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China, Occidente y el “Síndrome de Shandong”

El “Holocausto del Agosto Rojo” durante la Revolución Cultural

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 Nota: Debido al gran número de imágenes es posible que la página se cargue lentamente.

 

Introducción: “El Problema de Shandong”

 

Hasta 2013 Qingdao, la ciudad más grande de la provincia de Shandong, en la costa norte de la República Popular China, mantenía su legendaria reputación de ciudad más resistente a las inundaciones: mientras en Yunnan las ratas avanzaban con la corriente que las arrojaba fuera de su oscura morada; mientras en Hunan las jovencitas se caían por las cloacas al atravesar calles anegadas; o mientras las alcantarillas situadas en el centro de las casi oblongas autopistas de Guangzhou no recogían lluvia alguna, la infraestructura creada bajo el subsuelo de Qingdao durante la ocupación alemana (1898-1914) había mantenido a sus habitantes a salvo de la ira de Neptuno. Y es que, a pesar de las recientes declaraciones gubernamentales de que tales instalaciones fueron construidas precisamente en 1949, el mismo año en que se fundó esa China moderna y avanzada travestida de rojo, lo cierto es que debieron emplear a todos sus ingenieros en tan maravillosa obra de arquitectura escatológica porque nunca más volvieron a repetir semejante hazaña.

El dominio alemán de Qingdao llegó a su fin en 1914, pero no se hizo propiamente efectivo hasta la finalización de la Primera Guerra Mundial y la firma del Tratado de Versalles, momento en el que surge en China una disputa sobre el futuro de las tierras de Shandong. Según la opinión generalizada de los bien informados ciudadanos chinos, en aquellos lejanos años su confianza se vio traicionada por el entonces presidente estadounidense Woodrow Wilson, el “Obama del s. XX” (parafraseando a Anthony Gregory), que habría prometido a China el retorno de Shandong.

Hoy sabemos, sin embargo, que gran parte de esta propaganda anti-estadounidense era falsa y que no hubo tal traición. A pesar de los intentos del presidente Wilson por negociar unos términos equitativos con los japoneses sobre el retorno de Shandong a China, Tokio presentó, el 18 de enero de 1915, sus famosas “Veintiuna exigencias” (Taika nijuu ikkajyou youkyuu) para imponerse sobre el control de la provincia en base a su sacrificio en recursos y vidas humanas durante el conflicto con Alemania. A mediados de marzo, con el conocimiento por parte del gobierno estadounidense de las pretensiones unilaterales de Japón, se redacta una protesta oficial que es enviada a Tokio el día 30 de ese mismo mes. No obstante, a expensas de los intentos americanos por ceder el territorio a China, los políticos chinos negociaron en secreto con los japoneses y su delegación en París rechazó, en consecuencia, el Tratado de Versalles (Elleman: 16-25). Ya en 1919, en plena crisis con motivo del retorno de Shandong, el bando soviético redactó un panfleto propagandístico en el que se acusaba a las potencias occidentales –América, Inglaterra y Francia– de haber tratado mal a China y se proponía que el país asiático se redimiera con una revolución anti-imperialista (Elleman: 159).

Todo esto preparó el terreno para la entrada de Rusia en China y la pérdida del apoyo de ésta a Occidente. En efecto, en pleno 1919 China se encontraba inmersa en todo un conglomerado de influencias de diversos países occidentales cuyo máximo impulsor era Chen Duxiu, futuro fundador del Partido Comunista. Decano de letras de la Universidad de Pekín, terrorista en su juventud y agresor de prostitutas en su tiempo libre, Chen Duxiu, fue uno de los máximos responsables de este tipo de propaganda. La Universidad de Pekín acogía en estos años al filósofo norteamericano John Dewey, así como al británico Bertrand Russell, pero pronto se hizo evidente que, como defendía el panfleto soviético, ninguna de estas filosofías resultaba adecuada para una China traicionada por Occidente. Russell acabada de llegar de Rusia y se mostraba crítico con el bolcheviquismo, amén de despreciar abiertamente los círculos intelectuales chinos. Por todo ello no es de extrañar que, como nos dice un biógrafo de Chen Duxiu, el fallo de la democracia Wilsoniana y la hipocresía de Occidente durante la firma del Tratado de Versalles lo llevaron al marxismo como única alternativa filosófica viable (Feigon: 140-142).

Ex post facto, el “Problema de Shandong” es el punto de inflexión desde el cual China justifica el “Holocausto del Agosto Rojo”, como bien ha acertado a considerarlo el historiador Bruce A. Elleman:

 

La descripción china y soviética del problema de Shandong es tan convincente y generalmente aceptada como errónea. Sus ataques ad hominem contra las actividades occidentales en China allanaron el camino para que China eligiese la senda del comunismo frente a la modernidad, una senda allanada en última instancia con los cadáveres de decenas,  si no de cientos de millones de chinos (Elleman: 1-2).

 

Es en este punto donde comienza a verse ya una cierta esquizofrenia de curiosa diagnosis que ha acompañado a China desde que decidiera convertirse en meretriz de la Unión Soviética: el Movimiento del Cuatro de Mayo, culturalmente hablando, giraba en torno a la sencilla idea de acabar con la tradición confuciana, pero reclamaba a su vez Shandong –y no otros territorios– por ser éste el lugar de nacimiento de Confucio.

 

 

Confucianos anti-confucianos

 

En su sentido más amplio, el Movimiento del Cuatro de Mayo hace referencia al periodo histórico que se extiende desde 1917 hasta 1922 y en el que, en la China moderna, se propuso la introducción radical de la “nueva enseñanza”, es decir, la ciencia, la filosofía, la literatura y la ética occidentales –aquí se incluía, obviamente, Rusia–, a la vez que se abogó por la extirpación de todo rastro de tradición china. En el sentido estricto del término, sin embargo, el Movimiento del Cuatro de Mayo se refiere a un hecho más concreto y, por qué no decirlo, definitorio de lo que ha sido, es y será siempre la izquierda: la manifestación estudiantil que, a expensas del gobierno y con el apoyo de elementos bolcheviques de la Universidad de Pekín, finalizó con la ocupación y quema de la residencia de Cao Rulin, Ministro de Comunicaciones, así como con el violento linchamiento de Zhang Zongxiang, el Ministro de China en Japón, acusados todos ellos de pactar en secreto con los japoneses la entrega de la provincia de Shandong, hogar de Confucio.

El conflicto racial entre el ejército japonés y el resto de pueblos asiáticos tuvo su apogeo, como es sabido, durante la Segunda Guerra Sino-Japonesa, poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, en el episodio conocido como la “Violación de Nanjing”. Durante seis semanas el ejército imperial japonés, imbuido con los ideales nacionalistas que había adoptado el Japón Meiji, se entregó al pillaje, la violación y el asesinato desmedidos, así en China como en Corea, las Indias Orientales o el mismo Japón. Como ya se ha dicho, culpar a los casi 380 mil kilómetros cuadrados de Japón moderno de las sanguinarias gestas del ejército de uno de sus estados, especialmente cuando éste había operado con idéntica crueldad en su propio suelo, no es más que una excusa para exaltar a las masas chinas y mantenerlas unidas contra un enemigo imaginario bajo un régimen dictatorial. Es por ello que ha pasado desapercibido un interesantísimo episodio que tuvo lugar inmediatamente tras la masacre.

Gran parte de la expansión territorial japonesa correspondía a la idea, nacida tras la reafirmación de la figura del emperador Meiji y la entronización del ejército como un órgano independiente de sus representantes civiles, de que Japón debía moldearse a imagen de los imperios occidentales que habían colonizado gran parte del planeta. A esto se unía una acuciante falta de espacio (seikatsu-kuukan, cf. con el alemán Lebensraum) y un nacionalismo religioso que volvía sus ojos al sintoísmo más puro, desprovisto de las perniciosas influencias del budismo y del confucianismo chino. Cuando tempranamente los jesuitas llegaron a Asia, tanto los chinos como los japoneses eran considerados “gente bianca” (Schütte: 130). A partir de Kant y Schopenhauer, sin embargo, comienza a hablarse en Occidente de una raza “Mongoloide” o “amarilla”, un término que los japoneses utilizarán para referirse a los chinos como raza impura separada de la “gente bianca” japonesa (Guarde: 5), los descendientes directos de la diosa solar Amaterasu. De hecho, tal fue el número de coincidencias entre el régimen nacionalsocialista alemán y el imperio japonés que no es de extrañar que ambos bandos se aliasen durante la Segunda Guerra Mundial en su lucha contra el comunismo. Mientras los americanos afirmaban que los japoneses estaban infectados por el “sarampión alemán” de la cultura aria, los nazis denominaban al pueblo japonés Ehrenarier o “arios honorarios” y, contraponiendo la raza aria creadora de cultura (Kultur-schaffend) a los inferiores “destructores de cultura” (Kultur-zerstörend) que poblaban el mundo, los japoneses se hallaban en cierto modo en una posición intermedia como Kultur-tragend (Spang: 1-18).

            Así pues, en su afán expansionista, el 4 de enero de 1938 el imperio japonés toma por fin la ciudad de Qufu, en Shandong, “[e]l más sagrado santuario de China”, como lo denominaba un corresponsal, por ser éste el lugar de nacimiento de Confucio (Bryant: 81). Lo sorprendente de este hecho es que, frente al pillaje, la devastación y la violación constantes que habían acompañado a Japón en Nanjing tan sólo un par de semanas antes y aún a pesar de la repulsión que aparentemente sentían los nacionalistas por el confucianismo, el ejército japonés respetó el Templo de Confucio. A qué respondía este aparente cambio de actitud es algo que, probablemente, nunca sabremos con certeza, pero podría encontrarse rápidamente su contrapartida en las acciones de la Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg en territorio soviético: el enemigo común de ambos imperios era el comunismo, una ideología que estaba devorando los territorios –ruso y chino– en donde se había establecido. Recoger o preservar obras de arte rusas o chinas no entraba en contradicción directa con los principios del imperio: los ciudadanos chinos podían ser vistos como el enemigo rojo, pero de nada de ello tenía la culpa la milenaria tradición china. Esto, por supuesto, no alcanza a explicar el comportamiento japonés en territorios no comunistas, incluyendo su propio suelo, pero deja claro que no existía necesariamente una contradicción entre el pillaje de Nanjing y la conservación del Templo de Confucio.

             Más sorprendente si cabe que la conservación de este templo es el trato que se le dio al 77º descendiente directo de Confucio, Kong Decheng. Según informaba The Times y otros periódicos occidentales (Bryant: 80), los japoneses habrían querido nombrar a Kong Decheng nuevo emperador de China en 1937. Tal vez querían con ello, entronizando a un emperador descendiente directo de una personalidad considerada divina como era Confucio, moldear China a imagen de Japón o tal vez, simplemente, pretendían establecer un emperador títere –el joven Kong Decheng contaba entonces con 17 años– (Ekins: 315), con el que poder legitimar su presencia en el extenso e ingobernable territorio chino. En cualquier caso, según informan los medios de la época, el descendiente de Confucio se excusó en varias ocasiones alegando que no había finalizado sus estudios y, tras la toma de Qufu, huyó a Hankou, en donde vivió hasta que la invasión japonesa le obligó a abandonar la ciudad y marchar a Taiwán.

            Ninguno de estos sucesos, evidentemente, excusa el sangriento e inhumano comportamiento del ejército japonés en China o en cualquier otra parte. No obstante, casi 30 años después, China vivirá un episodio si cabe más sangriento que no sólo se cobrará millones de vidas inocentes de su propio pueblo, sino millones de objetos culturales que jamás serán recuperados: la Revolución Cultural.

 

 

1966: El “Holocausto del Agosto Rojo”

 

Si el Gran Salto Adelante (1958-1961) se había cobrado entre 30 y 45 millones de víctimas chinas en hambrunas y muchas más en asesinatos, suicidios y actos de canibalismo (Dikötter), la Revolución Cultural se cebaría, precisamente, con la cultura china. El 8 de agosto de 1966 el Partido Comunista Chino iniciaba esta terrible campaña en la que se pretendía eliminar todo rastro de cultura tradicional y de capitalismo occidental a cualquier coste. Tan sólo durante los dos primeros meses del “Terror Rojo”, entre agosto y septiembre, China vivió a manos de la Guardia Roja –grupos de jóvenes estudiantes creados a la sazón– la mayor catástrofe cultural que ningún país o imperio haya sufrido jamás en la historia de la humanidad: lo que el Gran Salto Adelante se cobró en víctimas humanas, la Revolución Cultural lo haría en artefactos históricos.

Durante estos dos meses 397.000 personas acusadas de ser “burgueses” (sinónimo de “occidentales” en la jerga sino-comunista), intelectuales (choulaojiu, lit. “los novenos viejos apestosos”) o “monstruos” (niugui sheshen, lit. “demonios con cabeza de cabra y espíritus con cuerpo de serpiente”) fueron repatriadas a sus provincias de origen y miles fueron torturados o asesinados –se estima que, sólo en Pekín, murieron cerca de 2.000 personas entre el 18 de agosto y el 15 de septiembre–. Sus hogares fueron registrados y su propiedad confiscada: en Pekín 33.695 familias perdieron sus hogares, mientras en Shanghái la cifra fue superior: 84.222. Sólo en Pekín se confiscaron 5,7 toneladas de oro y cerca de 12 toneladas de plata, además de 55 millones de yuanes en moneda de la época y 613.600 antigüedades. En Shanghái las cifras fueron, una vez más, superiores: 3.3 millones en dólares estadounidenses y una cifra equivalente en yuanes de otras divisas extranjeras, junto a 2.4 millones de dólares de plata y la impresionante cantidad de 370 millones de yuanes. En total se estima que cerca de 65 toneladas de “oro burgués” fueron confiscadas en todo el país en poco más de un mes (MacFarquhar-Schoenhals: 175 ss.).

En la segunda semana de estos incidentes, la Guardia Roja también irrumpió en la Federación Literaria de Pekín (Beijing shi wenlian) y en el Departamento de Asuntos Culturales (Wenhua ju dayuan) de la misma ciudad, destrozándolo todo a su paso, quemando antigüedades y capturando y ensañándose con los “aristócratas”. En total se estima que, en estos dos meses, se perdieron sólo en Pekín 538.000 artefactos de interés cultural y se destruyeron  4.922 lugares históricos de los 6.843 oficialmente catalogados por el gobierno.

Pero el altercado más representativo ocurrió el 26 de agosto de 1966 cuando la Guardia Roja se organizó para destruir el emblema por antonomasia del “feudalismo chino”: el Templo de Confucio. Para su sorpresa, un gran número de lugareños de clase baja –los mismos que decían representar las juventudes de la Guardia Roja– se reunieron para defender el lugar y sus reliquias, golpeando y expulsando con éxito a los “soldaditos” de Mao del santuario de la cultura china. Hubieron de pasar varios meses hasta que la Guardia Roja, reorganizada y con el apoyo de 200 profesores y estudiantes de la universidad local, tomase por la fuerza, ahora exitosamente, el Templo y sus inmediaciones. Entre el 9 de noviembre y el 3 de diciembre se demolieron más de un millar de piedras, se quemaron 6.618 reliquias –entre ellas 929 pinturas, 1000 estatuas de piedra– y 100.000 libros y más de 2.000 tumbas del cementerio del templo fueron profanadas (Ho, 64-65, 77-78). Aquello que incluso los japoneses habían protegido con tanto celo fue destruido por los propios chinos en menos de un mes.

A pesar de los intentos de algunos ciudadanos de mayor edad y de las peticiones de Zhou Enlai para proteger numerosos lugares antiguos, la Guardia Roja consiguió acabar con gran parte de la milenaria cultura china en poco menos de una década, de tal forma que un gran número de templos, tumbas o museos que actualmente puede contemplar el viajero no son más que meras reconstrucciones tardías efectuadas tras la Revolución Cultural, es decir, en la década de los 70 y los 80. Sin pretender ser en modo alguno exhaustivos presentamos, a modo de resumen sistemático, un listado de los más importantes “logros culturales” de la Guardia Roja durante la Revolución Cultural que dan una imagen precisa del alcance de este “Holocausto Cultural”:

 

Tumbas profanadas: El 27 de agosto de 1966 la tumba de Wu Xun (1838-1896), un educador pionero en llevar la educación a las clases más pobres, fue profanada por orden directa de Mao: sus huesos fueron exhumados y llevados a una plaza pública, en la que una asamblea de estudiantes decidió quemarlos ipso facto. Por las mismas fechas se profanaba la tumba del reformista Kang Youwei (1858-1927): mientras sus huesos se exhibían por las calles, su cráneo se exponían públicamente con la inscripción “La cabeza de perro de Kang Youwei, el mayor partidario del emperador de China” (Zhongguo zui da de baohuangpai Kang Youwei de goutou). Entre las numerosas tumbas profanadas y esqueletos reducidos a pedazos y cenizas se cuentan también, por su importancia, las pertenecientes al emperador de la Dinastía Ming, Wang Li (r. 1572-1620), y su familia, así como la tumba del mismo Confucio.

 Quema de libros: Tanto libros como jades se entregaron a las llamas en numerosas ciudades de China: en Heshan (Sichuan) se quemaron 2.000 libros y 200 pinturas, junto a numerosos objetos del museo. En Fangcheng (Guanxi), en la Prefectura Autónoma hani e yi de Honghe (Yunnan) y en Urumqi (Xinjiang), así como en Ningbo (Zhejiang) también se produjeron quemas masivas de libros. En el caso de Ningbo se estima que se quemaron 80 toneladas de papel. A partir de 1966, las bibliotecas dejaron de recibir subvenciones y cerca de 360 fueron cerradas y, consecuentemente, saqueadas, perdiéndose alrededor de 7 millones de libros en las provincias de Liaoning, Jilin, Henan, Jiangxi y Guizhou.

 Destrucción de pinturas budistas: Numerosas pinturas budistas de Turpan que no habían sido compradas –y por tanto salvadas– por las expediciones arqueológicas occidentales fueron destruidas o fueron objeto de actos vandálicos. Algo semejante llevó a cabo la Guardia Roja en el famoso Palacio de Verano,  cubriendo los murales con pintura blanca.

 Destrucción de figuras de animales: Bajo la excusa de ser representantes del feudalismo confuciano, se llevó a cabo una destrucción masiva de figuras de leones y aves fénix por todos los templos y puentes de China: la “Puerta de la Nueva China”, obra de Yuan Shikai; el Parque Xinhai (Dalian, Liaoning); el Museo Provincial de Liaoning; el Templo de Guandi, actual Museo de Yuncheng; el Puente Yongjiang (Guangxi); el Puente de Marco Polo; etc.

 Destrucción de figuras budistas: Además de ser pasto de las llamas en numerosas ciudades chinas, miles de estatuas de Budas fueron destruidas en los templos de Biyun y Wofo (Xiangshan, Pekín), de Tanzhe y Jietai (Mentougou, Beijing); etc. Muchas estatuas fueron degolladas o sus caras arrancadas. En la provincia de Zhejiang, la estatua del héroe mitológico Yu del Templo del Gran Yu fue igualmente degollada y hoy tan sólo puede verse una reconstrucción.

 Templos y edificios: La cantidad de templos y edificios destruidos es abundante. Tan sólo en unos días, a finales de agosto, se demolieron 67 mezquitas y 17 templos en Haiyuan (Ningxia). Numerosas casas antiguas de figuras importantes, como la casa de la familias de Xu Wei (1521-1593) o la de Wu Cheng’en (1500?-1582?), autor de Viaje al Oeste, fueron destruidas. El famoso Pabellón de las Orquídeas o Lanting, en Shaoxing (Zhejiang), así como las pinturas del Pabellón Zuiweng (Anhui) perecieron bajo la mano de la Guardia Roja, junto a centenares de templos a lo largo de todo el país. En el Tíbet 45 monasterios fueron destruidos durante el Agosto Rojo y más de 680.000 documentos reducidos a cenizas bajo la excusa de sustituir el lamaísmo por el maoísmo.

Destrucción de objetos capitalistas: Colonia, zapatos o pantalones fueron también destrozados o quemados en las calles, junto a linternas, vestidos o coches importados, todos ellos objetos capitalistas que no se consideraban adecuados para los trabajadores.

 

 

El “Síndrome de Shandong”

 

A pesar de que históricamente el mayor enemigo de la cultura china ha sido siempre la propia China –o, más adecuadamente, el régimen comunista chino que todavía hoy continúa en el poder–, existe en el continente la idea de que únicamente los chinos están legitimados para estudiar, entender, conservar e incluso destruir su propia cultura y que el hombre occidental no tiene derecho alguno a protegerla de eventos históricos como la Revolución Cultural o de los modernos quehaceres de campesinos incultos. Así, por ejemplo, la compra de miles de rollos budistas hallados en Dunhuang por parte de los sinólogos occidentales Paul Pelliot o Aurel Stein a principios de siglo es vista como un saqueo nacional y no faltan los que reclaman su retorno a China. Sin embargo, nada se dice de cómo el gobierno chino, al descubrir el valor de estos manuscritos –que había ignorado completamente hasta la fecha–, se entregó a la falsificación de los mismos para embolsarse unos cuantos yuanes vendiéndolos a sus propios museos. Algunos de estos manuscritos y pinturas dejados en territorio chino no tuvieron tanta suerte: fueron destruidos por la Guardia Roja. Sin embargo los manuscritos de Dunhuang no pueden ser considerados en modo alguno tesoro nacional –propiedad gubernamental– cuando la moderna República Popular China se estableció distanciándose de la milenaria tradición china: con el fundador del Partido Comunista Chino, Chen Duxiu, primero y con la Revolución Cultural después. Y a diferencia de las tumbas y objetos decorativos encontrados “en tierra de nadie”, los manuscritos de Dunhuang eran propiedad de un monje y su venta, por tanto, completamente legítima.

            Otro ejemplo reciente de esta esquizofrenia propia del continente la encontramos en un proyecto de crear un mapa lingüístico de los diferentes dialectos de China llevado a cabo por dos americanos: el famoso Phonemica. Como es sabido, muchos dialectos se están perdiendo debido a las campañas de nacionalización lingüística llevadas a cabo por el gobierno comunista. Por ello, numerosas iniciativas desde fundaciones hongkonesas u occidentales han intentado estudiarlos y clasificarlos antes de que desaparezcan completamente. Cuando la compañía Sohu recogió la noticia, no tardaron en proliferar los más rocambolescos comentarios reclamando el estudio de la cultura china únicamente para los chinos. De ellos ofrecemos una breve selección:

 

Lógicamente, esto es algo que deberían hacer nuestros expertos lingüistas y sus respectivos departamentos, pero dejan que dos viejos extranjeros se lo roben.

 

Cuidado, podría tratarse de una operación de las autoridades americanas para, una vez comprendidos nuestros dialectos, usar [ese conocimiento] como base para la guerra.

 

Se trata de una cuestión de seguridad nacional. No debe permitirse. Deben llevarla a cabo nuestros propios especialistas en lingüística, ser financiada por el estado y controlada por el estado.

 

Los dialectos deberían haberse tirado al cubo de la basura de la historia hace tiempo.

 

             Es en esta mezcla de ineptitud intelectual y supremacía racial nacionalista, ancladas en el adoctrinamiento de un sistema político absurdamente ineficaz, económicamente decadente y cuya base ideológica habría muerto con Marx si Lenin no la hubiese resucitado, que puede comprenderse el esquizofrénico celo con el que los Institutos Confucio han comenzado a imponerse en nuestras instituciones educativas: toda investigación relacionada con China debe pasar los estrictos controles y filtros de un gobierno que ejecuta públicamente a quienes disienten con él en cuestiones de política o creencia religiosa, que prohíbe la entrada a investigadores cuya excelencia académica no sería alcanzada ni por todos los profesores universitarios de las más prestigiosas universidades chinas o que, simplemente, prohíbe a sus ciudadanos, científicos y académicos acceso a herramientas de investigación tan básicas como una base de datos bibliográfica como WorldCat (a la que ni siquiera se le permite incluir los fondos bibliotecarios chinos). El mensaje es simple: sólo los chinos pueden decidir qué y cómo se investiga en el mundo en lo que a China respecta.

            No deja de ser irónico que ese mismo gobierno que demolió el templo de Confucio y profanó su tumba vaya remachando nuestros centros de enseñanza con instituciones represoras nombradas a partir de esta figura bajo la excusa de cierta legitimidad étnica o racial. Hoy un gran número de aquellos templos y tumbas han sido reconstruidos y sustituidos por réplicas modernas que engañan al viajero –y al nativo– con el aparentemente impecable estado de conservación de sus monumentos: la República Popular China no sólo fabrica réplicas de productos extranjeros, sino que es en sí misma una réplica, una falsificación, de la China real.

 

 

Material gráfico

 

            Si no se especifica lo contrario, la fuente de las imágenes es Yang Kelin, Wenhua dageming bowuguan, Dongfang chubanshe, Hong Kong, 1995, 2 vv.

 

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Izquierda: Carta del presidente Woodrow Wilson a Arthur J. Balfour (30/4(1919). Derecha: El Panfleto Vilensky (julio de 1919): “China y la Lección de Versalles” (Fuente: Elleman: 83 y 159).

 

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Izquierda: Encuentro de los niños de Japón, Alemania e Italia en Tokio para celebrar el Pacto Tripartito (17/12/1940) (Fuente: AP). Derecha: Póster caricaturizando la relación Alemania-Japón durante la Segunda Guerra Mundial (Fuente: NARA 513557).

 

 

 

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Arriba: Dos fotografías de la estatua de Confucio en Qufu durante la ocupación japonesa publicadas, respectivamente, en The Illustrated London News, 5152 (15/1/1938), p. 81 y LIFE (16/5/1938), p. 17. Abajo: La estatua de Confucio tras el asedio de la Guardia Roja, con la frase “El Cabrón Número Uno” (Touhao da hundan) y su destrucción.

 

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Derribo y destrucción de dos estatuas del Templo de Confucio.

 

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Arriba: La famosa tabla con el texto “Modelo de Maestro para Futuras Generaciones” (Wanshi shi biao) durante la ocupación japonesa del Templo de Confucio (Fuente: Zhina shibian jinian, 1937). Abajo: Derribo y quema de la misma tabla durante la Revolución Cultural.

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 Izquierda: La estela del Templo de Confucio durante la ocupación japonesa (Fuente: Bryant: 81). Derecha: La misma estela derribada por la Guardia Roja en noviembre de 1966, con pintadas a sus pies.

 

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Imágenes del Templo de Confucio durante la ocupación japonesa de 1938 (Fuente: Bryant: 81). 

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Imágenes del mismo templo y su cementerio en la misma época (Fuente: LIFE, (16/5/1938): 17).

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Arriba: Soldados japoneses en el Templo de Confucio durante su ocupación (Fuente: Zhina shibian nianji, 1937).

 

 

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Arriba: El Tíbet a finales de los años 30 (Fuente: LIFE (24/1/1938): 25-27). Abajo: El 24 de agosto de 1966 los templos lamaístas fueron saqueados y destruidos, sus objetos ceremoniales y libros quemados, los ornamentos de los tejados arrancados y las imágenes religiosas sustituidas por retratos de Mao y emblemas comunistas.

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Abajo, algunos de los arcos memoriales (paifang) de Yanzhou (Shandong) antes de su completa destrucción durante la Revolución Cultural: Arco memorial de la familia Fan y detalle del mismo (s. XVII); Arco de Peiying (s. XVI); dos vistas del Arco memorial de Kong Dao (1912, fotografías de 1937); Arco de piedra frente al Templo de Ximadi. Última fotografía: derribo de un arco memorial no identificado durante la Revolución Cultural.

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 Abajo, de izquierda a derecha: Destrucción de las letras “Parque Qinghua” ((Qinghua yuan) de la Universidad Qinghua; destrucción del signo “Puerta del Gran Logro” (Dacheng men) del Templo de Confucio; profanación de una tumba de Kang Youwei y destrucción de varios monumentos.

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 Abajo: casa burguesa saqueada y cambio del nombre de lugares y calles: la Ciudad Prohibida fue renombrada a “Palacio de Sangre y Lágrimas”, el Hospital Médico de Pekín a “Hospital Antimperialista” y la calle Xijiaomin frente al Consulado de la Unión Soviética a “Calle Anti-soviética”. La ingeniería lingüística entregada al cambio de nombres de ciudad, pueblos o calles ha sido uno de los instrumentos más importantes de los totalitarismos del s. XX. Última fotografía: Iglesia con la foto de Mao a su entrada y acusaciones de "enseñanzas ilegales" en sus muros.

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Quema de libros y biblioteca saqueada.

 

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Arriba: destrucción de objetos capitalistas, reliquias antiguas y figuras de leones. Abajo: profanación y quema de estatuas; quema de imágenes budistas en Hefei (Anhui) en septiembre de 1966 (Fuente: Ho: 65); destrucción de una estatua centenaria de Guanyin en Huzhou (Zhejiang); estatuas budistas del Templo Jingyun (Gansu), labradas en el s. VIII, destrozadas durante la Revolución Cultural (Fuente: Flickr).

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Abajo: humillación de monjes sosteniendo un cartel en el que se lee: "Las escrituras budistas no son más que mierda de perro" (Shenme Fojing jing fang goupi). Cristianos humillados públicamente en Tianjin y monjas de la orden franciscana en Beijing.

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Abajo: Varios intelectuales y burgueses humillados públicamente, entre ellos el gobernador Li Fanwu. Última fotografía: víctimas de la Revolución Cultural.

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Tumba de Kang Youwei tras ser profanada, reconstrucción moderna y losa conmemorativa en el lugar original.

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Tumbas reconstruidas de Wu Xun (1838-1896) y Li Yuanhong (1864-1928).

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Tumba original de Yue Fei (1103-1142) y reconstrucción moderna.

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Profanación de una tumba y restos exhumados del Emperador Wang Li (1572-1620).

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Varias reconstrucciones modernas: Pabellón de las Orquídeas (original del s. IV); cabeza del Gran Buda en Leshan (Sichuan, original del s. IX); mansión de Wu Cheng'en (original del s. XVI).

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Bibliografía

 

Bryant, Arthur, “Our Notebook”, The Illustrated London News, 5152 (15/1/1938), pp. 80-81.

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