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La decadencia y la caída del imperio americano

 

 

(Texto original: The Decline and Fall of the American Empire)

 

Rabbi Pruzansky


usafuzzy1

 

El modo más caritativo de explicar los resultados de las elecciones de 2012 es que los americanos votaron por el status quo: por el actual Presidente y por un Congreso dividido. Los americanos deben disfrutar con el estancamiento, la parcialidad, la incompetencia, el anquilosamiento económico y la evasión de la responsabilidad. Y votaron menos personas. Mientras estoy escribiendo estas líneas, con casi todos los votos contados, el Presidente Obama ha ganado con menos votos que John McCain en 2008 y con más de diez millones menos que su propio total en 2008.

Pero mientras nos despertamos de la pesadilla, es importante rehuir las explicaciones fáciles para la derrota de Romney que prevalecerán entre los intelectualoides. Romney no ha perdido por los efectos del huracán Sandy que devastó esta zona, ni ha perdido porque ha llevado a cabo una campaña mediocre, ni ha perdido porque los republicanos podrían haber escogido mejores candidatos, ni ha perdido porque Obama se beneficiara de un pequeño repunte en la economía a causa del ciclo económico.

Romney ha perdido porque no ha conseguido los votos suficientes para ganar.

Esto podría parecer obvio, pero no por razones obvias. Romney ha perdido porque las virtudes conservadoras –las virtudes tradicionales americanas– de libertad, esfuerzo, libre empresa, iniciativa privada y aspiraciones de grandeza moral ya no inspiran o animan a la mayoría del electorado. La noción del “Reagan Demócrata” es un cliché que debe eliminarse para siempre. Ronald Reagan no podría ganar unas elecciones en la América actual.

La razón más simple por la que Romney ha perdido es que es imposible competir con cosas gratuitas. Todo hombre de negocios sabe esto; de ahí que el “artículo de gancho” o el obsequio sea un instrumento de marketing tan poderoso. En la América de Obama las cosas se dan gratuitamente: los adultos de entre los 47.000.000 de cupones para alimentos sabían claramente a quién debían votar y así lo hicieron en decenas de millones; aquellos que –por cortesía de Obama– reciben dos años completos de prestaciones por desempleo (que, por supuesto, tanto desincentiva buscar trabajo como también motiva a que la gente trabaje sin contrato mientras recoge sus ganancias inesperadas) sin duda saben a quién votar; e igualmente los que prevén asistencia médica “gratuita”, los que esperan que el gobierno pague sus hipotecas, los que esperan que el gobierno les dé trabajo. El atractivo de las cosas gratuitas es irresistible.

Imagine dos restaurantes, uno al lado del otro. Uno vende a sus clientes exquisita cocina a un precio razonable, mientras el otro ofrece buffet libre, todo lo que puedas comer mientras duren las existencias. Pocos –incluyéndome a mí mismo– podrían resistir la tentación de comida gratuita. Ahora imagine que el segundo restaurante se mantiene porque el primer restaurante se ve obligado a suministrarle la comida para el buffet libre y así tenemos la actual economía hasta que, al final, el primer restaurante decida cerrar el negocio. (Entonces, el gobierno se apodera de las provisiones de comida gratuita para sus clientes).

El momento determinante de toda la campaña fue la revelación (por el equipo amoral de Obama) de un video grabado en secreto en el que Romney reconocía la dificultad de ganar una elección en la que el “47% de la gente” empezaba a oponerse a él porque no pagaban impuestos y sólo recibían dinero –“cosas gratuitas”– del gobierno. Casi la mitad de la población no se juega el pellejo: no les importan los altos impuestos, estimular los negocios o crear empleos, ni se preocupan de que el dinero para sus cosas gratuitas se esté tomando prestado de sus hijos y de los chinos. Simplemente quieren las cosas gratuitas que llegan a ellos a expensas de otra persona. Al final, ese 47% deja muy poco margen de error para cualquier republicano y no es un buen presagio para el futuro.

Es imposible imaginar un candidato conservador ganando contra tan aplastantes probabilidades. La gente vota según su cartera. Básicamente, la gente vota por un Congreso que no suba sus impuestos y por un Presidente que les dé cosas gratuitas, sin importarles quién deba pagarlas.

Esto nos permite entender la segunda razón por la que Romney ha perdido: la ineludible conclusión de que, como afirmó de manera tan agria Winston Churchill, “el mejor argumento contra la democracia son cinco minutos de conversación con el votante medio”. Los votantes –una gran mayoría– son fácilmente dominados por la emoción y por el populismo rudo. Dicho de otro modo, mucha gente vota con sus corazones y no con sus cabezas. Este es el motivo por el cual Obama no tuvo que redactar una agenda para su segundo mandato o incluso defender el historial de su primer mandato. Tan sólo necesitaba presentar a Mitt Romney como un capitalista rapaz que empuja a las viejecitas colina abajo, cuando no se dedica a robarles su medicación para el cáncer, mientras mata de hambre a los pobres y reduce los impuestos a los ricos. Obama podría salirse con la suya diciendo que “Romney quiere que los ricos jueguen con otras reglas”, sin definir siquiera cuáles son esas otras reglas; diciendo que los “ricos deben pagar su cuota equitativa”, sin definir siquiera qué es una “cuota equitativa”; diciendo que Romney quiere que los pobres, ancianos y enfermos “se las arreglen solos”, sin reconocer siquiera que todos esos programas gubernamentales están en la bancarrota y su actual insolvencia está envuelta en una financiación con déficit. ¿Cómo podría salirse Obama con la suya y atraer con semejantes sermones a los ruidosos fans que ondean carteles? Véase lo dicho anteriormente por Churchill.

Durante su campaña presidencial de 1956, una mujer le gritó a Adlai Stevenson: “¡Senador, tiene el voto de todas y cada una de las personas pensantes! Stevenson respondió: “No es suficiente, señora, ¡necesitamos una mayoría!”. Nunca se han pronunciado palabras más verdaderas.

Igualmente, Obama (o sus suplentes) podría soltar a los negros que una victoria de Romney podría devolverlos a sus cadenas y proclamar a las mujeres que sus abortos y métodos anticonceptivos les serán confiscados. Podría apelar a los hispanos que Romney los arrestará a todos y los mandará de vuelta a Méjico (incluso si vinieron de Cuba u Honduras), y descaradamente afirmar que no hará respetar las actuales leyes de inmigración. Podría propugnar su respaldo a las incestuosas relaciones entre gobierno y sindicatos, en las que los políticos inflan a los sindicatos con dinero público y a cambio los sindicatos proporcionan votos a los políticos, a cambio de lo cual los políticos les proporcionan más dinero y los sindicatos más votos, etc., incluso aunque el dinero haya desaparecido. ¿Cómo podría decir y hacer todas estas cosas? Véase lo dicho anteriormente por Churchill.

Se podría objetar razonablemente que no todo partidario de Obama debe ser tan poco inteligente. Pero entonces deben explicar de manera racional cómo puede pagarse el programa de Obama, además de acumulando déficits de multi-trillones de dólares. “Cobrando impuestos a los ricos” no se produce siquiera un 10% de lo que se requiere y no resuelve ningún problema perceptible; así que, ¿cuál es la respuesta, esto es, una respuesta inteligente?

Obama también sabe que el electorado ha cambiado, que los blancos pronto serán una minoría en América (ya son una minoría en California) y que los nuevos inmigrantes en los EE.UU. vienen principalmente del Tercer Mundo y que no comparten los tradicionales valores americanos que atrajeron a los inmigrantes en los ss. XIX y XX. Es un mundo diferente y una América diferente. Obama es parte de esa América diferente, lo sabe y sabe cómo ganársela. Es por eso que ha ganado.

Obama también demostró una vez más que la publicidad negativa funciona, los improperios venden y los violentos ataques personales surten efecto. Que Romney nunca se involucrase en semejantes diatribas dice mucho de su bondad como persona; sus “anuncios negativos” fueron simples hechos, nunca abuso personal; hechos sobre el elevado desempleo, los bajos ingresos netos, una pérdida de poder y prestigio americano en el extranjero, una falta de liderazgo, etc. Como político, sin embargo, Romney falló porque no pactó con el diablo realizando promesas insostenibles y por hablar como un adulto y no como un adolescente. Obama ha pasado sus últimos seis años haciendo campaña; incluso su gobierno se centraba en beneficiar a sus grupos de presión predilectos. La campaña permanente ganó de nuevo en detrimento de la vida americana.

No ha sido posible ni para Romney ni para Ryan –personas íntegras, profundas y con ideas– competir con el superficial populismo y las perogrulladas de sus oponentes. Obama dominó la política de la envidia –de la lucha de clases– sin dirigirse a los americanos como tales, sino a los grupos individuales e improvisando una mayoría vencedora de entre esos grupos minoritarios. Las ideas conservadoras no echaron raíces y los estados que se podrían ganar y eran propicios a los valores tradicionales americanos han desaparecido simplemente del mapa. Si un Obama no ha podido ser derrotado –con su historial y su visión de América, en la cual las cosas gratuitas seducen a los votantes– es difícil imaginarse cambio alguno en el futuro. El camino para Hillary Clinton en el 2016 y para la economía europeo-socialista –esas mismas economías que están colapsando hoy en día Europa– está preparado.

Un segundo cliché que debería ser eliminado es que América es un país de centro-derecha. Es obvio que no lo es. Es un país dividido con unos patrones de voto peculiares y un apetito por las cosas gratuitas. Los estudios mostrarán sin lugar a dudas que los republicanos del Congreso recibieron más votos que los demócratas del Congreso, pero esto no significa demasiado. La cámara de representantes no es realmente representativa de este país. Que la gente vote por un congresista o un senador republicano y después a Obama como presidente debería reforzar este segundo aspecto enunciado anteriormente: lo cabeza hueca que es el electorado. Los americanos injurian el Congreso pero aman a sus congresistas. Qué sorpresa.

No se puede negar la complicidad de los medios de comunicación en la reelección de Obama. Un ejemplo basta. En 2004, la CBS News falsificó una carta para insinuar que el Presidente Bush no completó su servicio en la Guardia Nacional Aérea durante la guerra de Vietnam y todo para impugnar a Bush y minar sus posibilidades de reelección. En 2012, el Presidente Obama insistió –como todo el mundo sabe– durante el segundo debate que él había afirmado desde el principio que el ataque árabe al consulado estadounidense en Benghazi era “terrorismo” (una mentira que Romney dejó caer pero no aprovechó). Sin embargo, la CBS News ocultó una cinta de una entrevista con Obama en la que Obama evitaba y rechazaba explícitamente las alegaciones de terrorismo –un día después del ataque– aferrándose al bulo del vídeo. (Este fragmento de una entrevista de “60 Minutos” no fue revelado... ¡hasta hace dos días!). En efecto, la CBS News falsificó una evidencia para perjudicar a un presidente republicano y eliminó una evidencia para ayudar a un presidente demócrata. Simplemente vergonzoso, como también lo fue el que los medios ignoraran cualquier escándalo o historia que pudiera haber hecho peligrar la reelección de Obama.

Uno de los aspectos más irritantes de esta campaña ha sido su limitado enfoque, algo raro con tantos millones de dólares gastados. Tan sólo se ha luchado por unos pocos estados, una estrategia que Romney adoptó y que claramente ha fracasado. El demócrata comienza la carrera con una ventaja importante. Los estados liberales –como las quebradas California e Illinois– y otros estados con grandes concentraciones de votantes procedentes de minorías al igual que un amplio aparato de bienestar, como Nueva York, Nueva Jersey y otros, ofrecen a cualquier candidato demócrata un margen prácticamente insuperable en votos electorales. En Nueva Jersey, por ejemplo, literalmente no le saldría a cuenta a un conservador el ir a votar. La gasolina gastada para conducir para ir a votar no sale a cuenta. Como algunos economistas han señalado, por lo general, y aquí ocurre más que en ninguna parte, es más posible que un votante muera en un accidente de tráfico yendo a votar que su voto sirva de algo en la elección. Es un acto irracional. Que la mayor parte de los estados no sean competitivos significa que la gente no es propicia a nuevas ideas, a nuevos pensamientos o incluso a tener una mente abierta. Si eso no cambia, y es difícil ver cómo podría cambiar, entonces la suerte está echada. América no es lo que era y nunca lo será de nuevo.

 

Para los judíos, en su mayor parte asimilados y acérrimos demócratas, los resultados demuestran de nuevo que el liberalismo es su Torá. Casi el 70% votó por un presidente que los israelíes y la mayor parte de los judíos comprometidos perciben generalmente como hostil a Israel. Votaron para proteger el futuro de Obama a expensas de América y a expensas de Israel: en efecto, prefirieron a Obama antes que a Netanyahu por un amplio margen. Se acercan tiempos peligrosos. Bajo las actuales circunstancias, es inconcebible que los Estados Unidos tomen cualquier tipo de acción agresiva contra Irán y es probable que frustren cualquier iniciativa israelí. Que la principal asesora de Obama, Valerie Jarrett (esto es, la iraní Valerie Jarrett) pasase la semana pasada en Teherán no es una buena señal. Los Estados Unidos sermonearán con la importancia de las negociaciones hasta que se produzca la primera arma nuclear iraní, para después afirmar que el mundo debe aprender a vivir con esta nueva realidad. Teniendo en cuenta que Obama se ha comprometido a eliminar el arsenal nuclear americano, es más probable que esa desafortunada circunstancia ocurra antes de que consiga detener los planes de Irán.

La victoria de Obama podría reducir las posibilidades de reelección de Netanyahu, porque los israelíes viven con el irracional –y en cierto modo patético– miedo a la opinión americana y saben que Obama desprecia a Netanyahu. Una derrota del Likud –o una disminución de su margen de victoria– es más probable ahora que ayer. Eso no sería lo peor. Netanyahu, de hecho, nunca se ha distinguido por un fuerte temple político y moral y sería el primero en ceder ante la presión americana entregando más territorio al enemigo y en consentir un segundo (o tercer, si se cuenta Jordania) estado palestino. Un nuevo secretario estadounidense llamado John Kerry, por ejemplo (de padre judío) no es un buen augurio. Netanyahu sigue siendo la mejor de entre las notablemente pobres alternativas. Por ello, el resultado más probable de las próximas elecciones israelíes es un gobierno de centro-izquierda que se obligue a sí mismo a realizar más concesiones y debilite a Israel: un Oslo III.

Pero esta elección debería ser un toque de atención para los judíos. No hay ningún imperio para siempre, ni hay un refugio eterno para los judíos en ningún lugar en el exilio. Todos los imperios más poderosos de la historia se han desmoronado, desde los griegos y los romanos hasta los británicos y los soviéticos. Ninguno de los colapsos fue fácil de prever y, sin embargo, resultaron previsibles retrospectivamente.

El imperio americano comenzó a decaer en 2007 y la detereorización se ha exacerbado en los últimos cinco años. El resultado de estas elecciones sólo acelera el declive. La sociedad está impregnada de pereza, de codicia, de envidia y de excesos materialistas. Ha perdido su punto de apoyo y sus fundamentos morales. Los que reciben superan a los que ofrecen y esto no hará sino que aumentar en los años venideros. En el mundo entero, la América de Bush era temida, pero no respetada. Con Obama, América ni es temida ni es respetada. El Islam radical ha tenido un estandarte de cuatro años con Obama y sus posibilidades futuras de desarrollo son excelentes. Los movimientos de “Ocupación” por todo el país en los últimos dos años fueron simples ensayos de lo que nos espera: años de malestar provocados por el creciente descontento de los fracasados que quieren tomar los frutos y la recompensa de los exitosos y no aprecian el lento ritmo de la redistribución.

Dos partes positivas: a pesar de los resultados electorales, esta mañana me he levantado, he ido a la shul, davené y más tarde he estudiado la Torá. Esa es nuestra realidad y lo que se impone a todo lo demás. Nuestra relación con D--s importa más que nuestra relación con cualquier político, R ó D. Y, a pesar de los problemas en Israel, es hora de que los judíos regresen a casa, a Israel. Debe de quedarnos una década, tal vez 15 años, para marcharnos con dignidad y sin estrés. Pensando que siempre será así porque siempre ha sido así ha sido un constante y mortal error judío. América siempre ha sido la tierra de la aliyá “positiva”: judíos marchando por su propia cuenta y no huyendo de una funesta situación. Pero eso también puede cambiar. La creciente aliyá en los últimos años es en parte atribuible a los jóvenes por el alto coste de la vida judía en América. Esos costes tan sólo aumentarán en los próximos años. Debemos extraer las conclusiones pertinentes.

Si el resultado de estas elecciones demuestra una cosa, es que la Vieja América ha desaparecido. Y, por desgracia para el mundo, no va a volver.