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El 25N o el suicidio de Cataluña

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                Después de una agresiva campaña electoral llena de odio y de resentimiento hacia España, el 25 de noviembre habló por fin «el poble català» de manera clara y contundente. Los resultados de las elecciones catalanas son por todos conocidos: CiU, el partido de Artur Mas, ha perdido 12 escaños, el PSC ha perdido 8, ICV-EUiA ha ganado 3, ERC ha aumentado 11 (más del doble de lo que había conseguido en el 2010), Ciutadans ha triplicado resultados, mientras que el PP ha sido capaz de ganar únicamente un triste escaño más de lo que había obtenido en las pasadas elecciones. Fuera del arco parlamentario ha quedado SI, el partido fundado por Joan Laporta y actualmente liderado por un valenciano que se considera catalán, y en su lugar ha entrado CUP, grupo separatista de extrema izquierda, con tres escaños.

                El hecho de que el partido de Artur Mas haya perdido 12 escaños y no haya obtenido la mayoría absoluta que tanto anhelaba para poder llevar a cabo cómodamente el proyecto independentista de un «Estat propi» ha dado pie a que los medios de Madrid mostraran casi al unísono su más profunda satisfacción. Desde Libertaddigital.com hasta El Mundo, pasando por La Razón, El País o El Plural, por citar algunos, han destacado el gran fracaso que supone tales resultados para la empresa separatista liderada por Mas.

                Los medios de Barcelona, por su parte, han señalado que, si bien los resultados no son positivos para Mas, eso no significa en absoluto que la necesidad – y la posibilidad – de la independencia de Cataluña haya quedado deslegitimada. De esta manera, ya desde los primeros minutos en los que se sabía cómo iba a quedar configurado más o menos el Parlamento catalán, el órgano oficioso de la Generalidad, el diario subvencionado ARA, llamaba urgentemente a CiU a pactar con ERC con el objetivo de impulsar juntos la separación de Cataluña del resto de España.

                La ceguera de Madrid contrasta así con el realismo mostrado por Barcelona. En efecto, a pesar de titulares infantiles y fuera de lugar como el de «Adéu Mas, a Cataluña le gusta España» (La Razón) y comentarios triunfalistas que dan por «fracasado» el proyecto secesionista de Mas, el significado real de estas elecciones es mucho más preocupante de lo que podría parecer a primera vista.

                No, señores de Madrid, el día 25 de noviembre no quedó derrotado el independentismo, ni la idea de un referéndum que legitime la «voluntat del poble» que quiere llegar a ser «libre e independiente» de la opresora y ladrona España.

                Un análisis atento de los resultados electorales deja entrever, por el contrario, que Mas ha realizado a la perfección su tarea: la de dividir la sociedad catalana entre «separatistas» y «españolistas». Fíjense bien en las proporciones y los datos:

CiU, ERC, ICV-EUiA, CUP: 87

PP y C’s: 28

PSC: 20

                Como se puede observar, de 135 escaños de los que se compone el Parlamento Catalán, 87 lo ocupan partidos de clara tendencia separatista. A ellos, súmese los 20 diputados conseguidos por el ambiguo PSC. Es decir, una gran mayoría del electorado catalán ha votado por el proyecto independentista y por la secesión de Cataluña del resto del país, cumpliéndose de esta manera tanto el propósito como las expectativas más optimistas que podría haber soñado jamás Artur Mas.

                Que CiU, el partido más votado y con diferencia de entre todos los que se presentaban a las elecciones catalanes, no haya obtenido la mayoría parlamentaria solicitada se debe a una razón puramente sociológica. Las nuevas generaciones de catalanes crecidas y alimentadas en el odio a España y a todo lo que pueda ser español gracias a TV3 y a otros medios de propaganda institucional afines no se sienten identificadas con un partido que siempre se ha distinguido por tener un carácter conservador, de derechas y que ha representado históricamente el papel de lo que Jordi Pujol denominó en su momento «la puta i la Ramoneta».

                Los jóvenes independentistas de la Estelada no votarán jamás a un partido «tradicionalista». Su radicalidad fanática, su odio y su resentimiento vital les conduce a sentirse más identificados con un partido que siempre se ha declarado abiertamente separatista y que representa unos ideales mucho más «progresistas» como son la izquierda y la república. De ahí que ERC haya experimentado un crecimiento espectacular en estas elecciones y que un grupo anti-sistema e independentista como las CUP haya podido entrar al Parlamento Catalán con nada más y nada menos que tres escaños.

                El verdadero ganador de las elecciones catalanas no ha sido, por lo tanto, ni el PP ni el PSC ni siquiera Ciutadans, sino el independentismo y el odio a España, es decir, CiU y ERC. Ésta es la realidad preocupante que se deja entrever de las pasadas elecciones del día 25 de noviembre.

                Qué pasará a partir de aquí y cuál será el desarrollo político de los acontecimientos en Cataluña está todavía por ver. Lo que sí parece claro es que, de producirse un pacto, éste es más verosímil que se lleve a cabo entre CiU y ERC que no entre CiU y el PSC. Esto significaría una radicalización del independentismo en la esfera tanto política como social de Cataluña: la presión contra los castellanoparlantes será todavía mucho más agresiva y la implantación obligatoria del catalán en todos los ámbitos de la vida del individuo, tanto público como privado, una realidad implacable. Las consecuencias económicas del independentismo y de aplicación de las medidas de ERC, tan esencialmente diferentes de CiU, serán sin duda catastróficas para el ciudadano medio catalán quien, sin embargo, estará contento de poder ayudar a crear, con su creciente empobrecimiento, un «Estat propi» no dentro de la Unión Europea, como sostienen falazmente Artur Mas y el resto de formaciones independentistas, sino fuera y con el más que previsible boicot internacional.

                Entre los comentadores de Madrid que han sabido huir de este triunfalismo infantil ante la supuesta derrota de CiU y que han leído correctamente los resultados de las elecciones destaca por su clarividencia Federico Jiménez Losantos. Se dice –y con razón– que la valía de un hombre se mide por sus enemigos. Si hay una persona que es odiada por el bando separatista catalán e incluso por muchos miembros del PP en Cataluña, éste es Federico Jiménez Losantos (un lugar a parte ocupa, en este odio generalizado desde Cataluña hacia todo aquel que cuente sus miserias, la única política española con un nivel intelectual destacable: Esperanza Aguirre).

                Federico Jiménez Losantos es una de las escasísimas personalidades dentro del ámbito español con autoridad moral suficiente como para poder hablar de la cuestión del independentismo catalán: el atentado que padeció en mayo de 1981 por parte de Terra Lliure es una prueba manifiesta de que ya desde los inicios supo detectar el problema que tenía e iba a tener la sociedad catalana. De ahí que sea el único que hable con conocimiento de causa y sepa perfectamente qué es lo que pasa en Cataluña y, hay que confesarlo, a pesar de que en algunos ambientes de Madrid es calificado de «radical» por su postura «crítica» e «inflexiva» contra Cataluña, los que tenemos la desgracia de tener que vivir en la dictadura de la Generalidad sabemos perfectamente que, en muchos de sus supuestos «ataques», se queda corto, muy corto.

                Aquí ofrecemos al lector el comentario realizado por Federico Jiménez Losantos el lunes día 26 de noviembre, es decir, el día siguiente de las elecciones, junto con el editorial que dedicó ese mismo día el historiador César Vidal, quien vuelve a reincidir en la cuestión del peligro separatista para España y ofrece otras sugestivas e interesantes claves de lectura.