Thursday, 27. April 2017

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Observaciones sobre varias zonas industriales de Zhongshan

 

“El pasado es real – es todo lo que hay

H.P. Lovecraft, SL.3.31

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Hay para el viajero ocasional, al recorrer Foshan a través de Ronggui, una sensación de mística revivificación. En las ciudades poco desarrolladas del sur de Guangzhou la plaga de la modernización con “características chinas” ha descendido lo suficiente. Las extrañas formas presentes en la capital, los amplios espacios vacíos adornados con perfiles vegetales artificiales en continuo mantenimiento, los lemas con moralina que dividen sus palabras en varios edificios de ciclópea altura clonados al unísono, toda esa tiranía de la mecanización y ese vicerreinado de la industrialización se alejan cada vez más del paisaje presente, totalmente desprovisto de cualquier vínculo histórico con su milenario pasado y los impulsos que en tiempos antiguos posibilitaron su civilización. El estigma del cambio, no obstante, también está presente: frente a enormes y verdes campos de cultivo se alzan viviendas de estilo claramente europeo y se plantan palmeras simulando las largas avenidas del Miami americano, mientras ocasionalmente autopistas de cemento o puentes ferroviarios recorridos por trenes de alta velocidad se entrecruzan por las numerosas piscifactorías o los apelmazados lagos de flores de loto. Una pequeña casita de madera o un despliegue de desperdicios dudosamente reciclables alteran la paz del conjunto. Recortados contra el horizonte enormes rascacielos en fila rompen uno de los pocos cielos azules que todavía pueden observarse en las zonas más favorecidas de China, mientras a medio camino, entre campos de cultivo y nidos de inmigrantes acaudalados de Hunan, infinidad de grúas recuerdan al viajero que el bello y prístino pasado debe ser destruido, a imagen del conocido lema maoísta, pochu jiu (“destruir lo antiguo”). Y nada más fácil para ahorrarnos trabajo en el futuro que construir un presente débil y escuálido, infinidad de edificios residenciales cuyos cimientos poco asegurados se levantan sobre cuencas fluviales y terrenos arcillosos. Es la fórmula con la que la República Popular de China impresiona insistentemente a Occidente: productos y consumidores baratos y de baja calidad, de usar y tirar. Como sus edificios, como sus gentes.

Con esta melancólica sensación de intentar encontrar un símbolo del pasado o un blasón tradicional al que aferrarnos, suavizada tal vez por el verde de sus campos y el azul mortecino de sus cielos, el viajero llena a Zhongshan. Una pequeña puerta triple de estilo chino o paifang, adornada con dos dragones dorados sobre una techumbre verde, da la bienvenida al viajero con varios mensajes bellamente caligrafiados, recortándose contra un horizonte interminable de pequeños comercios, viejas motocicletas y tiendas de alcohol y tabaco, dos de los más habituales vicios del pueblo chino moderno.  A la derecha sigue un amplio camino por el que circulan desorganizadamente todo tipo de vehículos, desde pequeñas bicicletas con un auténtico exceso de pasajeros hasta camiones henchidos de madera, uno de los más fructíferos negocios de la zona. Los coches de lujo no son excepción, en especial cuando los prosaicos restaurantes, que intentan imitar sin éxito las viejas formas tradicionales para dotarse a sí mismos de cierto aire aristocrático, saturan ambos lados de la calzada. El rojo y el amarillo marcan los contornos de los edificios, resaltando las ventanas sobre los grises muros y las balaustradas ricamente decoradas. Y es entonces cuando el ávido observador es sorprendido en su asombro ante la grandeza y prosperidad de las grandes manzanas y es devuelto de su onírico viaje a la rústica realidad que se esconde detrás de tales ejemplos de mampostería tradicional: los vistosos rótulos, en toda su magnificencia, se hayan escritos en un intento fallido por imitar la escritura tradicional china, conservada todavía en Hong Kong o Taiwán. Aquí, sin embargo, el chino moderno ha viciado ya la sangre de sus portadores y, como un germen que convierte en burdos y groseros campesinos a quienes lo respiran, se hace imposible que recuerden cómo debían escribirse correctamente tales palabras antes de la revolución comunista.

Siguiendo sin demasiada fascinación hacia el suroeste las concurridas calles de Zhongshan hasta Shijingcun, la Villa del Pozo de Piedra, el paisaje regresa momentáneamente a la acostumbrada solemnidad de la capital. Incluso los baños públicos están dotados de una cierta aura de misticismo con las clásicas “puertas de luna” (yuemen), insulsamente conocidas hoy como “puertas de arco” (gongmen). Tales puertas fueron en el pasado punto de entrada a acogedores jardines de la aristocracia, con talismanes colgando de cada una de sus tejas. Hoy muestran al viajero la entrada a un vergel de diferente alcurnia y sus resplandecientes borlas son ahora restos de suciedad que penden de los extremos humedecidos de sus tejas anaranjadas, coronando un par de caracteres rojos: gong ce, “baño público”.  Lujosos edificios gubernamentales recuerdan al pueblo obrero sus funciones locales: las tres luchas –luchar por dominar el mercado, luchar contra los productos falsificados, luchar contra los sobornos comerciales–. En el corazón de esta nueva Arcadia los anuncios de lujosos bloques residenciales se combinan fácilmente con viejos edificios abandonados o derruidos y fábricas reconvertidas en almacenes de madera para la industria local de los inmigrantes de la provincia de Zhejiang. Las destartaladas fachadas, las mesas improvisadas como comedores sociales al margen de la calzada o fuera de ella, los almacenes a base de planchas reutilizadas y la irregular infraestructura eléctrica acogen los últimos modelos automovilísticos de los empresarios locales. Es habitual que el viajero, si cuenta con los contactos adecuados en la zona, cambie de vehículo al acompañar al director de alguna famosa compañía de productos químicos según deba éste dirigirse a su lugar de trabajo, a su hogar o a degustar las delicias locales en un restaurante improvisado sobre un lago y que amenaza con hundirse a cada tambaleante paso. Aquí, las variedades de pescado y marisco difícilmente cansarán el paladar de los comensales, habiéndose preparado según los diferentes gustos de los inmigrantes que frecuentan las zonas industriales. Tan fresco como el clima lo permite, diversos tanques invitan a los compradores a escoger las piezas todavía vivas de marisco que habrán de decorar su mesa. Un exquisito ganso laqueado, pollo especialmente tratado con productos químicos para cambiar ese aburrido sabor por algo más dulzón, la típica suancai o choucroute chinoise aderezando un estofado de cerdo y, por supuesto, pescado cocinado con esa habitual elegancia oriental que elimina el desagradable hedor propio de los productos de mar. Todo ello acompañado con un ligero y refrescante vinagre de manzana maduro. Tal vez el embelesado viajero deba olvidar momentáneamente cualquiera de esos bellos altercados alimenticios que, esporádicamente, salpican las prístinas páginas de la República Popular de los Trabajadores: desde sandías explosivas hasta el más reciente caso de mariscos alimentados con heces de cerdo. Al fin y al cabo, todos sabemos que las plantas se alimentan de abono, así que, ¿por qué no los chinos?

Ofuscado todavía por la amalgama de dialectos locales que se combinan en el habla de los ricos empresarios que frecuentan los restaurantes, incapaces muchos de hablar la impuesta lengua oficial o mandarín –acostumbrado el oído uno se siente inclinado a imitar esa extraña mezcla de dialectos de Changsha, Hengyang y Guangdong, en la que re (calor) retumba en el oído como ye y todas las palabras tienden a pronunciarse con un abusivo uso de consonantes sordas no aspiradas–, el viajero debe emprender su camino de regreso, de nuevo a través de esa curiosa alternancia de opulentos edificios de estilo occidental, hileras de grúas con cables esporádicamente despedazados por las excesivas cargas que ahora descansan varios pisos más abajo, amplios espacios verdes de palmeras y apartamentos que no dejan de recordar la vieja Europa del Este: poco a poco cada una de esas ya vislumbradas exquisiteces se despliega mientras el conductor, un joven empresario poco familiarizado con las afueras de Zhongshan que no deja de hablar por su flamante móvil ZTE –una imitación china del último modelo de iPhone que cuesta poco más de 20 euros–, se pierde entre autopistas y puentes viéndose obligado a retroceder en varias ocasiones, conduciendo imprudentemente en dirección contraria entre camiones y automóviles o cambiando de carril atravesando el pequeño espacio verde en la mediana que separa ambas vías.

Pero incluso así la vibrante imagen de la China moderna todavía se mantiene para impresionar a sus propios habitantes, encerrándolos en un círculo de autoconsumo y conformismo. Si durante el viaje se ha visitado alguno de los numerosos hoteles residenciales de la villa, se habrá observado la inexistencia de los cómodos retretes occidentales. En su lugar, una obsoleta taza turca, inconvenientemente ubicada debajo de un cabezal de ducha sin cortinas, mampara o plato en el que recoger la abundante agua a la que el cansado viajero desea entregarse tras 36 grados a la sombra. En la cuna del conformismo ni siquiera un sueldo de 5000 euros mensuales conlleva unas condiciones higiénicas de igual calibre. Incluso de vuelta a la gran metrópoli, Guangzhou, se hace difícil alquilar una vivienda que no disponga de taza turca, como si de un lujo se tratara que uno pueda sentarse tranquilamente en el baño mientras las esplendorosas torres de Cantón y del centro de finanzas de la ciudad malgastan energía cada noche con sus interminables juegos de luces multicolores, elevándose colosales sobre los destartalados tejados de la República Popular de Trabajadores.