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DESPUÉS DEL BAILE *

Mark Steyn. After America: Get Ready for Armageddon, pp. 198-201.

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Señalar hasta qué punto el mundo globalizado es inglés es, por supuesto, algo terriblemente poco inglés. Uno se arriesga a sonar como el viejo número de Flanders y Swann:

Lo inglés, lo inglés, lo inglés es lo más.

No daría ni dos peniques por lo demás.

Que es de lo que va la canción: un braggadocio inglés es una contradicción. Necesitas a algún siniestro paleto colonial sin raíces como yo para hacerlo. Ningún inglés de verdad se rebajaría a algo tan vulgar. Pero hay una diferencia entre una genial auto-erradicación y el desprecio por la propia herencia. En 2009, Geert Wilders, el parlamentario holandés y soi-disant islamófobo, voló hasta Londres y fue inmediatamente enviado de vuelta a los Países Bajos como amenaza para el orden público. Una vez el Gobierno Británico hubo reconsiderado su estupidez, se le permitió regresar y pronunciar su discurso en la Casa de los Lores y, como suelen hacer los extranjeros, citó a Winston Churchill, bajo la conmovedora e inocente suposición de que esto le granjearía el cariño de los nativos. Mientras que, por supuesto, para la mayor parte de los miembros de la actual élite británica, citar a Churchill con aprobación sólo confirma que eres un lunático extremista. Tuve el honor hace un par de años de visitar al Presidente Bush en la Casa Blanca y ver el busto de Sir Winston mostrado en el Despacho Oval. Cuando Barack Obama se mudó, ordenó eliminarlo y devolverlo a los británicos. Su localización actual está poco clara. Pero teniendo en cuenta lo que Churchill dijo sobre el Islam en su libro sobre la campaña sudanesa, el busto seguramente fue arrestado nada más aterrizar en Heathrow y deportado como amenaza para la seguridad pública.

En algún lugar del camino, el sentido británico por excelencia de autodesprecio cuajó en una auto-repugnancia psicológicamente enfermiza. Un típico pié de página de un artículo del Daily Telegraph:

Una destacada facultad de la Universidad de Cambridge ha renombrado su controvertido Baile Imperial con temas coloniales tras recibir acusaciones de que era de “mal gusto”. El baile del Emmanuel College de 136 libras por cabeza se anunciaba como una celebración de “la Commonwealth victoriana y de todas sus decadencias”.

A los estudiantes se les requería “disfrutar como si fuera 1899” y los organizadores prometían un viaje a través del Raj indio, Australia, las Indias Occidentales y el Hong Kong del s. XIX.

Pero los grupos antifascistas dijeron que el tema era “de mal gusto y desconsiderado” a causa de la asociación histórica del Imperio Británico con la esclavitud, la represión y la explotación.

El Comité del Baile Imperial, dirigido por los presidentes Richard Hilton y Jenny Unwin, anunció que la palabra “imperio” sería eliminada de todo el material promocional.

Teniendo en cuenta cómo están yendo las cosas en Inglaterra, tendría más sentido eliminar la palabra “pelotas” [juego de palabras con “ball”, “baile”].

Es interesante saber que “antifascismo” significa ahora atacar al Imperio Británico que se enfrentó sólo contra el fascismo en aquel crítico año entre la caída de Francia y la invasión alemana de Rusia. Y es incluso más triste tener que señalar la fatuidad más obvia en la letanía demoníaca de esos “grupos antifascistas”: “la asociación histórica del Imperio Británico con la esclavitud”. La principal asociación del Imperio Británico con la esclavitud es que la abolió. Hasta que William Wilberforce, el Parlamento Británico y los valientes hombres de la Marina Real tocaron el tema, la esclavitud era una institución aceptada por todas las culturas del planeta como una característica constante de la vida, tan permanente como la tierra y el cielo. Inglaterra la expurgó de la práctica totalidad del globo.

Es patético, pero para nada sorprendente, ver cuán ignorantes son todos estos valientes “antifascistas”. Pero aquí hay  una lección no sólo para Inglaterra, sino también para América: cuando una sociedad pierde su memoria, cae inevitablemente en la demencia. Y, si la crème de la crème del sistema educativo británico se postra tan deseosamente frente a chorradas ahistóricas, ¿qué hay de sus acusaciones más habituales? Si desconectas a dos generaciones de estudiantes de su herencia cultural, ¿por qué te vas a sorprender si legiones de musulmanes británicos se alistan con los talibanes? Son jóvenes que han ido a la escuela en Luton y West Bromwich y que no han aprendido nada de su país de ciudadanía nominal salvo que es responsable del racismo, del imperialismo, del colonialismo y de todos los otros malos –ismos del mundo. Si eso es todo lo que sabías de Inglaterra, ¿por qué ibas a sentir lealtad alguna hacia la Reina o hacia el país? Uno de los suicidas del metro del 7 de julio dejó un famoso vídeo que se emitió póstumamente en la televisión árabe, en el que soltaba todos los clichés habituales de los yihadistas, pero con acento de Yorkshire: Ee-oop Allahu akbar! Devorado por el Islam y el estado de bienestar, gran parte de Inglaterra se dirige rápidamente hacia una Somalia con tiendas de comida rápida.

¿Y qué pasa si no tienes un Islam al que convertirte? La transformación de las gentes británicas es en su pestilente forma un logro remarcable. Educados en escuelas en las que no se les enseñan nada, sin embargo, pillan el quid de la cuestión, que no es otro que el que su sociedad es un fraude montado sobre varias injusticias históricas. ¿Las virtudes que Hayek admiraba? ¡Ja! Estrictamente para bobos.

“No necesitamos educación alguna”, como cantaba Pink Floyd. Cuando un gobierno británico en la ruina intentó incrementar el coste de la educación universitaria, los “estudiantes” arrasaron la Plaza del Parlamento, prendieron fuego a la estatua de Lord Palmerston y orinaron en la de Winston Churchill. La fotografía insignia de los altercados mostraba a un “estudiante” colgando de la Bandera de la Unión del Cenotafio, el monumento conmemorativo a los 700.000 británicos muertos en la Gran Guerra. ¿Quién era este tribuno de las masas? Un paso al frente, Charlie Gilmour, hijastro del guitarrista de Pink Floyd, David Gilmour, un roquero de geriátrico que vale 150 millones de dólares o algo así. Cuando fue a la Universidad de Cambridge, los padres de Charlie le dieron dos trajes hechos para él por un sastre de Savile Row para que pudiera presumir por las arboledas del mundo académico con elegancia a medida. Y aún así el joven Sr. Gilmour sigue pensando que el gobierno debería costear su educación. “Eh, profesor, danos a los críos un préstamo”, como casi cantara el grupo de rock de su padre.

¿Qué está estudiando en Cambridge? Historia. A pesar de eso, y a pesar de las prominentes palabras “LOS GLORIOSOS MUERTOS”, no tenía ni idea de que el monumento que estaba profanando era en memoria de los soldados británicos caídos. Como observó el columnista Julie Burchill, Charlie sin duda supuso que “Los Gloriosos Muertos” eran un grupo de rock.

En 2008, cuando la economía se fue a pique, Gordon Brown y otros ministros del Gobierno Laborista se acomodaron en las mortinatas invocaciones de “la economía inteligente” que siempre hará de Inglaterra un lugar atractivo en el que hacer negocios gracias al “valor añadido” de su fuerza de trabajo educada. (Oyes la misma fanfarronada de expertos americanos totalmente ignorantes de los estándares académicos de Asia). ¿En serio? ¿Has pisado alguna escuela estatal inglesa en los últimos quince años? El pozo de la herencia cultural de las grandes naciones es hondo, pero no insondable.

¿Qué ha pasado con Inglaterra, la madre de los parlamentos y un crisol de libertad? Inglaterra, según la conocida afirmación realizada por Dean Acheson tras la guerra, ha perdido un imperio, pero no ha encontrado todavía su papel. En realidad, Inglaterra no “perdió” exactamente el Imperio: evolucionó pacíficamente en la moderna Commonwealth, lo cual es más agradable de lo que estas cosas suelen ser. Tampoco está claro que la moderna Inglaterra quiera un papel, sea éste del tipo que sea. Más que perder un imperio, parece haber perdido su sentido.

 

* "AFTER THE BALL". El autor juega con los dos sentidos del término "ball": "baile" y "pelotas", refiriéndose a la pérdida de coraje de Inglaterra y el mundo occidental en general.