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Presentamos al lector hispanohablante la traducción íntegra del polémico artículo de Bret Stephens publicado en el Wall Street Journal –actualmente bloqueado en China– sobre las protestas anti-comunistas en Hong Kong, falsamente calificadas por algunos medios sensacionalistas como “Primavera Asiática”.

 ConfucianCommunism21

Hong Kong revienta la burbuja china

Los manifestantes saben que el aclamado “sueño chino” de Occidente es un timo.

por Bret Stephens

WSJ, 6 de octubre de 2014

 

Sea lo que sea lo que suceda a continuación con las manifestaciones de Hong Kong, éstas ya han desempeñado un servicio histórico. A saber, nos han recordado la estupidez de la obsesión por China que tanto prevalece entre eruditos e intelectuales que no viven en China.

Ésa es la lección principal de la “Ocupación de Central con Amor y Paz”, un movimiento que, hablando moralmente, es a su homónimo Wall Street aproximadamente lo que Václav Havel fue a Abbie Hoffman. Las protestas llevadas a cabo por los estudiantes que pedían que Pekín respetase sus promesas de permitir elecciones democráticas al mandatario de Hong Kong, representan el futuro ideal de la China moderna: con principios y bien educados, pragmáticos y sofisticados. Y lo que este futuro potencial chino ha estado diciendo enfáticamente durante esta última semana es que no quiere formar parte del deplorable presente de China.

Esto podría parecer una novedad para esa legión de propagandistas de China que lleva años insistiendo en que el s. XXI pertenece al Reino Medio y que, cuanto antes nos acostumbremos a ello, mejor para todos nosotros. Éstas son las mismas personas a las que una visita al distrito de Pudong plagado de rascacielos en Shanghái o una ojeada a las estadísticas económicas chinas o una vuelta en uno de los trenes bala de China es suficiente para convencerles de que Occidente está acabado.

Si tan sólo pudiéramos ser “China por un día”, de manera que el partidismo democrático no se interpusiera en el camino del gobierno iluminado: ¿no lo solucionaría acaso todo?

No le digan esto a la gente de Hong Kong, que ha aprendido por las malas que, a no ser que esté bajo presión, Pekín no respeta ninguna promesa, ni consiente ninguna disensión, ni contempla ningún futuro en el que el férreo control del poder por parte del Partido Comunista pueda aflojarse ni siquiera ligeramente. Hong Kong se enriqueció gracias a los principios de un gobierno no intervencionista, del laissez-faire y del imperio-de-la-ley-que-no-del-hombre de sus desaparecidos administradores coloniales. Ha seguido siendo rica porque, en comparación con la China continental, permanece relativamente libre e incorrupta. Hong Kong es lo que China podría ser si no fuese, bueno, si no fuese China: si la intervención estatal fuese mínima; si el gobierno no fuese un medio para auto-enriquecerse; si la gente pudiese rezar, escribir, ejercer y asociarse simplemente como gustasen.

Esto es lo que ha estado en juego en las protestas masivas de la semana pasada: la gente de Hong Kong ha salido con fuerza porque saben lo que es China. Sí, valoran la autonomía política de su territorio, sus tradiciones e idiosincrasias. Mas no estarían tirados por las calles, soportando tormentas y gas lacrimógeno si Pekín les ofreciese algo mejor: mejor gobierno, mejores mercados, mayor riqueza, mayores posibilidades.

Y no es así. Hay una razón por la que la élite de la China continental suele buscar salidas. La hija del Líder Supremo Xi Jinping se matriculó en Harvard bajo pseudónimo, al igual que el nieto del anterior líder Jiang Zemin. Otros chinos adinerados compiten por trabajos en bancos de inversiones estadounidenses, apartamentos en la calle 57 de Manhattan y pasaportes de Canadá. Los emprendedores chinos forman las tres cuartas partes de todos los visados estadounidenses EB-5 (permisos de residencia para extranjeros que estén dispuestos a soltar 1 millón de dólares).

“Mientras el partido [Comunista] promociona el éxito económico del “modelo chino”, muchos de los hijos de sus colaboradores se buscan una salida”, anunció en este medio Jeremy Page en 2012. “Buscan cosas que el dinero no puede comprar en China: aire limpio, comida de la que te puedes fiar o mejor educación para sus hijos. Algunos también expresan su preocupación por la corrupción gubernamental y la seguridad de sus activos”.

Éstas son las personas que ya tienen abiertas todas las posibles puertas de salida en China. ¿Qué pasa con la no-élite? ¿Qué pasa con la gente que no tiene familiares con conexiones políticas o que no pueden permitirse sobornar a un oficial del partido por un contrato o a un doctor para los procedimientos médicos o que carecen de fondos para abandonar el país o que simplemente intentan vivir honestamente y, por tanto, hacer todo esto honestamente?

Éstas son las personas por las que los manifestantes de Hong Kong también marchan. “No nos hagáis como al resto de China”, es un tema implícito en el movimiento. Viene de gente que entiende que el aclamado “sueño chino” de Occidente es un timo. Soñar es la libertad principal: no puede soñarse con nada cuando el estado regula el tipo de sueños que su gente puede tener.

El sueño real se encuentra en las mentes de las animadoras de China en Occidente. Éstas son personas con el alma de tecnócratas. Miran a Pekín ahora –como hicieron con Moscú en los 60– como un modelo de gobierno en el cual la sabiduría llega desde arriba, las energías nacionales se ponen al servicio de proyectos gigantescos y el consenso autocrático reemplaza la fisiparidad democrática. Buscan una vida (y una política) sin contradicciones. Dentro de 5 ó 10 años, cuando la burbuja de China haya explosionado, harán un fetiche de alguna otra tecnocracia prometedora.

Mientras tanto, presten atención a la gente de Hong Kong. Nos han recordado una vez más que China es un sueño sólo para columnistas crédulos y que la lámpara de Occidente todavía brilla resplandeciente en Asia.