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Al matadero

Los leones británicos resultan ser corderos en Woolwich.

por Mark Steyn

 Publicado originalmente en National Review, 24 de mayo de 2013.

 

El pasado 22 de mayo, el soldado británico Drummer Lee Rigby moría acuchillado a manos de dos musulmanes, quienes, lejos de arrepentirse, se jactaron del asesinato y lo justificaban en nombre del Islam, a la vez que amenazaban con más acciones de este tipo. Este “acto mundano de violencia”, como fue calificado, ya tiene su lugar en la Wikipedia. Por tanto, una vez clasificado, una vez disculpado el Islam de tal atrocidad y victimizada la comunidad islámica por los ataques de elementos fanáticos como los miembros de la EDL, ya podemos olvidarnos del asunto, de la misma forma que nos olvidamos de lo que ocurrió con Pim Fortuyn, con Theo van Gogh, con Ayaan Hirsi Ali o con las recientes víctimas del atentado de Boston.

El presente texto de Mark Steyn es un antídoto contra esta desmemoria colectiva, algo muy necesario en esta Europa que lleva demasiado tiempo durmiendo.

 

 

El miércoles, Drummer Lee Rigby, del Regimiento Real de Carabineros, un hombre que había servido honrosamente a la Reina y al país en el infierno de la provincia de Helmand, en Afganistán, salió de sus barracones en Wellington Street, calle que lleva el nombre del Duque de allí, al sudeste de Londres. Minutos después, fue asesinado a cuchilladas a plena luz del día y a la vista de testigos por dos hombres con machetes que gritaban “¡Allahu akbar!”, mientras abandonaban su cadáver en medio de la calle como si fuera un animal atropellado.

A pesar de lo grotesco de este acto de salvajismo, lo que siguió fue incluso todavía más inquietante. Los criminales no intentaron escapar, como los hermanos Tsarnaev en Boston. Al contrario, atrajeron todo el centro de atención en la calle, mientras se regodeaban de su trofeo y detenían un autobús londinense para obligar a los pasajeros a grabar su triunfo en vídeo. Mientras la multitud de espectadores aumentaba, estos salvajes notablemente sofisticados posaban para hacerse fotos con los restos de su víctima y disertaban sobre las iniquidades de Gran Bretaña frente al mundo musulmán. Habiendo matado ya a Drummer Rigby, se dedicaban ahora a matar el tiempo, puesto que la somnolienta policía británica tardó 20 minutos en aparecer. Y de esta manera se invitó a los televidentes al espectáculo de un joven que hablaba con acento del sur de Londres, que conversaba tranquilamente con sus “compañeros británicos” sobre sus quejas geopolíticas y que pedía disculpas a las señoritas allí presentes por cualquier malestar que su decapitación de Drummer Rigby hubiera podido causarles y, todo ello, empapado en sangre y empuñando todavía su cuchillo.

Si estás que echas humo por todo esto, espérate. Simon Jenkins, al anterior editor del Times de Londres, ya ha alertado contra la “histeria colectiva” frente a “actos mundanos de violencia”.

Es fácil para él decirlo. Woolwich es una parte de la ciudad poco elegante y es difícil que Sir Simon se encuentre en ella dando un paseo por la tarde. Drummer Rigby tenía menos opciones en este sentido. Que te salten encima bárbaros con machetes es sin duda “mundano” en Somalia y Sudán, pero es una de esas cosas que antes habrían sido consideradas como algo inusuales en una tarde soleada en el sur de Londres: al menos tan inusual como, por ejemplo, hacer volar por los aires a niños de ocho años en la Maratón de Boston. Fue “mundano” tan sólo en el sentido de que, como en las bodas y en los conciertos de la guardería, la reflexiva reacción de todos los presentes fue la de sacar sus móviles y comenzar a grabar.

En una ocasión, hace tiempo, me vi envuelto en un altercado en el que alguien sacó una navaja y, desde entonces, he tenido presente la observación de Jimmy Hoffa de que se tiraría antes sobre una pistola que sobre un cuchillo. No obstante, hay una pasividad perturbadora en esta escena: una calle repleta de ciudadanos en buena condición física están siendo sermoneados por unos asesinos ensangrentados que no tienen miedo de que nadie interrumpa sus diatribas. Para ser justos con la gente de Boston, el gobernador de Massachusetts les había ordenado que “permaneciesen en el lugar”. En Woolwich, una gran multitud de londinenses se ofreció, al parecer, por instinto como voluntarios para “permanecer en el lugar”. Consideren qué repercusiones tendrá esto cuando el vídeo snuff jihadista de estos tíos sea mostrado en los bazares del mundo musulmán. Observen a los infieles, contentos de ser espectadores de su propio destino.

Esta pasividad determinó el tono de lo que siguió. En Londres, como en Boston, los medios de comunicación políticos inmediatamente se sumieron en el síndrome pneumático multicultural de Tourette que parece ser un efecto secundario crónico del exceso de celebración de la diversidad: Aquí no hay nada de Islam, esto no tiene nada que ver con el Islam, todos estos miembros esparcidos por la calle son una deplorable malinterpretación del Islam. Nick Robinson, de la BBC, describió sin querer a los hombres como siendo “de apariencia musulmana”, pero rápidamente rectificó por temor a que los tipos impresionables pudieran pensar que había algo de “apariencia musulmana” en un tío empuñando un machete y diciendo “Allahu Akbar”. Un hombre está en directo empapado de sangre frente a un soldado británico muerto y jurando que “por Alá Todopoderoso no dejaremos de luchar contra vosotros” y, aun así, es el reportero de la BBC el que se disculpa por “ofender”. Para David Cameron, el horrible fin de Drummer Rigby fue “no sólo un ataque a Gran Bretaña y al modo de vida británico, sino también una traición al Islam... No hay nada en el Islam que justifique este acto realmente espantoso”.

¿Y cómo lo sabe? No parece ser precisamente un estudioso del Corán. Cuando apareció hace poco en el programa de David Letterman, Cameron fue incapaz de traducir al inglés las palabras “Magna Carta”, que sí tienen bastante que ver con ese “modo de vida británico” al que es tan aficionado. Pero parece ser que era porque había estado cada noche hasta el cuello de suras y hadices, esforzándose por conseguir una Sharia 101. Al igual que el subinspector asistente de Scotland Yard, Brian Paddick, quien nos tranquilizó tras los atentados del Metro de Londres diciendo que “el Islam y el terrorismo no se harmonizan entre ellos” y el alcalde de Toronto, David Miller, quien dijo a los oyentes de la Radio Nacional Pública, después de que 19 musulmanes fueran arrestados por conspirar para decapitar al primer ministro canadiense: “Sabéis, en el Islam, si matas a una persona, matas a todas”, dijo en una mala paráfrasis del Corán, 5:32, que se las ingenia para dejar a un lado algunos tecnicismos importantes. “Es una religión muy pacífica”.

Es por esta razón que el Islam encaja de manera tan harmoniosa en sociedades famosas por su carácter pacífico como, por ejemplo, Suecia. Durante esta última semana Estocolmo se ha encontrado iluminado cada noche por cientos de coches en llamas incendiados por “jóvenes”. ¿Algún tipo particular de “joven”? El primer ministro sueco rechazó identificarlos de manera más precisa que como “gamberros”. Pero no se preocupen: Los “gamberros” y los “jóvenes” y los hombres de apariencia no musulmana o lo que sea no podrán ganar jamás, como David Cameron sonoramente declaró, “nunca podrán vencer los valores que tanto amamos, la creencia en la libertad, en la democracia, en la libertad de expresión, en nuestros valores británicos, valores occidentales”. En realidad, ya han hecho bastante en lo que respecta a erosionar nuestra libertad de expresión, como ambos primeros ministros demuestran. La versión abreviada de lo que pasó en Woolwich es que dos musulmanes sacrificaron a un soldado británico en nombre del Islam y explicaron amablemente que “la única razón por la que hemos hecho esto es porque cada día mueren musulmanes”. ¿Pero qué van a saber? Tan sólo son musulmanes, no Coordinadores Comprometidos con la Diversidad. Así que la BBC, en sus denominadas “Cuestiones clave”, se negó a mencionar esa parte del “Allahu akbar” y la palabra que empieza por “I”: ¿Allá quién?

No hay muchos musulmanes que estén dispuestos a tomarse la molestia de cortarte la cabeza, pero cuando tantos líderes occidentales se preocupan tan poco por ello, ya ni tienen ni que hacerlo. Y, como sabemos gracias a los perfiles de los Tsarnaev realizados por la hermana llorona, la mayor parte de estos chavales excitables son muy afables o, al menos, no mucho más que ligeramente alienados, hasta el día que prenden fuego a cientos de coches o vuelan por los aires a un estudiante o decapitan a algún tío. Y, si tienes suerte, no será a ti a quien decapiten, ni tu hijo al que maten o ni siquiera tu Honda Civic lo que incendien. Y, así, la vida sigue y todo es tan “mundano”, en palabras de Simon Jenkins, que prácticamente ni te enteras cuando la escuela judía y el bar gay  cierran y las mujeres sin velo no salen ya de paseo a altas horas de la noche y la editorial que recibe el manuscrito de los próximos Versos Satánicos decide que no vale la pena meterse en problemas... Pero no te preocupes, nunca acabarán con nuestra “libertad de expresión” y nuestro “modo de vida”.

Actualmente, uno de cada diez británicos de menos de 25 años es musulmán. Este número aumentará gracias a la inmigración, a las dispares tasas de natalidad y a las conversiones como las de los asesinos de Woolwich, nacidos y criados en Gran Bretaña. Metternich solía decir que los Balcanes comenzaban en Landstrasse, al sudeste de Viena. Hoy, el Dar al-Islam comienza en Wellington Street, al sudeste de Londres. Esto es una “traición” en toda regla, pero no al Islam.

Mark Steyn es un columnista del National Review y autor de “After America: Get Ready for Armageddon”.