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América y Europa nunca han estado tan alejadas.

La cara aislacionista de los dos partidos políticos.

 

Angelo Panebianco

 

(Publicado originalmente en Corriere della Sera)

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¿Y si Barack Obama y Mitt Romney fueran dos caras de un mismo fenómeno, es decir, de la capitulación de América para afrontar la inevitabilidad de su propia decadencia?

El cara a cara del 23 de octubre entre los dos candidatos sobre política exterior sorprendió a los comentaristas europeos por la ausencia de referencias a Europa. Unos lo interpretaron como una muestra de nuestra debilidad a los ojos de los que guían o aspiran a guiar la potencia americana.

Otros como la demostración de que la fase más aguda de la crisis del euro se encuentra a nuestras espaldas y de que los americanos están menos preocupados ante un eventual colapso europeo. Pero quizás ninguna de estas interpretaciones dé en el blanco. Como no lo han hecho ciertos comentarios por parte italiana, más o menos escandalizados, por la manera en la que Romney ha hablado de Italia y de España: ejemplos negativos a no imitar. El hecho de que Europa no sea citada (por parte de ambos candidatos) o lo sea sólo de manera negativa (Romney) es quizás la señal de advertencia de una visión estratégica que, más allá de las obvias y profundas diferencias en lo que se refiere a otros temas, aúna a Obama y a Romney y, con ellos, a gran parte del establishment estadounidense.

La cuestión no es que no se cite a Europa. La cuestión es que los Estados Unidos han renunciado a considerarse como el Estado-Guía del Occidente democrático. En la fase triunfante, hegemónica de su historia, aquella que va de la Segunda Guerra Mundial a la conclusión de la Guerra Fría (y más aún: hasta el final de primer decenio del siglo XXI), los Estados Unidos han sido el Paese Leader en el centro de un vasto sistema de alianzas cimentado en intereses y en la exigencia de seguridad, aunque también en una visión según la cual la potencia americana se identificaba con el destino de la democracia en el mundo. De las dos corrientes opuestas que se han disputado tradicionalmente la influencia en la dirección de la política exterior americana, la aislacionista y la intervencionista-globalizadora, la segunda ha dominado ininterrumpidamente el campo desde la Segunda Guerra Mundial en adelante, sobreviviendo también al fin de la Guerra Fría. Del intervencionismo-globalizador ha sido siempre parte integrante, desde los tiempos del presidente demócrata Woodrow Wilson (1913-1921) y de su proyecto de un orden internacional, la idea de que hay que hacer el mundo safe for democracy, seguro para la democracia. Lo cual tenía dos consecuencias. La primera era que los EE.UU. debían mantener una relación privilegiada con las otras democracias. La segunda era que debían fomentar, siempre que fuera posible, la difusión de la democracia liberal. A diferencia de los aislacionistas, los intervencionistas-globalizadores no han creído nunca que quizás fuera de interés para América cultivar la virtud democrática sólo en casa.

Terminada la fase aislacionista del período de entreguerras, la concesión intervencionista-globalizadora reprende el cargo con Franklin Delano Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial. Y dominó la acción de los Estados Unidos durante la postguerra. La Guerra Fría obligó a sucios compromisos con la realidad (el apoyo a dictaduras de carácter antisoviético), pero la dirección de viaje estaba siempre confirmada (excepto la niebla parcial de la fase más “europea” de la política exterior americana dominada por Henry Kissinger). Y esto proporcionó un impulso ideológico y fuerza moral a la hora de combatir al comunismo y a la Unión Soviética. La relación privilegiada con las otras democracias occidentales garantizaba a los Estados Unidos el fondo que su papel internacional necesitaba. Este vínculo, con altibajos, resistió de Ronald Reagan (el verdadero vencedor de la Guerra Fría) a George Bush padre hasta Bill Clinton. Y si George Bush Jr. lo desgarró parcialmente durante la fase agitada del contraataque que siguió a los atentados del 11 de septiembre, después, en el segundo mandato, en parte debido a las dificultades encontradas en Irak, trató de remediarlo, restableciendo una relación más sólida, más anclada en la tradición, con las otras democracias.

Con la victoria de Obama todo cambia. La relación con las democracias (europeas) deja de ser una preocupación estratégica para la Administración. Ahora sólo cuentan las relaciones de América con Asia. El realismo impone que hay que enfrentarse con una nueva realidad mundial en el que ya no hay espacio para un vínculo privilegiado con los antiguos aliados. Es paradójico el hecho de que en Europa la elección de Obama haya sido acogida con un entusiasmo que es quizás lícito definir como fuera de lugar, justo en el momento en el que Europa salía del horizonte político del gobierno americano.

La personalidad política de Obama se combina con los efectos de la crisis económica a la hora de favorecer una radical discontinuidad sobre el plano diplomático-político. La democracia deja de ser una brújula útil para orientar la acción internacional. El mismo pragmatismo que guía la acción de Obama en la política interna es el que inspira la política exterior. Teniendo en cuenta estos cambios, lo que para él tiene que hacer América es reforzar la cooperación con China, abrir un diálogo con el Islam (discurso de El Cairo en junio del 2009) para prescindir de la naturaleza política de las fuerzas que lo agitan y establecer vínculos de cooperación con todo aquel que esté dispuesto a cooperar. Se acabaron las alianzas con las democracias como fondo y sostén de la acción americana en el mundo. La base del intervencionismo-globalizador ha terminado. Obama en la variante demócrata y Romney en la republicana son expresiones del nuevo aislacionismo americano. Un aislacionismo distinto a aquel de los años 20-30 del siglo pasado, que debe hacer frente a la globalización y, por tanto, a la necesidad de cooperar con todos los Estados que cuentan. Un aislacionismo que se libra, como si fuera basura ideológica, de la dimensión ideal propia de la larga fase intervencionista-globalizadora. Es una constatación, junto con la crisis económica, de la decadencia americana. Pero también es un acelerador de esa decadencia.

Considérense cuán pocos han sido los resultados de la Administración de Obama. Las relaciones con China son tan complejas como siempre: del tipo ni contigo ni sin ti. Los vínculos con el Islam han estado impregnados de oportunismo y de navegación a ojo. Obama rechazó apoyar a los jóvenes iraníes que se rebelan contra la teocracia persa de 2009. Después, desconcertado, como todo el mundo, por las denominadas revoluciones árabes, abandona al aliado Mubarak para congraciarse con la protesta árabe, pero sin preocuparse del después de Mubarak, apoya la intervención armada, querida por franceses e ingleses, contra Gadafi, pero carece de una estrategia para afrontar la guerra civil siria. Es tan duro como su predecesor en la lucha contra los extremistas islámicos, pero se trata sólo de la caza de un hombre, a menudo militarmente eficaz, pero sin estar guiado por una visión política de conjunto. Y el anuncio, antes de tiempo, de la fecha de retirada de Afganistán, desmoraliza a los combatientes y crea las condiciones para un fracaso en los objetivos de guerra que habían sido los propios de las fuerzas occidentales en aquel teatro. La “mano tendida” del discurso de El Cairo no conduce a los resultados deseados.

¿La América que decide no ser más el líder del Occidente democrático, que elige los interlocutores sobre la base de su fuerza y de su propia conveniencia, es más fuerte o más débil que la primera? Más débil, según parece indicar el primer mandato de Obama. Es una América resignada que elige liberarse, como si fuera un lastre, de la antigua relación especial con las otras democracias occidentales, imaginando un futuro multipolar en el cual, redimensionada políticamente, deberá moverse por su cuenta, prescindiendo del destino de aquellas democracias y de la antigua idea-fuerza de un mundo safe for democracy.

Se trata, plausiblemente, de un cálculo que, favoreciendo demasiado el estado de ánimo de la opinión pública americana, acelera la decadencia. ¿Cuánta más fuerza tendría la acción de América si no abdicara de su papel de líder del mundo occidental? Téngase en cuenta también un aspecto que nos toca de cerca. Cuanto más se desvanezca la leadership americana, tanto más se debilitará la solidaridad entre los europeos (muchos han olvidado el hecho de que sin la Pax Americana no habría habido nunca un proceso de integración europea). Pero si Europa se ahoga en sus propias luchas internas, lejos de ser un problema para nosotros los europeos, sería al final también un problema para América.

Contrariamente a lo que piensan los que tienen una visión determinista de los procesos históricos, la decadencia americana y, sobre todo, su modalidad y sus tiempos, no tiene ningún carácter de inevitabilidad. La decadencia puede ser contenida o acelerada según las decisiones que se tomen y las visiones que las inspiren. Ni Obama ni Romney parecen tener la altura necesaria para comprenderlo.