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Bret Stephens

Premio Nobel y grandeza nacional

(WSJ, 16 de octubre de 2013)

 

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En su orgullosa y notoria historia, Hungría ha producido una docena de ganadores de Premios Nobel: cuatro de química, tres de física, tres de medicina, uno de economía y otro de literatura. No está mal para un país pequeño de no más de 10 millones de personas.

Pero hay un hecho curioso: todos los laureados húngaros han dejado o huido finalmente del país. Si eres brillante, ambicioso y húngaro, mejor sal mientras puedas.

La semana pasada estuve leyendo sobre los Premio Nobel, sobre todo, para mitigar el pesimismo proveniente del Congreso de los Estados Unidos, de la Casa Blanca, del Departamento de Estado y de la reunión electoral del Partido Republicano. Es un tiempo de parálisis en D.C. y un tiempo de la “América-en-Decadencia” en las páginas de opinión. Reflejando este estado de ánimo global, Xinhua, la agencia de noticias chinas, editorializaba la semana pasada que, con una posible incomparecencia de los Estados Unidos en el horizonte, “es quizás un buen momento para el mundo aturdido empezar a considerar la construcción de un mundo desamericanizado”[1].

Pero ahí tenemos luego el Premio Nobel y el hecho de que los americanos, tanto nativos como inmigrantes, se llevaron a casa, sólo este año, nueve de ellos. Nota a Xinhua: China, con más de 1.300 millones de habitantes, ha producido un total de nueve ganadores en toda su historia. De estos nueve, siete viven en el extranjero, incluido tres en los Estados Unidos. Otro, Liu Xiaobo, está en una cárcel china.

¿Cómo se puede juzgar mejor la grandeza nacional? La visión tradicional es que lo que importa es el tamaño: El tamaño de la economía, de la población, de la superficie, de la fuerza naval, del arsenal nuclear. De ahí la histeria de que China podría superar en PIB a los Estados Unidos en la próxima década. De ahí el tratamiento de grandes potencias a poderes mediocres como Rusia (con un PIB que es aproximadamente como el de Italia).

Pero una medida mejor para la grandeza es la habilidad de las naciones de producir, cultivar, atraer y retener la grandeza intelectual. ¿Cuál es la proporción de laureados con el Nobel viviendo en cualquier país en relación con la población total? Rusia, con una población de 142 millones, tiene tres laureados con el Nobel vivos o uno por cada 47 millones. Demasiado para el país de Pasternak y Sakharov[2].

Un caso más interesante es Israel. El estado judío tendría que ser un centro neurálgico de los Premios Nobel, dado que los judíos, el 0,2% de la población mundial, han ganado el 20% de todos los Nobel, incluyendo sólo este año seis premios. Pero mientras Israel puede afirmar que tiene nueve laureados vivos, tres de ellos viven y enseñan principalmente en los Estados Unidos. ¿Por qué? “Hay mucha gente inteligente en Israel y al mismo tiempo no hay trabajo, así que se marchó”, explicaba al diario Haaretz Benny Shalev, hermano del ganador del Nobel de química de este año, Arieh Warshel. No es suficiente para los países producir genios. También tienen que descubrir cómo darles un empleo.

Luego está Europa: 500 millones de personas con una representación comparativamente minúscula de Premios Nobel. Francia tiene, según he contabilizado, sólo 10 laureados vivos. Alemania lo hace mejor, con cerca de 30, aunque al menos nueve de ellos (incluyendo a Henry Kissinger, al físico Arno Penzias y al ganador de este año del Nobel de medicina Thomas Südhof) han vivido largo tiempo en los Estados Unidos. Reino Unido tiene casi lo mismo que Alemania.

¿Por qué está Europa tan rezagada con el Nobel?  En retrospectiva, desahuciar y matar a la mayoría de su población judía no fue quizás la mejor idea, una lección que todavía tienen que aprender, teniendo en cuenta los esfuerzos enfermizos de los campus europeos por boicotear a los académicos israelíes.

Una respuesta más contemporánea es la generalizada mediocridad de la educación superior en toda la Unión Europea. Dejando de lado a Cambridge y a Oxford, la lista de los rankings de Shanghai Jiao Tong cuenta sólo con una universidad europea –el Instituto Federal Suizo de Tecnología en Zúrich– entre las 30 primeras y Suiza no es ni siquiera miembro de la Unión Europea. La mayoría de las Universidades europeas, superpobladas y mal financiadas, no pueden aspirar a competir con sus colegas americanas.

Lo que nos lleva a la superpotencia de los Nobel. Desde el 2000, los americanos han ganado 21 de los 37 de los premios de física, 18 de 33 de los premios de medicina, 22 de los 33 de los premios de química y un sorprendente 27 de los 30 de economía. Muy impresionante considerando nuestra imparable ansiedad por los fracasos escolares, los mediocres resultados de los test internacionales, los estudiantes que no se especializan en matemáticas o en ciencias y en todo lo demás. Singapur, Corea del Sur y Finlandia pueden producir frecuentemente los resultados más altos entre quinceañeros, pero algo no se está traduciendo bien: Nadie de Singapur ha ganado jamás un Nobel. Corea tiene uno y es por la paz. La última vez que los finlandeses recogieron un nobel de ciencias fue en 1967[3].

El secreto de la salsa del Nobel en América no es difícil de entender: una cultura de la inmigración que recibe a todo el mundo desde Ronald Coase (del Reino Unido) a Subrahmanyan Chandrasekhar (de la India), a Martin Kaplus (de la Austria de la época nazi) o a Elizabeth Blackburn (de Australia). Un sistema universitario en gran parte privado, altamente competitivo, generosamente dotado y alimentado por fondos federales para la investigación básica. Una cultura del individualismo y de un respeto enraizado por el pensamiento a-contra-corriente.

El apagón gubernamental es desafortunado;  una incomparecencia sería un desastre. Pero alguien que piense que los mejores días de América ya han pasado, haría bien en mirar mejor el último botín del Nobel. Dice algo que nosotros tomamos por asumido.



[1] Véase http://news.xinhuanet.com/english/indepth/2013-10/13/c_132794246. Ésta y las siguientes notas son del traductor.

[2] Pasternak fue amenazado al recibir el Nobel y se le dijo que si iba a recogerlo mejor no volver por la Unión Soviética. A Sakharov no le dejaron salir a recogerlo. De ahí el tono irónico de la frase.

[3] El autor se refiere a Ragnar Granit, ignorando en su enumeración al Premio Nobel de la Paz concedido a Martti Ahtisaari en el 2008.