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¿Quién puede detener el continuo auge de China? Los comunistas, por supuesto.

Mark Steyn

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(Publicado originalmente en The Sunday Telegraph el 6 de diciembre de 2005)

Nota: El presente artículo fue publicado hace siete años, cuando el autor sostenía todavía la tesis que poco después reflejaría en su libro America Alone: que Europa acabaría sometida a los poderes islámicos y Estados Unidos se alzaría como el único país libre. Su último libro, After America: Get Ready for Armageddon, refleja un escenario completamente diferente, en el que las “nuevas dictaduras” islámicas y comunistas controlarán la decadente economía mundial.

Hace setenta años, en la época de Fu Manchú y Charlie Chan, cuando el inescrutable Oriente ejercía una poderosa fascinación en la cultura occidental, Erle Stanley Gardner escribió en passant en una breve historia: “El chino rico siempre construye su casa con una inteligente simulación de pobreza externa. En vano se buscará en Oriente mansiones, a menos que se entre en casas particulares. Las entradas de las calles dan siempre la impresión de congestión y pobreza y las líneas de la arquitectura están meticulosamente trazadas para que no haya atisbo alguno de mansión en la imponente falsa fachada de lo que aparece ser una sórdida pocilga”.

Bueno, la belleza de la mansión es ahora de conocimiento público. Confucio dijo: Si lo tienes, presume de ello, cariño. China es el destino preferido para las vacaciones de los británicos de mediana edad; los hombres de negocios occidentales regresan arrullando con admiración la calidad del WiFi en el vestíbulo del Starbucks de sus hoteles de Guangzhou; las relucientes líneas del horizonte ascienden incluso a mayor altura desde las ciudades costeras mientras flotas de BMW van de ligoteo por las exclusivas boutiques de las calles de abajo.

La hipótesis de que éste será el “siglo de Asia” es tan universal que Jacques Chirac (tomándolo prestado de Harold Macmillan vis-à-vis JFK) ahora se promociona a sí mismo como Grecia a la Roma de Pekín y muchos de los marginales y menos dementes soñadores del euro del The Guardian excusan la esclerosis de la Unión Europea basándose en el hecho de que nadie podría competir posiblemente con el imbatible avance del behemoth chino que en medio siglo habrá aplastado América como la cucaracha que realmente es.

Incluso en los Estados Unidos se escucha el grito: ¡Vete al este, joven![1] “Si yo ahora fuera un joven periodista, planteándome a dónde ir para desarrollar mi carrera, iría a China”, dijo Philip Bennet, el editor jefe del Washington Post, en una zalamera entrevista con el People´s Daily de Pekín hace unas semanas. “Creo que ahora mismo China es el mejor lugar del mundo para un periodista americano”.

¿De verdad? Díselo a Zhao Yan de la oficina de Pekín del New York Times, que fue arrestado el pasado septiembre y está retenido desde entonces sin juicio alguno.

Lo que estamos viendo es una inversión de lo que Erle Stanley Gardner observó: una inteligente simulación de riqueza y poder externos que es, en realidad, una imponente falsa fachada para un estado que sigue siendo una sórdida pocilga. Zhao del Times no ha sido abandonado a su suerte: China encierra a más periodistas que cualquier otro país en el mundo. Ching Cheong, un corresponsal del Straits Times de Singapur, desapareció en abril mientras buscaba copias de entrevistas no publicadas con Zhao Ziyang, el secretario general del Partido Comunista, que cayó en desgracia tras negarse a respaldar la masacre de la Plaza de Tian’anmen. Y si así es como el régimen trata a los representantes de importantes publicaciones internacionales, ya puedes imaginarte cómo será para los chicos de la región ser un periodista en “el mejor lugar del mundo”.

China es (tomando prestada la fórmula que usaron cuando se tragaron Hong Kong) “un país, dos sistemas”. Por un lado, hay una China que todo el mundo halaga: ese portento económico que hace absolutamente todo lo que tienes en casa. Por otro lado, hay una China oficial en su mayor parte retrógrada: un régimen que, si bien ya no es tan fervorosamente ideológico como otrora lo fuera, sin embargo se aferra a las viejas técnicas amadas por los totalitarismos paranoicos: mentir y fanfarronear en público, arrestar y torturar en privado. China es el miembro del Consejo de Seguridad [de las Naciones Unidas] que más activamente promueve la inactividad en Darfur, donde (en el despliegue militar de largo alcance más importante en cinco siglos) tiene 4.000 tropas protegiendo sus intereses petrolíferos. Kim Jong-Il, de Corea del Norte, es una amenaza internacional simplemente porque Pekín lo autoriza como un provocateur con el que atormentar a Washington y Tokio, del mismo modo en que un jefe de la mafia mandaría a un gorila mentalmente inestable. Éste no es el comportamiento de un estado psicológicamente sano.

¿Hasta cuándo pueden estos dos sistemas coexistir en un país y qué ocurrirá cuando choquen? Si la República Popular es ahora el taller del mundo, el Partido Comunista es como el toro en su propia tienda de cerámica china[2]. No está claro, por ejemplo, si tienen la disciplina necesaria para resistir el enfrentamiento contra Taiwán en los próximos años. A diferencia de la desmoralizada nomenklatura soviética del último período, el mando de Pekín no acepta que la causa esté perdida: a diferencia de la mayor parte de los analistas de fuera, no asumen que la primera forma económicamente viable de comunismo no es más que una fase provisional en route hacia una sociedad libre –o incluso cuasi-libre–.

Mao, a pesar de tener mejor fama que Hitler y Stalin, fue el mayor asesino en masa de todos los tiempos, con un recuento de muertos diez veces superior que el de los nazis (como la nueva biografía de Jung Chang nos recuerda). La tendencia general de los sinólogos es que, si bien todavía genuflexionándose mecánicamente ante su cadáver embalsamado en la Plaza de Tian’anmen, sus sucesores han cambiado de tercio, al igual que en Austin Powers, mientras el Dr. Maligno está en animación suspendida, su Mano Derecha diversifica las actividades principales del consorcio lejos de la maldad y lo reorienta hacia una cartera de valores en inversiones que incluyen una cadena de cafeterías de lujo. Pero los maoístas con opciones sobre acciones siguen siendo maoístas, especialmente cuando deben sus robustas carteras de valores a una posición privilegiada dentro del aparato estatal.

Las contradicciones internas de la voluntad rojo-capitalista aplastarán, al final, las actuales disposiciones de Pekín. China fabrica productos para algunas de las mayores marcas del mundo, pero es también el mayor ladrón de copyright y patentes de esas mismas marcas. Hace prácticamente todo el merchandising oficial de Disney, pero a su vez es también el país que estafa a Disney y piratea sus películas. El nuevo desdén de China hacia el concepto de propiedad intelectual surge del viejo desdén de China hacia el concepto de cualquier propiedad privada: dado que la mayor parte de los grandes negocios chinos están (de una forma u otra) regulados por el gobierno, no consiguen comprender la relación entre los derechos de propiedad y el desarrollo económico.

China no ha inventado ni ha descubierto nada significativo en medio milenio, y la descuidada suposición de que la propiedad intelectual es algo que puede robarse antes que protegerse muestra por qué. Si eres una nación pobre en recursos (como China), la prosperidad a largo plazo surge de liberar las energías creativas de tu gente. Pero Pekín sigue sin estar interesada en esto. Si un bloguero intenta usar las palabras “libertad” o “democracia” o “independencia de Taiwán” en el nuevo portal de internet chino de Microsoft, recibe el mensaje: “Este artículo contiene palabras prohibidas. Por favor, borre las palabras prohibidas”. ¿Cuán patético es eso? No sólo para la espinosa Microsoft Corporation, que debería sentirse avergonzada, sino también para el gobierno chino, que pretende ser una potencia mundial, pero le aterrorizan las palabras.

¿Cuentan también “peleles rojos”[3] como palabras prohibidas? ¿Y qué posibilidades tiene China de avanzar hacia una moderna cultura de negocios funcional y autónoma si es incapaz de discutir nada salvo dentro del feudo de sus camisas de fuerza política? Su normativa lingüística no es un signo de control, sino de debilidad; sus bloqueos protectivos de internet no son la armadura, sino la... grieta.

India, por el contrario, con mucho menos alboroto, está avanzando más rápidamente que China hacia una economía completamente desarrollada: una que crea sus propias ideas. Un pequeño ejemplo: hay aerolíneas de bajo coste que venden billetes de ida a través del país por 40 libras en los ordenadores de las estaciones de servicio indias. Nadie desarrollaría este sistema en China, en donde los viajes interiores están todavía fuertemente controlados por el Estado. Pero puesto que respetan a su propia gente como mercado, los negocios indios ya se han mostrado diestros a la hora de proveer a otros mercados. El rendimiento del capital invertido es ya mucho mayor en India que en China.

Dije en una ocasión que China era una mejor apuesta por el futuro que Rusia o la Unión Europea. Lo que no es más que un halago eufemístico: atrapadas en una mortal espiral demográfica, Rusia y Europa no tienen futuro alguno. Pero eso no significa que China pueda dominar la escena como un coloso geopolítico. Cuando los analistas europeos hablan de un “siglo chino”, lo que quieren decir es “Oh, Dios mío, por favor, cualquier otra cosa antes que un segundo siglo americano”. Pero desearlo no hará que se vuelva realidad.

China no entrará en el Primer Mundo con sus actuales fronteras intactas. En un Estado con una fuerza de mil millones de habitantes, con un 80% de la población rural desconectada del boom litoral y a la que se le impide participar en él, “un país, dos sistemas” conducirá a dos o a tres países, a tres o a cuatro sistemas. El siglo XXI será un siglo de la angloesfera, con América, India y Australia liderando el camino. Los antiamericanos que apuestan por Pekín descubrirán que la tienda de cerámica china es en su mayoría, después de todo, un montón de sandeces[4].

 


[1] Juego de palabras con la frase “go west”, “irse al otro barrio” o “estar perdido”.

[2] Referencia al conocido dicho británico, “a bull in a china shop”, “un toro en una tienda de cerámica china” y que en español se corresponde con el dicho “un elefante en una cacharrería”.

[3] Referencia a la frase utilizada por un oficial estadounidense en 1965 contra la banda de rock británico The Kinks (Los Guarros) y en especial contra su líder, Ray Davies: “No sois más que un atajo de peleles rojos. Cuando los rusos tomen Inglaterra, no esperéis que vayamos a salvaros otra vez. Los Guarros, ¿eh?  Bueno, en cuando realice un informe sobre vosotros, no volveréis a trabajar en Estados Unidos. Vais a descubrir lo poderosa que es América, ¡bastardos limoneros!”

[4] Juego de palabras con “a bull in a china shop” y “bull(shit)”.