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Yasheng Huang. Capitalism with Chinese Characteristics. Entrepreneurship and the State. Cambridge University Press, Cambridge, 2008.

 

 

Cuando en el año 2004 Lenovo adquirió una división de fabricación de IBM por 1.750 millones de dólares –a la que ahora sigue, un decenio después, la división de servidores por un valor de 2.300 millones–, la noticia desató una tormenta en los siempre deseosos de nuevos ídolos con pies de barro a los que reclamar la destrucción de Occidente. Así, el sinófilo Financial Times afirmaba, de la mano de Richard McGregor, que esto era “un símbolo de una nueva era económica, de cómo una China en rápido ascenso se había vuelto repentinamente tan poderosa como para absorber una firma icónica americana”. Otros economistas se subieron en seguida al tren del “nuevo orden mundial”, para bien, como en el caso de Oded Shenkar, o para mal, como el más alarmista Paul Krugman, para quien esta nueva adquisición representaba un grave problema económico para los Estados Unidos. Hoy es hasta tal punto vox populi, o tal vez cabría decir vox Dei, que China es un dragón aletargado esperando dominar económica y culturalmente el mundo en un nuevo orden anti-capitalista que incluso algunos autores pretendidamente liberales no dudan en alabar la incipiente economía china. Capitalism with Chinese Characteristics es, precisamente, la antítesis de esta idea: que la “perspectiva de eficiencia funcional” defendida por los más influyentes economistas a través de modelos matemáticos es radicalmente falsa y que las reformas económicas que hicieron ascender a China tuvieron lugar en los 80 pero desaparecieron tras la represión iniciada al final de la década, especialmente, en la fatídica fecha del 4 de junio de 1989.

Yasheng Huang, profesor de economía política y gestión internacional en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, ofrece una documentadísima síntesis de los archivos nacionales chinos, documentos bancarios, estadísticas sobre contratación, etc., para perfilar una imagen diferente del proceso económico del gigante chino: “El espíritu emprendedor privado, asistido por el acceso a capital y la flexibilidad microeconómica, era el centro del ascenso de China en los 80. El sistema político, tanto entonces como ahora, era autoritario, pero se movía en una dirección liberal”. La clave para entender este cambio de dirección que aconteció en los 90 se encuentra en la concepción de la existencia de “dos Chinas: una China rural emprendedora y una China urbana controlada por el Estado”, la cual habría triunfado cuando el país invirtió las reformas rurales que siguieron a la Revolución Cultural gracias a Deng Xiaoping, afectando al crecimiento en bienestar, pero no a las cifras del producto interior bruto.

Dividido en cinco grandes bloques temáticos, el profesor Huang comienza analizando hasta qué punto puede hablarse de capitalismo en China y en qué medida la teoría económica neoclásica liberal puede explicar que, en un país donde el sector privado es prácticamente inexistente, se dé sin embargo un crecimiento exponencial tan desproporcionado. Valga como ejemplo de todo ello una anécdota al principio del libro: cuando el autor intentó indagar sobre los emprendedores privados de Shanghai, un funcionario le preguntó que por qué razón un profesor universitario “iba a estar interesado en esos que venden sandías, té y manzanas podridas en la calle”.

Así pues, se analiza primero la situación de China en lo que el autor denomina la “era emprendedora”, que cubre un breve período de ocho años, desde 1980 hasta 1988. Tras finalizar la hobbesiana Revolución Cultural en 1971 con la muerte de Lin Biao y una vez iniciadas las reformas bajo la dirección de Deng Xiaoping, los emprendedores rurales vieron la posibilidad de extender y abrir sus propios negocios o adquirir y acumular propiedad privada sin riesgo a ser encarcelados o perseguidos. A pesar de que el cambio político en este periodo fue prácticamente nulo, a nivel económico hubo una percepción gradual de libertad gracias a los cambios en el sistema financiero que se tradujo en incentivos, especialmente en las zonas rurales más descentralizadas. Éste fue el auténtico “milagro chino”, creado durante los años 80 por los emprendedores socialmente más bajos ante la liberación de diferentes sectores del país y el cierre de las empresas estatales que no producían beneficios.

Pero como ocurre siempre, la libertad económica se traduce en una mayor libertad en otros ámbitos de la vida social de los habitantes de un país: mayor poder adquisitivo implica, a su vez, mayores oportunidades de alfabetización e independencia, pero también menos posibilidades de control por parte del estado. La liberalización financiera de los 80, impulsada por Deng Xiaoping, fue vista por los nuevos intelectuales educados tras la Revolución Cultural –algunos de ellos en el extranjero– como el eje vertebrador de nuevas reformas políticas que debían culminar en la democratización de China, en el respeto por los derechos humanos o en la separación de poderes. Esto se tradujo, en la práctica, en las poco conocidas protestas estudiantiles de 1986 y, finalmente, en la llamada “Masacre de Tiananmen” del 4 de junio de 1989.

La represión cultural e ideológica que siguió a la Masacre marcó un antes y un después en todos los aspectos de la China contemporánea. No sólo se incrementó la censura y el adoctrinamiento nacionalista, sino que también los nuevos líderes atacaron directamente el sector privado, cerrando negocios, eliminando créditos y subiendo los impuestos a los emprendedores rurales. Valgan como ejemplo las inversiones en activos fijos que, en la década de los 80 era de un 19.1%, bajaron drásticamente a un 1.1% en 1992.

A estas medidas autoritarias se sumó el nepotismo que siempre ha acompañado a las instituciones chinas: los líderes anteriores a la Masacre de Tiananmen, entre ellos Zhao Ziyang, Wan Li o Tian Jiyun, eran originarios de centros urbanos, pero tras la destitución de Hu Yaobang –secretario general que se mostró a favor de las primeras protestas estudiantiles– y las purgas de 1989, éstos fueros sustituidos por Jian Zemin, Zhu Rongji y otros líderes provenientes del centro urbano menos favorecido por las reformas de Shanghai. Esto provocó que las nuevas medidas económicas tomadas por el gobierno, además de ser restrictivas y atacar el sector privado per se, favoreciesen el crecimiento de las zonas urbanas más controladas por el gobierno: Shanghai y la capital, Beijing. Como resultado de estas medidas, los experimentos rurales se interrumpieron, la administración se centralizó y un boom urbano siguió a un descenso súbito de los ingresos familiares en las zonas rurales, causando una emigración sustancial desde éstas a países extranjeros en los que encontrar mejores oportunidades (precisamente de las zonas más prósperas durante los 80, Zhejiang, Guangdong y Fujian, provienen la mayor parte de los inmigrantes chinos en Europa y Estados Unidos). El tamaño del gobierno también creció y, con él, la burocracia y la corrupción, mientras el Factor Total de Productividad se colapsó y el PIB redujo drásticamente su crecimiento.

Ahora bien, cabe preguntarse cómo se financiaron estos nuevos proyectos en Beijing o Shanghai, es decir, cómo todas estas medidas autoritarias, restrictivas y que suponían una vuelta a lo más oscuro del maoísmo como teoría económica habían posibilitado la creación de unos centros urbanos tan modernos. ¿Quién pagó por ello? La respuesta que ofrece Huang es lapidaria: la China rural y sus empresarios pagaron el precio y no únicamente a nivel económico. El índice de analfabetismo en adultos entre 2000 y 2005 subió casi un 3%, es decir, en 30 millones, producto precisamente de la década de los 90. De igual forma, el mayor descenso en el índice de pobreza en China tuvo lugar en los 80, pero aumentó de nuevo en el 2001.

Todo esto nos lleva a la cuestión inicial: Lenovo. Huang demuestra, a través de un concienzudo análisis de ésta y de otras empresas que, años tras año, seducen a Occidente con sus activos, que lejos de tratarse de una demostración del poder económico del gigante chino evidencian, una vez más, su debilidad, hipocresía e inviabilidad. Porque Lenovo, como Sina, UTStarcom, Ting Hsin, Asia Info y más de 500 deslumbrantes firmas chinas se encuentran registradas como FIEs, es decir, “Empresas de Inversión Extranjera” cuyo capital completo está en manos de una filial con residencia en Hong Kong (otras, como Galanz o Wahaha son empresas mixtas o, en el caso de Haier, sus unidades son también FIEs). De hecho, a mediados de los 80 le fue negada a Lenovo la licencia de producción de ordenadores personales para dársela a Great Wall Group, una empresa estatal. Lenovo, haciendo uso de la Ley de Equidad que regula las inversiones en el extranjero, movió sus cuarteles generales a Hong Kong y comenzó a producir, invirtiendo dinero chino en la colonia y, habiéndose beneficiado del sistema de finanzas liberal del que allí disfrutaba, exportando sus ganancias nuevamente a China. El resultado fue que, mientras que la empresa estatal Great Wall Group fracasó estrepitosamente, Lenovo se hizo en poco tiempo con una división extranjera de IBM.

El futuro que Yasheng Huang pronostica para China no parece ser muy prometedor. Si no se inician rápidamente reformas económicas hacia un liberalismo institucional, China, espoleada por la corrupción, las burbujas inmobiliarias o los altos índices de analfabetismo y pobreza, correrá la misma suerte que América Latina hace unas décadas, con la cual compara el autor la situación actual. Pero las nuevas generaciones que han seguido al período “post-Tiananmen” no parece que vayan a aprender la lección. La censura se ha incrementado en la última década, afectando al cine occidental (el desnudo de Kate Winslet en Titanic fue emitido íntegro en los cines en 1997, pero censurado en su reestreno en 2012), pero también lo ha hecho el cierre continuo de páginas web chinas que permiten compartir archivos o a la restricción de acceso a las mismas desde fuera de China, así como los recientes ataques cibernéticos a Hong Kong con motivo del referéndum del 22 de junio. Las nuevas medidas económicas que afectan a la gestión de FIEs no se han traducido en una mayor apertura, sino en un mayor control de los centros de inversión extranjeros en Hong Kong (a través del reciente “White Paper”) y Taiwán, que amenaza con convertirse en el “Segundo Hong Kong” gracias al acuerdo antidemocrático y unilateral del presidente Ma Ying-jeou con Beijing.

Como bien sentenció en su momento Reihan Salam, “la creencia en que teníamos mucho que aprender de los soviéticos fue tan peligrosa como estúpida. Y lo mismo se puede decir del actual entusiasmo con el modelo económico de China”.