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Las violencias catalanistas. Contra la unidad nacional.

(Artículo publicado en el diario ABC, el día 29 de diciembre de 1922, págs. 11-12).

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Son reprobables y merecedores de una corrección ejemplarísima los excesos de palabra con que una juventud descarriada por propagandas ilícitas expresa en Cataluña sus ideales separatistas y sus sentimientos hostiles a España. Esos excesos y otras procacidades exasperaron hace tiempo el patriotismo de ciertos elementos a cuyo pundonor está encomendada no sólo la defensa del territorio, sino también la espiritual unidad de la nación, viéndose obligados a reprimir insolencias ya intolerables. Más tarde, para dar una sanción legal para los agravios al sentimiento patrio, se hizo preciso que las Cortes promulgaran la ley de Jurisdicciones.

La situación en Cataluña, en vez de corregirse en el transcurso del tiempo, se ha agravado en términos que ya causa justificada alarma. Se busca el constante choque con los elementos fieles al sentido español, que aspiran a convivir cordialmente con el resto de la nación, como miembros de una gran familia, alentando disgregaciones y rebeldías, y, lo que es peor, persiguiendo a cuantos no claudican ni se someten. Para atestiguarlo, ahí están las campañas enconadas contra el obispo de Vich porque ha prohibido que se hagan en catalán los estudios en el Seminario de la diócesis, y contra el prelado de Tortosa porque ha impuesto que, como de antiguo, se sigan redactando en castellano las actas capitulares. Al frente de esas campañas aparece en primer término la Mancomunidad catalana, no escarmentada del gesto hidalgo con que el general Ardanaz respondió a la imprudencia de enviarle un saludo en catalán, que no es, ni debe, ni puede ser, el idioma usado en las relaciones oficiales.

¿Con qué derecho, en nombre de qué ley, la Mancomunidad catalana se atreve a inmiscuirse en asuntos que son privativos de los prelados? ¿No será que, por el contrario, se extralimita en sus funciones la Mancomunidad catalana, ensayando una coacción que no puede consentirse?

¿Hasta cuándo...?

No hay español que no guarde todos los respetos y también las más sinceras admiraciones por la lengua catalana, que ha logrado producir una literatura espléndida, que cuenta poetas como Maragall, dramaturgos como Guimerá, novelistas como Oller. También Francia ha tenido y tiene admiraciones para la lengua provenzal y para los felibres que la cultivan, y prodigó en vida los máximos honores al gran Mistral, el poeta inmortal de Mirella.

Lo que no es posible tolerar es que se quiera imponer el idioma regional como instrumento de propaganda separatista, y que se pretenda conquistar, subrepticiamente o a violencia, la escuela para formar el espíritu de las nuevas generaciones en el desamor a España. El separatismo catalán busca crear auxiliares poderosos en el cura rural y en el maestro de aldea. En ese empeño no vacila en utilizar la astucia, cuando es eficaz, y la coacción, cuando es necesaria, para vencer las más nobles resistencias.

Aún se está a tiempo de atajar el mal, el grave mal que se intenta contra España. El Estado está en la obligación y en la urgencia de poner coto a los avances separatistas y a las audacias del nacionalismo en Cataluña, que van tomando proporciones desbordadas y que constituyen ya una amenaza seria para la gran Patria española. Se impone la severidad con los desmanes catalanistas, y en esa severidad es preciso ser enérgicos, y llegado el caso, si llegase, implacables.

Tiene razón nuestro querido colega La Correspondencia de España[1], de la que copiamos el anterior artículo. Los actos que viene realizando la Mancomunidad, a ciencia y paciencia de los Gobiernos, son sencillamente intolerables.

Para evitar la despañolización que persiguen los separatistas catalanes, prohibiendo el uso del idioma nacional, no habría más que un medio: promulgar una ley estableciendo que perderían la nacionalidad española los que no supiesen hablar español a su mayor edad.

 


 [1]  El artículo se publicó el día anterior, es decir, el 28 de diciembre de 1922, en la primera página del mencionado diario de Madrid.