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De dragón a camello: Esclavitud con características chinas

En última instancia, todos somos esclavos de nuestro resentimiento

 

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Sostenía Mencio que el que carece de educación y de valores propios no es sino esclavo de otros hombres. En China hay 1.400 millones de estos esclavos, no sólo al servicio del siempre benevolente Partido Comunista, sino, muy especialmente, al servicio de Occidente. Es lo que debería denominarse “esclavitud con características chinas”, pues a pesar de tratarse de una esclavitud institucionalizada y legitimizada por la comunidad internacional y por el propio gobierno chino, los racistas no somos tanto los que hemos convertido China en la fábrica de cachivaches de nuestro mundo, sino los que, aún a nuestro servicio, se creen racialmente superiores al resto de mortales.

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La pretendida posición privilegiada de la “segunda economía mundial” es semejante a los cimientos de un castillo de arena construido en medio del desierto: a principios de los 80 los emprendedores privados consiguieron un espectacular aumento del PIB y de los ingresos privados, a la par que una gran parte de la población, descontenta con un régimen cuyo mayor logro había sido el asesinato de 100 millones de compatriotas, intentaba seguir los pasos de la civilización. Pero en 1989 ese descontento se cristaliza en la bien conocida masacre de estudiantes que el Partido llevó a cabo en los alrededores de la Plaza de Tian’anmen. A partir de este momento, China se reconsolida como una economía estatista controlada por el gobierno. La propiedad privada cae una vez más y, con ella, los emprendedores y los empresarios privados (término que desde entonces designa a las personas que venden sus productos en la calle de forma ilegal, léase, vendedores ambulantes y prostitutas). La libertad de expresión se reduce de nuevo y Mao vuelve a escuelas y universidades, disfrazado con el atuendo que mejor convenga al presidente electo de turno. La tasa de analfabetismo se incrementa en 30 millones. Y empresas líderes como Lenovo se ven obligadas a restablecerse en Hong Kong como empresas de capital extranjero, evitando así ceñirse al renaciente comunismo chino. Como bien desmonta el excelente analista liberal Huang Yasheng en su tour de force, Capitalism with Chinese Characteristics, todas esas firmas que, como Lenovo, parecen demostrar que China es “un símbolo de una nueva era económica” (Financial Times), son en realidad, como Lenovo, firmas registradas en China como empresas de capital extranjero en Hong Kong. La floreciente economía china no es sino resultado de parasitar la única economía neoliberal que subsiste en el planeta, el único “país” que permanece en la primera posición de varios rankings internacionales de libertad económica desde hace 20 años: Hong Kong.

La estrategia del Partido es reminiscente de ese inolvidable pasaje del Zaratustra de Nietzsche: si por un lado el gobierno chino establece unas condiciones económicas más liberales y favorables para las empresas extranjeras que operan en territorio chino, vendiéndoles a sus propios ciudadanos por debajo del precio de coste, por otro lado no deja de educar a esos mismos ciudadanos chinos en el racismo y en el desprecio hacia todo lo extranjero, de tal forma que, como las ovejitas que contemplan las aves de presa de La Genealogía de la Moral, no pueden dejar de balar incansablemente “demonios occidentales” (yanggui) mientras hacen de su mediocridad, suciedad y pestilencia “virtudes tradicionales de la raza china”. Y, como buen camello educado por el desierto, se arrodillan ante sus amos para que depositen su amada carga. “Los extranjeros no comprendéis el orgullo que sentimos los camellos al poder cargar con tan preciada carga”. Y así el Partido se enriquece y beneficia económicamente a costa de sus ciudadanos, sabiendo que éstos nunca se alzarán para reclamar los malvados valores occidentales de la libertad, los derechos humanos o la democracia.

Como reza uno de los muchos carteles de neón en los autobuses de Shenzhen (Cantón), “Respetar a los ancianos y amar a los niños es la virtud tradicional de la raza china”. Supongo que esto no incluía ni a los médicos que achicharraron a una pobre criatura en la incubadora, ni a las enfermeras que colgaron un papel diciendo “Soy un trozo de mierda” sobre otro bebé, ni a ninguna de las 18 personas que, una tras otra, ignoraron el cuerpo moribundo y atropellado de aquella niña de dos años, ni a los cientos de internautas que acusaron de querer ganar notoriedad a la anciana de 57 que le prestó ayuda. La idea completamente actual que tienen cientos de millones de ciudadanos chinos de que su raza y su país son el centro del mundo y de la civilización, a pesar de no haber descubierto ni inventado nada significativo en el último siglo salvo nuevas formas de contaminación y destrucción, parte de una idea tan obsoleta como su actual gobierno: que la Tierra es plana. Así lo justificaba el anticristiano Wei Chun hace tres siglos, criticando al jesuita Matteo Ricci: China es indudablemente el centro del mundo, porque desde ahí se divisa la estrella polar, que se encuentra situada en el centro del cielo.

Demostrando que ciertas cosas no cambian, este “sinocentrismo” se hace especialmente patente en aquellos que nunca han salido de la insalubridad de su país para descubrir que esa estrella polar ocupa idéntica posición en otros lugares. Tan fuerte es esta idea que existe una distinción clara entre China y los restantes 194 países, una única entidad monolítica que jamás podrá comprender totalmente la superior, virtuosa y milenaria psique del camello chino. Y esto hay que recordárselo constantemente al “viejo extranjero”, al “viejo demonio”, al “demonio de los mares”, cualquiera que sea el nombre con el que acompañar las insidiosas y viciosas miradas que el extranjero recibe, sea de donde sea –pues siempre será inferior a todos esos ruidosos escupidores callejeros que caminan con las camisetas medio subidas sobre sus barrigas, pendientes todavía de su ducha semanal y apestando a tabaco, alcohol y prostitución–.

Hacer un compendio de los modos y maneras en que se manifiesta este racismo chino requeriría de la labor enciclopédica de un nuevo Diderot: los niños son educados desde pequeños (tanto en China como en sus comunidades asentadas en Occidente) en la idea de que los “viejos extranjeros” son malvados y dañinos, por lo que no conviene mezclarse demasiado con ellos. Ya creciditos, estos niños y niñas puede que decidan esperar al próximo ascensor en lugar de compartirlo con uno de esos “viejos” de allende los mares, o puede que se cambien de mesa para alejarse de ellos, no vayan a ver sus “bellas virtudes raciales” comunistas de cinco mil años de antigüedad contaminadas por el hombre blanco. Pero en el fondo, como buenos camellos, como buenas ovejitas, son completamente conscientes de la suciedad de sus “costumbres tradicionales”. O si no, que algún occidental intente “ser chino” esputando en el suelo de un restaurante de lujo, bajándose los pantalones para orinar en medio de la acera (aunque hay que hacerlo de cuclillas, como buen chino) o hablando a gritos a las tres de la madrugada en el pasillo de un hotel. Estas “virtudes chinas” son “virtudes raciales” y, como tales, sólo pueden ser ejercidas por La Raza.

Uno de los adalides de la literatura china, Lu Xun, quien, antes de abrazar al padre ideológico de Mao, Marx, fue uno de los primeros lectores chinos de Nietzsche, retrata a la perfección este tipo espiritual chino en su novela corta La Verídica Historia de A Q: el protagonista, sin nombre concreto para acentuar su intemporabilidad, es un ser espiritualmente defectuoso, alienado de la realidad, fracasado en su reflexionar sobre la propia existencia. Va de humillación en humillación, incapaz de conseguir nada ni de ser reconocido por nadie, pero en cada batalla se enorgullece de haber alcanzado una “victoria espiritual”. Es, como el camello de la primera transformación de la mente del Zaratustra (obra que Lu Xun ya había leído y cuyo discurso introductorio había traducido al chino un año y medio antes), una figura que se arrodilla orgullosa para soportar la carga y la humillación, porque sabe que los que lo cargan y humillan son moralmente inferiores a él y, por tanto, sólo él puede ser modelo de virtud.

Y así, entre arroz blanqueado con cadmio y verduras enriquecidas con plomo, entre carne de perro o rata vendida como carne de ternera, entre huevos falsos y embarazadas más falsas todavía, el camello chino sigue soportando en sus espaldas la carga de ser la “segunda economía mundial”, mientras compran por 300 euros lo que ellos mismos fabrican por 3 euros al mes.

 

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