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La dictadura académica de los Institutos Confucio.

El futuro imperfecto de la sinología

  ConfucianCommunism21

El futuro de nuestras instituciones educativas es, muy probablemente, uno de los mayores retos a los que el hombre moderno debe enfrentarse, pues su subsistencia es la única garantía que tenemos de preservar uno de los pilares básicos de la civilización: el pensamiento crítico. Algo que no parece abundar en Washington si nos atenemos a las últimas noticias: el conglomerado de industria aeroespacial y de defensa Northrop Grumman ha confirmado la compra de diversos componentes necesarios para el sistema de radar de los F-35... a China. China no sólo posee el 27% de la deuda federal estadounidense, sino que es también responsable de numerosos ataques cibernéticos al Pentágono, presuntamente producidos a instancias del Partido Comunista Chino[1]. En cualquier otro momento de la historia semejante negociación hubiese sido impensable. Pero uno de los desafíos del s. XXI será lidiar no con el leve desarrollo económico que China enmascara tras sus operaciones financieras en Hong Kong, sino con la perniciosa influencia que, a través de los denominados Institutos Confucio, el gobierno chino ejerce sobre la libertad de cátedra y la excelencia académica en más de 400 universidades y 600 aulas escolares a lo largo y ancho del planeta.

Como comenta el profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Pensilvania, Arthur Waldron, se trata de un asunto de gran seriedad: “[E]l gobierno chino, con creces el más represivo que existe en cualquier país importante, está usando su dinero para crear centros en lo que deberían haber universidades de humanidades”[2]. Waldron saltó a los titulares internacionales tras recibir una petición de la cadena japonesa NHK para participar en un programa sobre los Institutos Confucio, precisamente por ser el único académico que en aquel momento estaba dispuesto a alzar la voz[3]. Si bien el programa nunca llegó a realizarse, este hecho permitió que otros miembros del Departamento de Asia Oriental de la Universidad de Pensilvania firmasen una petición oficial para prohibir un Instituto Confucio en su campus.

Recientemente, otros académicos han manifestado su oposición. Marshall Sahlins, un destacado antropólogo y profesor emérito de la Universidad de Chicago, ha realizado el mayor esfuerzo por exponer públicamente el peligro que estos centros suponen[4]. Y lo que nos cuenta debería haber hecho saltar la alarma entre los restantes miembros comprometidos con la excelencia académica. Pero no ha sido así.

Los Institutos Confucio, según comentan Sahlins y Waldron, son “unidades virtualmente autónomas dentro del currículum habitual de la institución anfitriona [...] controladas por un gobierno extranjero y por tanto receptivo a su política”. Las actividades de estos centros se encuentran supervisadas por el Concilio Internacional de Lengua China, con sede en Pekín, más conocido como Hanban, el cual no sólo se encarga de suministrar qué libros y materiales de enseñanza deben utilizarse en los departamentos de estudios asiáticos de estas universidades, sino también elige o recomienda sus propios profesores. Básicamente, todos los proyectos de investigación relacionados con China, antigua o moderna, y en cualquiera de sus áreas –economía, política, lingüística, etc.– son evaluados anualmente por Pekín bajo los auspicios de Liu Yandong, vicepremier del Consejo de Estado de la República Popular China. De esta forma, los Institutos Confucio se convierten en “un instrumento del partido estatal operando como una organización pedagógica internacional”. O como mejor lo explica Li Changchun, jefe de propaganda del Partido Comunista Chino: “son una parte importante del equipo de propaganda exterior de China”[5]. Li Changchun fue uno de los responsables de un ciberataque a Google tras descubrir que salían páginas críticas con su persona[6]. Tal es el grado de madurez que se respira en el Partido Comunista Chino y en los Institutos Confucio.

Los hoplitas pseudointelectuales chomskianos podrían rápidamente saltar de sus sillas y apuntar con sus dedos fariseos a los Goethe Institut. Pero por mucho que quiera relativizarse la situación de los Institutos Confucio, ni en Alemania ejecutan a nadie por oponerse al gobierno, ni los Goethe Institut –o nuestros Institutos Cervantes– forman parte del campus de ninguna universidad. Hoy, gracias a la honestidad intelectual de unos pocos académicos con coraje, disponemos de datos descorazonadores sobre lo que está sucediendo en los campus de estudios asiáticos alrededor del globo. El proceso de integración de los Institutos Confucio con las universidades anfitrionas pasa por la firma de un acuerdo secreto en el que se incluye una cláusula de “no divulgación”, obligando a las instituciones educativas a regirse, dentro del ámbito de alcance de los Institutos Confucio, por las leyes de la República Popular de China (por ejemplo, su Artículo 5). Es decir, estas instituciones –americanas, europeas, coreanas, etc.– están permitiendo que el trabajo académico allí desarrollado esté vigilando políticamente por un gobierno extranjero a través de un acuerdo secreto que viola la libertad de expresión y creencia. Muchos son los casos que confirman estas acusaciones.

La profesora June Teufel Dreyer, del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Miami, se queja de la manipulación histórica a la que los Institutos Confucio someten sus clases de cultura china para adecuarlas a la visión totalitaria del régimen. Dreyer ha sufrido esto en sus propias clases de ciencias políticas: “Te dicen que no hables del Dalai Lama –o que no invites al Dalai Lama al campus–. Tíbet, Taiwán, las zonas militarizadas de China, las disputas entre facciones dentro del liderazgo chino, están todas fuera de los límites [de las clases]”[7]. Independientemente de lo que uno piense del Dalai Lama como líder espiritual, cabría preguntarse cómo puede ser siquiera legal que un instituto controlado por un gobierno extranjero decida quién puede hablar dentro del campus de la Universidad de Sydney[8].

Otro caso representativo de la tendencia casi esquizofrénica del gobierno chino por engañar, manipular y alzarse como paradigma de la miseria intelectual tuvo lugar en la Universidad de Waterloo, en Ontario, Canadá. Durante los incidentes de 2008 en el Tíbet, Yan Li, profesora adjunta de esta universidad y directora de su Instituto Confucio, movilizó a los estudiantes para que defendiesen la represión gubernamental en el Tíbet y presionasen a los medios canadienses que mostraban noticias en las que el régimen comunista chino no salía especialmente favorecido[9].

Por si la manipulación y el proselitismo no fuesen suficientes, la discriminación por creencias religiosas también ha manchado estos institutos. Sonia Zhao,  profesora de chino en la Universidad McMaster, presentó en 2012 una demanda contra la institución por la discriminación implícita en la cláusula laboral del Instituto Confucio, según la cual a los profesores “no se les permite formar parte de organizaciones ilegales como Falun Gong”. Dado que Sonia Zhao era una practicante de esta secta china, se veía obligada a ocultar su condición para continuar enseñando lengua china en una institución universitaria canadiense[10]. Ella no es la única: ningún profesor, sin importar cuán excelentes sean sus cualificaciones, si tiene la entrada prohibida en China, por ejemplo, por publicar The Tiananmen Papers (Perry Link) o por defender los derechos humanos, no podría dar ninguna asignatura en un campus universitario en el que exista un Instituto Confucio. El mensaje es claro y diáfano: si cada universidad tiene uno de estos centros, dejará de existir cualquier tipo de actividad académica contraria al Partido Comunista Chino.

Como consecuencia de todo ello, muchos son los campus y centros de enseñanza que han rechazado o han cerrado sus Institutos Confucio: junto a la Universidad de Pensilvania podemos citar la Universidad de Manitoba, en Canadá[11], o las escuelas de secundaria de New South Wales, en Australia (su universidad, sin embargo, sí conserva el Instituto Confucio)[12]. Las cifras que mueven estos centros y que sirven para “comprar” la lealtad del profesorado académico no son precisamente cifras astronómicas, pero permiten financiar muchos proyectos que, de otra forma, jamás verían la luz: un millón de dólares en subvenciones para la Universidad de Columbia o cuatro para la de Stanford[13].

Otro de los puntos en los que los Institutos Confucio establecen la supremacía del Partido Comunista Chino es el estudio de la lengua a través de la fábula del “chino simplificado”, ya que dentro de los campus universitarios se estudia únicamente en chino simplificado. Esto tiene terribles consecuencias: en primer lugar, se limita al alumnado para que no pueda acceder, si así lo desea, a lo que se escribe en Hong Kong o en Taiwán, se trate o no de textos, noticias o libros contrarios al régimen comunista chino. Pero, como dice Michael Churchman, esto creará, además, académicos “medio-alfabetizados” que únicamente podrán leer los clásicos en las versiones e interpretaciones publicadas en la República Popular China. Tampoco podrán acceder a los documentos históricos sobre la formación del Partido Comunista o el Kuomintang, que si bien fueron publicados en el continente, preceden a la simplificación de la escritura china. Esto no es más que una forma de controlar qué leen los estudiantes[14].

Durante los últimos años, la comunidad internacional de académicos especializados en sinología se ha visto sacudida –aunque nadie parece alzar la voz al respecto– por la proliferación de artículos académicos, libros y tesis doctorales, en su mayoría a cargo de autores de la República Popular China, en los que no se respeta prácticamente ninguno de los cánones establecidos para la publicación de artículos científicos. No sólo se recurre a la escritura simplificada, incluso, al citar textos clásicos, sino que se introducen también referencias a textos no académicos o se dan éstas de forma imprecisa, impidiendo su localización –como referirse a un texto dentro de las obras completas de un autor en 32 volúmenes, sin indicar el número de página–. Puede que el sistema habitualmente utilizado en sinología a la hora de citar clásicos sea tedioso, pero es sin duda práctico para localizar referencias exactas y permitir a otros académicos continuar con el trabajo iniciado –en lugar de monopolizarlo–. Esto favorece también la manipulación política al desanimar al investigador a perder su tiempo en comprobar cientos de referencias que, en muchas ocasiones, ni siquiera son reales. El uso de la escritura tradicional sobre la simplificada también es importante, puesto que, a pesar de lo que puedan decir los casi 1.400 millones de chinos, es totalmente falso que el “chino tradicional sea sólo de Hong Kong, Taiwán y Macao”. Esto es simplemente una falacia, puesto que la escritura tradicional precede a la simplificada, por lo que lo correcto sería decir que “el chino simplificado sólo se usa en la República Popular China”. Desde sus inicios, la sinología, en absolutamente todos los países, ha utilizado única y exclusivamente la escritura tradicional. La comunidad académica es internacional, no local, y no debe mostrarse sumisa a un régimen totalitario que, como ha sido costumbre a lo largo de la historia –la Alemania nazi, la Italia de Mussolini, la Rusia de Stalin o la República Popular Democrática de Corea de Kim-il Sung–, intenta imponer su mandato instrumentalizando el lenguaje[15].

Obviamente, el Partido Comunista Chino no ha tardado en responder a todas estas acusaciones, bien realizando modificaciones en los acuerdos entre universidades para hacer menos explícitas las cláusulas discriminatorias, bien de forma abierta, caracterizando estos ataques como propaganda estadounidense fruto de instituciones que quieren imponer sus valores occidentales sobre China, en lugar de permitir el diálogo libre y abierto con los “valores asiáticos” (traducido: despotismo, autoritarismo, censura, genocidio)[16]. Lo cual tal vez sólo tenga sentido para esos millones de chinos que se creen que Canadá o Australia forman parte de los Estados Unidos.

Estos valores inclusivos occidentales que las universidades “estadounidenses” intentan imponer son, según informa Sahlins, los siguientes: “valores universales, libertad de prensa y los errores históricos del Partido Comunista Chino”. Y la historia china, la lengua china o cualquier otra cosa que haya formado parte del territorio chino desde sus fabulosos tres, cuatro o cinco milenios de pretendida historia ininterrumpida (!) sólo puede ser estudiada como lo dicta el Partido Comunista Chino, que es la voz del pueblo chino (porque, ¿quién creería que es posible mantener una dictadura de 1.400 millones de habitantes?). El prolífico historiador Iriye Akira explica palmariamente este problema con unas palabras que no pueden dejar de citarse:

 

Existe la tentación a enmarcar el pasado de una nación sobre todo, cuando no únicamente, en términos nacionales: de considerar su historia como algo sui generis, como un producto de su propia cultura; de interpretarla a partir de su propio desarrollo endógeno. Un libro de texto recientemente editado en Japón, y que ha suscitado un alud de protestas en Corea, China y otros países, afirma que hay tantas historias como naciones, con el añadido implícito de que para aprehender, evaluar y juzgar la historia de un país hay que volver la vista a las ideas, los intereses y los valores de su pueblo. Quienes defienden este tipo de nacionalismo autosuficiente –y hay gente así en todo el mundo– creen que un pueblo determinado “entiende” su historia mejor que otro, y que los extranjeros no deberían dedicarse a juzgarla[17].

 

            Cualquiera que haya estado el tiempo suficiente con alguien educado en la República Popular China habrá tenido la ocasión de oír multitud de veces el adagio del nacionalismo chino: “Vosotros los viejos-blancos no entendéis la cultura china”. Tal vez a las múltiples acusaciones que pesan sobre los Institutos Confucio haya que añadir el racismo.

           Confucio se estaría revolviendo en la tumba, si no hubiese sido profanada por la Guardia Roja hace medio siglo.



[2] En comunicación personal con el autor, 29 de diciembre de 2013.

[4] Marschall Sahlins, “China U.”, The Union, 29 de octubre de 2013, disponible en http://www.thenation.com/article/176888/china-u#.

[17] Prefacio a Laurence Rees, El holocausto asiático. Los crímenes japoneses en la segunda guerra mundial, tr. de Ferran Esteve, Crítica, Madrid, 2009, p. 9.