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El mito del giro político de demócratas y republicanos

Cómo los republicanos de Lincoln nunca fueron los demócratas de Roosevelt

 César Guarde

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Mucho antes de que el presidente demócrata Barack Obama ofreciese a América “Esperanza” (“Hope”) los Estados Unidos contaban con el comediante londinense y republicano de toda la vida Leslie Townes “Bob” Hope (1903-2003) para explicarnos las diferencias esenciales entre demócratas y republicanos. Justo cuando Franklin D. Roosevelt estaba en su segundo mandato, Bob Hope apareció en la continuación de su anterior éxito, El gato y el canario (The Cat and the Canary ,1939), titulada El castillo maldito (The Ghost Breakers, 1940), una comedia de terror con algunas alusiones políticas ciertamente memorables: 

Geoff: Cuando una persona muere y es enterrada, parece que hay ciertas sacerdotisas de vudú que tienen el poder de devolverlos a la vida.

Mary: Es terrible.

Geoff: Es peor que terrible, porque un zombi no tiene voluntad propia. Los ves en ocasiones, caminando con ojos muertos, siguiendo órdenes, sin saber lo que hacen, sin importarles.

Larry: ¿Quieres decir como los demócratas?

Fue entonces también cuando, según la mitología progresista moderna, los republicanos de Lincoln se convirtieron en los demócratas de Roosevelt, es decir, los partidos cambiaron su posición en asuntos importantes como, por ejemplo, en el racismo.

Todos sabemos -y los demócratas así lo han reconocido hasta cierto punto- que el partido republicano fue creado para oponerse a la esclavitud. En 1864 apareció en Nueva York un pequeño libreto de poco más de 70 páginas titulado “Miscegenación: La teoría de la mezcla de razas, aplicada a los blancos y a los negros americanos”. Esta obrita instaba al presidente Lincoln a llevar a cabo un plan para el mejoramiento de la raza humana favoreciendo los matrimonios entre ambas razas. En realidad, como suele pasar, no era más que un fraude de los demócratas perpetrado para afectar a las próximas elecciones y dañar la reputación del presidente republicano Abraham Lincoln, que no se lo tragó.

También entre 1866 y 1876, en la década que siguió al asesinato del presidente Abraham Lincoln, encontramos varios panfletos demócratas anunciando las diferencias esenciales entre ambos partidos: “La plataforma republicana es para el negro”, mientras el partido demócrata estaba “a favor del gobierno del hombre blanco”, “opuesto al sufragio de los negros y a la igualdad de los negros” y en contra de “todo RADICAL en el Congreso a favor del SUFRAGIO DE LOS NEGROS”.

Hay muchas teorías populares sobre cómo y cuándo ocurrió este “giro de partidos”. Una de ellas acusa al presidente republicano Herbert Hoover. Tras la devastadora inundación del Mississippi de 1927 aumentaron los rumores sobre el injusto trato que la población afroamericana estaba sufriendo por parte de las unidades sanitarias movilizadas para ayudar a las víctimas. En lugar de buscar una solución al problema, Hoover realizó un pacto secreto con Robert R. Moton, un educador afroamericano presidente del Instituto Tuskegee –una institución de raíces republicanas cuyo objetivo era ofrecer educación secundaria a los afroamericanos del sur–: Moton ayudaría a mantener esos rumores lejos de la opinión pública y, a cambio de su encubrimiento, Hoover le prometió que los afroamericanos disfrutarían de una serie de beneficios una vez alcanzase la presidencia. Sin embargo, Hoover no mantuvo su palabra y, en consecuencia, muchos afroamericanos decepcionados cambiaron de bando e ingresaron en el partido demócrata. Y así, en 1932, el presidente demócrata Franklin D. Roosevelt ganó las elecciones.

Según esta historia mitológica, la actitud de Hoover contra los afroamericanos debería tomarse como modelo de lo que el partido republicano representó tras la Gran Depresión de 1929. Por otro lado, dado que los republicanos se habían convertido en racistas a imagen de Hoover, los demócratas sólo podrían autodefinirse como el partido tolerante y no racista. Sin embargo, hay un grave problema con este razonamiento: el presidente Franklin D. Roosevelt no era tan diferente de los demócratas que precedieron a Hoover, como puede observarse en su famoso “desaire” a Jesse Owens, el atleta afroamericano que ganó cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936.  Una vez más, el cuento liberal nos dice que Jesse Owens fue desdeñado por Adolf Hitler, pero es un hecho demostrado, como recoge Jeremy Schaamp en su Untold Story of Jesse Owens and Hitler’s Olympics (Houghton, Boston, 2007), que Hitler envió a Owens una fotografía firmada de su persona, mientras el presidente demócrata ni siquiera se molestó en enviarle un telegrama, como el mismo Owens afirmó.

De hecho, Jesse Owens no sería reconocido ni por Roosevelt ni por Truman, AMBOS presidentes demócratas, sino que fue el presidente republicano Dwight D. Eisenhower quien, en 1955, alabó por vez primera los logros de Owens, calificándolo de “Embajador del Deporte”. Tras el supuesto “giro político”, los americanos todavía tuvieron que esperar veinte años y dos presidentes demócratas para tener un presidente republicano que apreciase los logros de un atleta afroamericano que ni siquiera había sido ignorado por Adolf Hitler.

No olvidemos esa otra famosa afirmación de Hope en El castillo maldito: 

Mary: ¿Crees en la reencarnación?

Larry: ¿Eh?

Mary: Ya sabes, que los muertos vuelven...

Larry: ¿Quieres decir como los republicanos?

 Y es que, después de todo, los republicanos siempre contraatacan.