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“Como un elefante en una cacharrería”

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En uno de esos días de lluvia en los que la sociabilidad vence al aburrimiento tuvo lugar una de esas conversaciones triviales que te hacen cuestionar la existencia de vida inteligente sobre el planeta. “El lavado de cerebro es parte de nuestra educación cultural [sic] y nosotros lo aceptamos y lo aguantamos sin problema alguno”. Con esta tan sucinta como contundente afirmación me respondía una profesora de cierta universidad a una de mis muchas críticas al sistema educativo chino. ¿Y qué se puede alegar en contra?

 

Ni siquiera los más radicales islamistas acusarían a Alá o Mahoma de ser un mentiroso patológico sin sonrojarse, pero para millones de chinos esto parece ser algo no sólo aceptable y respetable, sino incluso hasta deseable. Al fin y al cabo, al menos ahora el índice de analfabetismo ha descendido tanto como el de alfabetización. En unas breves columnas en chino en las que ataco las tendencias anticulturales de la enseñanza en el continente (sustitución de la lengua culta por la vernácula, sustitución de la escritura tradicional por la simplificada, sustitución de la vocalización por el bucólico acento de los rústicos campos septentrionales) otra profesora afirmaba que, aunque interesante, mi razonamiento carecía de la “lógica de los chinos”, lo que no deja de ser hilarante teniendo en cuenta que el término “lógica” en chino es un préstamo del inglés y que la última contribución china a la lógica la realizó hace dos milenios un filósofo que afirmaba que “un caballo blanco no es un caballo”.

 

Como en todas partes, el problema principal de la educación reside en quién es tu Cayo Mecenas. Mark Steyn afirmaba no hace mucho que, al igual que hablar de asistencia sanitaria financiada por el gobierno no implica mayor asistencia sanitaria, sino un mayor control gubernamental, hablar de una “educación financiada por el gobierno es [hablar] de gobierno, no de educación”. Una elocuente intervención de un internauta, que ha pasado la censura china únicamente para recibir decenas de miles de ataques de fanáticos defensores del aseo cerebral (los conocidos como “Partido de los Cinco Céntimos”, por recibir cinco céntimos de yuan por cada mensaje anti-comunista desacreditado), muestra claramente qué se enseña en las escuelas chinas:

 

Antes creía que el Timonel Mao, al mando de la Armada de la Ruta Octava, había derrotado a los invasores japoneses y había conseguido la independencia nacional. Después descubrí que el ejército nacional había sufrido una lucha sangrienta y que habían sido los Estados Unidos los que habían ayudado a derrotar al ejército japonés.

Antes creía que la Larga Marcha del Ejército Rojo al norte de Shaanxi había sido para luchar contra los japoneses. Después descubrí que en el norte de Shaanxi no había tropas japonesas y que el Ejército Rojo había ido al norte de Shaanxi para huir [de Chiang Kai-shek].

Antes creía que el liderazgo del Timonel Mao eliminando a los terratenientes y dividiendo sus tierras había sido para evitar dañar al pueblo. Después descubrí que la mayor parte de las propiedades de los terratenientes habían sido fruto de su propio esfuerzo y que aquello había sido un terrible abuso de poder.

 

Antes creía que la Gran Hambruna China de los años 60 había sido como consecuencia de los desastres naturales y de las incursiones soviéticas. Después descubrí que en esos años había hecho buen tiempo y que la hambruna había sido consecuencia de las intenciones de Mao de alcanzar a Inglaterra y de superar a los Estados Unidos, que culminaron en el Gran Salto Adelante.

Antes creía que los voluntarios que se opusieron a los Estados Unidos y que ayudaron a Corea defendían el país. Después descubrí que en realidad los Estados Unidos no querían atacar China, sino luchar contra el invasor Kim Il Sung.

Antes creía que Zhu De [figura ejemplar del maoísmo y mano derecha de Mao a finales de los años 20] había compartido el sufrimiento de la armada llevando grano sobre sus hombros a través de la montaña. Después descubrí que en realidad había sido Lin Biao [su subordinado].

Antes creía que los oficiales servían sinceramente al pueblo. Después descubrí que no hacían más que ocultar las vergüenzas de su corrupción.

Antes creía que el malvado capitalismo debilitaba a la gente, que anteponía el dinero a todo lo demás. Después descubrí que Bill Gates y [Warren] Buffet habían donado su riqueza para el bien público.

Antes creía que las elecciones presidenciales de los Estados Unidos eran un juego para ricos. Después descubrí que un nativo de África, hijo de inmigrantes pobres, gracias a su propio esfuerzo, también había conseguido ser presidente de los Estados Unidos.

Antes creía que la Guerra Sino-Vietnamita había sido autodefensiva. Después descubrí que había sido una invasión de Vietnam, porque Vietnam había derrocado al dictador camboyano Pol Pot, del malvado grupo de los Jemeres Rojos que había asesinado a un cuarto de la población del país.

Antes creía que los americanos vivían en una situación precaria. Después descubrí que todos los ricos y poderosos de China emigran allí.

Antes creía que el Congreso Nacional del Pueblo representaba al pueblo y a sus deseos. Después descubrí que no son más que un club de multimillonarios.

Antes creía que los Estados Unidos habían atacado a Iraq por petróleo. Después descubrí que el contrato sobre el mayor campo petrolífero de Iraq había sido adquirido por Sinopec.

Antes creía que los iraquíes apoyaban a Saddam porque siempre le votaba el 100% de la población. Después descubrí que, al segundo día de derrocarlo, el pueblo echó abajo su estatua.

Antes creía que el pueblo gobernaba en la República Democrática Alemana. Después descubrí que la gente de la República Democrática Alemana se arriesgaba a cruzar una lluvia de balas para huir a la República Federal Alemana.

Antes creía que la República Popular Democrática de Corea era una democracia. Después descubrí que era el lugar más despótico del planeta.

Todo ello no agota en absoluto el ilimitado ingenio del Partido. No son pocos los que creen que la Navidad es el “fin de año occidental”; que en el mundo se hablan básicamente dos idiomas (chino e inglés) y una gran variedad de dialectos (español, italiano, francés, alemán...); que Perú está en España, un país de un tamaño semejante a China situado en algún lugar alejado de Europa y no lejos de Japón; que la densidad de población china es la mayor del mundo y esto justifica la falta de educación de la gente; etc. Y no estamos hablando de palurdos campesinos de un remoto paraje perdido entre niebla y montañas, sino de distinguidos profesores universitarios, hombres de negocios y jóvenes licenciadas.

Una reflexión final necesaria para orientar correctamente el debate educativo a partir de lo descrito anteriormente. Jay Nordlinger comentaba excelentemente en su “Académicos con coraje” cómo muchos sinólogos, tras ser vetados, perdían sus posiciones académicas bajo la excusa de “Perry, gran académico y todo eso, pero no ha estado en China desde hace más de una década [...] China cambia constantemente”. Sin entrar a jugar a Heráclito y a Parménides sobre la cuestión del cambio, el argumento podría invertirse de la siguiente forma: “Fulanito, gran académico y todo eso, pero a pesar de su larga trayectoria no ha sido vetado todavía. Aunque tiene mucha experiencia en China, está claro que si sigue ahí es porque no deja de ser un mentiroso”. Esa tienda de cerámica china de la que nos habla la famosa frase londinense (“a bull in a china shop”) no es más que un montón de sandeces (“bullshit”). De nosotros depende cerrarla antes de que el toro acabe de destrozarla.