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El estúpido voto tribal

Del 6N al 25N: dos caras de un mismo fenómeno.

 usafuzzy1

Como sarcásticamente anunció Rabbi Pruzansky en su blog personal, “Romney perdió porque no consiguió suficientes votos”. Puede parecer una tautología, pero contiene in nuce la esencia de la derrota del partido republicano: las virtudes tradicionales y el modo de vida de los Estados Unidos ya no son lo que eran. Los republicanos se han convertido en fósiles vivientes. Y, como tales, son minoría.

En una reciente columna aquí traducida, el profesor Angelo Panebianco expuso magistralmente lo que podría denominarse “la visión europea de los Estados Unidos”, esto es, la idea de que América es una entidad global y abstracta que, en su conjunto, puede definirse en términos unilaterales: “¿Y si Barack Obama y Mitt Romney fueran dos caras de un mismo fenómeno?”. Es, sin embargo, bastante discutible que Mitt Romney o cualquier otro miembro del partido republicano, cualquiera de esos que tanto gusta parodiar Aaron Sorkin en su ya no tan utópica serie “The Newsroom”, pueda ser considerado un aislacionista que pretende acabar con la hegemonía de los Estados Unidos, simplemente porque no cite en sus discursos a esa Europa cada vez más parecida a una república bananera. Este papel corresponde a Obama y a su partido. El error fundamental de Panebianco subyace en el prejuicio europeo de calificar a Asia como una entidad unívoca, algo que puede rastrearse hasta las simpatías alemanas por la India –esto es, las raíces indo-europeas de Europa– que siguieron a la febril chinoiserie. Pero que Obama dirija sus ojos a Asia y Romney pretenda alejarse de la misma no hace de Romney un aislacionista ni de Obama un orientalista nato. Esa Asia que defiende Obama y que detesta Romney es el Asia de China, de Corea del Norte, de Irán, de Pakistán. No es el Asia de Hong Kong, de Singapur, de Taiwán, de Japón o de Corea del Sur –con las que Romney, seguramente, se sentiría muy a gusto–. Es un Asia dictatorial, sumida en el caos del comunismo y del Islam, uña y carne de Obama. En un cada vez más cercano escenario en el que China decida tomar por la fuerza –y no necesariamente de las armas– Hong Kong o Taiwán, en el que China decida que hay que dar un “par de toquecitos” a Japón por una tonta discusión sobre el primer trozo de piedra que sobresalga del océano, en el que Corea del Norte decida “probar” sus misiles sobre los cielos de Seúl o, en definitiva, en el que Irán decida “defender” su existencia borrando a Israel del mapa, ¿alguien en su sano juicio piensa que Obama intervendrá en favor de esa “Asia capitalista, próspera y democrática” en detrimento de esa otra “Asia comunista, islámica y dictatorial”?

Esa América actual que Panebianco califica de aislacionista por alejarse de sus raíces europeas –raíces, por lo demás, que Europa ha condenado al olvido y a las que los Estados Unidos renunciaron con su independencia en 1776– es la América progre, californiana, hollywoodense, a favor del aborto y en contra de las armas. Los Estados Unidos no son en modo alguno aislacionistas, sino profundamente estatistas y multiculturalistas, aunque su jugueteo se limite a las peculiaridades y maravillas de la clitorectomía, los sacrificios rituales, los matrimonios forzados, los asesinatos por honor o el secuestro de aviones con los que reemplazar la decadente industria americana de demoliciones. Toda una plétora de contribuciones culturales con las que iluminar nuestro futuro.

Y no deja de ser un error vincular al Presidente Woodrow Wilson con la política intervencionista estadounidense, simplemente, por su papel en la Primera Guerra Mundial. Wilson fue tan intervencionista que afirmó sobre los Estados Unidos: “Existe un país lo suficientemente orgulloso como para no luchar”. Ese país era Estados Unidos y, la lucha, la Primera Guerra Mundial. Como Obama durante estos cuatro años, Wilson –también Nobel de la Paz– no deseaba intervenir en el conflicto europeo para que los intereses de su partido en política exterior no se viesen afectados. Finalmente, diversos incidentes que causaron el descontento general en los Estados Unidos (el hundimiento de varios barcos, un telegrama en el que Alemania instaba a los mejicanos a atacar los Estados Unidos, las continuas burlas en la prensa extranjera caricaturizando al presidente estadounidense como un cobarde súbdito del Kaiser) llevaron a Wilson a realizar lo que sus votantes hacía años que pedían: una intervención armada.

Volviendo a las elecciones del 6N, es un hecho que muchos republicanos se quedaron en sus casas, hastiados, decidiendo no votar. Pero es igualmente cierto que, en un hipotético escenario en el que toda la población “blanca” norteamericana votase, los republicanos perderían igualmente de forma todavía más abrumadora. Que para que un país democrático consiga un gobierno mínimamente responsable económica y políticamente deba haber una gran parte de la población que no vote, no deja en muy buen lugar a la democracia o, en todo caso, a la educación política de votantes y no votantes. Pruzansky atribuye esto, no a la ignorancia, sino a la capacidad del ser humano por sucumbir a la tentación de la “free stuff” con la que Obama ha cautivado a sus votantes. Sin embargo, se trata antes bien de una cuestión de preferencias en las prioridades del público votante, que antes hincha sus barrigas con comida barata y objetos de mala calidad Made in China que disfruta de las exquisiteces de la cuisine de un acaudalado empresario. En esto, sin duda alguna, Estados Unidos está cada vez más cerca de China.

O dicho de otro modo. Durante los debates electorales diversos grupos se manifestaron públicamente en contra de Romney. Y digo en contra de Romney porque no necesariamente tenían que estar a favor de Obama. Estos grupos, que han acabado tomando el nombre de una escuela filosófica griega, se autodenominan escépticos. Son los mismos que, según parece, consideran más importante para el futuro de sus hijos que puedan estudiar la teoría de la evolución en sus escuelas públicas sin sentir las insensateces de algún loco creacionista antes que arreglar la economía o la política exterior de su país. Pero hemos llegado a la teoría de la evolución –como hemos llegado a la Luna y a la democracia liberal desde la que disfrutan criticando– con y gracias a gobiernos e individuos conservadores y beatamente cristianos –Charles Darwin era uno de ellos–. Sí, estoy de acuerdo. Es absurdo engañar a un niño con las alocadas teorías creacionistas de los republicanos más radicales, pero quisiera saber de qué les va a servir a sus hijos en paro y con una deuda multimillonaria a sus espaldas conocer la teoría de la evolución mientras su vecino iraní decide autoinmolarse gritando a los cielos el nombre de su creador.

Cuando estos escépticos optan por ese separatismo radical como venganza contra los valores tradicionales de los que se han sentido esclavizados, no hacen sino que revivir irónicamente lo que debieron sentir los primeros cristianos cuando, con resentimiento, se separaron de los judíos. Representan, en última instancia y haciendo un guiño de ya te lo dije a Francis Fukuyama, el Fin de la Historia –no un mundo sin enemigos, sino el mundo del enemigo– y el Último Cristiano. Estos escépticos, al igual que muchos otros votantes, están organizados tribalmente.

Una tribu es un grupo minoritario que se define a través de unos rasgos identitarios que vinculan emocionalmente a sus miembros con algo que los diferencia del resto, real o no. Muchos hispanos son, en Estados Unidos, una de esas tribus. Como lo son muchos negros, homosexuales, feministas, hippies, etc. Y como tribu, buscan el bien de sus compañeros de choza. No creen, ni creerán jamás, que sus intereses particulares deban esperar ante problemas mayores que no sólo afectan a los miembros de otras tribus, sino también a la suya propia. Y esos intereses egoístas, tan respetables y legítimos, deben decidir el curso político y económico del resto del país. El error fundamental de Romney fue dirigirse al pueblo americano como si existiese un “pueblo americano”, un “ciudadano americano”, un “modo de vida americano” y unos “valores americanos”, mientras Obama se concentraba en los “ciudadanos negros”, en las “ciudadanas feministas”, etc. Cuando una sociedad está fragmentada en grupos con intereses tan dispares, contradictorios y hasta peligrosos, abogar por la unidad como solución a los grandes problemas no es sino una forma de suicidio electoral.

Lo cual nos trae de vuelta a España y a los problemas del separatismo catalán. Ciudadanos/Partido de la Ciudadanía, liderado por Albert Rivera, es tal vez una de las pocas posibilidades que le quedan a la cada vez más fragmentada España. Pero como ocurrió con Romney, Rivera –y el nombre de su partido– hace un llamamiento a algo que no existe: el ciudadano. Tal vez la mejor estrategia para todos aquellos que no compartimos completamente la ideología de C’s –un partido de centro-izquierda– sea posponer nuestros intereses particulares este 25N, dejar de lado nuestros sentimientos, siempre enfrentados a la ciega realidad, y optar por un voto estratégico con el que dar un golpe de gracia al nacionalismo catalán. Pero como en Estados Unidos, este 25N el voto tribal decidirá: las tribus nacionalistas votarán sin importarles los resultados económicos de una hipotética independencia o los constantes fraudes de los partidos que veneran; por su parte, los no nacionalistas votarán erráticamente según sus preferencias personales (PxC, UpyD, PACMA, UCE). No es difícil anticipar el resultado.

Panebianco concluye su artículo afirmando que “la decadencia puede ser contenida o acelerada según las decisiones que se tomen”, pero esas decisiones no corresponden ni a Obama, ni a Romney, ni –añadimos nosotros– a Albert Rivera, ni a Artur Mas. En una democracia corresponden única y exclusivamente al votante. Y el votante ha decidido no tomarlas.