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Un dragón demasiado aletargado

Una apresurada visita a Hong Kong tras un año en China convence a cualquiera de que el miedo de los hongkoneses al “take over” de 1997 no era infundado. El otro día un amigo me invitaba a firmar una petición que será enviada a Sir David Cameron y a otros lores del parlamento para que el gobierno británico, bajo la Declaración Conjunta Sino-Británica sobre la Cuestión de Hong Kong, intervenga ante las violaciones de “las libertades prometidas a Hong Kong que están siendo usurpadas paulatinamente por los mandarines del norte y algunos hongkoneses locales pro-PCC”. En concreto, por el actual Jefe Ejecutivo CY Leung. Mr. Leung es uno de esos políticos comprados (o auto-vendidos) al régimen comunista de los que hablaba Lord Chris Patten, el último gobernador de Hong Kong:

Mi preocupación no es que la autonomía de esta comunidad sea usurpada por Pekín, sino que le sea vendida poco a poco por algunas personas de Hong Kong”.

Como agente chino, Mr. Leung dio su discurso inaugural sin pronunciar ni una sola sílaba en cantonés, el idioma oficial de Hong Kong junto con el inglés. Sin duda el Imperio Británico cometió toda suerte de atropellos en su larga dominación supremacista y la censura en el cine de la época tampoco le fue del todo ajena. Pero incluso así, el Imperio Británico no hacía desaparecer periodistas para vender sus órganos ni ejecutaba en masa a los estudiantes que se manifestaban contra el régimen. Tampoco destruía pueblos dejando en la más absoluta miseria a su gente para construir ciudades fantasma en las que ni vive ni vivirá nadie. Al contrario, ese malvado Imperio Británico reconstruyó la urbanización de Shek Kip Mei tras el incendio de la Nochebuena de 1953 para dar cobijo a los 53.000 inmigrantes chinos que perdieron sus hogares. Como bien señaló el ex-gobernador:

Cuando dejé Hong Kong hace 10 años, estábamos a punto de introducir la democracia. Lo hicimos tarde. Pero lo que nos dispusimos a hacer fue dar a los ciudadanos aquello que se les había prometido con el acuerdo de entrega de la ciudad a China, conocido como la Declaración Conjunta. [...] Esto no ha ocurrido. El desarrollo democrático ha sido bloqueado por Pekín”.

La idea de esta petición a Sir David Cameron parte en realidad del referéndum celebrado el 10 de marzo del presente año en el que se decide el destino de las Islas Malvinas. Los malvados supremacistas blancos del Imperio Británico afirman que son los malvineses los soberanos de sus propias islas y, por tanto, tienen derecho a decidir su propio destino. Argentina, por su parte, niega el derecho de autodeterminación de los malvineses sobre sus propias tierras y reclama el territorio. Adivinen a quién votaron los pobres y explotados malvineses el pasado 10 de marzo. Recordemos aquellas palabras de otro afamado y malvado supremacista blanco, Clint Eastwood, ante la silla vacía de Obama:

Pero quisiera decir algo, señores. Algo que creo que es muy importante. Y es que vosotros, nosotros... somos los dueños de este país”.

                No pueden decir lo mismo los habitantes de China. Cuando uno se entretiene en ver mucho cine del Hong Kong de los años 80 y 90, las referencias al “take over” de 1997 (como a veces llaman jocosamente al “hand over” en Hong Kong) son constantes. El pánico se apoderaba de las familias ante la perspectiva de un Hong Kong invadido por los demonios comunistas –como los representaba Peter Mak en su película “Wicked City” (1992)-. Ahora el gobierno chino promete a sus esclavos que en el 2050 –exactamente tres años después de la prometida fecha 2047, momento en el que China podrá (de forma legal) influir políticamente en Hong Kong– China será por fin un país desarrollado. Pero tras casi veinte años sin que China haya dado un sólo paso hacia la democracia, es más probable que ésa sea la fecha del Apocalipsis de Hong Kong antes que de la epifanía de China. La economía lo deja claro.

                Según los resultados publicados por The Heritage Foundation Hong Kong lleva encabezando la lista de “países” más económicamente libres desde hace 19 años (y seguramente dos décadas más), seguido de cerca por Singapur, Australia, Nueva Zelanda y Suiza. ¿Y China? En el puesto 136, acompañada de países tan ejemplares, democráticos y desarrollados como Paquistán, Egipto, Rusia o Vietnam y, no hay que olvidarlo, no demasiado alejada de la “baja Europa” (Grecia se encuentra en el puesto 117). Mayor libertad económica implica mayor libertad no sólo en inversiones o en comercio, sino también en las posibilidades de elección de los habitantes de un país y en poder aprovechar los frutos de sus propias decisiones e ideas. Conceptos tan inexistentes en China, como los derechos de propiedad privada o la honestidad en el comercio quedan abolidos ante la falta de libertad y la opresión gubernamental. Como apuntaba John Toland, citando un añadido de Locke al manuscrito de su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil:

[Esto] muestra hasta qué punto el Número de Hombres es preferible al Tamaño de los Dominios; y que el aumento de Tierras y el derecho a hacer un uso correcto de ellas, es el gran fin del Gobierno. Ese Príncipe (dice él) que sea tan sabio y divino como para establecer Leyes de Libertad para asegurar la protección y estimular la Industria honesta de la humanidad frente a la opresión del Poder y la estrechez del Partido, será rápidamente demasiado fuerte para sus vecinos. Semejante Príncipe tenéis vos en el trono, ¡Oh, Gran Bretaña!” (J. Toland, Reasons for Naturalizing the Jews in Great Britain and Ireland, § XVI, págs. 40-41).

Esto explica por qué el metro a Hung Hom se llena cada mañana de inmigrantes chinos deseosos de comprar, vender y enriquecerse libremente a costa de la ex-colonia británica. Solía pensar que miles de inmigrantes deseosos de gastar su dinero chino en Hong Kong no podían sino que beneficiar a los propietarios de los comercios, pero cuando uno tiene que soportar cinco horas de cola de inmigrantes para subir al Bus 15 destino Saan Deng se da cuenta de las repercusiones que, social e higiénicamente, tiene esta increíble afluencia de chinos en territorio hongkonés.

He comentado de pasada la construcción de “ciudades fantasma”. Se trata de auténticas ciudades construidas sobre lo que antes eran zonas pobres alejadas de la gran ciudad, en ocasiones simulando la arquitectura londinense (Thame’s Town en Shanghái) o la alemana (Diyana Port en Changsha). Cada año se construyen hasta 20 de estas ciudades con toda su infraestructura en forma de enormes rascacielos, con sus apartamentos, plazas, jardines, fuentes, catedrales y tiendas en continuo mantenimiento, pero en los que, a pesar de haber sido comprados, no vive absolutamente nadie. Es fácil ver cómo esto desembocará en una terrible burbuja inmobiliaria: a diferencia de lo que sucede en los países desarrollados, se está invirtiendo dinero en construir decenas de ciudades en las que no se produce ni un mísero centavo frente a los millones que cuesta su mantenimiento; la población pobre desplazada, que se cuenta por millones, no puede permitirse un piso nuevo en una ciudad en la que los alquileres cuestan hasta cinco veces el suelto medio mensual. A ello hay que añadir, por supuesto, la cuestión de las hipotecas y del aumento del valor de la propiedad inmobiliaria. China, como Europa, tendrá que aprender antes o después que saquear el futuro para sobornar el presente acaba pasando factura.

Sólo que esta vez no quedará nadie para pagarla.