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Olga Caspers, Ein Schriftsteller im Dienst der Ideologie. Zur Dostoevskij-Rezeption in der Sowjetunion. Verlag Otto Sagner, München – Berlin – Washington D.C., 2012.

 

Olga Caspers es una joven investigadora rusa conocida en el ámbito de los estudios dostoievskianos de lengua alemana por sus artículos relacionados con la recepción de la obra de Dostoievski en la Unión Soviética y, en concreto, de Los demonios[1]. La obra que se presenta a continuación, Ein Schriftsteller im Dienst der Ideologie. Zur Dostoevskij-Rezeption in der Sowjetunion (Un escritor al servicio de la ideología. La recepción de Dostoievski en la Unión Soviética), es su tesis doctoral, la cual pretendía ser una aportación al estudio de la recepción de la obra y de la persona de Dostoievski en el periodo de la dictadura comunista que se diferencia de aproximaciones anteriores tanto por su metodología como por su periodización.

 

En efecto, la autora parte de la premisa de que «en la sociedad rusa ha existido desde siempre una relación muy especial con la literatura clásica», la cual se manifiesta en el hecho de que ésta «se proyecta sobre el presente y toma parte en la vida moderna, intentándose encontrar con su ayuda respuestas a cuestiones actuales» (pág. 11). Este acercamiento a la literatura se ejemplifica de manera magistral en Fiódor Mijáilovich Dostoievski, el autor con el que el hombre ruso ha mantenido un diálogo casi constante durante los últimos 135 años.

Esta obra, sin embargo, no pretende exponer la recepción de Dostoievski desde su muerte en 1881 hasta el día de hoy, sino que se limita temporalmente a la existencia de la Unión Soviética (1918-1991), tomando como eje principal las tres grandes ediciones de las obras completas de Dostoievski que salieron a la luz durante los años 1926-1930, 1956-1958 y 1972-1990 respectivamente. De esta manera, «basándome en el análisis de la historia de la publicación de las tres ediciones de las obras completas y en los acontecimientos culturales y políticos que la rodean –afirma la Dra. Caspers en la introducción a su estudio– pretendo exponer las particularidades de la recepción de Dostoievski en cada una de las fases» (pág. 12).

Dividido en seis partes, este estudio se inicia con una breve introducción que establece el tema y la estructura de la obra, así como con un breve recorrido por la bibliografía existente sobre la cuestión para pasar a continuación a la segunda parte, que lleva por título «La primera edición de las obras completas soviética (1926-1930)» (págs. 19-148). La estructura de este apartado, que se repetirá en los tres siguientes, es la siguiente: ofrecer una visión general de la recepción de la obra y de la vida de Dostoievski a través de los autores más significativos para delinear posteriormente las diferentes fases por las que pasó la edición de las obras completas tratada.

De esta manera, Caspers señala en primer lugar cómo tras la toma del poder de los bolcheviques en 1918 Dostoievski fue considerado «el escritor proletario por excelencia», centrándose la atención de los especialistas en su periodo en Siberia, lo que le convertía a sus ojos en una víctima del zarismo (pág. 21) y en su obra temprana (pág. 22). De esta manera, se aprovechó el centenario de su nacimiento en 1921 para realizar diversos actos que sirvieron de preludio para la concepción de una edición de sus obras completas con la nueva ortografía y en medio de una fuerte lucha ideológica dentro, sobre todo, del régimen recién establecido (pág. 24).

Entre los autores que intentaron aproximar a Dostoievski a los principios de la dictadura soviética destaca Anatoly Lunacharski, quien, en su ponencia de 1921 Dostoievski como artista y pensador, resaltó el aspecto artístico de su obra (pág. 33), estableció una clara separación entre el Dostoievski artista y el Dostoievski pensador y profeta (pág. 34) y afirmó que la «idea rusa» preconizada por el autor de Crimen y castigo se había realizado con el comunismo (pág. 35). Asimismo, Valentín Roziczyn, (págs. 36-38), sostuvo que, aunque Dostoievski era el gran enemigo de la revolución y un fiero defensor de la monarquía y de la reacción eclesiástica, éste no dejaba de ser un «raznocinec»[2] y un gran artista (pág. 37).

Caspers hace referencia, además, a cómo en la prensa aparecieron diversos artículos críticos no sólo con la Revolución bolchevique, sino también con la apropiación comunista de Dostoievski, como por ejemplo el de Juli Ajchenvald, quien afirmaba que Los demonios eran «un epitafio a los sangrientos acontecimientos» de la época y sostenía que el pensamiento político y social de Dostoievski es clarísimo y sin contradicción alguna, habiendo que elegir entre éste y la república socialista (pág. 43).

También en la publicación de Arkady Dolinin Dostoievski. Stati i materialy (págs. 55-65) salieron a la luz toda una serie de artículos que, junto con aquellos que hacían del escritor un revolucionario grato al régimen comunista, criticaban esta apropiación y reivindicaban, dentro de las posibilidades que tenían, al verdadero Dostoievski. Esta situación de relativa libertad de opinión en Rusia se acabó, no obstante, de manera radical después del XI. Congreso del Partido en marzo de 1922, que tuvo como colofón la expulsión de los intelectuales incómodos en mayo de ese mismo año por orden directa del dictador Vladímir Lenin (págs. 45-46).

Esta nueva situación exigía a su vez una nueva visión de Dostoievski, cuyo artífice fue Valerian Pereverzev en La obra de Dostoievski (aunque redactada en 1912, obtuvo notoriedad con su reedición en 1922; págs. 48-54), donde se establecía el canon a seguir a partir de entonces. De esta misma década de los 20 proceden los primeros estudios de Dolinin, quien en diversos artículos pretendía acercar a Dostoievski al movimiento revolucionario de su época (págs. 60-62) y, sobre todo, de Leonid Grossman, quien en su Confesión de un judío (págs. 65-69) trató por vez primera (y última en la Unión Soviética) la cuestión del antisemitismo en Dostoievski, defendiendo la tesis de que el escritor simpatizó con los judíos (pág. 67).

El análisis de la recepción de Dostoievski en los comunistas Trotski (págs. 70-72) y Stalin (págs. 72-73) da pie a Olga Caspers a tratar a continuación con más detalle el contexto en el que se fragua la primera edición de las obras completas de Dostoievski. Así, el pistoletazo de salida sería el lema bolchevique de 1925 «¡Aprended de los clásicos!», que tenía como intención elevar el nivel cultural de los trabajadores y, a la vez, dar a los «escritores proletarios» un modelo de realismo literario (págs. 79-80).

Como Caspers explica, la característica principal de esta edición de las obras completas de Dostoievski reside en el hecho de que no estaba acompañada de un aparato crítico que analizara cuestiones históricas y contextualizase las obras, sino que éste se limitó únicamente a cuestiones filológicas, llegándose a publicar los primeros diez volúmenes (1926-1927) sin ningún tipo de prólogo, comentario o material adicional alguno (pág. 81). A pesar de esta sobriedad, esta iniciativa editorial no pasó desapercibida para el sector duro de la dictadura bolchevique, sobre todo, cuando se publicaron Los demonios, obra que recibió una fuerte crítica por parte de A. Fesenko y que tuvo como consecuencia que el volumen despareciera por completo de las bibliotecas de la URSS (pág. 83). El último volumen en 1930 se limitó a llevar un apéndice en el que se alababa como gran mérito de la edición el haber sacado a la luz obras que habían aparecido censuradas por el zarismo o que no se habían publicado en absoluto como era el caso de «La confesión de Stavrogin» (pág. 103).

No menores problemas tendría la publicación del epistolario de Dostoievski, como se observa con los distintos prólogos e introducciones con los que se fueron editando los sucesivos volúmenes a partir de 1928 y que mostraban el carácter controvertido que una empresa de tal calibre tenía en la Rusia soviética (págs. 84-86).

En 1929 se produce un gran cambio en la dictadura comunista y es entonces cuando se buscan argumentos políticos y filosóficos para combatir las críticas recibidas desde Occidente. Es en este contexto, como detalla Caspers, que se cree necesaria la publicación de Diario de un escritor y la investigación empieza a enfrentarse sin temores con la filosofía de Dostoievski (págs. 87-90), lo que posibilita que en 1930 se publique el segundo volumen de su correspondencia que comprende los años de 1867 a 1871 con un prólogo de Dolinin, en el que se intentaba exculpar la ideología reaccionaria de Dostoievski (pág. 108). A pesar de ello, el carácter ampliamente anti-comunista y monárquico del escritor condujo a que en 1931 la editorial tuviera que suspender la publicación de la correspondencia (pág. 110).

De hecho, la fecha de 1931 es clave en este giro negativo en la aceptación soviética del pensamiento de Dostoievski (pág. 110), iniciándose desde entonces una lucha despiadada contra la «dostoevscina» (pág. 112), es decir, contra la «ideología reaccionaria» de Dostoievski con Lunacharski a la cabeza (págs. 113-116), seguido muy de cerca por Alexander Cejtlin (quien tachó la obra Los demonios de «malvado panfleto contra la revolución»; pág. 119), Nicolay Brodskij (págs. 120-121) o Mijail Levidov (pág. 121-123). El punto álgido de esta lucha contra la ideología anti-comunista de Dostoievski se alcanzaría, sin embargo, en la entrada dedicada al escritor en La gran enciclopedia soviética de 1931 debida a la pluma de Lunacharski (págs. 123-126), con quien se inicia el silenciamiento de las obras de los estudiosos dostoievskianos emigrados y extranjeros (pág. 126).

La situación preparada en 1931 estallaría, sin embargo, en 1934, cuando en el primer congreso de escritores soviéticos se eliminó públicamente el retrato de Dostoievski (pág. 128) y Gorki publicó un artículo en Pravda en el que calificaba al escritor de «inquisidor medieval», lo relacionaba con Nietzsche (pág. 129), sostenía que no era en absoluto apropiado como maestro para los escritores soviéticos (pág. 130) y sentenciaba: «Primero hay que eliminar al enemigo y luego ya se puede uno “enamorar de su belleza”» (pág. 131).

Sin embargo, en esta época aparece en una editorial distinta el tercer volumen de la correspondencia de Dostoievski, que vino acompañado por la publicación de la única edición que se hizo en la Unión Soviética de Los demonios y de Los hermanos Karamázov en volúmenes separados (págs. 132-133). Asimismo, en 1935 Dolinin publica el tercer volumen de Materialy i issledovanja en el que se intenta defender al Dostoievski pensador a través del análisis de la historia de la gestación de Los hermanos Karamazov (pág. 137), sosteniendo que Dostoievski fue uno de los miembros más radicales del círculo socialista de Petrashevski (pág. 141). Pero estos esfuerzos fueron en vano, puesto que a partir de 1935 se declara a Dostoievski enemigo ideológico de la dictadura comunista (pág. 147).

Con esta situación de fondo, se inicia la tercera parte del estudio, la cual está  dedicada a analizar el periodo comprendido entre los años 1936 y 1953 («La recepción de Dostoievski en el periodo anterior y posterior a la guerra (1936-1953)», págs. 149-186). Olga Caspers señala, en primer lugar, cómo en la época del «gran terror» no apareció ninguna monografía dedicada a Dostoievski (pág. 150), un silencio que se rompió con Vladímir Ermilov, quien en diversos estudios proclamó a Dostoievski precursor del fascismo (pág. 152), difundiendo de esta manera una imagen todavía más negativa si cabe del escritor (págs. 155-156). No obstante, a las continuas críticas recibidas desde Occidente por parte de los emigrados, según los cuales en Rusia no se editaban sus obras y Dostoievski era un autor maldito, se respondió con la publicación de algunos de sus escritos menos problemáticos y, sobre todo, con la monografía del judío Orest Cechnovicer, quien difundió una imagen positiva del escritor (cfr. págs. 153 y 156-157) a la que hay que añadir el famoso artículo, ya en plena Segunda Guerra Mundial, de Emelian Jaroslavski Dostoievski contra los alemanes (págs. 158-160).

La derrota del nacionalsocialismo en 1945 provocó que un año más tarde se intentara tímidamente rehabilitar a Dostoievski, estando en la vanguardia de esta recuperación Valeri Kirpotin, quien destacó el humanismo latente en toda la producción del escritor desde su primera a su última obra (pág. 164) e intentó acercarlo al régimen soviético con su monografía El joven Dostoievski (págs. 169-170), así como Dolinin con En el laboratorio de trabajo de Dostoievski, donde analizaba el proceso de gestación de la novela El adolescente, ofreciendo una imagen de Dostoievski revolucionario y simpatizante de las doctrinas socialistas (págs. 171-172).

Estos intentos de aproximación de Dostoievski al régimen dictatorial comunista fueron respondidos por David Zaslavskij, quien, siguiendo la línea interpretativa de Písarev, sostenía que la obra de Dostoievski daba respuestas erróneas a preguntas adecuadas (pág. 169) y que el escritor ruso fue durante toda su vida un reaccionario (págs. 174-176). Cabe destacar también en esta senda a Ermilov, quien calificó a los intérpretes occidentales de «agentes literarios de Wall Street» y relacionaba (en sentido negativo) a Dostoievski con Nietzsche (pág. 177).

De hecho, fueron estos autores los que, como señala Caspers, marcaron la tónica en los escasos estudios dostoievskianos publicados hasta 1954, cuyo lema era «depurar, ocultar y seleccionar» (pág. 186), siendo la entrada de Fridlender en la Gran enciclopedia soviética de 1952 un intento más de calificar a Dostoievski como un autor que había criticado la sociedad de clases «desde una posición equivocada» (pág. 181).

Este panorama negativo con Dostoievski cambió con la muerte de Stalin y con la celebración del II. Congreso de escritores soviéticos, que se propuso como meta recuperar el legado de los clásicos rusos y, en particular, de Dostoievski (pág. 187). Así, no sólo se le declaró «gran predecesor de la literatura soviética» (pág. 189), sino que también se llevaron a cabo distintas acciones para reavivar su persona en Rusia, citando incluso supuestas opiniones «favorables» del dictador Lenin sobre el escritor (pág. 191) y preparando una nueva edición de sus obras completas que tendría como uno de sus responsables principales a Ermilov (pág. 192).

Algunas consecuencias de esta nueva situación son la publicación por vez primera de una edición de El idiota con un prólogo programático por parte de Fridlender (págs. 193-197) y el fin de la prohibición de leer a Dostoievski en las escuelas (pág. 199). Asimismo, se aprovecha el jubileo de 1956 para hacer de nuevo propaganda de Dostoievski con el objetivo de asimilarlo al régimen. De esta manera, se publica en Pravda el 6 de febrero un artículo con el título «Un gran escritor ruso», en el que se establecen las premisas de la nueva interpretación con el principio de la «teoría del “a pesar de”» (págs. 200-202) al que seguirá otro en el Literaturnaja gazeta, donde se afirmaba categóricamente en lucha contra los investigadores occidentales que «no cederemos a nadie el verdadero Dostoievski» (pág. 203).

Es, por consiguiente, en este ambiente de recuperación de la figura de Dostoievski en el que se planea la nueva edición soviética de sus obras completas que, a diferencia de la anterior, se distinguirá por contener sólo la obra literaria (pág. 209) y por la inclusión en el aparato crítico de comentarios que ya no serán únicamente filológicos, sino histórico-literarios, conteniendo el último volumen extensos y detallados materiales biográficos de la mano de Grossman (pág. 210). En este sentido, el prólogo de Ermilov al primer volumen señalaba ya la línea interpretativa que esta edición seguiría (págs. 211-215) y que encontraría su continuación en Víctor Sklovski, quien confirmaba el mito de Dostoievski como revolucionario y socialista (págs. 227-229).

Aprovechando esta situación positiva se publica en 1959 el cuarto y último tomo de la correspondencia de Dostoievski (pág. 230) con una introducción de Borís Rjurikov, donde señalaba la utilidad de leer esas cartas para comprender al Dostoievski ideólogo (pág. 231) y con un prólogo «técnico» de Dolinin en el que no se comenta, por ejemplo, cómo éste eliminó pasajes en los que el escritor mostraba rasgos de su latente antisemitismo (págs. 232-234). De este mismo año es la monografía La obra de F. M. Dostoievski, en la que se recogen toda una serie de contribuciones de distintos investigadores soviéticos que rechazaban la tesis del Dostoievski artista y de la teoría del «a pesar de» y reivindicaban a Dostoievski como «artista-pensador» (pág. 235).

Olga Caspers delinea a continuación («La tercera edición de las obras completas (1972-1990)», págs. 249-336) la serie de acontecimientos políticos y culturales que se llevaron a cabo en estos años en relación con Dostoievski y cómo, para potenciar la imagen del «gran realista» y del «crítico del capitalismo» (págs. 258-159), se creyó necesario en 1970 publicar una nueva edición de sus obras que fuera más allá de su producción literaria de manera que se pudiera instrumentalizar a todo Dostoievski para la civilización soviética (pág. 249). Para tal fin, se puso a la cabeza de tal empresa a Mijail Suslov y al marxista ortodoxo Fridlender (págs. 249-251), quien redactaría una extensa introducción para el primer volumen en el que se establecían los principios ideológicos de una edición (págs. 268-271) en la que primaba, al menos en los primeros volúmenes, la prohibición de tratar cuestiones religiosas en los comentarios (pág. 255). Con todo, y a pesar de las premisas anti-religiosas con las que pretendía llevar a cabo esta edición destinada al hombre nacido de la Revolución bolchevique de 1917, la reacción del sector duro del Partido no se hizo esperar y pronto empezaron a lloverle las críticas, sobre todo, con la publicación de la novela Los demonios, argumentando que se estaba tirando y malgastando el papel en la edición de un autor enemigo declarado de la Revolución (pág. 280-281). Todo ello a pesar de que en el comentario a esta obra de Fridlender a esta novela ya se había ocupado de relacionarla con el fascismo y de aclarar que Dostoievski luchaba en ella contra los falsos revolucionarios como los anarquistas (págs. 274-275).

En este contexto, es curiosa la explicación de Caspers de cómo la publicación que tanto renombre tiene actualmente entre los estudios dostoievskianos, Materialy i issledovanija, nació en 1974 por orden de la dictadura soviética con el fin de controlar la dirección de los estudios dostoievskianos en la URSS, corriendo por ello mismo su publicación paralela a la de las obras completas (pág. 276). Significativo es, asimismo, el dato de cómo en cada número se encontraba un artículo programático de su redactor principal Fridlender, donde se establecían los principios exegéticos que se debían seguir en la permanente lucha contra los estudiosos occidentales (pág. 278-280).

No obstante, conviene señalar, como hace Olga Caspers, el carácter «revolucionario» de esta edición de las obras completas de Dostoievski, sobre todo, con el volumen dedicado a Los hermanos Karamázov, donde, junto con un breve comentario de Fridlender, se encuentra el texto de la investigadora Valentina Vetlovskaya, quien ofrecía una exégesis religiosa de la obra (págs. 285-289).

Esta incipiente línea de interpretación religiosa encuentra su continuación en Yuri Seleznev, quien publicará no sólo un artículo titulado «La necesidad de Dostoievski» (pág. 299), donde se valoran los estudios «religiosos» de Vetlovskaja y Zacharov (pág. 301), sino también una biografía de Dostoievski que sustituirá a la canónica de Grossman y que mostrará el giro que se produce en los estudios dostoievskianos soviéticos en los últimos años de la dictadura comunista (pág. 303).

Los marxistas ortodoxos, por su parte, aprovecharon el carácter ético de la obra de Dostoievski para utilizarlo como arma contra el nihilismo que llegaba de Occidente con toda una serie de estudios que fueron apareciendo en diversos medios (págs. 311-312).

Mientras tanto, se fueron publicando los últimos volúmenes de la edición hoy llamada «académica» de Dostoievski, en concreto, los dedicados a Diario de un escritor, en cuyos comentarios no se tratan ni la cuestión religiosa ni la cuestión judía presentes en estos escritos, así como otros temas políticos que podrían dañar la imagen de la URSS en la situación geopolítica del momento (págs. 320-321).

Como colofón a su estudio, Olga Caspers menciona de pasada el nuevo proyecto de la Casa Pushkin de reeditar esta edición de las obras completas (págs. 341-342), sosteniendo en su último párrafo que, dentro de la polémica surgida en Rusia entre los estudiosos de Dostoievski acerca de si sólo hay que llevar a cabo una reedición «revisada» o más bien una edición completamente nueva,

 

                [Vsevolod] Bagnó [director de la Casa Pushkin] señaló ante todo la relevancia de la neutralidad del aparato científico-crítico y de los comentarios a la obra de Dostoievski para la nueva edición. Pero si la profundamente radical transformación de todas las “hipóstasis” de Dostoievski en los comentarios a la edición de las obras completas de 1972-1990 le parecen ser al “nuevo” redactor jefe sólo una “capa exterior”, uno no puede dejar de preguntarse en qué dirección se moverá en esta ocasión la “neutralidad” del nuevo editor (pág. 342).

 

No cabe duda que ha sido la juventud y, sobre todo, el deseo de no hacerse enemigos innecesarios en el siempre «complicado» mundo académico ruso lo que ha conducido a Olga Caspers a realizar el anterior comentario aparentemente crítico con la postura del gran hispanista ruso Vsevolod Bagnó. Sin entrar a valorar la cuestión, señalaremos que es una lástima que Caspers no quisiera reflejar ni dar más datos sobre la fortísima polémica acaecida entre los investigadores de Moscú y de San Petersburgo en 2009 y cuyas consecuencias llegan todavía hasta el presente, como se puso de manifiesto en el reciente congreso internacional de la International Dostoevsky Society celebrado en la capital rusa.

No obstante, como el lector habrá podido observar, los análisis que lleva a cabo Olga Caspers de los investigadores soviéticos son verdaderamente notables y aportan mucha información para la comprensión de las diferentes fases por las que pasó la recepción de la obra de Dostoievski durante la dictadura comunista. En este sentido, el mérito de Caspers es innegable y su monografía es muy bienvenida en el ámbito de la investigación dostoievskiana, aun cuando haya algún que otro aspecto a mejorar como sería, por ejemplo, su política de traducciones y de transcripciones o la confección de un epílogo o apéndice final en el que la autora delineara, aunque fuera a vista de pájaro, la evolución de esta paulatina recepción «rusófila» y religiosa de Dostoievski que se vislumbra en los últimos años de existencia de la Unión Soviética y que desemboca en las tendencias actuales. Esta breve referencia habría arrojado sin duda alguna mucha luz sobre la situación presente y habría ayudado a entender cómo lo único que ha cambiado realmente en el mundo de la investigación dostoievskiana en Rusia ha sido la «manera» de expresarse y en absoluto el «mensaje» o sus «académicas» políticas de partido.


Jordi Morillas

Coordinador Regional para España de la International Dostoevsky Society

 



[1] Véase, por ejemplo, su artículo «Dostoevskijs Besy: Zur Geschichte der sowjetischen Einzelausgabe von 1935», publicado en Dostoevsky Studies. New Series, 15 (2008), págs. 23-35.

[2] Concepto con el que se designaba en la segunda mitad del siglo XIX a todas aquellas personas que no procedían de una familia noble. En este sentido, calificando a Dostoievski de «raznocinec» se aproximaba socialmente el autor al pueblo, es decir, al «proletariado». Para una historia del término, véase Christopher Becker, «Ranozchintsy: The Development of the Word and of the Concept», American Slavic and East European Review, 18.1 (Feb., 1959), págs. 63-74.