Second Rape”

 

En los medios de comunicación asistimos, casi a diario, a las más diversas manifestaciones en contra de la censura y violación de los derechos humanos en territorio chino, así como a peticiones para que el gobierno chino acepte su culpabilidad en el incidente que siguió a las protestas estudiantiles en Tian’an Men que tuvieron lugar en la primera mitad de 1989. No obstante, si bien parece lícito extender esta preocupación humanitaria a todos los pueblos y naciones, Japón parece poder permitirse el lujo de sentirse exculpado de su participación en las diversas masacres que, desde el ataque a Porth Arthur en 1894, llevó a cabo de forma sistemática allí donde su ejército era enviado: tortura, vivisección (disección y autopsia de sujetos todavía vivos) y experimentos biológicos con prisioneros de guerra llevados a cabo por la Unidad 731 en Manchuria o actos de canibalismo en Nueva Guinea (no únicamente sobre prisioneros muertos, sino también sobre los propios soldados japoneses más jóvenes),[12] a los que debe añadirse el pillaje, las ejecuciones en masa o las miles de violaciones tanto de niñas de hasta ocho años como de ancianas que tuvieron lugar entre coreanos, chinos, indonesios, filipinos e, incluso, japoneses. ¿Por qué razón Japón goza de esta posición privilegiada en la violación de derechos humanos, posición que, como veremos, mantiene todavía hoy con la silenciosa aprobación de Occidente? La respuesta nos la ofrece el historiador Donald Calman, con su habitual concisión espartana: “[los japoneses] obtuvieron su libertad y América obtuvo sus datos científicos”.[13]

 

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Uno de los documentos desclasificados por el gobierno estadounidense en el que se aprueba la protección de criminales de guerra japoneses expertos en guerra bacteriológica (Fuente: The Rape of Nanking. An Undeniable History in Photographs, op.cit., p. 298).

 

Pero este sueño, esta ficción, no hubiese sido posible sin la colaboración del gobierno y los estamentos militares japoneses –apoyados directamente por el ámbito académico e, indirectamente, por una población que se resigna a aceptar la realidad histórica de estos hechos–, organismos que, desde la Segunda Guerra Mundial hasta finales del s. XX han negado rotundamente la participación de su ejército en semejantes crímenes de guerra. Así, en el North China Daily News del 30 de enero de 1938 podía ya leerse:

 

“Londres, 29 de enero. El embajador japonés al mando, el Sr. Shigeru Yoshida, ha dicho hoy en una entrevista con el “Daily Sketch” que “deplora profundamente” los informes que llegan a Europa acusando a los soldados japoneses de “atrocidades innombrables” y añadió que es “impensable que nuestras tropas olvidaran su tradición” [...] “Tal conducta es totalmente ajena a nuestras nobles tradiciones y no existe nada semejante en la historia de Japón que muestre precedente alguno. Nuestra armada está bien disciplinada”.[14]

 

Lo cierto es que el ejército japonés estaba ciertamente disciplinado, mas sus “nobles tradiciones”, como veremos, se hallaban más cerca de los campos de concentración de Auschwitz y de las teorías raciales del nacionalsocialismo que de sus legendarios samurais –moral que Japón rechazó en los años previos a la guerra en un intento de purificarse de las detestables influencias del Asia Occidental–.

La razón de esta amnesia generalizada debe buscarse en el sistema educativo japonés, controlado en gran medida por derechistas revisionistas que someten los libros de texto a duros escrutinios y “controles de calidad” para así mantener oculto o minimizar el papel de Japón en la guerra. Según explicó la historiadora americana Iris Chang en una entrevista, “hace unos años muchos niños japoneses ni siquiera sabían qué bando ganó – los Estados Unidos o Japón”. Esta censura se extiende a los ámbitos más cultos de la sociedad japonesa, según comunicó a la autora un historiador de la Escuela Gubernamental de Kennedy, en Harvard:

 

“cuando introduje el tema a [mis] estudiantes japoneses –la mayor parte diplomáticos– no tenían ni idea de qué hablaba. Y algunos no estaban preparados psicológicamente para enfrentarse a la cuestión [...] una estudiante japonesa estaba tan angustiada que se marchó de la sala, llorando histéricamente”.[15]

 

Tras las duras críticas en torno a esta cuestión suscitadas ante la comunidad internacional, diversos historiadores comenzaron a centrar su atención en los crímenes de guerra japoneses y a presionar al consejo del Ministerio de Educación del país para reformar la política de control y publicación de libros escolares. El resultado fue la destitución del Ministro de Educación Masayuki Fujio en 1986, con lo que se pretendía quedar bien ante el mundo iniciando una “nueva era” en la que Japón reconocería su papel en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la posición adoptada por los nuevos miembros del consejo cambió sólo nominalmente: a finales de los ochenta se hablaba de la Masacre de Nanjing en términos reduccionistas, pero en 1991 se eliminaba de nuevo toda mención al número de víctimas civiles durante el altercado. Tres años más tarde, y tras largas discusiones con el ministerio, éste aprobó la irrisoria cifra de 15.000 muertos. Según recoge el New York Times (7 de mayo de 1994, p. 1), el entonces Ministro de Justicia japonés, Shigeto Hagano, declaró que la masacre era una “invención” (fabrication), y a mediados del mismo año The Times citaba las palabras del Ministro Director General de la Agencia de Medioambiente, según el cual “Japón no intentó librar una ‘guerra de agresión’ en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial” (15 de agosto de 1994, p. 9), En 1998 Nanjing ni siquiera era mencionada en muchos libros de texto –por ejemplo, Nihonshi B (Historia de Japón B)– y siete años después el Atarashii rekishi kyoukasho (Nuevo libro de historia) afirmaba que hay serias dudas acerca de la veracidad del incidente.

 

tsukurukai-text

Atarashii rekishi kyoukasho (Nuevo libro de historia), 2005, editado por la Atarashii rekishi kyoukasho o tsukuru-kai (Sociedad Japonesa para la Reforma de los Libros de Texto Históricos), que contrariamente a lo que su nombre sugiere pretende preservar el revisionismo japonés.

 

Desde el ámbito académico, salvo excepciones puntuales, los historiadores se mantienen al margen, conocedores de las repercusiones que su honestidad puede tener en su vida laboral y en su integración social. Como recuerda Peter Edwards:

 

“debe tenerse en cuenta que los peligros de abandonar el tatemae [comportamiento público] y hablar en público de estos temas son considerables –un hecho atestiguado en política con el asesinato de Hitoshi Motoshima, alcalde de Nagasaki”.[16]

 

Vista la manipulación oficial realizada por el gobierno japonés en torno a la Masacre de Nanjing, no resulta extraño que el director de “Ciudad de Vida y Muerte”, Lu Chuan, encontrase disparidades entre los relatos chinos y japoneses. El sistema educativo desarrollado tras la Segunda Guerra Mundial –herencia directa de la selección racial que caracterizó al militarismo japonés y que cada año se cobra miles de víctimas en forma de suicidios–[17] no sólo se ha impuesto a sí mismo una mentira, sino que también ésta le ha sido impuesta al resto del mundo.

 

 

La fabricación del mito de la cultura japonesa –“The First Rape”


 

Tras la censura que todavía a día de hoy continúa realizándose en los medios de comunicación y en los libros de texto auspiciados por los sectores revisionistas de Japón, se halla un nutrido sector de especialistas en diversas áreas históricas denominado globalmente nihonjinron o “discursos sobre los japoneses”, quienes pretenden defender la existencia de un concepto japonés distintivo de lo público y privado –desde el cual definir el acceso a determinadas informaciones– y la existencia de un carácter japonés diferente al de todos los pueblos, más puro, genuino y elevado por descender directamente de Amaterasu, la diosa japonesa del sol. El concepto central de esta “filosofía” es minzoku, que podría traducirse por “pueblo” o “gente” con el mismo sentido y connotaciones que tuviera en Europa el término alemán “Volk”,[18] y desde el cual se anuncia la antigua pretensión de que Japón fue unificado en el s. V por los Yamato-minzoku, la raza pura carente de las perniciosas influencias que desde el continente, Corea y China, habían corrompido a los pueblos inferiores de Japón (los Ainu al norte y los Ryukyu al sur). Esta idea surgió, sin embargo, a finales del s. XIX, cuando “el país conocido como Nihon impuso su poder político sobre sus dos países vecinos, el reino de los Ainu al norte y la tierra de los Ryuku al sur”,[19] y es en este momento cuando empiezan a fraguarse los inicios de lo que será el imperialismo japonés: el régimen feudal que dominó Japón durante este período, el shogunato Tokugawa (1600-1868) y la posterior restauración Meiji, que devolvió el poder a la figura del emperador en 1867.

La restauración Meiji puede ser comparada en muchos aspectos con la Revolución Francesa, que tan funestas consecuencias tuvo para Europa y cuyos ecos comenzaban a oírse ya en la Ilustración o “Siglo de las Luces” (Meiji significa, precisamente, “gobierno iluminado”). Cuando el shogunato Tokugawa –caracterizado por el estricto código samurai, pero también por el frecuente uso de la tortura–[20] cayó ante los revolucionarios kokugakusha (“académicos nacionalistas”), el sistema gubernamental y social dejó de fundamentarse en los líderes militares que habían controlado Japón desde el s. XVII para retornar a la figura mesiánica del Emperador, descendiente directo de los dioses, introduciéndose para ello las doctrinas eugenésicas del fukko Shintou y fukko ishin. La misión del fukko era, como su nombre indica en japonés, “restaurar lo antiguo” para así crear una nueva era (ishin). Lo antiguo era aquí la figura del Emperador y la pretensión de que el pueblo japonés descendía directamente del clan Yamato, para los cuales los dioses habían creado Japón primero y el mundo después. La misión, pues, de los kokugakusha era restaurar la pureza y posición del verdadero Japón, centro del mundo conocido y lugar desde el cual la bestia japonesa debía recuperar lo que le había sido arrebatado. Estas pretensiones no habrían tenido mayor consecuencia de no ser por dos hechos sociológicamente importantes que acompañaron el desarrollo del nacionalismo japonés y que lo diferencian de sus análogos europeos: el carácter insular de Japón y la transmutación de la ética confuciana.

El historiador británico Ivan Morris, ha señalado, junto con numerosos otros psicólogos, la importancia del carácter insular de países como Japón en la definición de sus rasgos distintivos y de su pretensión mesiánica:

 

“En Japón como en cualquier parte, insularidad, una sensación de aislamiento y la resultante paranoia, manía persecutoria y creencia en la unicidad, todo ello combinado lleva al nacionalismo por peligrosos caminos”.[21]

 

Este aislamiento al que Japón se sometió voluntariamente (durante el shogunato Tokugawa y hasta 1853 permaneció cerrado a contactos con Occidente) se dio también en el continente, en donde China desarrolló ideas de centralidad y unicidad semejantes a Japón, considerando a los extranjeros como bárbaros. Sin embargo, el territorio chino se hallaba compuesto por diversos grupos étnicos –hoy en día se reconocen oficialmente 56 etnias, a las que los etnógrafos añaden una decena más–, por lo que la concepción de una unicidad racial que sí se dio en Japón jamás llegó a producirse en China. Así, mientras en el continente ser “chino” era una cuestión primeramente cultural, en Japón fue (y es) la sangre lo que distingue a un japonés de un gaijin (extranjero) o un konketsu/haafu (mestizo), siendo imposible para cualquiera de estos situarse socialmente al mismo nivel que aquél.

A partir, pues, de esta teoría racial enunciada por los kokugakusha a finales del s. XIX se fundamenta la presunción de superioridad humana del japonés sobre sus vecinos: primero sobre los Ryukyus y los Ainu –grupo este fuertemente estigmatizado en el Japón contemporáneo–, y sobre China, Corea y el resto de Asia después, para alcanzar finalmente el resto del mundo. Es en este contexto de pureza racial que debe entenderse, por ejemplo, la Ley de Protección Eugenésica de 1948, según la cual se hacía legal la esterilización y el aborto de aquéllos que tuvieran un historial psicopático o enfermedades hereditarias.[22] Al contrario de lo que podría pensarse, esta ley no consistía en una imposición legislativa sobre la población, sino en una puesta efectiva por escrito, ante el mundo moderno, de las costumbres que configuraban al japonés. Por ejemplo, hablando sobre el matrimonio en el Japón moderno, Edwards nos dice:

 

“Ninguna fuente de ‘contaminación’ o ‘polución’ debe ser descubierta. Éstas podrían ser mibun no koto (de nacimiento). Se consultan los registros familiares que puedan contener detalles sobre cosas tales como previos divorcios en la familia, muertes prematuras, [hijos] ilegítimos o tendencia a la infertilidad. El ketto (sangre o linaje) no debe ser contaminado contrayendo matrimonio con un burakumin (parias oficiales, ahora extraoficiales [esto es, los Ainu de Hokkaido, los Ryukyus de Okinawa, o los descendientes de coreanos o chinos]), que rompería la continuidad de la familia no-burakumin. [...] en una ocasión un padre se suicidó porque su hija se había casado con un burakumin con historial criminal. Los Ainu, habitantes indígenas de Hokkaido, son evitados como pareja. Los extranjeros también son considerados fuente de contaminación. [...] Recientemente se ha insinuado que una de las razones por las que las víctimas de SIDA son llevadas al extranjero para morir en secreto es mantener las posibilidades de sus familiares de contraer matrimonio”.[23]

 

Es en el contexto de esta segregación cultural que deben ser entendidos los eslóganes de los seikan (“atacar Corea”) y seishin (“atacar China”) ronsha (“defensores”), para los cuales tanto Corea como China, así como las minorías japonesas de Hokkaido y Okinawa, no sólo no eran humanos, sino que también constituían un serio obstáculo para las pretensiones hegemónicas japonesas. Incluso hoy, el sistema educativo del país refleja ecos de esta eugenesia:

 

“Casi desde que nacen, los niños japoneses luchan por puestos en la resbaladiza pirámide de la educación, esforzándose por alcanzar la cima, es decir, su admisión en la Todai, la Universidad de Tokyo. Hay escuelas que ofrecen clases intensivas para entrar en el instituto adecuado, guarderías que aseguran la admisión en esas escuelas; incluso pabellones de maternidad exclusivos que garantizan a las criaturas un billete al parvulario adecuado”.[24]

 

 

La transmutación de los valores morales de Japón es una consecuencia directa de estas concepciones de pureza racial: la eliminación de aquellas características chinas (confucianismo) e indias (budismo) que han permeado y contaminado durante siglos al japonés y de cuya erradicación dependía una nueva iluminación. Hay que rechazar, por tanto, la imagen romántica del samurai que nada tiene que ver con el verdadero Japón Meiji de finales del s. XIX,[25] una oligarquía militar que negaba a los soldados el derecho que sí tenían los samurai a abandonar a un general corrupto o que trataba a las mujeres, hijas y esposas, como objetos prescindibles de cambio sin ningún valor humano. Esta inversión de los auténticos valores del pensamiento neoconfuciano –fue exportado a Japón por la escuela Shushigaku– se produjo “apoyando la tradición del honor a la vez que, simultáneamente, intentando transmutar y convertir ese espíritu de honor en otras formas”, en lo que Eiko Ikegami ha denominado “the bonsai approach”.[26] Así, mientras en el confucianismo clásico la lealtad al soberano (zhong) estaba supeditada a la piedad filial y el respeto a los padres (xiao), el neoconfucianismo recibido por el shogunato Tokugawa invirtió los términos de tal forma que la lealtad (chu en japonés) precedía al respeto a los padres (ko), orden que todavía hoy puede observarse en las relaciones laborales en las que la empresa ha tomado el relevo del soberano. Edwards lo explica así:

 

“La idea fundamental, ya sea confuciana o neoconfuciana, en Japón es la de una ‘tradición deliberada’ conteniendo las fuerzas del individualismo. Los conceptos originales de los que evolucionó el código de honor han sido ajustados dentro de la sociedad japonesa”.[27]

 

De la misma forma, la tradición antigua confuciana según la cual hombre y mujer ocupaban posiciones diferentes (nan nü zhi bie) fue ajustada al entorno endogénico japonés a través del lema danson johi (“respetar a los hombres, despreciar a las mujeres”),[28] desde el cuál se justificaron diversas prácticas misóginas a lo largo de los períodos Tokugawa y Meiji y hasta nuestros días. Así, en muchas comunidades agrícolas las mujeres en período menstrual eran apartadas a una residencia especial, fuera del pueblo, para evitar que ensuciasen la comunidad. Igualmente, cuando la familia lo creía necesario, podía vender a sus hijas a burdeles para solventar los problemas económicos de los padres.[29] Incluso hoy, en las bodas japonesas la esposa es llamada gusai, “estúpida esposa”, término de origen chino que en esta lengua significaba “mi esposa”.[30]

El tratamiento de las mujeres coreanas primero y posteriormente de las chinas, no es sino una extensión del modo en que las propias mujeres japonesas eran tratadas en el Japón feudal. No hay que pensar, pues, que las violaciones y prostitución de menores constituían un fenómeno generalizado común a todas las guerras, sino que formaban parte de la mentalidad japonesa del s. XIX. Compárese el relato de John Rabe tras la ocupación rusa, “se nos informa que dos niñas, de 17 y 19 años, han sido violadas tres o cuatro veces” (27.4), con la siguiente descripción de su amigo, el cirujano de Nanjing Robert O. Wilson:

 

“Una de las peores escenas que Wilson vio en Nanjing –una escena que recordaría el resto de su vida– fue la masiva violación en grupo de adolescentes en las calles. Un grupo de jóvenes de quince a dieciocho años fueron puestas en fila por los japoneses y violadas brutalmente, una tras otra, por todo el regimiento. Algunas sangraron hasta morir, mientras otras se suicidaron poco después”.[31]

 

Este trato inhumano al género femenino permanece en la sociedad japonesa moderna, canalizado de las más variadas formas, como puede comprobarse en la proliferación de géneros de los que hace uso la pornografía japonesa, en los que se incluyen desde las prácticas más humillantes –siempre para la mujer– hasta la puesta en escena del incesto y la pedofilia.

Terminada la guerra, la mayor parte de estas mujeres fueron “recompensadas” con el olvido o el asesinado. Así, de la misma forma que el ejército japonés se deshacía de los cadáveres y documentos oficiales que podían poner en entredicho su papel en la guerra, las mujeres que habían sido “utilizadas” debían ser también desechadas. En Burma, por ejemplo, el ejército japonés agrupó a las ya inservibles “prostitutas de guerra” (eufemísticamente denominadas ianfu, “mujeres de relax”) en cuevas y procedió a dinamitarlas, mientras en su propio país muchas fueron internadas en leproserías para mantenerlas completamente aisladas de la opinión pública.[32]

 

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Izquierda: Durante la Segunda Guerra Mundial proliferaron este tipo de fotografías pornográficas de sus víctimas a modo de souvenir. Derecha: Portada de la película AV (Adult Video) Shiina Yuzu: Trabajo de media jornada después de clase (vol. 24), en la que su protagonista actúa como “kogal” (college-girl).

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Arriba, izquierda: “Tako to amame no zu” o “Ilustración de la esposa del pescador y los pulpos”, del artista ukiyo-e Katsushika Hokusai (1814), origen del moderno género de animación y manga hentai. Centro: Derecha: Maruo Suehiro, Warau kyuuketsuki (El vampiro sonriente, 15 de marzo de 2000),[33] moderna representación de perteneciente al género ero-guro (erotic and grotesque), que tiene su origen en los gustos de la burguesía japonesa de finales del s. XIX (Véase Jim Reichert, “Deviance and Social Darwinism in Edogawa Ranpo’s Erotic-Grotesque Thriller Koto no Ouni”, Journal of Japanese Studies, 27 (1), pp. 113ss.). Abajo, izquierda: ejemplo de estética ero-guro en la música japonesa: “Mazohyst of decadence” de Dir-en-Grey, en su concierto en Osaka, 1999 (disponible en http://www.youtube.com/watch?v=mjRa-XqMFNc), en el que una mujer aparece con un feto en sus manos tras el aborto. Derecha: uno de los muchos programas de humillación presentes en la televisión japonesa. En este caso, los concursantes deben desnudar a una chica haciendo girar una rueda que deshila su ropa (disponible en http://www.youtube.com/watch?v=TzlAs11yRdA).

aborto humillacion

 

 

 

Con semejante trasfondo político, social y religioso, habiéndose modernizado tecnológicamente, pero siendo totalmente incapaces de desarrollar una “filosofía legal” como base del estado con la que proteger a la población civil de la guerra, no resulta extraño que las tropas japonesas que tomaron Port Arthur el 21 de noviembre de 1894 eliminasen salvajemente a la práctica totalidad de la población.[34] Semejante tradición judicial, que sin embargo sí desarrolló Occidente, habría sido imposible en el Japón de la Era Meiji: su ambiente y pasado morales y filosóficos más inmediatos alimentaban la idea –política, pero también religiosa– de que su raza, antes que su cultura, debía imponerse sobre el mundo.[35]

Es por ello que Japón no alcanzará nunca a reconocer públicamente estos crímenes mientras no sea capaz de aceptar, previamente, la deuda cultural de su país para con el continente, China, Corea y la India, y para con las minorías étnicas repudiadas en sus propias tierras. Pero aún logrado esto, a Japón le queda un largo camino en la verdadera senda de los derechos humanos si aspira a convertirse en una sociedad realmente justa en la que la hipocresía de sus conciudadanos no encubra la realidad social que padece, la manipulación mediática de los índices de criminalidad con los que sorprende a Occidente, los más de 30.000 suicidios anuales, la humillación a la que las mujeres son sometidas tanto en programas de televisión como en las producciones para adultos, la incapacitación social a la que el sistema educativo somete a sus ciudadanos y, obviamente, sus crímenes de guerra.

 

 

-  César Guarde

 

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Según informa Rosen en una carta al Ministerio de Asuntos Exteriores fechada el 15 de enero de 1938, tres días antes el cónsul Prideaux-Brune, junto a sus agregados militares Lovat-Fraser y el comandante Walser, descubrieron el cuerpo de una mujer china en cuya vagina se ha introducido un palo de golf. Según los revisionistas esta práctica no era parte de la cultura japonesa, sino de los chinos. Compárese con esta fotografía tomada en Xuzhou durante la ocupación japonesa, poco antes de los acontecimientos de Nanjing.

 

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Telegrama de Berlín fechado el 14 de diciembre de 1937, en el que se informa del reconocimiento, por parte del orgulloso Embajador Japonés, del asesinato de 500.000 chinos tan sólo un día después de la irrupción en Nanjing.

 

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Recortes de Xinhua y Dagong Bao del 14 del 23 de enero de 1938, informando de las atrocidades japonesas en Nanjing. Izquierda: “Terror en la ciudad de Nanjing. 39 días de incendios continuos”. Derecha: “El terror de Nanjing. El terrible enemigo quema y saquea ininterrumpidamente. Las inspecciones de los periodistas extranjeros son rechazadas”.

 

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Recortes de periódicos japoneses informando de un “Gran encuentro para matar a cien personas” (arriba) y “Excedido el record de 100 personas. Mukai [Toshiaki] 106 – Noda [Takeshi] 105” (Japan Advertiser).

 

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Cremación de los cadáveres para encubrir el alcance de la masacre (Fuente: Rabe, p. 182).

 



[1] Traducción de Andrés Sánchez Pascual, Alianza Editorial, Barcelona, 19816.

[2] Por ejemplo en Kevin B. Lee, “City of Life and Death”, Cineaste, 35/2 (2010), http://www.cineaste.com/articles/emcity-of-life-and-deathem-web-exclusive, accedido el 15 de junio de 2010.

[3] Disponible en http://www.youtube.com/watch?v=NCwRbNg_XU4. Que Lu Chuan busca únicamente la publicidad gratuita ha quedado patente en sus últimas declaraciones públicas en torno al atentado contra la vida del director chino Yan Po, asegurando que estaba relacionado con las mafias chinas que controlan el cine de Hong Kong y que, recientemente, se habrían establecido en Beijing. El 13 de junio los culpables eran arrestados, comprobándose que nada tenían que ver ni con la mafia ni con Hong Kong. La noticia puede seguirse, en inglés, en http://www.zonaeuropa.com/201006b.brief.htm#004.

[4] Véase The Rape of Nanking. An Undeniable History in Photographs, editado por Shi Yong y James Yin, y prologado por el prestigioso historiador chino Ying-shi Yü, IPG, Chicago, 19972.

[5] Para las entradas del diario de John Rabe, que citamos entre paréntesis por su fecha, véase The Diaries of John Rabe. The Good German of Nanking, ed. Erwin Wickert, tr. John E. Woods, Little Brown, Londres, 1999.

[6] http://www.6park.com/news/messages/24911.html. El uso de la palabra dikang (“resistencia contra”) es cuanto menos curioso, ya que implica una “lucha” que en ningún momento se nos muestra.

[7] http://blog.sina.com.cn/s/blog_53a187c10100di0e.html.

[8] http://lady.163.com/special/00261MPK/theylovelady06.html.

[9] En un comunicado de la Embajada Alemana al Ministro de Asuntos Exteriores que John Rabe incluyó en su diario (p. 187), se nos dice que “durante el reino de terror en Nanjing –que por cierto, continúa todavía– ...” (fechado el 10 de febrero de 1938).

[10] http://www.youtube.com/watch?v=NCwRbNg_XU4.

[11] Por ejemplo, Yamamoto Masahiro, The history and historiography of the Rape of Nanking, tesis doctoral, Alabama, 1998. Desde finales de los 90 la tendencia de los historiadores japoneses ha oscilado entre minimizar los hechos o negarlos categóricamente. Esta última postura, sin embargo, es imposible de mantener ante un tribunal académico occidental.

[12] Donald Calman, The Nature and origins of Japanese imperialism: a reinterpretation of the Great Crisis of 1873, Routledge, Londres, 1992, pp. 179-181.

[13] Ibid.

[14] De la nota de prensa incluida por John Rabe en su diario, p. 194.

[15] http://www.salon.com/books/log/1999/05/25/nanking.

[16] Peter Edwards, “Honour, Shame, Humilliation and modern Japan”, en Friendship East and West. Philosophical Perspectives, ed. Oliver Leaman, Curzon, Surrey, 1996, pp. 32-155, pp. 41–42.

[17] Según fuentes oficiales publicadas en Research SEA (18 de enero de 2010), en la década de los 90 los suicidios superaban continuamente los 30.000 casos por año. Sobre la relación entre el sistema educativo y la eugenesia (yuuseigaku), v.infra.

[18] Sobre el origen extranjero de estas ideas, véase Edwards, p. 139, nota 212.

[19] Tessa Morris-Suzuki, “Rewriting History: Civilization Theory in Contemporary Japan”, Positions 1/2 (1993), pp. 526-549, p. 540. Sobre el trato inhumano al que los japoneses sometieron a los Ainu, véase Calman, p. 243.

[20] Calman, p. 184.

[21] Ivan Morris, Nationalism and the Right Wing in Japan, Oxford University Press, Oxford, 1960, p. 424.

[22] Edwards, p. 142, nota 234.

[23] Edwars, p. 85.

[24] Chang, p. 205.

[25] Calman, pp. 182 y 187.

[26] Eiko Ikegami, The Taming of the Samurai. Honorific Individualism and The Making of Modern Japan, Harvard University Press, Cambridge, 1995, pp. 241-242. Cf. Edwards, p. 100.

[27] Ibid., p. 87.

[28] Este dicho tiene su origen en un texto daoísta, el Liezi, probablemente compilado en el s. IV, en donde se lee: “La distinción entre hombres y mujeres significa que el hombre debe ser respetado y la mujer modesta, pues, el hombre es más noble”. En japonés, sin embargo, la palabra china bei tiene el significado unívoco de “vulgar”.

[29] Edwards, pp. 130, nota 100 y 183.

[30] En chino yu qi. Yu es aquí el pronombre de primera persona del singular utilizado para referirse a uno mismo con humildad. Así pues, el “estúpido” se refería inicialmente al marido, no a la mujer.

[31] En Chang, p. 127. Paralelamente, los burdeles nazis que proliferaron entre 1942 y verano de 1944 en diversas ciudades estaban destinados no sólo a las milicias nazis, sino también a los prisioneros de guerra como “recompensa” por su trabajo. Véase Dagmar Herzog, Lessons and Legacies VII: The Holocaust in International Perspective, Northwest University Press, 2006, pp. 169 ss.

[32] Calman, p. 179. Desde el s. XIX, los leprosos eran confinados y aislados de por vida, incluso tras haberse demostrado que no poseían la enfermedad. En caso de desear contraer matrimonio debía procederse antes a una vasectomía y, en caso de embarazo, al aborto. Véase a este respecto Michio Miyasaka, “Punishing Paternalism: An Ethical Analysis of Japan’s Leprosy Control Policy”, Eubios Journal of Asian and International Bioethics, 19/4 (2009), pp. 103-107.

[33] Para más ejemplos de ukyo-e sangriento, véase http://thepalewhale.livejournal.com/61457.html. Estos remiten a ilustraciones del s. XIX, como puede verse en http://www.rue-morgue.com/boards/showthread.php?t=26096. Nótese la semejanza entre Adachigara hitotsuya no zu de Tsukioka Yoshitoshi (1885) y los casos de mujeres embarazadas asesinadas durante la guerra, en http://cs.nga.gov.au/Detail.cfm?IRN=183100.

[34] Sobre el incidente de Port Arthur, presagio de los crímenes de guerra a los que se entregaría el ejército japonés, véase Phillip Knightley, The First Casualty. From the Crimea to Vietnam: The War Correspondent as Hero, Propagandist and Myth Maker, Harcourt Brace Jovanovich, Nueva York, 1975, p. 58.

[35] Sobre la carencia de un aparato legal referido a la guerra, véase Edwards, p. 78 y Calman, p. 198.